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domingo, 30 de octubre de 2011

¿Qué tiene de malo celebrar Halloween?


Por Lilián Carapia Cruz*
Publicado por FAST

Más que decir que celebrar el halloween «es malo», se trata de conocer las razones por las cuales puede, en ciertas circunstancias, ser incompatible con la fe en el único Dios verdadero y en Jesucristo, su enviado. De ahí, podremos tomar una decisión libre: porque si no se dan esas circunstancias en el halloween, no habrá por qué estarse cuidando de él; y si se dan en alguna otra costumbre, es esa costumbre la que hay que evitar por amor a Dios y a los hermanos…

¿Cómo surgió el halloween? Se sabe que los antiguos celtas acostumbraban celebrar en el Samhain, es decir, el final del verano, con una fiesta en honor de Pomona, diosa de los árboles frutales, con motivo de las cosechas y el inicio del «año nuevo celta», el 31 de octubre. Aquellos celtas creían que en esta época se estrechaba la línea que une a este mundo con el Otro Mundo, permitiendo a los espíritus ‒tanto benévolos como malévolos‒ pasar a través de ella. De modo que invitaban a su celebración del Samhain a los ancestros familiares, y ahuyentaban a los espíritus dañinos a través del uso de trajes y máscaras con apariencia de un espíritu maligno. No falta quien sataniza ya de entrada estas celebraciones, pero es una exageración, porque se trata sólo de elementos culturales como los que hay en cualquier pueblo antiguo o contemporáneo.

Así, en sus orígenes el halloween no tiene nada de «diabólico», aunque tampoco de cristiano. Tiene mucho de pagano y de supersticioso; paganos son aquellos elementos de la cultura de un pueblo que no han sido iluminados por el Evangelio de la vida, y supersticiosas las formas deformadas de la religión. Fue por ello que, cuando tuvo lugar la evangelización de los celtas, los Papas Gregorio III (731–741) y Gregorio IV (827–844) intentaron introducir los elementos que dieran un significado pleno a esta creencia en la presencia de los «buenos espíritus de los ancestros familiares». Lo hicieron trasladando a las vísperas del 1 de noviembre (31 de octubre por la tarde) la solemnidad de «Todos los Santos», celebrada hasta entonces el 13 de mayo en Occidente latino. A esta «nueva fiesta», ya cristianizada, la Iglesia la llamó All hallow’s eve, que significa, en el inglés antiguo, «víspera de todos los santos». A estas palabras se les dio más tarde la pronunciación abreviada de «halloween». Entonces, el mismo nombre es de origen cristiano…

Dadas las características que adquirió esta tradición irlandesa al fundirse con la cultura norteamericana a finales del siglo XIX y XX, del halloween original no queda prácticamente nada; acaso la costumbre en la que los niños se divierten portando disfraces y gastando bromas a cambio de dulces. O también, la ocasión para el consumismo principalmente entre los jóvenes. Si no se confundiera el juego con la celebración religiosa todo estaría bien. La educación religiosa es muy importante. Si el niño y el joven saben que el día siguiente es la celebración de Todos los Santos, y dan a Dios, que es quien santifica a sus hijos, el lugar que sólo a Él le corresponde, no habría problema. Pero si se le prohíbe lo primero sin cuidar lo segundo el problema persiste.

Sin embargo, hay que advertir que, en todo el mundo, los adoradores de la muerte ‒satánicos y «fieles» de la santa muerte‒ han fundido con el halloween costumbres que sí son peligrosas para el resto de la sociedad. Y en este sentido, el halloween sí es «muy malo». Por ejemplo, está comprobado que los satánicos celebran el 31 de octubre el «festival de la muerte y la entrada del año nuevo satánico», y que para ello realizan una serie de sacrificios humanos ‒especialmente de niños y adolescentes‒ y misas negras. En Colombia, por ejemplo, la Policía incrementa también su actividad en estos días dado el incremento de asesinatos y desapariciones de niños. Se ha llegado a recomendar que los niños: eviten el uso de máscaras que cubran sus ojos; porten disfraces con colores claros; recolecten caramelos en casas y vecindarios bien iluminados y conocidos; caminen de la mano de sus padres, y que éstos se aseguren de inspeccionar los caramelos…

En mi humilde opinión yo recomendaría a los padres hacer gustar a los pequeños el amor por los santos, que son amigos de Dios. Esto mismo les ayudará a ellos a dar más importancia a la celebración cristiana y a darse cuenta que no tiene sentido andar por las calles y correr riesgos innecesarios sólo por hacer lo que los otros hacen y sin saber siquiera por qué…

* Lilián Carapia Cruz es licenciada en Filosofía y religiosa del Instituto de Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, en México.


WebJCP | Abril 2007