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MISIONEROS EN CAMINO: IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: EL GRAN SIGNO DE LA LUZ
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sábado, 2 de abril de 2011

IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: EL GRAN SIGNO DE LA LUZ


El ciego de nacimiento es el segundo de los tres grandes "signos" del evangelio de Juan recogidos en estos domingos de Cuaresma. El domingo pasado, el signo era el Agua. Hoy, la luz. No sólo la luz que brilla en el cielo, el sol, sino la luz que nace en el corazón, la que saca de las tinieblas. Analicemos con algún detenimiento el relato de Juan.

1. Nos encontramos ante el relato de un hecho sucedido, utilizado por el evangelista como catequesis. Jesús curó ciegos (Marcos 8 y 10, Lucas 11 y 18, Mateo 9, 12, 15, 20, 21). Este es uno de esos relatos (el único relato de curación de un ciego recogido por Juan). La curación se narra con brevedad y perfecto sentido dramático.

Juan utiliza esta curación para mostrar la progresión de los hombres de buena voluntad hacia la luz, que es aceptar a Jesús, y la regresión de los "justos", que cada vez se hunden más en su propia ceguera, prefiriendo sus ideas sobre Dios a la Palabra misma.

2. Ante todo, aparece el milagro como signo.

En conjunto, presenta a Jesús como profeta, avalado por los signos. Junto a esto, aparecen signos concretos: Jesús luz, y la curación por el agua. Son signos bautismales. Este relato se usaba en la iglesia primitiva en las preparaciones y escrutinios previos al bautismo, y el mismo bautismo se presentaba como iluminación, salida de las tinieblas para acceder a la luz de Cristo, que es la vida y la fecundidad.

3. El relato está ubicado en la dinámica habitual de Juan, de oposición de la "ortodoxia" farisaica a Jesús. Jesús es considerado pecador, porque está quebrantando el descanso sabático. Por tanto, no puede ser de Dios. Jesús no encaja con la idea de Dios y del Mesías que ellos tienen, por tanto, no puede ser de Dios.

Este es uno de los relatos en que Jesús "provoca" a la legalidad. Ninguna urgencia exigía la curación inmediata. Se insscribe pues el relato en la perspectiva de la Pasión y de la Cruz, como cumbre de la ceguera de las tinieblas que rechazan la luz.

4. Todo ello nos muestra uno de los ejes básicos del Evangelio de Juan. Jesús no es rechazado solamente - ni principalmente - por "el mundo", es decir, por las maneras mundanas de vivir. Hay un rechazo más inquietante aún por parte de la gente religiosa, "los justos".

Jesús es acogido con alborozo por "los pecadores", los que son conscientes de su insuficiencia, los que se saben pecadores, los que desean ser liberados por Dios de su condición de pecadores que es su carga, de la que no se pueden liberar.

Jesús es mirado con sospecha y rechazado finalmente por los que se dicen justos, por los que cumplen la ley.

Y es verdad, la cumplen. Pero están ciegos: no saben que no tienen mérito alguno, que eso es el regalo que han recibido de Dios para que ayuden a sus hermanos, y ellos sin embargo han convertido su "virtud" en motivo de arrogancia y de creerse algo ante Dios, sobre sus hermanos pecadores.

Dios es luz

Dios es Agua para sobrevivir en el desierto. Dios es Luz para poder caminar sin tropezar. Seguimos en el magnífico mundo de los símbolos, con los que la Biblia y los Evangelios nos hablan, tan maravillosamente, de Dios.

El símbolo de la luz viene desde el principio, desde el libro del Génesis. La primera palabra de Dios que aparece en la Biblia es "Que haya luz". La presentación de Dios en la Biblia es: Dios es la luz y el orden. Con Dios se ve la realidad, sin Dios, todo es tinieblas y caos.

El Éxodo sigue aprovechando el símbolo: Dios guía al pueblo, incluso en plena noche, como una columna de fuego. Y se sigue desarrollando en los Profetas, especialmente en Isaías: "El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz". "Levántate, Jerusalén, porque viene tu luz".

Juan recoge esta línea desde el Prólogo de su evangelio.

En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en la tiniebla,
¡y la tiniebla no la recibió!
La Palabra era la luz verdadera
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
¡y el mundo no la conoció!
Vino a los suyos
¡Y los suyos no le recibieron!

Éste es el drama que constituye el argumento interno del evangelio de Juan. Jesús, Luz de Dios que resplandece en la tiniebla, y los hombres que se cierran a la luz, en inexplicable ceguera.

Este tema supone una profundización mayor en el tema del pecado y Dios. Dios es luz, pero nos cerramos a la luz, y ésa es la esencia del pecado.

No pocas veces entendemos a Dios como un añadido a la realidad, como si existieran las cosas, los sucesos, las ocupaciones normales de nuestra vida y... además, la religión, la fe, Dios.

Es todo lo contrario: existe una Realidad, y nosotros estamos en ella a oscuras, intentando captarla solamente con nuestros sentidos y nuestra razón.

Y con ellos vemos muy poco, caminamos a ciegas, tropezamos, equivocamos el camino. Dios es la luz para no vivir a ciegas. Con Dios comprendemos las cosas, la vida, el trabajo, la muerte...

El pecado es cerrase a la luz

Todo esto aclara más aún la noción de "pecado" en el evangelio: error por falta de luz. Hemos insistido demasiado en aspectos judiciales del pecado: de obediencia, culpa. Y demasiado poco en los aspectos objetivos, reales: desorientación, error, tropezón por falta de luz.

Hemos insistido demasiado en la condición libre del ser humano: puedo elegir, y cuando elijo al margen de Dios, contra la ley de Dios, lo hago ejercitando mi libertad de manera culpable.

El evangelio no nos considera libres, sino esclavos del pecado: y Dios no juzga a personas libres y responsables, sino que ayuda a esclavos ciegos, a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.

Evangelio significa buena noticia precisamente por esto: nos trae luz para vivir con acierto, nos informa de quién es Dios, nos libera de ese planteamiento judicial, enciende la luz acerca de Dios y acerca del ser humano. Es una formidable noticia: podemos ver, podemos caminar, y Dios es nuestra luz.

Este segundo tema de la lectura del ciego de nacimiento es más estremecedor, más angustioso. Encerrados en la cueva del mundo, en el laberinto oscuro subterráneo de encontrar sentido a la vida, brilla la luz de Jesús, y todo se ilumina con alegría y esperanza... pero algunos cierran los ojos, se vuelven a la sombra, rechazan la luz... Y estos no son "los pecadores" sino "los justos".

Es el argumento más dramático de los evangelios, cuando Juan habla de que "las tinieblas no le han recibido", "vino a los suyos y los suyos no le recibieron".

¿Por qué no le recibieron? Históricamente es bastante claro: Jesús no da cumplimiento a las expectativas mesiánicas, no promete la liberación política, no está interesado en que el Templo de Jerusalén sea el centro del mundo, no favorece los intereses de la clase sacerdotal... Política y económicamente hablando, Jesús no les conviene.

Profundizando por esta línea, Jesús despoja a los jefes religiosos de todo poder. Los jefes deben servir; los pastores no tienen sentido más que para que viva bien el rebaño; no hay intermediarios sagrados entre Dios y el corazón del hombre. Es el concepto mismo de religión el que está en peligro. Los jefes de Israel vieron bien claro que Jesús era un peligro gravísimo. El templo pierde protagonismo, Jerusalén no será ciudad sagrada, los sacerdotes no manejarán los misterios... Es inevitable que rechacen a Jesús, es razonable que lo quiten de en medio.

Profundizando un poco más en esta actitud, vemos que nace de que se han apoderado de la Palabra de Dios para su propia utilidad.

Han puesto a Dios a su servicio: Dios sirve para que el pueblo de Israel sea más que otros pueblos, para que los sacerdotes sean más que los fieles, para que los letrados gobiernen la fe del pueblo. Se han apoderado de Dios para su propio beneficio.

Y cuando se enciende la luz de Dios aparecen desnudos y sucios... No hay más que dos salidas: o lavarse en el Agua nueva, aprovechar la luz para cambiar... o tapar la luz, intentar apagarla... o volver a intentar apoderarse de ella y encerrarla para volver a aprovecharse de ella.

En las torpes palabras del ciego recién curado brilla una luz insoportable para los jefes, los sacerdotes y los letrados: no tienen más salida que expulsarlo de la sinagoga... y perseguir a Jesús. Es dramática la discusión de Jesús con ellos, reflejada en el final de este evangelio: dijo Jesús:

«Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos.»

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les respondió: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

La sal de la tierra, la luz del mundo… sois vosotros: que vean vuestras obras y reconozcan al Padre. Precioso resumen del sentido de nuestra vida: hacer que resplandezca el reino, que sea evidente y atractivo.


En estos días se cumplen treinta y un años del asesinato de Monseñor Romero. Ni el asesinato de Romero ni el de Ellacuría y sus compañeros/as ni el de tantos otros han sido reconocidos oficialmente como martirio.

Pero no hace falta: el sentir del pueblo de Dios los ha canonizado, lo hizo ya mientras vivían y lo sigue haciendo. No hace falta que nos digan desde arriba qué es luz y qué son tinieblas. Tenemos ojos, gracias a Dios.




SALMO 27

El salmista formula la fe en Dios Camino y Palabra, y manifiesta con los símbolos propios de su época los peligros de la vida, su confianza en Dios y su añoranza por Él.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el refugio de mi vida,
¿por quién he de temblar?

Aunque acampe contra mí un ejército,
mi corazón no teme;
aunque estalle una guerra contra mí,
estoy seguro en ella.

Una cosa he pedido al Señor,
una cosa estoy buscando:
morar en la Casa de el Señor,
todos los días de mi vida,

Que él me dará cobijo en su cabaña
en día de desdicha;
me esconderá en lo oculto de su tienda,
sobre una roca me levantará.

No me abandones, no me dejes,
Dios de mi salvación.
Aunque mi padre y mi madre me abandonaran,
el Señor siempre me acoge.

Enséñame, Señor, tu camino,
guíame por senda llana.

Espera en el Señor, ten valor y firme corazón,
espera en el Señor.




WebJCP | Abril 2007