Diría que el Espíritu Santo tiene la misión de no dejarnos en paz. No deja en paz a la Iglesia. No deja en paz a las comunidades. No deja en paz a cada creyente. Como dice el teólogo y Cardenal W. Kasper, “La acción del Espíritu Santo consiste en actualizar de modo incesante a Jesucristo en su perpetua novedad”. La razón es clara, su misión es la de actualizar, la de poner al día. Es interesante ver cómo presentan los Evangelios la acción del Espíritu Santo en Jesús: “empujado por el Espíritu”, “lo empujó al desierto”, “movido por el Espíritu”.
La función del Espíritu Santo es no dejarnos ser lo que ya somos para que seamos más. Ni nos deja donde estamos para que caminemos, ni nos deja instalarnos ni en el hoy ni el ayer, sino que nos proyecta actualizando cada día a Jesús en la Iglesia. Por eso mismo le llamamos el “alma de la Iglesia”, es decir la vida de la Iglesia y la vida de cada creyente. La vida no es algo que está sentado sino algo que está en constante cambio. Se hizo famosa la frase del Patriarca de Constantinopla, Ignacio Hazim que dice: “Sin el Espíritu Santo, Cristo pertenecería al pasado; la Escritura sería letra muerta; la Iglesia una simple organización; la pastoral pura propaganda; la liturgia mera convocación mágica y la moral evangélica una moral de esclavos.
Una frase que lo dice todo. No somos nosotros los que actualizamos el Evangelio. Ni somos nosotros los que actualizamos y hacemos contemporáneo nuestro a Jesús. Es el Espíritu el que lo actualiza, el que lo traduce al lenguaje y a los problemas de hoy. La Iglesia tiene un dilema o es la Iglesia de los hombres o es la Iglesia del Espíritu Santo. Si es la Iglesia de los hombres no pasará de ser una institución más, gobernada por los mismos criterios y normas de cualquier institución. Si es la Iglesia del Espíritu Santo, entonces es la Iglesia de Jesús, la Iglesia de Dios.
El Espíritu es el que cada día nos pone al día tanto interiormente en nuestro espíritu de fidelidad al Evangelio, como en nuestra relación con el mundo y con la historia. Por eso mismo, los cambios en la Iglesia no son caprichos nuestros, sino actuaciones del Espíritu que no quiere una Iglesia envejecida sino una Iglesia que se rejuvenece cada día. La verdadera fidelidad a la Iglesia no es precisamente el “conservar lo de siempre”, sino el escuchar lo que el Espíritu nos pide a todos porque la fidelidad tiene que ser de todos y no solo de unos cuantos. Escandalizarse de que la Iglesia cambie es escandalizarse del Espíritu que actúa en ella.
SECUENCIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido:
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
En el Evangelio de Juan el primer don de la Resurrección es sin duda alguna el don del Espíritu Santo. “Recibid el Espíritu Santo.” Juan no espera a Pentecostés para regalarnos al Espíritu Santo, mientras que Lucas lo hace en Pentecostés. Se trata de dos contextos distintos y, por tanto, de dos lecturas teológicas diferentes.
En Juan es el Espíritu el que nos capacita para comprender al Resucitado y para comprender la nueva misión que comienza ahora con el grupo de los Once.
Por eso, el Misterio Pascua de la Resurrección no es algo que podamos comprender con la simple razón ni con la simple razón teológica porque el misterio pascual es mucho más que una idea, una teoría, es una experiencia, es ver, sentir, experimentar. Por eso mismo, los discípulos van acostumbrándose al Resucitado poco a poco. Cada aparición es toda una sorpresa que comienza con la duda y termina en la alegría y el gozo de la experiencia.
Jesús, el Verbo, fue autor de la creación. El Espíritu Santo es el autor de la nueva creación. En la primera creación, el hombre se hizo “un ser viviente”. En la nueva creación pascual, el hombre “se hace nueva criatura”. Ya no solo recibe el soplo de la vida, sino que recibe el soplo del mismo espíritu de Jesús.
La misión del Espíritu Santo será llevar a cabo la obra y la misión de Jesús a través de la Iglesia. Él los impulsará a romper los marcos del judaísmo. Él los impulsará a ponerse en camino de los gentiles. Además, Él será el animador, el inspirador de los nuevos evangelizadores. Él será el encargado de hacerles tomar conciencia de la presencia resucitada de Jesús en medio de ellos. No hay Iglesia sin Jesús, tampoco hay Iglesia sin el Espíritu Santo.
Espíritu Santo, que cuando sienta miedo, me des fortaleza.
Espíritu Santo, que cuando me sienta inseguro, me des seguridad.
Espíritu Santo, que cuando no vea nada, Tú ilumines mi mente.
Espíritu Santo, que cuando no sepa qué decidir, Tú me ayudes a discernir.
Espíritu Santo, que cuando mi corazón esté frío, que Tú lo calientes.
Espíritu Santo, que cuando me cueste amar, Tú enciendas mi corazón.
Espíritu Santo, que cuando no pueda perdonar, Tú me llenes de caridad.
Espíritu Santo, que cuando me sienta cansado, Tú seas mi fuerza.
Espíritu Santo, que cuando me sienta solo, Tú seas mi compañía.
Espíritu Santo, que cuando sienta el desaliento, Tú levantes mi espíritu.
Espíritu Santo, que cuando me sienta triste, Tú seas mi consuelo.
Espíritu Santo, que cuando me sienta vacío, Tú seas mi huésped.
Espíritu Santo, que cuando sienta seco mi corazón, Tú lo riegues.
Espíritu Santo, que cuando me desvíe el camino, Tú seas mi guía.
Espíritu Santo, que cuando sienta que Dios está lejos, Tú me lo hagas sentir.
Espíritu Santo, que cuando tenga que corregir, llena mi corazón de tu amor.
Espíritu Santo, que cuando tenga que tomar decisiones, Tú seas mi luz.
Espíritu Santo, que cuando no sepa orar, ora Tú en mí.
Espíritu Santo, que cuando viva en pecado, que Tú muevas mi corazón.
Espíritu Santo, que cuando no entienda los caminos de Dios en mi vida,
seas Tú el que pongas una luz en mi camino.
Espíritu Santo, que cuando me contente con lo que soy,
despiertes Tú en mí los sueños de Dios sobre mi vida.
Espíritu Santo, que cuando Dios falte en mi vida,
me cubras con tu sombra.
El gran peligro de la Iglesia es centrarse más en la organización que en el Espíritu Santo que vive en ella. Cuando prevalece la organización, la Iglesia resulta fría, lejana y hasta un tanto extraña. Cuando prevalece la organización, entonces la Iglesia se planifica como cualquier otra organización humana, con todos los sistemas de planificación, de exigencias, de condiciones, de leyes y de reglamentos.
Mientras que cuando la Iglesia se organiza movida, empujada por el Espíritu Santo, se convierte en familia, en comunidad de hermanos, en comunión de vida y en comunión de amor.
No basta con decir que actuamos bajo la acción e inspiración del Espíritu Santo, es preciso escuchar al Espíritu dentro de nosotros. Esto requiere sentirnos movidos por Él, vivir confrontados por el Él y discernir cada situación desde Él. Si el Espíritu Santo es “el amor de Dios”, el amor del Padre y el Hijo, entonces la gran señal de que actuamos bajo la acción del Espíritu Santo es obrar con verdadero amor.
Lo que mandamos, ¿nace del amor?
Lo que ordenamos, ¿nace del amor?
Lo que imponemos, ¿nace del amor?
El Espíritu Santo regala y despierta un sin fin de carismas a la Iglesia pero, como dice Pablo, los carismas pueden ser motivo de división y de fricciones. El único y verdadero carisma del Espíritu, alma de todos los demás carismas, es el del "amor”, el de la “caridad”.
La Iglesia, claro que necesita de un mínimo de organización, pero de una organización que no mate el Espíritu, sino que lo revele y manifieste. Los fieles debemos obediencia a nuestros pastores, pero pastores y fieles debemos obediencia al Espíritu Santo. Las primeras comunidades que aparecen en los Hechos de los Apóstoles no llaman la atención por su organización sino por“cómo se aman”. Las une no la organización sino el amor y la caridad.
Con frecuencia nuestras vidas se paralizan por nuestros miedos. Cuando tenemos que romper con algo o con alguna situación de pecado, lo primero que nos viene a la mente es “no puedo”. Claro que ese “no puedo”, en el fondo quiere decir “no quiero”. Y no quiero porque me siento a gusto, me agrada. Además, el “no puedo” nace de que sólo pensamos en nuestras fuerzas, en nosotros solitos y nos olvidamos que dentro llevamos otra fuerza capaz de decir “sí puedo” en cualquier momento y a cualquier circunstancia.
Es interesante aquello que habla Bernanos en su obra “Diálogo de Carmelitas”. El convento está amenazado de muerte. Cualquier día vienen a sacar a todas las monjas para llevarlas a la guillotina. Una de ellas se muere de miedo y decide abandonar el Convento. De repente, se presentaron los soldados y subieron a todas las monjas a un camión. Por el camino todas iban cantando “Veni Creator Spíritus”. Toda la gente se admiraba y coincidieron pasar junta a la monja que se había ido a su casa por el terrible miedo que sentía. Animada por el canto del resto de monjas, decidió treparse al carro y afrontar con todas ellas el martirio de la guillotina.
Lo que no podía por sus fuerzas lo pudo por la acción del Espíritu Santo en ella. La que huía por cobardía, termina con la fortaleza de dar la vida por la fe con el resto de religiosas. Decir “no puedo” es olvidarse de que dentro llevamos al Espíritu Santo. Decir “no puedo” es olvidarse de que llevamos dentro un dinamismo que supera nuestras fuerzas, nuestros miedos y nuestras cobardías.
Cuando pienses que no puedes, aún te queda acudir al Espíritu Santo que habita en ti.
Cuando tengas miedo para decidirte, invoca al Espíritu Santo que está dentro de ti.
Cuando el miedo y la indecisión quieran paralizarte, invoca al Espíritu que es la fuerza de Dios en ti.
Por eso, tal vez, cuando vayas a decir “no puedo”, primero siéntate a pensar y reflexionar y pregúntate si realmente estás ante un imposible o simplemente es que no estás convencido y no quieres cambiar. Cuando no puedas, grita: “Espíritu Santo transfórmame, cámbiame.”
La función del Espíritu Santo es no dejarnos ser lo que ya somos para que seamos más. Ni nos deja donde estamos para que caminemos, ni nos deja instalarnos ni en el hoy ni el ayer, sino que nos proyecta actualizando cada día a Jesús en la Iglesia. Por eso mismo le llamamos el “alma de la Iglesia”, es decir la vida de la Iglesia y la vida de cada creyente. La vida no es algo que está sentado sino algo que está en constante cambio. Se hizo famosa la frase del Patriarca de Constantinopla, Ignacio Hazim que dice: “Sin el Espíritu Santo, Cristo pertenecería al pasado; la Escritura sería letra muerta; la Iglesia una simple organización; la pastoral pura propaganda; la liturgia mera convocación mágica y la moral evangélica una moral de esclavos.
Una frase que lo dice todo. No somos nosotros los que actualizamos el Evangelio. Ni somos nosotros los que actualizamos y hacemos contemporáneo nuestro a Jesús. Es el Espíritu el que lo actualiza, el que lo traduce al lenguaje y a los problemas de hoy. La Iglesia tiene un dilema o es la Iglesia de los hombres o es la Iglesia del Espíritu Santo. Si es la Iglesia de los hombres no pasará de ser una institución más, gobernada por los mismos criterios y normas de cualquier institución. Si es la Iglesia del Espíritu Santo, entonces es la Iglesia de Jesús, la Iglesia de Dios.
El Espíritu es el que cada día nos pone al día tanto interiormente en nuestro espíritu de fidelidad al Evangelio, como en nuestra relación con el mundo y con la historia. Por eso mismo, los cambios en la Iglesia no son caprichos nuestros, sino actuaciones del Espíritu que no quiere una Iglesia envejecida sino una Iglesia que se rejuvenece cada día. La verdadera fidelidad a la Iglesia no es precisamente el “conservar lo de siempre”, sino el escuchar lo que el Espíritu nos pide a todos porque la fidelidad tiene que ser de todos y no solo de unos cuantos. Escandalizarse de que la Iglesia cambie es escandalizarse del Espíritu que actúa en ella.
SECUENCIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido:
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
EL ESPÍRITU SANTO CUMBRE DE LA PASCUA
En el Evangelio de Juan el primer don de la Resurrección es sin duda alguna el don del Espíritu Santo. “Recibid el Espíritu Santo.” Juan no espera a Pentecostés para regalarnos al Espíritu Santo, mientras que Lucas lo hace en Pentecostés. Se trata de dos contextos distintos y, por tanto, de dos lecturas teológicas diferentes.
En Juan es el Espíritu el que nos capacita para comprender al Resucitado y para comprender la nueva misión que comienza ahora con el grupo de los Once.
Por eso, el Misterio Pascua de la Resurrección no es algo que podamos comprender con la simple razón ni con la simple razón teológica porque el misterio pascual es mucho más que una idea, una teoría, es una experiencia, es ver, sentir, experimentar. Por eso mismo, los discípulos van acostumbrándose al Resucitado poco a poco. Cada aparición es toda una sorpresa que comienza con la duda y termina en la alegría y el gozo de la experiencia.
Jesús, el Verbo, fue autor de la creación. El Espíritu Santo es el autor de la nueva creación. En la primera creación, el hombre se hizo “un ser viviente”. En la nueva creación pascual, el hombre “se hace nueva criatura”. Ya no solo recibe el soplo de la vida, sino que recibe el soplo del mismo espíritu de Jesús.
La misión del Espíritu Santo será llevar a cabo la obra y la misión de Jesús a través de la Iglesia. Él los impulsará a romper los marcos del judaísmo. Él los impulsará a ponerse en camino de los gentiles. Además, Él será el animador, el inspirador de los nuevos evangelizadores. Él será el encargado de hacerles tomar conciencia de la presencia resucitada de Jesús en medio de ellos. No hay Iglesia sin Jesús, tampoco hay Iglesia sin el Espíritu Santo.
INVOCACIONES AL ESPÍRITU SANTO
Espíritu Santo, que cuando sienta miedo, me des fortaleza.
Espíritu Santo, que cuando me sienta inseguro, me des seguridad.
Espíritu Santo, que cuando no vea nada, Tú ilumines mi mente.
Espíritu Santo, que cuando no sepa qué decidir, Tú me ayudes a discernir.
Espíritu Santo, que cuando mi corazón esté frío, que Tú lo calientes.
Espíritu Santo, que cuando me cueste amar, Tú enciendas mi corazón.
Espíritu Santo, que cuando no pueda perdonar, Tú me llenes de caridad.
Espíritu Santo, que cuando me sienta cansado, Tú seas mi fuerza.
Espíritu Santo, que cuando me sienta solo, Tú seas mi compañía.
Espíritu Santo, que cuando sienta el desaliento, Tú levantes mi espíritu.
Espíritu Santo, que cuando me sienta triste, Tú seas mi consuelo.
Espíritu Santo, que cuando me sienta vacío, Tú seas mi huésped.
Espíritu Santo, que cuando sienta seco mi corazón, Tú lo riegues.
Espíritu Santo, que cuando me desvíe el camino, Tú seas mi guía.
Espíritu Santo, que cuando sienta que Dios está lejos, Tú me lo hagas sentir.
Espíritu Santo, que cuando tenga que corregir, llena mi corazón de tu amor.
Espíritu Santo, que cuando tenga que tomar decisiones, Tú seas mi luz.
Espíritu Santo, que cuando no sepa orar, ora Tú en mí.
Espíritu Santo, que cuando viva en pecado, que Tú muevas mi corazón.
Espíritu Santo, que cuando no entienda los caminos de Dios en mi vida,
seas Tú el que pongas una luz en mi camino.
Espíritu Santo, que cuando me contente con lo que soy,
despiertes Tú en mí los sueños de Dios sobre mi vida.
Espíritu Santo, que cuando Dios falte en mi vida,
me cubras con tu sombra.
MÁS ORGANIZACIÓN QUE ESPÍRITU SANTO
El gran peligro de la Iglesia es centrarse más en la organización que en el Espíritu Santo que vive en ella. Cuando prevalece la organización, la Iglesia resulta fría, lejana y hasta un tanto extraña. Cuando prevalece la organización, entonces la Iglesia se planifica como cualquier otra organización humana, con todos los sistemas de planificación, de exigencias, de condiciones, de leyes y de reglamentos.
Mientras que cuando la Iglesia se organiza movida, empujada por el Espíritu Santo, se convierte en familia, en comunidad de hermanos, en comunión de vida y en comunión de amor.
No basta con decir que actuamos bajo la acción e inspiración del Espíritu Santo, es preciso escuchar al Espíritu dentro de nosotros. Esto requiere sentirnos movidos por Él, vivir confrontados por el Él y discernir cada situación desde Él. Si el Espíritu Santo es “el amor de Dios”, el amor del Padre y el Hijo, entonces la gran señal de que actuamos bajo la acción del Espíritu Santo es obrar con verdadero amor.
Lo que mandamos, ¿nace del amor?
Lo que ordenamos, ¿nace del amor?
Lo que imponemos, ¿nace del amor?
El Espíritu Santo regala y despierta un sin fin de carismas a la Iglesia pero, como dice Pablo, los carismas pueden ser motivo de división y de fricciones. El único y verdadero carisma del Espíritu, alma de todos los demás carismas, es el del "amor”, el de la “caridad”.
La Iglesia, claro que necesita de un mínimo de organización, pero de una organización que no mate el Espíritu, sino que lo revele y manifieste. Los fieles debemos obediencia a nuestros pastores, pero pastores y fieles debemos obediencia al Espíritu Santo. Las primeras comunidades que aparecen en los Hechos de los Apóstoles no llaman la atención por su organización sino por“cómo se aman”. Las une no la organización sino el amor y la caridad.
YO NO PUEDO
Con frecuencia nuestras vidas se paralizan por nuestros miedos. Cuando tenemos que romper con algo o con alguna situación de pecado, lo primero que nos viene a la mente es “no puedo”. Claro que ese “no puedo”, en el fondo quiere decir “no quiero”. Y no quiero porque me siento a gusto, me agrada. Además, el “no puedo” nace de que sólo pensamos en nuestras fuerzas, en nosotros solitos y nos olvidamos que dentro llevamos otra fuerza capaz de decir “sí puedo” en cualquier momento y a cualquier circunstancia.
Es interesante aquello que habla Bernanos en su obra “Diálogo de Carmelitas”. El convento está amenazado de muerte. Cualquier día vienen a sacar a todas las monjas para llevarlas a la guillotina. Una de ellas se muere de miedo y decide abandonar el Convento. De repente, se presentaron los soldados y subieron a todas las monjas a un camión. Por el camino todas iban cantando “Veni Creator Spíritus”. Toda la gente se admiraba y coincidieron pasar junta a la monja que se había ido a su casa por el terrible miedo que sentía. Animada por el canto del resto de monjas, decidió treparse al carro y afrontar con todas ellas el martirio de la guillotina.
Lo que no podía por sus fuerzas lo pudo por la acción del Espíritu Santo en ella. La que huía por cobardía, termina con la fortaleza de dar la vida por la fe con el resto de religiosas. Decir “no puedo” es olvidarse de que dentro llevamos al Espíritu Santo. Decir “no puedo” es olvidarse de que llevamos dentro un dinamismo que supera nuestras fuerzas, nuestros miedos y nuestras cobardías.
Cuando pienses que no puedes, aún te queda acudir al Espíritu Santo que habita en ti.
Cuando tengas miedo para decidirte, invoca al Espíritu Santo que está dentro de ti.
Cuando el miedo y la indecisión quieran paralizarte, invoca al Espíritu que es la fuerza de Dios en ti.
Por eso, tal vez, cuando vayas a decir “no puedo”, primero siéntate a pensar y reflexionar y pregúntate si realmente estás ante un imposible o simplemente es que no estás convencido y no quieres cambiar. Cuando no puedas, grita: “Espíritu Santo transfórmame, cámbiame.”








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