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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales Liturgicos y Catequeticos: VII Domingo de Pascua, Fiesta de la Ascensión del Señor (Lucas 24, 46-53)
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jueves, 13 de mayo de 2010

Materiales Liturgicos y Catequeticos: VII Domingo de Pascua, Fiesta de la Ascensión del Señor (Lucas 24, 46-53)



Monición de entrada

(A)

Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo.
Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena
Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.
Pero, el Evangelio de Jesús sólo es Buena Noticia, cuando se practica, cuando se vive.
Si nosotros queremos convencer a otras personas de nuestra fe en Jesús, debemos vivir en conformidad con esa fe que tenemos.
Más que con palabras tenemos que convencer con hechos.

(B)

Celebramos, con alegría la Ascensión del Señor al Cielo; Jesús ha pasado de la muerte a la plenitud total de Vida.
Si alguna certeza podemos tener los cristianos es la de la presencia de Dios en nuestras vidas. Así nos lo prometió Jesús: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”, estas palabras nos debe de animar a vivir de otra manera la fe.
Que esta Eucaristía nos ayude a confiar en Jesús que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir.

Saludo

Que el Dios que en Jesús ha cumplido sus promesas y que quiere llenar de dicha nuestros corazones esté con todos vosotros…

Pedimos perdón

Como no siempre actuamos como si Cristo estuviera presente en nuestra vida de cada día, vamos a pedir perdón.

Por pensar que el Señor nos abandona cuando le necesitamos, y no darnos cuenta de que somos nosotros los que nos olvidamos de Él. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Por olvidarnos de Cristo en los momentos de alegría y felicidad y pensar que todo ello es fruto de nuestro esfuerzo personal. CRISTO, TEN PIEDAD...
Por rechazar a los que viven junto a nosotros y quedarnos tan tranquilos diciendo: “Dios le ampare...”. SEÑOR, TEN PIEDAD...

Aspersión (Si no hay acto penitencial)

Nuestro bautismo ha sido la puerta de entrada en la familia de los hijos de Dios; pero nuestra vida aún está llena de pecado y de egoísmo (Aspersión con el agua la pueblo...)

Que Dios todopoderoso nos purifique de nuestros pecados y que la celebración de estos misterios santos nos hagan participar más plenamente de la vida divina, inaugurada por Jesús al sentarse a la derecha del Padre. Amén.

Gloria:

Tú eres, Señor, nuestra esperanza y el guía que nos señala nuestra ruta. Que te busquemos, noche y día, hasta encontrarte al final de nuestra vida. Mientras tanto todos unidos te aclamamos y te bendecimos diciendo..

Escuchamos la Palabra

Monición a la Lectura

Hay una recomendación, una promesa y una misión. La recomendación que sigan unidos. La promesa del Espíritu Santo, recibirán un baño de Espíritu. La misión de ser testigos de Jesús en todo el mundo. Marcha Jesús, pero deja “el testigo” al Espíritu Santo y a sus discípulos.

Lecturas del día…

Homilías

(A)

Al escuchar a San Lucas en la primera lectura de hoy podemos pensar que Jesús se fue al cielo subiendo como un astronauta, pero no fue así. Lo que quiere decimos san Lucas es que Jesús resucitó para vivir en el cielo después de haber vivido en la tierra.
Nosotros tenemos que mirar al cielo y a la tierra. Tenemos que mirar al cielo, porque el cielo es nuestra felicidad. La felicidad sólo la encontramos en Dios.
Muchos la buscan en las riquezas, pero las riquezas son como el agua salada, que cuanto más se bebe da más sed. También, cuantas más riquezas se tienen, más se quieren.
Uno nunca queda satisfecho.
Algunos parece que lo tienen todo. Andan de fiestas, en yates, etc., y, sin embargo, se sienten vacíos. Buscan la felicidad donde no está y, al no encontrarla, a veces caen en la desesperación, en los vicios, en el crimen o en el suicidio. Puedo deciros que son más felices muchos misioneros que muchos archimillonarios, porque esos misioneros han emprendido un camino que los lleva a Dios y la felicidad ya ha empezado para ellos.
Muchos archimillonarios piensan que el tiempo pasa, que pasan las primaveras y que se acerca la vejez, y ven que tienen las manos vacías. También para los misioneros pasa el tiempo, pasan las primaveras y se acerca la vejez, pero tienen las manos llenas de obras buenas, que son las que dan sentido a la vida.
Nosotros, además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Jesús ha dicho que no todos los que dicen «Señor, Señor» entrarán en el reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que una persona egoísta se haga una persona de amor a los demás.
El amor ha de mostrarse también en las palabras, pero dejaría de ser amor si sólo se quedara en palabras. Dicen que vale más un acto de amor que mil palabras sin amor.
Hay hijos que presumen de que aman mucho a sus padres y luego los matan a disgustos, no haciéndoles caso en nada. Hay esposos que se las dan de que se adoran, pero luego viven en continuas riñas, con gritos o silencios que molestan.
Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios.
Si queremos seguir su camino, hemos de procurar la fraternidad y no el odio, la justicia y no la injusticia, la paz y no la guerra, lo que nos une y no lo que nos separa.
Para seguir el camino de Cristo, tendremos que remar contra corriente. Pero vale la pena, porque el pez que está muerto es el que se deja llevar por la corriente, no el pez que está vivo.
No es fácil remar contra corriente, pero no estamos solos. Jesús nos acompaña: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con Jesús resucitado como compañero único de existencia.
Día a día, él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a cada uno de nosotros.
El está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza.
El nos contagia la seguridad. El nos ofrece una esperanza inconmovible. El nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que verdaderamente nos puede hacer felices.
En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento. No puede haber lugar para la desesperanza. Esta fe no nos dispensa del sufrimiento ni hace que las cosas resulten más fáciles.
Pero es el gran secreto que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza. Jesús está con nosotros.

(B)

¿Qué hacéis ahí parados mirando al cielo?

Hay ocasiones en las que la Palabra de Dios resulta tan impactante y tan concentrada en una sola frase que incluso “duele” un poco descartar todo lo demás para focalizar el comentario… pero en este día en que celebramos la fiesta de la Ascensión no me resisto a centrarme única y exclusivamente en esta frase… tal y como narra el libro de los hechos de los Apóstoles, un mensajero de Dios les dice a éstos, que se habían quedado plantados, mirando al Cielo, esa frase contundente: ¿Qué hacéis ahí parados, mirando al cielo? Es una frase que concentra varias preguntas que podemos hacernos.

La primera de las preguntas es: ¿hacia dónde debemos mirar?

Desde que Jesús se fue (no vamos a literalizar las cosas pensando que ese paso al Cielo fuera algo físico, como un cohete… creo que todos entendemos la imagen, más allá de que el Cielo esté arriba o abajo) la vida del cristiano muchas veces consiste en mirar al Cielo. Miramos al Cielo, y elevamos nuestros ojos a él, cuando desde nuestras prácticas religiosas confiamos en la presencia de Dios en nuestras vidas; cuando nos dirigimos a Él en la oración; cuando le buscamos en cada recoveco de nuestra existencia para buscar su presencia esquiva y a veces silenciosa; cuando pedimos explicaciones para la presencia del dolor en nuestras vidas o del mal en el mundo.

Pero también miramos al Cielo, y elevamos nuestros ojos, cuando nuestro interés es mucho más elevado que lo terreno; cuando renunciamos a lo material y lo consideramos un mero instrumento regalado por Dios para compartir; cuando disponemos de nuestro tiempo, tan preciado hoy en día, y lo regalamos al otro para escucharle, acompañarle, tomarle de la mano o para auxiliarle en sus necesidades… aunque eso parece ya que no sea mirar al Cielo, sino a la tierra…

Y por eso hay que empezar a entender el mensaje divino que les lanzó y nos lanza el ángel hoy a cada uno de los cristianos. Si mirar al Cielo implica quedarse cómodamente en la pura contemplación del misterio de Dios, pero nos hace quedarnos quietos, impasibles, esperando que pase algo como quien espera que llueva, o como quien presencia una obra de teatro, estamos equivocados. Poner los ojos en el Cielo implica de inmediato mirar, en primer lugar, hacia nosotros mismos: Dios está en nosotros, en nuestros corazones, en nuestra vida, en nuestra cotidianeidad, anda entre nuestros cacharros y nuestros fogones… y ahí es donde hay que buscarle. Dios está al lado de nosotros, en el próximo-prójimo, en el que nos muestra el rostro sufriente de Dios y en el que nos muestra el rostro materno, amable, complaciente, alegre, jovial, disponible, cercano de ese Dios que se niega a dejarnos solos ni un solo día hasta el fin del mundo. Mirar al Cielo, sí, pero mirando a la tierra, a nuestro lado y también dentro de nosotros.

La segunda de las preguntas sería: …y si no estamos parados, ¿para qué debemos movernos?

Pues ahí sí que podemos buscar la respuesta en el Evangelio. Cuando uno mira al Cielo con los ojos de la fe y ve lo que ve; cuando miras a tu propia vida y descubres la presencia de ese Dios tan cercano a ti; cuando miras al prójimo a veces tan necesitado, o al mundo, a veces tan reseco… ¡quedarse quieto es casi un crimen! Brota de forma espontánea la necesidad de salir corriendo a gritar a todos que Dios está vivo, que está con nosotros, que hay esperanza, que podemos hacer un mundo mejor, que tenemos nada menos que una noticia, una Buena Noticia, de amor, de perdón, de reconciliación y que anuncia que, en este mundo que algunos envejecidos de corazón dicen que está ‘tan perdido’, en realidad, ¡tiene salvación!

A cada uno de los que hoy miramos al cielo casi de reojo seguro que se nos ilumina una gran sonrisa en el rostro que grita desde nuestro interior: ¡gracias, Señor, por darme el empujón que necesitaba para moverme y salir al mundo a buscarte y compartirte!Ése es el mejor mensaje de la Ascensión de Jesús al cielo, que se ha ido para quedarse.

(C)

Cuando Cristo desparece de la vista de sus discípulos, podrían llorar su ausencia. Ya no escuchaban sus palabras ni sentían el calor de su cercanía. Ya no veían al Maestro, el Amado.
Pero “dichosos los que crean sin haber visto”. Él les había prometido su presencia continuada: “Sabéis que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Pero ¿dónde se encuentra el Señor? Es ahora cuando la fe tiene que empezar su tarea. Por algo dijo Jesús: “Os conviene que yo me vaya” Una de las razones, para que la fe se ponga al día.
Creer es descubrir las ocultas presencias de Cristo. El que tiene la fe despierta no tardará en encontrar al Señor. ¿Dónde podrá encontrarle? Hay que citar cinco lugares especialmente epifánicos: no tanto allá arriba, en el cielo, sino en:

La comunidad, porque “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Es lugar privilegiado de encuentro con el Señor, sacramento permanente y personalizado de Cristo.
La eucaristía, donde la presencia se hace más viva y real, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, sacramento inapreciable.
La palabra, porque el Señor sigue enseñándonos; sus palabras no pasan y “el que a vosotros escucha a Mí me escucha”,sacramento profético de Cristo.
El pobre y el niño y el que sufre, porque “lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”, sacramento entrañable de Cristo doliente.
El corazón de todo creyente, del que ama, y “si alguno me ama, guardará mi palabra, y vendremos a él, y haremos morada en él”, sacramento vivo de Cristo.

Estas presencias ahora están veladas y sólo pueden ser vistas por la fe. Llegará un día en que los velos desparezcan y entonces veremos a Dios cara a cara, “lo veremos tal cual es”...
Mientras tanto, la fe nos permite gozar anticipadamente, aunque veladamente, de esta realidad.

Fiesta para el compromiso

Jesús terminó su obra, pero nos dejó a nosotros la misión de continuarla y completarla: “Id...” No nos quiere mirando al cielo...
Jesús ya no está aquí, pero nosotros le prestamos nuestro cuerpo para hacerle presente. Jesús ya no tiene aquí sus manos, pero las nuestras le sirven para seguir bendiciendo, liberando y construyendo la fraternidad. Jesús ya no puede recorrer nuestros caminos, pero nosotros le prestamos nuestros pies para acudir prontos a las llamadas de los pobres. Jesús ya no puede repetir sus bienaventuranzas ni proclamar el año de gracia ni pronunciar palabras de vida eterna, pero nosotros le prestamos nuestros labios para seguir anunciando la buena noticia a los pobres y la salvación a todos los hombres. Jesús ya no puede acariciar a los niños, curar a los enfermos, perdonar a los pecadores, pero nosotros le prestamos nuestro corazón para seguir estando cerca de todos los que sufren y volcar sobre ellos la misericordia de Dios.
Queda todavía mucho, muchísimo por hacer. Jesús necesita de todos nosotros. No ha llegado aún el momento del descanso. Ofrécele al Señor todo lo que puedas; quizás sólo sea una oración o un dolor o una palabra o un servicio o un gesto de solidaridad y comunión. Todo vale, con tal de que sea hecho en el Espíritu. Es el momento de tu compromiso. No podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en la tierra.

(D)

Una madre muy cristiana, a la edad de ochenta años, llamó un día aparte a uno de sus ocho hijos y le manifestó que ellos disponían de muchas comodidades, pero que les faltaba una cosa: les faltaba la sonrisa; que no tenían tiempo ni ganas de reír; que ellos tenían lavadora y que ella había tenido que lavar a mano, pero que, a pesar de esta y de otras incomodidades, se había sentido siempre alegre y sonriente. Y es que en esta mujer siempre hubo una gran fe cristiana.
Hermanas y hermanos: hoy, domingo de la Ascensión, recordamos que Cristo entró en el cielo después de que durante cuarenta días hemos recordado su Resurrección de entre los muertos. Por eso hemos repetido una y otra vez, a lo largo de estos días, la palabra aleluya, palabra con que la Iglesia nos invita a la alegría.
Pero podemos preguntarnos si vivimos con alegría y sabemos sonreír. Para vivir con alegría dejemos de tener sentimientos de rencor, de odio, de envidia, de egoísmo, y procuremos llevar una vida sencilla, tranquila, aprendiendo a ser comprensivos y tolerantes con los demás. Y cuando nos vengan pensamientos tristes, cambiémoslos por pensamientos alegres, igual que, cuando escuchamos la radio, cambiamos de onda para escuchar cosas que nos interesan. Los pensamientos tristes intoxican la sangre, paralizan la digestión, acortan la vida y aceleran la vejez. Cuando lleguen los problemas, o tienen solución o no la tienen. Si la tienen, procuremos dársela; si no la tienen, no les demos vueltas y más vueltas: sería inútil y nos amargaríamos la vida.
Todos tienen algo por lo que llorar, por lo que sufrir.
No vayas a darles a los demás tus sufrimientos, sino más bien tu palabra de aliento para seguir adelante, tu amistad con que alivies su soledad, y tu amor con el que suavices su dolor.
No mires hacia atrás, mira hacia delante. Mientras veas salir el sol tras las montañas cada mañana es señal de que estás vivo y de que tienes que esforzarte en ser feliz, en vivir en cada instante como si fuera el último y no dejes de agradecer a Dios todo cuanto te da.
Levántate por la mañana con alegría, dispuesto a vivir el nuevo día con todas tus fuerzas hasta su último segundo, compartiendo en ese nuevo día tu amor y alegría, tus sonrisas con todo aquel que se acerca a ti.
Merece la pena vivir, porque, como dice un poeta, mientras haya un solo niño en la tierra, una flor, una estrella que admirar, merecerá la pena seguir viviendo.
Pero sobre todo merece la pena seguir viviendo para los que tenemos fe, porque si Cristo ha resucitado también resucitan los muertos.
Y no olvidemos que nadie es tan rico que no necesite una sonrisa, ni tan pobre que no pueda darla.

(E)
Homilía para Niños…

Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda uno pudiera imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un Circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado al pueblo toda la clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí los euros que sus padres les habían regalado.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por sus tamaños. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar alguno.
Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y entretenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de un aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estaba clarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba a aquel globo, que trepaba y trepaba rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el Oeste por el viento quieto de aquella hora. El primer niño que lo vio lo señaló con el dedo y gritó:
-¡Mira, mamá, un globo!
Inmediatamente fueron varios más los que lo vieron y lo señalaron a sus chicos y a los más cercanos. Pero para entonces el vendedor había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver cómo un globo perseguía al otro en su subida al cielo.
Para completar la cosa el vendedor soltó otros dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que una tropilla de pequeños lo rodeara y pidiendo a gritos que su mamá o su papá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos, porque realmente tenía globos de todas las formas, tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que, imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.
Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si una honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente y se rehusó a tomarlo.
-Te lo regalo, pequeño- le dijo el hombre con cariño, insistiéndole para que lo tomara.
Pero el niño negro de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño qué era entonces lo que le entristecía. y el negrito le contestó en forma de pregunta:
Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene allí, ¿subirá tan alto como los otros globos de colores?
Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:
-Haz tú mismo la prueba. Suéltalo y verás cómo también tu globo sube igual que todos los demás.
Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.
Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita enrulada, le dijo con cariño:
-Mira, pequeño, lo que hace subir al globo no es la forma ni el color, sino lo que tiene dentro.

Lo que nos hace subir y llegar a Dios, no es lo que tenemos por fuera... el color de nuestra piel, o el que seamos más guapos o más feos, ni más grandes o más pequeños... Lo que nos hace subir hasta Dios es lo que tenemos dentro: amor, servicio, ternura, comprensión, perdón...
Eso un día nos llevará hasta Dios, como un día lo hizo Jesús, y cuya fiesta hoy celebramos...

Oración de los fieles

(A)

Con Jesús Resucitado y Glorioso, te pedimos Padre:

Todos: Acoge nuestra oración.

Para que ayudes a tu Iglesia a caminar en la alegría de Jesús resucitado. Oremos...
Para que la fortaleza de tu Espíritu nos haga ser tus testigos en el mundo. Oremos...
Enriquécenos con tu sabiduría y tu conocimiento para construir un mundo de paz y de justicia. Oremos...
Contágianos con tu Amor para hacernos solidarios con los hermanos que más te necesitan. Oremos...
Ilumina a los gobernantes de este mundo para que conviertan su poder en servicio a los más débiles. Oremos...

Padre de bondad, en este día en que tu Hijo es glorificado, te pedimos que atiendas nuestras súplicas. las hacemos en nombre del Señor...

(B)

Oremos al Padre, uniendo nuestras súplicas a las de Jesucristo, que intercede siempre por nosotros.
Decimos: Míranos, Padre.

Mira a tu pueblo, para que anuncie en todo el mundo su Evangelio. Oremos...
Mira a los pueblos que sufren tantas miserias, para que sean respetados, bendecidos y ayudados en sus necesidades. Oremos...
Mira a todos los que están caídos, los que soportan pesos imposibles, los que viven sin ilusión y sin esperanza, para que encuentren la mano que los levante. Oremos...
Mira a los que no creen, a los que viven sólo como ciudadanos de este mundo, para que sepan abrirse a la trascendencia. Oremos...
Míranos a nosotros, para que vivamos la vida de Jesucristo y seamos testigos de su presencia. Oremos...

Míranos, Padre, con ojos de misericordia y guíanos para que podamos un día contemplarte cara a cara en el cielo.
(C)

Con el corazón lleno de alegría sabiéndonos del grupo de los amigos de Jesús, presentémosle nuestra plegarias, diciendo: Que tu presencia sea nuestra fuerza.

-Deseamos que tu Iglesia crezca cada día como casa de acogida para todos los hombres. OREMOS…
-Necesitamos que nuestra fe se vivifique para que pueda iluminar a todo el mundo. OREMOS…
-Queremos que los que sufren encuentren en nosotros tu mano tendida a ellos. OREMOS…
-Nos ofrecemos a continuar tu misión de construir el reino de Dios que nos has regalado. OREMOS…
-Nos gustaría poder transmitir a nuestros pequeños la alegría que supone creer en ti. OREMOS…
-Ayúdanos a perder el miedo a la caducidad de nuestros días. OREMOS….
Tú lo sabes todo, porque caminas con nosotros tomándonos de la mano. Danos lo que nos conviene, e incluso aquello que no nos atrevemos a pedir. Tu, que vives y reinas, por los siglos de los siglos.

Ofrendas

PRESENTACIÓN DE UN LIBRO O UN MÉTODO DE CATEQUESIS


Señor, te traigo hoy, en respuesta al envío que haces de tus discípulos a la misión, estos textos de nuestras catequesis de la Parroquia. Es el método que seguimos para incorporar a los más pequeños y a los mayores a la experiencia del encuentro con tu Hijo Jesucristo. Sin embargo, con él queremos expresar el compromiso evangelizador de la comunidad y el de cada uno de los catequistas que, como yo, nos esforzamos no sólo por transmitir unos conocimientos sobre Jesús, sino también nuestra vivencia de la fe.

PRESENTACIÓN DE UN VASO CON ACEITE

Yo te traigo hoy este vaso con aceite. Es símbolo de nuestro compromiso por curar las heridas de este mundo, víctima del egoísmo de los hombres. Queremos, Señor, que allí donde hay una necesidad, estemos tus discípulos, para luchar por hacer de este mundo y de los hombres un reflejo de la gloria que has concedido, hoy, a tu Hijo amado.


Prefacio...

Tenemos el deber de darte gracias
siempre y en todo lugar,
pero en este día en que Cristo sube y se sienta
a tu derecha, oh Padre,
nuestra gratitud es sin límites.
Te damos gracias por ese destino insospechado
que has querido para nosotros
y que has dado a tu Hijo, Jesús.
Nos has sacado de la nada,
nos has hecho vivir
y nos espera una vida eternamente a tu lado.
Con todos los que aquí te llaman, Dios y Señor,
nosotros unimos nuestras voces y proclamamos:

Santo, Santo, Santo...


Padre nuestro
Mientras esperamos disfrutar un día de la gloria a la que ha sido ascendido, hoy, Jesús, digamos la oración que Él mismo nos enseñó: Padre nuestro...

Nos damos la paz
Solemos tener palabras bonitas a favor de la paz, pero a veces pocos gestos y hechos a favor de la verdadera paz. Hablamos, pero no actuamos. Que el gesto de la paz que vamos a repetir hoy sea para nosotros un reto sincero de paz y felicidad para todos los que nos rodean.

Comunión
Después de pedir el pan y desearnos la paz, ya podemos acercarnos a comulgar. Dichosos nosotros por haber sido invitados a la Mesa del Señor...

Bendición

El Señor está con nosotros. Su promesa es verdad. Vayamos, pues, y cumplamos la misión que nos ha confiado. No es tiempo de quedarnos cruzados de brazos. Es tiempo de anunciar con palabras y con la vida su Evangelio para esperanza del mundo.

Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R/ Amén.

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WebJCP | Abril 2007