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MISIONEROS EN CAMINO: XVII Domingo del T.O. (Mt 13, 44-52 ) - Ciclo A: Disfrutar del gozo de creer
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sábado, 23 de julio de 2011

XVII Domingo del T.O. (Mt 13, 44-52 ) - Ciclo A: Disfrutar del gozo de creer



Muchos cristianos viven hoy un estado intermedio entre el cristianismo que alimentó los primeros años de su vida y un distanciamiento de todo planteamiento religioso al que han llegado progresivamente, por inercia o influidos por la creciente descristianización que envuelve todo nuestro mundo, pero sin un planteamiento serio y personal de ninguna de las dos opciones.

Hoy ni nunca, pero hoy menos que nunca no se puede ser cristiano por nacimiento, hay que ser cristiano por una decisión personal, después de una experiencia de que en Jesús encontramos el sentido y la meta de nuestra vida.

No se puede ser cristiano sin una opción personal por la fe: que significa admitir a Dios como el único Señor, como un Padre misericordioso con todos, que ama al hombre con un amor sin límites y que ha querido intervenir en la historia por medio de su Hijo Jesús, muerto y resucitado por nosotros, para librarnos del pecado y para hacernos participes de su vida divina.

Pero difícilmente desde la sinceridad podemos decir, que la fe es para nosotros, el “tesoro escondido” o la “perla preciosa” por la que merece venderlo todo…

Nosotros hemos colocado a Dios junto a otros valores y a veces por debajo de ellos…

Cuántas veces, al ver la actitud resignada de los cristianos, la observancia rutinaria de nuestras obligaciones religiosas, el conformismo de nuestras vidas y la falta de alegría de nuestras celebraciones, uno se siente inclinado a pensar que los creyentes no sabemos disfrutar de nuestra fe, del gozo de creer en Dios. Se diría que la religión se ha convertido para muchos en un peso, en una costumbre, en una rutina o en una obligación. Dios no parece ser fuente de gozo y alegría para los creyentes.

¿Qué podemos hacer los cristianos para que nuestra fe en Dios no sólo no se desmorone, sino que salga fortalecida?

Difícilmente creerá el hombre moderno de nuestro tiempo si no es capaz de descubrir por experiencia un Dios amigo de la vida y de la felicidad de los hombres. Difícilmente se despertará la fe en él si no es capaz de cavar pacientemente en la vida y descubrir lleno de alegría el tesoro escondido de Dios.

Lo primero y más decisivo que estamos necesitando no es aprender cosas sobre Dios, sino encontrarnos con El. Curarnos de tanta prisa y de tanta superficialidad y detenernos ante Dios para abrirnos con confianza y con sinceridad a su misterio. Porque lo triste de nuestro tiempo es que muchos han abandonado la fe cristiana sin saber nada de ella, sin haber siquiera vislumbrado la riqueza, la esperanza, la felicidad, la alegría…que para el hombre se encierra en ella…

Nuestra época necesita testigos alegres de la fe. Hombres y mujeres capaces de disfrutar, celebrar y gozar de su fe en Dios.

Creyentes que a pesar de sus crisis, dudas y luchas, puedan hablar gozosamente de Dios. Y sólo el que encuentra ese tesoro es capaz de venderlo todo y dejarlo todo.

A despertar por el gusto de Dios nos invita la parábola de este domingo, en este tiempo de verano.

Cuentan de un discípulo que fue en busca de su maestro y le dijo: “Maestro yo quiero encontrar a Dios” Y un día en que el joven se bañaba en el mar, el maestro le agarró por la cabeza y se la metió bajo el agua unos instantes, hasta que el muchacho desesperado, en un supremo esfuerzo logró salir a flote. Entonces el maestro le preguntó: ¿Qué era lo que más deseabas al encontrarte sin respiración? Aire, contestó el discípulo. Cuando desees a Dios de la misma manera lo encontrarás…

Cuando busquemos a Dios con la misma convicción y con sencillez, él se nos hará presente y sentiremos su cercanía y su presencia a nuestro lado.

La búsqueda de Dios por parte del hombre es algo común a todas las religiones. Lo original del cristianismo es que antes de eso está la búsqueda del hombre por parte de Dios. Porque cada persona, toda persona, somos una perla, un tesoro para Dios.

Como dice Trinidad León: “Cuando Dios es nuestro centro, el campo en el que el tesoro del Reino está enterrado es nuestro propio ser. Nosotros somos la tierra y el tesoro por encontrar… Mirándolo bien, Dios, es “el Comerciante” que se desprende todo por adquirirnos. No es que nosotros elijamos dejar todo por Dios, antes de eso, Dios, por puro amor, hace de cada criatura algo de un valor infinito, que no siempre sabemos descubrir. Según las palabras de Jesús, en nosotros se encuentra la bondad y la novedad del reinado de Dios sobre la tierra. ¡Esta sí que es una “buena noticia”…!”.

La Palabra de Dios nos lleva a preguntarnos cómo valoramos a las personas.


WebJCP | Abril 2007