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MISIONEROS EN CAMINO: LA HOMILÍA MÁS JOVEN: DOMINGO DE RAMOS
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miércoles, 13 de abril de 2011

LA HOMILÍA MÁS JOVEN: DOMINGO DE RAMOS



1.- El encuentro de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, recuerda dos tradiciones litúrgicas. La primera parte compuesta de la proclamación de la Palabra, bendición de ramos y entrada solemne, tiene su origen en la iglesia de Jerusalén, la iglesia madre. La segunda, toda ella celebrada dentro del recinto, es fiel a la tradición de Roma, la que preside a la Iglesia Católica. Esta última es semejante a la de cualquier domingo. Una es rica en colorida, la otra repleta de austeridad.

2.- Una de las entradas de Jesús en la Santa Sión, tuvo mucha importancia. Era el cumplimiento de las profecías, la purificación del lugar santo y el auto-reconocimiento de su mesianidad. Esta actitud irritó a los que mandaban en el Templo. Aunque el cogollo de este lugar, el Santuario, había conseguido con su vaciedad, expresar que la Fe de Israel era en un Dios espiritual, los atrios que lo rodeaban también participaban de su santidad. En el lugar más santo ya no estaba ni el Arca de la Alianza, ni el Propiciatorio, ni las tablas de la Ley, ni la vara de Aarón, ni nada que pudiera insinuar idolatría, que pudiera estimular la imaginación de un dios material o mágico. Jesús no se entrometió allí. Pero los soportales que circundaban la gran explanada, participaban, de su religiosidad, y lo que empezó siendo una ayuda para el peregrino que no podía ofrecer limosnas más que en moneda propia del lugar, o víctimas que era incapaz de trasportarlas desde su domicilio, acabó convirtiéndose en un espacio de negocio que lo profanaba. Explicados estos detalles, comprenderéis la importancia que tuvo para las gentes, la entrada que celebramos hoy.

3.- Jesús se dirigió esta vez solemnemente desde su residencia habitual cuando estaba en Judea: la casa de sus amigos, los hermanos, Lázaro, Marta y María hacia Jerusalén. Era momento álgido, pero se mostró Él a su manera, con la humildad que le era propia. En otros tiempos el borrico podía gozar de prestigio, por entonces los poderosos viajaban a caballo. Le acompañaban al señor los Apóstoles. Seguramente nadie se fijó en Él hasta que, acabada la subida, montó en el jumento y al poco, empezó a descender. La falda de la montaña que llamamos de los olivos, por la abundancia de estos árboles, era lugar de recreo. La gente no estaba ocupada en solucionar sus pequeños problemas sin tener tiempo para nada, como ocurre hoy, estaba en situación apta para descubrir cosas mejores. Se propagó la noticia de quien pasaba por el camino y con ingenuidad se apresuraron a aclamarle. Gritaban hosanna, como en nuestros tiempos hubieran dicho viva o bravo. Cortaron palmas y ramas de olivo y las agitaron, como ahora hubieran aplaudido. Todo solemne, pero sencillo, quien le reconocía no era gente importante, ni poderosa: era el pueblo con sus criaturas ingenuas, las que si callaban, exigirían que hablasen las piedras.

4.- Celebrar esta entrada en la acción litúrgica, debe hacerse con espíritu alegre y fervoroso. Lamento observar que algunos portan sus ramos sin entusiasmo, colgados de la mano, casi arrastrándolos. A los niños más pequeños les han comprado palmas elegantes, con trenzados, las levantan sin saber porque lo hacen. Me decepciona que una vez sus padres han lucido a su retoño y le han sacado la correspondiente fotografía, se vuelven a casa. Por TV observo la procesión en Roma, en la plaza de San Pedro, miro las caras de la juventud. También la bajada hacia Jerusalén de los fieles de la Santa Ciudad. Los forasteros van emocionados, los religiosos y religiosas recogidos en oración, la juventud con su fanfarria, bombo y platillo incluido, atruenan el ambiente. No hay ni rastro de aburrimiento.

5.- ¡Cuánto me gustaría que os reunierais la gente joven, que trayendo ramos grandes, los levantarais como el deportista que triunfa levanta su trofeo, que cantarais con entusiasmo himnos, a Jesús reconociéndolo como vuestro Maestro, Señor y Amigo! Letras como “Christus vincit, Chistus regnat…” cantadas en sus diferentes versiones, penetrarán en vuestro corazón y lo llenarán de Esperanza.

6.- Porque comprobareis que los triunfadores envejecen y declinan sus cualidades, los conjuntos musicales, pierden creatividad, a los líderes políticos se les descubre que no son tan limpios como un día se supuso. Pero la honradez y lealtad del Señor, nunca desaparecen. Tal vez no entusiasmará histéricamente a quinceañeros o quinceañeras, pero nunca os engañara, nunca os traicionara, nunca os abandonará.

Como ejemplo, la lectura evangélica de la Pasión de Cristo, será una demostración de lo que es capaz de aceptar el Señor por los que ama. Cuando queda fija en la imaginación la imagen de Cristo carente de todo y crucificado, tantas cosas que satisfacen nuestra vanidad, nos damos cuenta de que no tienen ningún valor…

7.- La lectura de la Pasión no es un aguafiestas, su testimonio es el patrón con el que mediremos el valor que tiene lo que hacemos y de que, gracias a su sacrificio generoso, del que todos nos podemos aprovechar viviendo en la Iglesia y participando sacramentalmente, podremos, en nuestra vida, realizar grandes cosas por el Reino de Dios.


WebJCP | Abril 2007