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MISIONEROS EN CAMINO: XXVII Domingo del T.O. (Mt 21,33-43) - Ciclo A: Con tenacidad paterna y confianza materna
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domingo, 2 de octubre de 2011

XXVII Domingo del T.O. (Mt 21,33-43) - Ciclo A: Con tenacidad paterna y confianza materna


Publicado por De todos los días

Las parábolas de Jesús están destinadas a orientarnos la mirada; por ello una lectura aferrada a la pura literalidad nos puede hacer caer en abstracciones desencarnadas o en fundamentalismos que poco tienen que ver con la Buena Noticia.
Pero podríamos comenzar por un distingo: a pesar de violencias, rechazos y traiciones, el Dueño de la viña no se resignó en continuar enviando servidores en busca de frutos.
Y como si no fuera suficiente, y aún sabiendo que hay amenazas latientes de muerte y oleadas de desprecio, Él mismo decide venir.

Porque creemos en un Dios Emanuel, Dios con nosotros, un Dios que tiene una increíble tenacidad de Padre y una maravillosa confianza de Madre, con todo y a pesar de todo.
No es un Dios lejano e inaccesible, un Dios celestial acotado al culto concentrado en los templos, sino el Dios que se encarna en el vientre humilde y puro de una muchacha campesina, el Dios de toda liberación que canta María, el Dios que se hace uno de nosotros en Jesús y permanece en medio nuestro ayer, hoy y siempre.

No hay peor noticia para los profesionales de la religión, para los secuestradores de la esperanza, para los usurpadores de almas: la piedra angular, el cimiento de todo el universo es el amor que tiene su expresión mayor en la aparente derrota de la cruz.
Y cuando se desecha ese amor, no hay otra posibilidad que el derrumbe estrepitoso.

Lo sabemos: es mucho más cómoda una religiosidad que nos hable de éxitos, de prosperidad, de un Dios totalmente lejano que vá tomando debida nota de los puntos que acumulamos en piedad y cumplimiento estricto de normas, y que a la vez pone en el otro platillo nuestros deméritos, y que al final decidirá severamente si nos quedamos fuera, o si por esa matemática cruel accedemos a la eternidad postrera.

En ese mundo sostenido con precisión por almas autodenominadas puras y rectas, es lógico pensar que a los protagonistas de la parábola -aquellos que tuvieron una inusual puntería violenta hacia los enviados del Dueño de la viña- les espere un castigo ejemplar, es decir, que Dios acabe de una buena vez con esos miserables.

Pero hay una distancia inseparable con la Buena Noticia: no hay lugar en este esquema para la locura sorprendente e inesperada de la Gracia.

Nuestro Dios ha elegido ponerse abiertamente del lado de los pequeños, de los que nadie tiene en cuenta, de los que sobran. Se sienta a la mesa con los portadores de todo estigma, con los que el mundo desprecia con fervor. Ofrece el perdón y el abrazo a pesar de toda violencia. Se deja morir en una cruz de espanto para que nadie más se muera, para que todos vivan; todos, incluidos aquellos que eligen la violencia como camino de justicia.
Contra toda expresión de dominio y reafirmación de jerarquías heredadas y poderes instituidos, es un Dios que se hace servidor de la humanidad en Jesús de Nazareth.

Es un Dios que expresa su amor de Padre y sus cuidados de Madre insistiendo en buscar frutos buenos, y que a pesar de tantos oscuros apropiadores -corruptos y severos-, sigue sosteniendo la vida desde la bondad y la ternura.
Allí está palpitando nuestra esperanza


WebJCP | Abril 2007