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sábado, 4 de septiembre de 2010

En Caminio Domingo XXIII Del Tiempo Ordinario Ciclo C


Por Neptalí Díaz Villán; C.Ss.R.
Misioneros Redentoristas

Ya no será tu esclavo, será tu hermano

Onésimo fue un esclavo que se le escapó a su “amo” Filemón, no sin antes tomar para sí algunos recursos que le serían útiles en su aventura libertaria. (Lo mismo hicieron los hijos de Israel cuando escaparon de Egipto - Ex 14). Hay algunas pistas que nos dan a entender que Filemón y su familia vivían en Colosas, ciudad frigia en la península de Anatolia que para entonces era colonia romana.[1] Allí había una comunidad cristiana a la cual posiblemente pertenecía Filemón, amigo y dirigido espiritual de Pablo. Onésimo habría viajado desde Colosas hasta Roma, donde pretendía dejar atrás su vida de esclavo y hacer una nueva vida como hombre libre.
Por cosas de la vida, en Roma se encontró con Pablo que para ese momento estaba anciano y preso por defender la Causa de Jesús. Lo había visto cuando Filemón era su “amo”, ya que Pablo era amigo y director espiritual de Filemón. No sabemos si Pablo y Onésimo se reecontraron en la cárcel o en la calle. En aquella época los presos que tenían ciudadanía romana, como era el caso de Pablo, gozaban de algunos privilegios, como poder salir a la calle acompañados de un guardia.
Los encuentros con Pablo fueron tan fructíferos que Onésimo se convirtió al cristianismo y se hizo bautizar. ¿A Quien debía Pablo más lealtad? ¿A su amigo Filemón, a Onésimo, esclavo libertario recién convertido al cristianismo, a su propia conveniencia o a Cristo?
Si Pablo hubiera querido ser leal a su amigo Filemón, con esa lealtad ramplona que es más bien una manipulación de la conciencia para favorecer intereses egoístas, debía denunciar a Onésimo. Onésimo, por su parte, habría recibido el castigo que estipulaba la ley por haber robado y huido de su “amo”: la muerte. Habría podido favorecer a Onésimo y contactarlo con alguna comunidad cristiana en Roma para que lo acogiera y le brindara un espacio para vivir allí en la libertad de los hijos de Dios, de la que tanto habló él en sus cartas. Si hubiera pensado nada más que en sí mismo, lo habría dejado consigo, ya que Onésimo le era de gran ayuda en su ancianidad complicada con la cárcel. ¿Qué debía hacer? Esta circunstancia un tanto embarazosa hizo que Pablo madurara aún más las implicaciones de la opción por Cristo.
Fue entonces cuando escribió una pequeña carta a su amigo Filemón y se la envió nada más y nada menos que con el mismo Onésimo. Parte del contenido de esa pequeña carta es la que leemos hoy en la segunda lectura.
No podemos decir que Pablo fue un luchador por las causas libertarias porque sería falso afirmarlo. En otras cartas pareciera que a Pablo no le interesara mucho el tema de la lucha contra esclavitud, porque lo más importante según él era ser libre para Cristo. En la Carta a los Colosenses invitó a los siervos a que obedecieran en todo a sus amos de la tierra. (Col 3,22). En la primera carta a los Corintios invitó a que nadie se hiciera esclavo de otro hombre y a que si alguien podía conseguir la libertad debía hacerlo (1 Cor 20-24). Pero no fue muy insistente en ese tema como en otros, y jamás lideró una campaña para liberar a los esclavos. En aquella época no era muy común pensar en la posibilidad de un cambio de estructuras sociales. Era normal la esclavitud. Dentro de las mismas comunidades cristianas había personas que tenían esclavos a su servicio y otras que eran esclavos cristianos.
Sin decir que la carta de Filemón sea un manifiesto anti esclavista, sí deja al descubierto un avance bastante bueno en la conciencia de Pablo y en su convicción para hacer más real la libertad que Cristo nos dio (v.6). Después de los acostumbrados saludos de sus cartas (vv 1-7), Pablo se refiere a Onésimo como al hijo engendrado en la cárcel (v.10). Este es el punto de partida para las peticiones que vienen.
Ya que Onésimo era un hijo y no un esclavo, debía ser tratado como hijo y no como esclavo. Si antes le servía como un esclavo, ahora le sería más útil en sentido humano, porque debía reconocer en él no a un ser inferior sino a un ser humano con la misma dignidad (vv 11-12).
Por ser su director espiritual, Pablo habría podido pedirle a Filemón que aceptara sus designios por obediencia cristiana, pero no lo hizo. Quiso pedírselo desde la libertad. Había que hacer un cambio radical de mentalidad y este vino desde Pablo, primero al descubrir en Onésimo a un hijo de Dios, segundo al pedirle el favor y no al ordenarle ni exigirle por el precepto de obediencia (v.15). Aquí esta el favor, lo central de la carta: “Ya no será esclavo, sino algo mucho mejor, pues ha pasado a ser para mí un hermano muy querido, y lo será mucho más todavía para ti. Por eso, en vista de la comunión que existe entre tú y yo, recíbelo como si fuera yo” (vv. 16-17). El mensaje es muy concreto: Onésimo no debía ser tratado como esclavo sino como hermano. ¡Debía ser realmente un hermano! No solamente un hermano durante los ritos y en la vida real el mismo esclavo de siempre, porque entonces los ritos y el cristianismo en general no dejarían de ser un engaño más.
Preguntémonos: ¿Somos hermanos sólo durante las celebraciones, o de verdad en el día a día nos tratamos como hermanos? ¿Qué cambios debemos asumir los creyentes de hoy a la luz del testimonio de Jesús y de las primitivas comunidades cristianas?
Ser cristiano
En el despacho parroquial, una señora muy encopetada montó en cólera porque le pedíamos un sencillo curso a los padres y padrinos de su nieto que ella quería hacer bautizar. Afirmaba con cierto toque dramático: “Ahora lo complican todo para ser cristiano. Que para bautizarse tienes que hacer unos cursillos, para confirmarse otros y otros cuantos… preparaciones, preparaciones y más preparaciones. Multiplican las preparaciones… ahora todo es más complicado. Por eso es que la gente se está alejando de la religión y se está yendo (sic) a otras iglesias. Antes era todo era más sencillo. Bautizos, matrimonios, confirmaciones, grandes procesiones… era muy bonito… ya nada volverá a ser como antes, con estos curitas de medio pelo… ”
Como dialogar con ella resultó una tarea imposible, ahora me pregunto: ¿Acaso ser cristiano es tener en regla todos los sacramentos y realizar en cada uno de ellos solemnes procesiones que muchas veces no pasan de ser teatro popular barato? ¿Acaso una sociedad es cristiana porque declarare fiestas de guarda nacional y sus ciudades estén consagradas a San Pepito, Santa Tecla o a cuando santo resulte por ahí en el rincón de San Alejo? ¿Acaso ser cristiano es, como canta Arjona: “persignarse, hincarse y hacer de esto alarde”? ¿Eso es ser cristiano?
Para iniciar la vida cristiana la Iglesia católica exige en realidad muy poco. Algún cursillo prebautismal para los padres y padrinos de los bautizados en el cual se les exhorta a un compromiso de vida según el evangelio. Para los demás sacramentos por lo general se pide un pequeño curso previo. Los niños son quienes menos se quejan del asunto con los cursos para hacer la primera comunión y la confirmación. Quienes quieren contraer matrimonio preguntan muchas veces cómo pueden conseguir el papel de la confirmación. A estas personas no les interesa hacer una opción por Cristo y confirmar la fe en él, sino ese papel que piden en el despacho parroquial. “¡Porque sólo nos hace falta ese papel!” ¡Algunos tienen el descaro de ofrecer dinero para agilizar los trámites del certificado de confirmación! Y se escandalizan cuando se enteran del cursillo prematrimonial, que se reduce a un fin de semana o a lo sumo a unos cuantos. Y otro escándalo les representa el aporte económico para los certificados que deben ser cuidadosamente guardados en el despacho, cuando eso no representa muchas veces ni el 5% del total de gastos. Les cuesta dar 100 dólares para la Iglesia y no se sonrojan al gastar 10.000 o más en una pomposa fiesta. Afortunadamente no todos son de este estilo.
Jesús era muchos más exigente cuando se trataba de poner exigencia para el seguimiento. El evangelio que hoy leemos nos presenta tres exigencias extremas que deben ser entendidas en su contexto, y vistas como una meta utópica, es decir, como un deber ser que no podemos perder de vista. 1) Odiar a padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas e incluso a sí mismo. 2) Llevar la cruz. 3) Renunciar a los bienes.
Odiar (misei - miseí) es un término griego escrito con mentalidad semita que no debe ser tomado literalmente. Por eso la mayoría de biblias no traducen odiar sino posponer, es decir, preferir una cosa a la otra. Porque ese es el sentido.
Para entender esto debemos ubicarnos en el seno de las primeras comunidades cristianas en las cuales nacieron los evangelios, después del año 66 d.C. En aquella época, si una persona se declaraba seguidora de Jesús, era expulsada inmediatamente de la comunidad judía y, si quería reintegrarse, debía renunciar a Cristo y a su proyecto. Por eso algunos lo seguían a escondidas, como le pasó a Nicodemo (Jn 3,1ss).
Entre nosotros no sucede lo mismo. Cualquiera puede declararse cristiano, judío, gnóstico, agnóstico, ateo, animista, etc, y no le pasa nada. A nadie excluyen o persiguen por declararse cristiano. Pero cuando una persona asume de verdad el compromiso de Jesús y su causa, con seguridad vienen los conflictos, inclusive con la misma familia. Todo porque seguir a Jesús exige preferir la verdad, la justicia, el amor solidario y los demás valores del reino, a los intereses de los amigos o familiares, cuando éstos son injustos y van contra la ética y el bien común. Como bien dijo Aristóteles: “amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. ¿Qué siempre hay que defender la sangre? ¿Qué primero está la familia y luego el resto del mundo? ¿Qué las mamás nunca se equivocan y se deben escuchar y obedecer como a Dios? Jesús fue contundente: primero está el Reino de Dios y su justicia; lo demás vendrá por añadidura (Lc 12,31). “Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre es mi hermano, mi hermana y mi madre”. ( Mc 3,34-35).
Llevar la cruz no significa procurarme sufrimiento ni castigar mi cuerpo para salvar el alma, como erróneamente se pensaba en la edad media. ¡Eso es totalmente anticristiano! Llevar la cruz es asumir la vida con toda su realidad, inclusive con la realidad del dolor. Es tomar conciencia de mis errores, traumas, vacíos, incoherencias y de tantas realidades que no me permiten ser feliz, y optar decididamente por una vida más auténtica. Porque no puedo trabajar por la justicia si soy un hombre injusto. No puedo trabajar por la paz si soy un hombre con profundos conflictos internos de identidad y de personalidad. No puedo construir un mundo mejor si primero no arreglo mi mundo interior, si mi vida está llena de miedos y de grandes vacíos existenciales que pretendo llenar con un desbordado anhelo de aparecer como protagonista de la historia.
Eso no significa que el cristianismo se limite a la vida individual. Tomar la cruz es asumir como propio el proyecto de Jesús a nivel personal y comunitario. “No es pasividad ante el dolor ni magnificación de lo negativo. Es anuncio de la realidad, del compromiso para hacer cada vez más imposible que unos seres humanos continúen crucificando a otros seres humanos. Esta lucha implica asumir la cruz y cargarla con valor y también ser crucificado con valor. Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una vida que la cruz no puede crucificar. Predicar la cruz significa: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es per-seguir su camino, pro-seguir su causa y con-seguir su victoria”[2].
Renunciar a los bienes no significa regalarlo todo para andar como mendigos y engrosar aún más las cadenas de miseria. Es poner nuestro corazón en el Reino y no en los bienes materiales, que dejan de ser bienes cuando se acaparan injustamente y se ignora a la gran multitud de miserables que a duras penas sobrevive. Como dijo Jesús: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12,34). Se trata de Renunciar a todo lo que se tiene si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad legalmente injusta como la que tenemos hoy, porque si nuestro tesoro es el Reino, en él pondremos nuestro corazón y todas nuestras energías. Renunciar a los bienes materiales es saber que todo lo que tenemos, poco o mucho es de Dios y que, si somos de verdad sus hijos, no nos queda otra sino la de ser buenos administradores a favor de todos los seres humanos.
Claro que necesitamos ser “prudentes como serpientes” (Mt 10,16). Prudentes en el ahorro y creativos en al trabajo para alcanzar una economía sólida y ver colmadas nuestras necesidades básicas: salud, educación, techo, vestido, etc. Prudentes y organizados en los proyectos comunitarios hacia un mejor bienestar social. Pero también prudentes para no caer en la tentación de poner nuestro corazón y nuestra confianza en las riquezas porque estaríamos perdidos.
En otras palabras, renunciar a los bienes es poner en el centro a las personas en vez de todo lo demás: cosas, instituciones, dinero, honores, poder, etc. Si miramos nuestra realidad mundial nos daremos cuenta de que el origen de toda desigualdad social es la codicia. El afán de lucro desmedido que hace que unas personas aumenten cada vez más su capital a expensas de la miseria de tantos otros, pues como dijo Quino: “nadie amasa una gran fortuna, sin hacer papilla a otros”.
Evaluemos honestamente si de verdad somos cristianos. ¿Somos parte activa de la edificación de la Iglesia de Jesús o nos pasa como al que quiso construir un gran edificio y, por no calcular bien su capital, sólo pudo echar los cimientos y no más? ¿Soy capaz de enfrentarme a mí mismo y de enfrentar con mi manera de vivir a un mundo estructuralmente injusto? ¿Hasta dónde llega nuestra fe cristiana? ¿Soy capaz de “posponer a mi familia”, de “cargar con la cruz” y de “despojarme de los bienes”?

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WebJCP | Abril 2007