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MISIONEROS EN CAMINO: IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: Cristo, Luz para nuestro mundo
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sábado, 2 de abril de 2011

IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: Cristo, Luz para nuestro mundo


Juan nos presenta hoy a Jesús, en el episodio del ciego de nacimiento, como Luz del mundo.
Jesús es definido en el evangelio de Juan, a partir de elementos básicos y fundamentales para la vida: el pan, el agua, la luz, la puerta, el camino, la misma vida… En cada caso, Jesús afirmará con la máxima claridad y firmeza: “Yo soy…” No dice que él nos dará un poco de pan, de agua, de luz, de vida, sino que es el pan, el agua, la luz, la vida. Con ello responde a las necesidades más profundas del ser humano que sólo él puede satisfacer.
Hoy, “el ateismo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo” (GS 19)
Estamos viviendo “el eclipse de Dios” (M. Buber) El nihilismo parece invadirlo todo. Pero este nihilismo moderno muestra cada vez con mayor claridad la inconsistencia y fracaso de “los sucedáneos de Dios” (razón, progreso, ciencia, tecnología): el mundo está lleno de crímenes e injusticias, inmoralidad, angustia y soledad, insatisfacción, guerras y muertes. En la realidad del mundo, el nihilismo, se traduce en sensación de vacío, desorientación y sinsentido, en ceguera total.
En esta situación, resuena la palabra de Cristo: “Yo soy la luz del mundo”.
Nosotros, apenas vemos la superficie de las personas, de las cosas y de los acontecimientos, pero no su verdadera y profunda realidad. En muchos programas de televisión y radio, en muchas películas, en Internet, se nos ofrece lo más frívolo y superficial, lo banal y a veces lo más zafio y grosero de las personas. Esa es la visión de la realidad que tiene mucha gente. Parecería, por otra parte, que en el juego fugaz de la vida, a los otros se les ve más como objetos que como sujetos. Es la ceguera del mundo.
Ocurre también que estamos ciegos para vernos a nosotros mismos. En lo más profundo de nuestro ser, está grabada a fuego una imagen divina; hay una presencia misteriosa, una huella de Dios. Sin embargo, para esta realidad asombrosa que llevamos dentro y que es lo mejor de nosotros mismos, estamos ciegos.
Jesús es la respuesta de Dios a nuestra ceguera. Si Cristo cura al ciego de nacimiento, es para decirnos que El es la luz del mundo, y el que le sigue no anda en tinieblas. El nos dice de dónde venimos y a dónde vamos, y cuál es el camino para llegar a la meta final.
El caso es que nosotros, los cristianos, hemos sido curados de nuestra ceguera de nacimiento. El Bautismo fue nuestra primera "iluminación" ("iluminados" fue durante siglos sinónimo de "bautizados"). Iluminados por Cristo, hemos de manifestar en nuestra vida los "frutos de la luz" abandonando las "obras de las tinieblas". Pablo enumera, como frutos, la bondad, la justicia, y la verdad.
Si quieres saber si estás en la luz, escucha a san Juan: “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano... está en tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos” (1 Jn 1,10-11) El amor es la prueba de nuestra vida cristiana.
En el evangelio de este domingo vemos que Cristo no sólo es Luz, sino también "juicio", o signo de contradicción. El ciego, que es tenido por pecador, llega paso a paso a la luz de la fe en Cristo. Los fariseos, en cambio, encerrados en sí mismos, en la oscuridad de su orgullo, no aceptan a Cristo. Ahí está la paradoja del "juicio": los que no ven, llegan a ver, y los que creen ver, se quedan ciegos.
No olvidemos que también nosotros, los cristianos, tenemos el peligro de rechazar en la práctica la Luz de Cristo; esto ocurre cuando no caminamos como "hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”.
Por otra parte, los que hemos sido "iluminados" por la Luz del Señor, debemos ser "iluminadores" de los demás; como el ciego, que dio testimonio de su fe en Cristo, a pesar de que le costó la expulsión de la sinagoga. En el fondo, los hombres quieren ver. Que un día no tengan que decirnos: “vosotros los que veis ¿qué habéis hecho de la luz?”


Por Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
Publicado por Pastoral Vocacional


El evangelio nos dice: "Al pasar Jesús vio a un hombre ciego". La iniciativa de la salvación parte de Jesús. No es el ciego el que pide la luz. Es la Luz la que se acerca a las tinieblas.
- Jesús “le untó en los ojos con barro». Extraña medicina. Para curar la ceguera le embarra los ojos. Es una invitación al reconocimiento de nuestros males. Sólo el que se siente enfermo puede ser curado.
-"Lávate en la piscina de Siloé". No es un agua cualquiera. Es el agua del Espíritu. Lavarse en la piscina de Siloé, es sumergirse en Cristo en el seno de la comunidad. El bautismo.
-«Se lavó y volvió con vista».
Todos nosotros vamos a ser iluminados por Cristo en esta Pascua. Y eso nos compromete a vivir como "hijos de la luz". El Bautismo fue nuestra primera "iluminación" ("iluminados" fue durante siglos sinónimo de "bautizados"). Cada Pascua, recordándonos el Bautismo, nos invita y urge a que en nuestra vida se noten los "frutos de la luz" (Pablo enumera la bondad, la justicia, la verdad), abandonando las "obras de las tinieblas". Los que aman están en la luz. “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano... está en tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos” (1 Jn 1,10-11)


WebJCP | Abril 2007