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sábado, 29 de enero de 2011

Palabra para la Misión: Las Bienaventuranzas: corazón de la Misión


IV Domingo Tiempo Ordinario
Año “A” – Domingo 30.01.11 - Por EUNTES

Sofonías 2,3; 3,12-13 / Salmo 145 / 1Corintios 1,26-31
Mateo 5,1-12

Reflexiones

En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar antes y por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas, de poder, fuerza, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas tienen un fuerte contenido escatológico; reclaman, por tanto, la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “sólo Dios basta” (S. Teresa de Ávila).

Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, su opciones vitales. Viendo la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sedimento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.

El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con fortaleza la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ib.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Éste ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla también de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas -así como lo hizo Jesús- provoca un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!

La exhortación del profeta Sofonías (I lectura) se dirige a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial hacia los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cf v. 27-29). La misma comunidad de Corinto es un ejemplo de esto: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como ésta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con medios sencillos y frágiles, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. Y es justamente en estas situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, en donde se manifiesta la fuerza del Evangelio y la eficaz gratuidad de las Bienaventuranzas. (*)

Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple en estos días el aniversario del asesinato: Delhi, 30.1.1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni la misión ad gentes, ni la actividad pastoral, ni el verdadero ecumenismo.


Palabra del Papa

(*) “El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de jusiticia y de paz, caridad: es decir, les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cf Mt 5,1-12). Viviendo las Bienaventuranzas experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la buena nueva ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza”.
Juan Pablo II
Encíclica Redemptoris Missio (1990) n. 91


WebJCP | Abril 2007