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MISIONEROS EN CAMINO: XXI Domingo del T.O. (Mt 16, 13- 20) - Ciclo A: ¿Tu qué dices de Jesús?
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sábado, 20 de agosto de 2011

XXI Domingo del T.O. (Mt 16, 13- 20) - Ciclo A: ¿Tu qué dices de Jesús?



Acabamos de oír que Jesús pregunta a sus discípulos, qué piensan de él, “quién decís que soy yo”. A nosotros que pretendemos seguirle, nos hace hoy esta misma pregunta.
Nuestra respuesta ha de ser personal, de cada uno de nosotros. No pensemos que es una encuesta, ni tiene porqué coincidir con lo que digan otros: teólogos, eclesiásticos, concilios…eso es fácil de conocer, está ya escrito y posiblemente lo hemos escuchado o leído muchas veces, tal vez en páginas bellísimas, algunas recientemente escritas, otras que han suscitado profundas polémicas. Tampoco lo que se ha dicho y se dice de Jesús en nuestro entorno social, a través de la historia de la Iglesia, o desde la perspectiva de otras religiones.

¿Quién es Jesús para mí? Jesús espera nuestra respuesta, la tuya y la mía, que nadie más conoce. Qué pienso del Jesús vivo, que habla, acoge, nos acompaña; quién es, qué me dice, qué guardo de él. Él quiere que hoy clarifiquemos ante él nuestra pensamiento, nuestro afecto. Hemos de estar seguros de quién es para nosotros, nos interesa a ti y a mi.

Posiblemente nos habrán acercado a Jesús las primeras palabras del evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios…la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros...”

La palabra suele ser, expresión de nuestro ser profundo, del pensamiento, del querer, la palabra es comunicación, es comunión. Jesús es la Palabra que Dios nos envía, es la Buena Noticia que nos revelará el misterio de Dios, nos ayudará a sentir a Dios como Padre, “nos da poder para ser los hijos de Dios”... dirá Juan.

Jesús es Dios que se humaniza, nace, crece, aprende a vivir en Nazaret de Galilea, una aldea pequeña de la Palestina ocupada por Roma, es hijo del carpintero, trabajó con él, asistía a la sinagoga, recitaba los salmos...

Ya hombre maduro acude al Jordán, se hace bautizar por Juan el Bautista y se oye una voz de lo alto que resuena como un trueno: “es mi Hijo amado, escuchadle”. Va a presentar la palabra de Dios, Él es la Palabra de Dios.

Al oírle oímos a Dios, al verle, vemos en Él que Dios es compasión ante todo dolor, defensa de los maltratados, esperanza de salud para los enfermos. Es el Dios hombre, que vive, que sufre con los que sufren, identificado con todos los injustamente tratados, violentados, que muere como nosotros, por nosotros.

Él asegura que los pequeños y los indefensos ocupan un lugar preferente en el corazón de Dios. Le gustaba abrazar a los niños en la calle delante de sus madres y bendecir a enfermos y desgraciados. Tocaba a los leprosos e indeseables que nosotros tememos tocar. Acoge como amigo a pecadores, no excluye a nadie de su amor. Siente compasión por los que “viven como ovejas sin pastor”.

A Jesús se le descubre y reconoce y encuentra y abraza mediante el descubrimiento, encuentro y abrazo con todos los seres humanos, sintiendo con ellos, sufriendo con ellos, dialogando...

Su quehacer, su vida es instaurar aquí en este mundo el Reino de Dios, que nuestro mundo se configure, se organice en convivencia, que recuerde a una familia que se reúne con gozo y celebra un banquete festivo, una fiesta de bodas, en el que todos participan de la misma mesa. Presentó el Reino en parábolas que las gentes comprendían, decía que hay que vivir con gozo, justicia, paz, libertad, en esta tierra, promete el Reino de los cielos a los que trabajan por implantarlo.

Su palabra, su vida, nos hace pensar en cómo hemos de vivir ante Dios, ante los hombres, viene en nuestra búsqueda cuando nos alejamos de Dios, nos llama para que le sigamos, para seguirle con la humildad del que necesita perdón, confianza, nos dice que todos tenemos un Padre, nos trae el abrazo del Padre que nos espera para invitarnos a su fiesta.

Jesús viene a infundir en nosotros el Espíritu de Dios. Jesús nos comunica su Espíritu, pronunció aquellas luminosas palabras: “el que me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morrada”. Es el anuncio de la prolongación de su vida en cada uno de nosotros.

Con el Espíritu que Jesús ha infundido en nosotros, hemos de realizar el auténtico seguimiento, la auténtica imitación de Jesús. Nuestra vida es prolongación de la vida de Jesús.

Para prolongar en mí la vida de Jesús en cada situación de mi vida, he de descubrir la fórmula válida para mi, que ha de tener las propiedades básicas, que caracterizan la vida de Jesús; tendremos que irlas descubriendo en toda la vida de Jesús, su hallazgo ha de guiarnos para nuestra decisión personal e intransferible de prolongar en mí la vida de Jesús; esta decisión exige la soledad, sin ceder la responsabilidad a una instancia externa, a lo que otros nos digan o hagan, sin comprometernos con el consejo, a veces obligación, de seguir o aceptar un confesor o un consejero ideal. Cada uno deberemos de encontrar la forma concreta del vivir de Jesús, para asumirla en nuestra vida, Él nos ayuda.

Seguir a Jesús nos responsabiliza de cumplir una tarea de la que nadie nos puede eximir. Nuestra vida tiene con Él quehacer, un sentido, una esperanza. Jesús nos espera para darnos el abrazo de la Vida más allá de nuestra muerte, en una puerta que Él ha abierto y que nadie puede cerrar, nos guía para vivir la Vida en Dios. Él es quien nos introduce y presenta ante el Padre para vivir en su gozo.

Con Él descubriremos el deseo de Dios de un vivir plenamente feliz para la creación entera, del Dios que enjugará las lágrimas de todos los que sufren, de todos los desgraciados de este mundo, del Dios que saciará la sed de vida de todos nosotros.

Si, Jesús es el fundamento más firme para vivir y para morir con esperanza. Jesús es nuestra salvación, es el Dios para el hombre, es el hombre para Dios.

Respondamos a la pegunta que hoy nos hace: ¿quien dices tu que soy Yo? Él es el Jesús que tratamos de vivir en nuestra vida, el Jesús en quien creo.


WebJCP | Abril 2007