Jesús propone el amor no como algo marginal, como lo llama E. Fromm, sino como algo central, esencial. Fue el mandamiento de la Ultima Cena y es también el mandamiento de Jesús a Pedro al constituirlo cabeza de su Iglesia.
Jesús, en presencia del resto de los discípulos, examina a Pedro para ver si realmente está en condiciones de representarle como cabeza de la Iglesia. No le pregunta cuánto sabe, tampoco le pregunta por la ortodoxia de su doctrina, ni le pregunta por sus cualidades de mando. Le pregunta por su corazón: “¿Me amas más que éstos?” Tampoco le pide un amor cualquiera. No le pide que ame como todo el mundo, le pide “amar más que éstos”. Ese es el mandamiento que define a la Iglesia y que nos define a cada uno de nosotros. No nos definen los títulos. Nos definimos por el corazón, por el “mandamiento nuevo”. El mandamiento que sintetiza todos los demás mandamientos. Podemos reprobar en teología, pero tenemos que aprobar en el amor. En un amor como el suyo.
Es posible que en siglos pasados la Iglesia llamase la atención por muchas cosas que hacía y que incluso se adelantaba a la acción de los Gobiernos y de la misma sociedad. Hoy no podemos contentarnos con hacer lo que hace también la sociedad. No podemos contentarnos con enseñar, que también lo hacen los Gobiernos. No podemos contentarnos con hacer grandes planes sociales, que también lo hacen los Gobiernos. Hoy a la Iglesia se le pide algo que no hace la sociedad, se le pide el testimonio del amor. Este no figura en ninguna Constitución Política de los Estados. El amor sólo figura en la Constitución de la Iglesia. Por eso, para ella, lo verdaderamente propio, lo que la distingue y diferencia del resto es el amor. “Ved cómo se aman”, no cómo se pelean, cómo se critican, cómo se serruchan el piso o cómo se dominan.
A nosotros no se nos piden milagros, se nos pide el milagro de amar. “Este es el mandamiento nuevo: Amaos como yo os he amado.” Y la razón es bien simple, el amor es lo que define a Dios, el amor es lo que define a Jesús, por lo que el amor tiene que definir a la Iglesia.
No se trata de ese amor que nosotros decimos con frecuencia: “no hacer mal a nadie”. El amor es algo positivo. El amor no es “el no hacer” sino precisamente es el “hacer”. Es el hacer el bien, es el velar por los demás, es el comprender a los demás y es el ayudar a los demás. El “no hacer mal a nadie” puede ser simplemente un “lavarnos las manos”. En cambio, el verdadero amor es “ensuciarnos las manos” en el servicio, la entrega y el compromiso con los demás. Es amarnos “como yo os he amado”. Jesús no subió a la Cruz bien perfumado y duchado. Subió a la Cruz oliendo a calabozo, oliendo a sudor, oliendo a polvo del camino, oliendo a muerte.
En la oración del Domingo 26 se nos dice: “Oh Dios, que manifiestas tu poder con el perdón y la misericordia...” No somos más porque “podemos más” sino porque “perdonamos más” y tenemos “más misericordia”.
Para muchos el “perdón” pareciera una especie de debilidad, cuando en realidad hay que tener mucho coraje y mucha valentía para “perdonar”. ¿No decimos con frecuencia: “Yo no puedo perdonar”? Dios no manifiesta su poder tanto en hacer milagros sino en su misericordia para con los pecadores. Por eso el mayor milagro de Dios es también el “amor” y el mayor milagro del amor es “el perdón”.
Perdonar no es “debilidad”, perdonar es la fuerza y el poder del amor.
Perdonar no es “rebajarse y perder prestigio”, perdonar es confesar que nuestro amor es más grande que las debilidades de los demás.
Perdón y misericordia son, según el Evangelio, las dos fuerzas capaces de mover el mundo y cambiar la historia. El poder puede cambiar la historia desde fuera; el amor, el perdón y la misericordia, la cambian desde dentro.
La verdadera manera de purificar nuestros dolorosos recuerdos es “perdonar generosamente”. El recordar no cambia el pasado, el perdón sí. El recordar aviva la herida del pasado para hacernos sufrir hoy, después de años. En cambio, el perdón como expresión del amor y la misericordia sana las heridas del pasado y sana nuestros sentimientos heridos y sangrantes. Sana nuestras mentes envenenadas y nuestros corazones destrozados. El perdón y la misericordia son la “medicina de Dios”, siendo que la Confesión es la “Clínica de Dios”. Por eso mismo, la confesión no solo lava y perdona nuestros pecados, nos reconstruye, nos “recrea”, nos hace nuevos. Por eso también, la Confesión requiere “dejarnos perdonar”, “sentirnos perdonados”, sentirnos “curados y sanados de nuestro pasado”. Cuando Jesús perdona suele decir “levántate y anda y no peques más”, olvida ya tu pasado y mira hacia tu futuro. “Dichoso aquel a quien se le ha perdonado su pecado y ya no se le imputa su culpa.”
Las dos cosas. Estamos hechos para ser amados, pero también para amar. La medida de nuestra capacidad de amar está precisamente en cuánto nos hemos sentido amados. El mejor recuerdo de cuando éramos niños ha de ser “el amor de nuestros padres”.
No crecemos a la sombra del poder y del dominio de los padres, sino a la sombra refrescante del amor. Juan Pablo II escribió en su primera Encíclica “Redemptor hominis”: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente.” (Rh n.10, FC.18)
Podemos vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin el amor. Nuestra vida seguirá teniendo sentido, por muchas que sean nuestras carencias, pero no si carecemos de amor. Podremos crecer físicamente, pero no podremos madurar adecuadamente si no encontramos amor en nuestro camino o si no nos sentimos amados, o si no somos capaces de expresarlo. El amor es el alma del ser humano, como también es el alma del creyente.
Y añade el Papa: “El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares, está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.” (FC n.18)
No hay verdadera persona sin amor. No hay verdadera familia sin amor. No hay verdadero cristiano sin amor. El amor es mejor camino para comprendernos a nosotros mismos. Sin la experiencia de ser amados terminamos siendo “incomprensibles” para nosotros mismos, como personas y como cristianos. Tampoco podemos comprender a los demás si no es amándolos. Por eso el amor es la única puerta que nos permite entrar dentro de los demás. El amor abre todas las puertas, también las del corazón, mientras que la falta de amor las cierra todas.
¿Te atreverías a amar? Piénsalo bien. El amor es paciente y lo excusa todo. ¿Cuánta capacidad tienes tú hoy de aguantar a los demás y disculparlos de sus debilidades y flaquezas? Porque amar a los demás, es excusarlos y comprenderlos en sus equivocaciones. ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreverías a amar? Piénsalo bien. El amor no es envidioso. Al contrario, goza y celebra todo lo bueno que descubre en los demás. ¿Estarías tú dispuesto hoy a hacer fiesta en tu corazón por las cosas buenas que descubres en los demás, por lo que tú no tienes y tienen los demás? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no se engríe. El que ama no es un creído, un autosuficiente. Al contrario, el que ama es humilde, sencillo y noble. Es vidrio transparente. ¿Te animas a ser transparente hoy con todos, comenzando por ser transparente contigo mismo? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor es servicial. El que ama tiene que estar siempre al servicio de los demás. Quien no sabe servir no ha aprendido a amar. Quien no es capaz de servir, no es capaz de amar. ¿Cuál es tu espíritu de servicio hasta hoy? ¿Y qué reservas de servicialidad hay en ti aún? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no busca su propio interés. Quien ama por intereses personales ya no ama. Busca hacer inversiones en el corazón de los demás. Y eso más que amor se llama negocio. Amar no puede ser un negocio sino una gratuidad. ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no se irrita. No se encoleriza. No se le calienta la cabeza. Al contrario, el amor es paciente, sereno y tranquilo. El corazón que ama tiene más la serenidad del lago que la violencia de las aguas torrenciales del río. ¿Estarías dispuesto a no calentarte hoy con los tuyos, por más que las cosas no te salgan bien o los demás te fallen? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor todo lo cree y todo lo espera. Amar es creer a los demás. Es fiarse de ellos. Es tener fe en ellos. Y además es tener esperanza en ellos. Amar es tener la capacidad de que el otro puede cambiar. Amar es tener la capacidad de creer que el otro es bueno, pero aún puede ser mejor. Amar es sentir que los demás significan mucho para nosotros. ¿Te atreves a amar así hoy?
Jesús, en presencia del resto de los discípulos, examina a Pedro para ver si realmente está en condiciones de representarle como cabeza de la Iglesia. No le pregunta cuánto sabe, tampoco le pregunta por la ortodoxia de su doctrina, ni le pregunta por sus cualidades de mando. Le pregunta por su corazón: “¿Me amas más que éstos?” Tampoco le pide un amor cualquiera. No le pide que ame como todo el mundo, le pide “amar más que éstos”. Ese es el mandamiento que define a la Iglesia y que nos define a cada uno de nosotros. No nos definen los títulos. Nos definimos por el corazón, por el “mandamiento nuevo”. El mandamiento que sintetiza todos los demás mandamientos. Podemos reprobar en teología, pero tenemos que aprobar en el amor. En un amor como el suyo.
Es posible que en siglos pasados la Iglesia llamase la atención por muchas cosas que hacía y que incluso se adelantaba a la acción de los Gobiernos y de la misma sociedad. Hoy no podemos contentarnos con hacer lo que hace también la sociedad. No podemos contentarnos con enseñar, que también lo hacen los Gobiernos. No podemos contentarnos con hacer grandes planes sociales, que también lo hacen los Gobiernos. Hoy a la Iglesia se le pide algo que no hace la sociedad, se le pide el testimonio del amor. Este no figura en ninguna Constitución Política de los Estados. El amor sólo figura en la Constitución de la Iglesia. Por eso, para ella, lo verdaderamente propio, lo que la distingue y diferencia del resto es el amor. “Ved cómo se aman”, no cómo se pelean, cómo se critican, cómo se serruchan el piso o cómo se dominan.
A nosotros no se nos piden milagros, se nos pide el milagro de amar. “Este es el mandamiento nuevo: Amaos como yo os he amado.” Y la razón es bien simple, el amor es lo que define a Dios, el amor es lo que define a Jesús, por lo que el amor tiene que definir a la Iglesia.
No se trata de ese amor que nosotros decimos con frecuencia: “no hacer mal a nadie”. El amor es algo positivo. El amor no es “el no hacer” sino precisamente es el “hacer”. Es el hacer el bien, es el velar por los demás, es el comprender a los demás y es el ayudar a los demás. El “no hacer mal a nadie” puede ser simplemente un “lavarnos las manos”. En cambio, el verdadero amor es “ensuciarnos las manos” en el servicio, la entrega y el compromiso con los demás. Es amarnos “como yo os he amado”. Jesús no subió a la Cruz bien perfumado y duchado. Subió a la Cruz oliendo a calabozo, oliendo a sudor, oliendo a polvo del camino, oliendo a muerte.
LA VERDADERA EXPRESIÓN DEL PODER
En la oración del Domingo 26 se nos dice: “Oh Dios, que manifiestas tu poder con el perdón y la misericordia...” No somos más porque “podemos más” sino porque “perdonamos más” y tenemos “más misericordia”.
Para muchos el “perdón” pareciera una especie de debilidad, cuando en realidad hay que tener mucho coraje y mucha valentía para “perdonar”. ¿No decimos con frecuencia: “Yo no puedo perdonar”? Dios no manifiesta su poder tanto en hacer milagros sino en su misericordia para con los pecadores. Por eso el mayor milagro de Dios es también el “amor” y el mayor milagro del amor es “el perdón”.
Perdonar no es “debilidad”, perdonar es la fuerza y el poder del amor.
Perdonar no es “rebajarse y perder prestigio”, perdonar es confesar que nuestro amor es más grande que las debilidades de los demás.
Perdón y misericordia son, según el Evangelio, las dos fuerzas capaces de mover el mundo y cambiar la historia. El poder puede cambiar la historia desde fuera; el amor, el perdón y la misericordia, la cambian desde dentro.
La verdadera manera de purificar nuestros dolorosos recuerdos es “perdonar generosamente”. El recordar no cambia el pasado, el perdón sí. El recordar aviva la herida del pasado para hacernos sufrir hoy, después de años. En cambio, el perdón como expresión del amor y la misericordia sana las heridas del pasado y sana nuestros sentimientos heridos y sangrantes. Sana nuestras mentes envenenadas y nuestros corazones destrozados. El perdón y la misericordia son la “medicina de Dios”, siendo que la Confesión es la “Clínica de Dios”. Por eso mismo, la confesión no solo lava y perdona nuestros pecados, nos reconstruye, nos “recrea”, nos hace nuevos. Por eso también, la Confesión requiere “dejarnos perdonar”, “sentirnos perdonados”, sentirnos “curados y sanados de nuestro pasado”. Cuando Jesús perdona suele decir “levántate y anda y no peques más”, olvida ya tu pasado y mira hacia tu futuro. “Dichoso aquel a quien se le ha perdonado su pecado y ya no se le imputa su culpa.”
AMAR Y SER AMADO
Las dos cosas. Estamos hechos para ser amados, pero también para amar. La medida de nuestra capacidad de amar está precisamente en cuánto nos hemos sentido amados. El mejor recuerdo de cuando éramos niños ha de ser “el amor de nuestros padres”.
No crecemos a la sombra del poder y del dominio de los padres, sino a la sombra refrescante del amor. Juan Pablo II escribió en su primera Encíclica “Redemptor hominis”: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente.” (Rh n.10, FC.18)
Podemos vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin el amor. Nuestra vida seguirá teniendo sentido, por muchas que sean nuestras carencias, pero no si carecemos de amor. Podremos crecer físicamente, pero no podremos madurar adecuadamente si no encontramos amor en nuestro camino o si no nos sentimos amados, o si no somos capaces de expresarlo. El amor es el alma del ser humano, como también es el alma del creyente.
Y añade el Papa: “El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares, está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.” (FC n.18)
No hay verdadera persona sin amor. No hay verdadera familia sin amor. No hay verdadero cristiano sin amor. El amor es mejor camino para comprendernos a nosotros mismos. Sin la experiencia de ser amados terminamos siendo “incomprensibles” para nosotros mismos, como personas y como cristianos. Tampoco podemos comprender a los demás si no es amándolos. Por eso el amor es la única puerta que nos permite entrar dentro de los demás. El amor abre todas las puertas, también las del corazón, mientras que la falta de amor las cierra todas.
¿TE ATREVERÍAS A AMAR?
¿Te atreverías a amar? Piénsalo bien. El amor es paciente y lo excusa todo. ¿Cuánta capacidad tienes tú hoy de aguantar a los demás y disculparlos de sus debilidades y flaquezas? Porque amar a los demás, es excusarlos y comprenderlos en sus equivocaciones. ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreverías a amar? Piénsalo bien. El amor no es envidioso. Al contrario, goza y celebra todo lo bueno que descubre en los demás. ¿Estarías tú dispuesto hoy a hacer fiesta en tu corazón por las cosas buenas que descubres en los demás, por lo que tú no tienes y tienen los demás? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no se engríe. El que ama no es un creído, un autosuficiente. Al contrario, el que ama es humilde, sencillo y noble. Es vidrio transparente. ¿Te animas a ser transparente hoy con todos, comenzando por ser transparente contigo mismo? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor es servicial. El que ama tiene que estar siempre al servicio de los demás. Quien no sabe servir no ha aprendido a amar. Quien no es capaz de servir, no es capaz de amar. ¿Cuál es tu espíritu de servicio hasta hoy? ¿Y qué reservas de servicialidad hay en ti aún? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no busca su propio interés. Quien ama por intereses personales ya no ama. Busca hacer inversiones en el corazón de los demás. Y eso más que amor se llama negocio. Amar no puede ser un negocio sino una gratuidad. ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor no se irrita. No se encoleriza. No se le calienta la cabeza. Al contrario, el amor es paciente, sereno y tranquilo. El corazón que ama tiene más la serenidad del lago que la violencia de las aguas torrenciales del río. ¿Estarías dispuesto a no calentarte hoy con los tuyos, por más que las cosas no te salgan bien o los demás te fallen? ¿Te atreves a amar así hoy?
¿Te atreves a amar? Piénsalo bien. El amor todo lo cree y todo lo espera. Amar es creer a los demás. Es fiarse de ellos. Es tener fe en ellos. Y además es tener esperanza en ellos. Amar es tener la capacidad de que el otro puede cambiar. Amar es tener la capacidad de creer que el otro es bueno, pero aún puede ser mejor. Amar es sentir que los demás significan mucho para nosotros. ¿Te atreves a amar así hoy?








Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario