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lunes, 21 de marzo de 2011

Evangelio Misionero del Día: 22 de Marzo de 2011 - II SEMANA DE CUARESMA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar "mi maestro" por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar "maestro", porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen "padre", porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco "doctores", porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Compartiendo la Palabra
Por CELAM - CEBIPAL

De la humildad a la divinidad
“El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”.

El contexto y los destinatarios

Una vez que termina la serie de discusiones con los líderes judíos –la última había sido con los fariseos acerca del “Hijo de David” (23,41-45) –, la mano de Mateo anota: “Y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas” (23,46). Es ahí donde irrumpe un nuevo discurso extenso de Jesús sobre la hipocresía de ellos (Mateo 23,1-39; que en Marcos tiene apenas tres versículos: Marcos 12,38-40).

El discurso está dirigido “a la gente y a sus discípulos” (23,1). Ellos habían permanecido como mudos espectadores de las discusiones de Jesús con los líderes en el Templo. En medio de todo se había anotado una reacción frente a postura crítica de Jesús: “Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina” (23,33; igualmente los discípulos se habían maravillado en 21,20).

Es curioso que el discurso de Mateo 23 no esté dirigido directamente a los escribas y fariseos. Quizás se deba al hecho que éstos han demostrado una tal terquedad que ya las exhortaciones de Jesús no parecen afectar su incorregible actitud.

Ahora son los discípulos de Jesús los que tienen que evitar esos vicios, de los cuales no están exentos. Por esta razón, estas enseñanzas de Jesús, en vez de quedarse en señalamientos externos a los fariseos, deben ser acogidos como la invitación a una seria reflexión sobre el comportamiento al interior de la Iglesia.

La estructura

Tiene tres partes:

(1) Una breve introducción que presenta a Jesús y a sus destinatarios (23,1).

(2) Una descripción crítica de la “hipocresía” (a) de las enseñanzas y actividades de los escribas y fariseos, y (b) de su deseo de recibir homenajes públicos (23,2-7). Se podría titular: “un polémico retrato de la vanidad”.

(3) Una enseñanza sobre el comportamiento distintivo de los discípulos de Jesús, que comienza con la frase “vosotros en cambio…” (23,8-12).


Algunas anotaciones sobre la estructura

Vale observar la manera como se arma esta enseñanza mediante contraposiciones:

• La enseñanza de Jesús confronta dos tipos de comportamiento: uno no deseado (de los líderes judíos) y otro deseado (que se esperaría de los discípulos de Jesús).
• El primero se refiere en tercera persona plural (“ellos”, los líderes judíos) y el segundo en segunda personal plural (“vosotros”, la comunidad oyente).
• En la descripción del primero se polemiza el hacer “hipócrita” de dos maneras: (a) las buenas cosas que “no hacen” y (b) las malas cosas que “hacen”.
• En el mandato de Jesús a sus discípulos (el segundo tipo de comportamiento) se distinguen tres prohibiciones y un principio de vida que debe regirlos.
• Un dicho final, sencillo y práctico, sintetiza y concluye la enseñanza (23,12).

2. Profundización

Veamos las dos partes centrales del pasaje:
(1) El polémico retrato de la vanidad farisaica (23,2-7)
(2) El comportamiento distintivo de la comunidad de discípulos de Jesús (23,8-12).

2.1. Un polémico retrato de la vanidad: la “hipocresía” de los escribas y fariseos (23,2-7)

En cuanto “maestros”, por su actividad escolar y por ser hombres públicos (deben hacer actos de representación social), los “escribas y fariseos” son líderes del pueblo. Veamos lo que Jesús observa de ellos.

2.1.1. La hipocresía de sus enseñanzas y actividades: las buenas cosas que “no hacen” (23,2-4)

Jesús señala que los líderes (“escribas y fariseos”):
“Se han sentado en la cátedra de Moisés” (23,2)
a) Dicen pero no hacen (23,3)
b) Atan cargas pesadas y las ponen a la gente pero ellos ni se esfuerzan por llevarlas (23,4)


“Los escribas y fariseos”. La observación de Jesús se concentra sobre los “maestros de la Ley”, algunos de los cuales –quizás los más piadosos y dedicados- seguían la corriente de pensamiento y la piedad de los fariseos. Ni todos los escribas eran fariseos y ni todos los fariseos eran escribas.

“Se han sentado…”. La función de estos “maestros” era primariamente instruir al pueblo en la Ley de Dios (=la Toráh). La mención de la “cátedra” (o silla del maestro) quizás sea una referencia a la autoridad de su enseñanza, lo cual se podría entender como un “enseñar con la autoridad de Moisés”, el primer y gran transmisor de la Ley que venía de parte de Dios.

Frente a la actividad magisterial de los escribas y fariseos, Jesús toma posición (23,3):

(a) Jesús da un mandato positivo a sus discípulos: “Haced… todo lo que os digan” (23,3ª). Esto tiene sentido, porque Jesús no vino a abolir la Ley sino a darle cumplimiento (ver 5,17) e insistió en que se tuviera en cuenta “todo” (ver 5,18-19). Un discípulo será obediente a la Palabra.

(b) Luego da un mandato negativo (prohibición): “No imitéis su conducta” (literalmente: “las obras de ellos no hagan”; 23,3b). Jesús pide no imitar su hipocresía. Este mandato ya se había escuchado en el Antiguo Testamento para indicar la conducta pagana que no hay que seguir: “No te postrarás ante sus dioses… no imitarás su conducta” (Éxodo 23,24). Y una denuncia similar se escuchará en boca de Pablo sobre los falsos apóstoles: “No es mucho que sus ministros se disfracen de ministros de justicia. Pero su fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11,15). La imitación de la conducta hipócrita pone en juego la vida: “Y los muertos fueron juzgados… conforme a sus obras” (Apocalipsis 20,12).

(c) Finalmente les da el argumento: “Porque dicen y no hacen” (23,3c). El problema está en la inconsistencia: la contradicción entre el decir y el hacer (tema que ya habíamos visto en la parábola de los dos hijos: Mateo 21,28-30); al respecto los discípulos habían sido advertidos: “El que escuche estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como…” (7,26). El punto no está, entonces, en la validez o no de la doctrina de los rabinos y fariseos –lo cual Jesús aquí no entra a discutir– sino en el hecho que no viven según la fe que confiesan; y esto los convierte en charlatanes.

Enseguida, en 23,4, Jesús ilustra la distancia entre las palabras y los hechos: los escribas y fariseos ponen tareas y exigencias de vida que se derivan de la Ley (las “cargas pesadas” sobre “las espaldas de la gente”), por las cuales ellos no hacen ni el más mínimo esfuerzo (“ni con un dedo”) para cumplirlas ni ayudarlas a cumplir.

Estas “cargas pesadas” que los maestros y fariseos “atan”, bien podrían ser las normas de pureza legal que se enuncian en este mismo discurso más adelante (ver 23,25-28), así como el requerimiento de un rigorismo legal pero descuidando lo esencial: “la justicia, la misericordia y la fe” (23,23).

Notemos la contraposición entre el “hacer” de los maestros y fariseos, y el “hacer” de Jesús:
• Si los mandatos de los fariseos son “cargas pesadas”, los de Jesús son “carga ligera” (11,30).
• Si los fariseos las ponen “sobre las espaldas”, Jesús “da descanso” (11,28).
• Si los fariseos no las mueven “ni con el dedo” (=no compromiso), Jesús es modelo de vivencia: “aprended de mí” (11,29); e incluso su “humildad” será radicalmente opuesta a las actitudes vanidosas que enseguida se señalarán en los fariseos.



2.1.2. La hipocresía de su deseo de recibir homenajes públicos: las malas cosas que “hacen” (23,5-7)

Parece no ser suficiente señalar la falta de compromiso de los escribas y fariseos. Jesús desciende ahora hacia sus motivaciones: no están buscando la gloria de Dios ni el servicio a los hermanos, sino que se están buscando a sí mismos.


Jesús señala de los líderes judíos:
“Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres” (23,5ª)
a) Sus paramentos: amplían las filacterias y las orlas del manto (23,5b)
b) Sus etiquetas: las honras que les gustan (23,6-7):
- Puestos de honor en los banquetes (23,6ª)
- Puestos de honor en las sinagogas (23,6b)
- Ser saludados en las plazas de mercado (23,7ª)
- Ser llamados “Rabbí” (23,7b).


“Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres” (23,5ª). La incapacidad levantar si quiera un dedo para ayudar a otros y para vivir la Palabra que enseñan, se debe a una motivación de fondo: lo que buscan no es ni la gloria de Dios ni el servicio a los otros sino la ovación pública, lo cual hace de su piedad un show (ver la enseñanza del Sermón de la Montaña: 6,1-18). Jesús dice que es así como hacen “todas sus obras”, ni siquiera unas cuantas.

Para lograr esta “visibilidad” pública, este “alto perfil”, se valen tanto de la ostentación de sus indumentarias así como de las etiquetas sociales:

a) Los paramentos: “Se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto” (23,5b). Obviamente para su propia gloria y reconocimiento social.
• Las “filacterias” son lo que en hebreo se llama “tepillîn”; se trata de dos cajitas negras que llevan dentro pasajes de la Sagrada Escritura y que se amarran tanto en la parte alta del brazo izquierdo (cerca del corazón) y sobre la frente. El alargamiento de las filacterias no parece referirse tanto a la cajita cuanto a las cintas con las cuales se adherían a la cabeza y del brazo hasta la mano. Así se aplicaba literalmente lo que decía Deuteronomio 6,6-8: “Queden en tu corazón estás palabras que yo te dicto hoy… Las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos”. [Es el equivalente en nuestro mundo cristiano al colgarse cruces y medallas; y hay que gente que cree que entre más visibles, mejor]. La apariencia del judío piadoso debía ser más o menos así:

• El alargamiento de las “borlas” azules o blancas (conocidas como “tsîtsit”) que colgaban de las esquinas del manto ceremonial (un manto rectangular que se colocaba sobre la cabeza como mantilla para la oración y el estudio de la Toráh), signo de adhesión a la Ley. Así se obedecía a la norma de Números 15,38-39: “Di a los israelitas que ellos y sus descendientes se hagan flecos en los bordes de sus vestidos… Llevaréis, pues, flecos para que, cuando los veáis, os acordéis de todos los preceptos de Yahvé”. El mismo Jesús parece haber usado este manto con sus borlas (ver Mateo 9,20 y 14,36).

El punto es que de esta manera su piedad era más vistosa ante el pueblo. Jesús no critica su adhesión a la Ley sino su motivación: la auto-glorificación. Ya la misma norma del libro de los Números, que acabamos de citar, había dicho claramente que lo importante no era saber las normas sino practicarlas: “Os acordaréis de todos mis mandamientos y los cumpliréis, y seréis hombres consagrados a vuestro Dios” (15,40). Pero los escribas y fariseos: “dicen y no hacen” (23,3), fallando así en el objetivo fundamental del servicio a la Toráh.

b) Las etiquetas sociales: los puestos de honor y los títulos (23,6-7).
• “Primer puesto en los banquetes… primeros asientos en las sinagogas” (23,6). Ya en los tiempos antiguos existían sillas reservadas –puestos de honor– para las autoridades y V.I.P. en las salas de audiencias, los teatros y otros espectáculos, los desfiles, las comidas. Lo mismo en el mundo social y religioso judío: el puesto de honor en un banquete es el que está más cerca del anfitrión y en las sinagogas el que está más cerca del presidente (además, bastante visible). Jesús llama la atención sobre hecho de que ellos lo reclaman: “Quieren…”.
• También reclaman que se les llame por su título: “Que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabbí’” (23,7). Esto implica que aquellos de “menor rango” (por eso en las plazas de mercado y espacios populares: el “ágora”) le reconozcan su superioridad. De hecho el título “Rabbí”, literalmente etimológicamente significa “Mi grande”.

Pero el problema no parece ser exclusivo de los escribas y fariseos. De la crítica al título rimbombante “Rabbí” (con pompa y homenajes a aquel que no pasa desapercibido por su puesto y sus ornamentos), Jesús pasa ahora las instrucciones para su comunidad, donde se corren los mismos peligros con éste y otros títulos (y actitudes).


2.2. El comportamiento distintivo de los discípulos de Jesús: la humildad (23,8-12)

Jesús ahora enfoca a la comunidad de los discípulos. Por eso en su discurso cambia a la segunda persona plural: “Vosotros, en cambio…”.

Comienza retomando el título “Rabbí”, que también parece repetirse al interior de la comunidad. Así Jesús establece cuál debe ser el estilo característico de sus seguidores. Lo hace mediante:
(1) Una serie de tres imperativos prohibitivos que dan pie para delinear el estilo de vida comunitaria: “No os dejéis llamar… porque…” (23,8-10).
(2) Una enseñanza positiva que establece el criterio fundamental de las relaciones en la comunidad: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor” (23,11).
(3) Un dicho final: “El que se ensalce, será humillado; / y el que se humille, será ensalzado” (23,12).


2.2.1. El estilo de vida en la comunidad de Jesús: “Rabbí”, “Padre” y “Director” (23,8-10)


En contraposición a los escribas y fariseos, los discípulos de Jesús obedecen la orden:
“Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar…”
El verbo “llamar” se repite en las tres prohibiciones:
a) Prohibición del título “Rabbí” (23,8)
b) Prohibición del título “Padre” (23,9)
c) Prohibición del título “Director” (23,10)



Es claro que quienes orientan a la comunidad, las “autoridades”, deben ser llamados de alguna manera. Jesús llama la atención sobre esto: los títulos pueden manifestar un espíritu contrario al de la humildad y la fraternidad, olvidando –además- que el verdadero superior es Dios y su Hijo enviado al mundo.

El horizonte de esta parte de la enseñanza de Jesús es su visión de la comunidad. La comunidad de los discípulos de Jesús es ante todo una comunidad de “hermanos”: “Vosotros sois todos hermanos” (23,8c). El discípulo que hace la voluntad del Padre también llamado “hermano” de Jesús (ver 12,50) y también dentro de la comunidad “todos” se reconocen como tales (ver la insistencia en 18,15.15.21.35). En consecuencia, ninguno necesita ser exaltado por medio de adulaciones innecesarias.

“No os dejéis llamar ‘Rabbí’, porque un solo es vuestro Maestro” (23,8a-b). El término “Rabbí”, ya lo dijimos, técnicamente significa “Mi grande”, por tanto –en principio- es un título de respeto, que no connota necesariamente un “maestro” (en sentido escolar) sino una persona con autoridad. Ahora bien, en este caso, el texto parece estar pensando en los “maestros”, quienes muestran su superioridad frente a un grupo de aprendices. “Hermano” es el apelativo que más le debe gustar a un “discípulo” de Jesús.

Jesús es “el único Maestro”. Esto se entiende mejor a la luz de Isaías 54,13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvé”; el cual se entiende junto con Jeremías 31,33, donde es Dios quien hace posible la Alianza insertando en el corazón de su pueblo sus leyes: “Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. En este sentido, puesto que es Jesús quien realiza la Nueva Alianza, poniendo los corazones de los hombres en sintonía con el de Dios, de quién Él es el máximo revelador de su voluntad (ver Mt 5,17), Él es la máxima autoridad en la comunidad. Toda autoridad, por tanto, es derivada de la de Jesús, enraizada en Él.

“Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo” (23,9). Desde el Antiguo Testamento Abraham había sido llamado “nuestro Padre”. El profeta Eliseo llamó a su maestro Elías “Padre mío” (2 Reyes 2,12) En el mundo judío parecía ser un título de respeto, por eso una ocasión Pablo se dirigió a la asamblea de los judíos en Jerusalén llamándolos “Hermanos y Padres” (Hechos 22,1). Hoy sabemos que algunos rabinos de los tiempos de la comunidad de Mateo se hacían llamar “Padres” (si bien, esto no era común). ¿Cuál es entonces el problema? El problema no está en el título en sí, sino cuando una paternidad “en la tierra” sustituye la paternidad de Dios, esto es, como el verdadero generador de la vida y quien –en última instancia– se le debe todo, como lo proclamaba la confesión de fe Israelita en el Shemá (confesión de fe en un único Dios): “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios?” (Malaquías 2,10). En este sentido el verdadero Padre es “uno solo”, “el del cielo” (23,9b).

“Ni tampoco os dejéis llamar ‘Directores’” (23,10a). El término griego usado (“kathēgētes”), significa “el que conduce”. A veces se usa en ambiente escolar (el profesor), pero se refiere ante todo al líder y guía de una comunidad: el que más conoce y por eso instruye y orienta a los suyos. La diferencia con “Maestro” (ver el v.8) es leve. Generalmente indica la dignidad y el honor de un maestro exigente frente al resto de los hermanos. La respuesta de Jesús es precisa: “Uno sólo es vuestro Director: el Cristo” (23,10b), la adhesión del discípulo –en última instancia– es a Él. Como se dirá en el evangelio de Juan, Él es “el camino, la verdad y la vida” (14,6), quien “guía” al Padre.


¿Entonces no hay que llamar “padres” a los sacerdotes o “directores” a los que coordinan obras o comunidades?

Las palabras de Jesús en 23,8-10 apuntan a esta enseñanza: lo importante no es aquello que nos diferencia sino aquello que nos une.

El Señorío de Dios es la base de todas las relaciones comunitarias. Por eso Jesús nos recuerda que el verdadero Maestro y Director (23,8.10) es Él y que el único verdadero Padre es Dios (23,9). Cualquier autoridad en la comunidad está remitida a esta autoridad mayor. Por lo tanto, en el Señorío de Cristo y en la Paternidad de Dios, todos somos iguales: ¡todos somos hermanos!; de ahí que, no importa la función que se ejerza en la comunidad, todos tenemos la misma dignidad.

Pero tampoco Jesús quiere decir que no haya autoridad en la comunidad, como si estuviera proponiendo algún tipo de anarquía. Lo que dice es que lo primero es la fraternidad y que en función de ella, los encargados de dirigir la comunidad, están llamados a reflejar el rostro de Jesús Maestro y Director, y el rostro de Dios Padre.

No se trata, entonces, de una prohibición, como por ejemplo, de que a los sacerdotes los llamen “padres”. Eso sería fundamentalismo. Lo que Jesús está estableciendo en este pasaje es que:
(1) Ninguna autoridad se puede ejercer en nombre propio sino en comunión con el único Maestro, Director y Padre de la comunidad que son Jesús y su Padre.
(2) Ninguna autoridad se puede ejercer para satisfacción personal y honor propio, sino únicamente para el servicio de los hermanos: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor” (23,11).

¿No es curioso que en una ocasión Pablo se haya presentado como “padre” de los convertidos en Corinto: “Aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres. He sido yo quien, por el evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (1 Corintios 4,15)?

Con todo, no deja de ser sorprendente que, por ejemplo, un Francisco de Asís, teniendo presente este pasaje de Mateo, haya esquivado el uso de cualquier título honorífico.

2.2.2. El criterio fundamental de las relaciones en la comunidad: el “servicio” (23,11)

Lo que debe inspirar a todos discípulo de Jesús en todas sus acciones es:
“El mayor entre vosotros será vuestro servidor”.

Jesús mismo es el referente que hay que contemplar para imitar: “De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (20,28).

En este darle prioridad al otro, sobre los propios intereses, consiste la humildad. El nombre de la humildad, por tanto, es “Jesús” servidor que se despoja de su propia vida para rescatarnos para Dios. Jesús es el modelo del que sabe “descender” para salvar. Decía Casiano que humilde “es alguien cuya vida es capaz de ser aprendida y puesta en práctica por todos”.

Por tanto el camino está señalado. La dominación no tiene cabida entre los discípulos de Jesús, en cambio el servicio es la mayor exigencia: el “mayor” será el “servidor” (en griego: “diákono”).

Esto es realmente distintivo. En el mundo griego la palabra “diákono” era peyorativa, indicaba gente de bajo rango. Por eso la idea cristiana del servicio implica una nueva jerarquía de valores que se inspira en el comportamiento mismo de Jesús. Para un cristiano éste es el “mayor” valor.

2.2.3. Un dicho final sobre el futuro (23,12)

Conectada a la enseñanza sobre el “servicio humilde”, Jesús hace una declaración sobre la inversión de destinos que se dará al final de la historia:
“Pues el que se ensalce, será humillado;
y el que se humille, será ensalzado” (23,12)

Esta última frase de Jesús debe quedar en la mente de todo discípulo y ser recordada con la misma facilidad que se recuerda un proverbio (como aquel de Proverbios 29,23: “El propio orgullo domina al hombre, / el espíritu humilde obtiene honores”).

Es notable la contraposición entre el “ahora” (“el que se ensalce” ahora) y el “después” (“será humillado” después), entre la iniciativa del hombre (ensalzarse a sí mismo) y la acción final de Dios (lo humillará).

Jesús enseña que:
• La razón por la cual un cristiano no acepta títulos “ahora” es por un imperativo interno que proviene de la lógica del seguimiento: el llamado a la humildad.
• La cosa es en serio. De nuevo, así como se señaló al comienzo, hay que tener presente que la vida está en juego: ¿Qué hará Dios con nosotros “después”?

Dios tiene la última palabra: en el juicio se manifestará la verdad del corazón y Dios obrará con nosotros, esto es, nos humillará o nos ensalzará. Decía Job: “Él humilla la empresa del arrogante, pero salva al que baja los ojos” (22,29).

No somos nosotros quienes determinamos nuestro futuro, sino Dios; pero sí sabemos que según la ruta que tomemos ahora, sabremos lo que nos espera.

Lo importante, en el hoy del discipulado, es la fidelidad al estilo de vida del Maestro Jesús, quien se supo despojar para poder servir. Bien decía San Juan Crisóstomo:
“(Jesús) no sólo prohíbe poner el corazón en el primer lugar,
sino que pide ponerse después del último”
(Comentario a Mateo, 72.3).

Es así como Jesús nos llama, con sus palabras fuertes e insistentes, para que construyamos juntos las comunidades que saben decir “Padre nuestro” y que avanzan conducidas por Jesús sobre el doble criterio –aprendido en el modelo de vida del Maestro– de la alegre fraternidad y del servicio humilde y sencillo.


WebJCP | Abril 2007