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sábado, 15 de mayo de 2010

DESCENDER

VII Domingo de Pascua,
Fiesta de la Ascensión del Señor (Lucas 24, 46-53)

Al igual que la sociedad civil, también la Iglesia se ha configurado como estructura de poder. Dentro de la jerarquía eclesiástica, casi todo ha estado conformado al modo humano:

un verdadero escalafón de títulos y cargos de honor, de privilegios y glorias rodeaba -hoy menos, pero todavía- a quie nes dicen ostentar, en nombre de Dios, el poder divino y ser, en nombre de Jesús, sus más legítimos representantes. Bien es verdad que hay honrosas y esperanzadoras excepciones.

La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos, de iguales, se suele decir. Pero no se ve. En la Iglesia, hom bre y mujer, sin ir más lejos, se sitúan a años luz de distancia:

el varón domina a la mujer, reducida históricamente a una especie de monaguillo permanente, con poca voz y menos voto dentro de la institución eclesial. El acceso al presbiterado, así como a los órganos directivos, está vetado a las mujeres, a quienes hasta hace poco ni siquiera se les permitía leer la divi na Palabra en misa.

Pero incluso la misma jerarquía, monopolio de varones, se asemeja a una pirámide: desde el hermano lego hasta el Papa se escalonan diáconos, sacerdotes, obispos, arzobispos y cardenales. A cada uno de éstos ha correspondido, al menos, un titulo honorífico: Hermano, Reverendo, Monseñor, Ilmo. y Excmo., Su Eminencia, Su Santidad... ¿Habrá algo más ajeno al evangelio que tanta vanagloria histórica? Parece como si la organización de la Iglesia se hubiese configurado de modo vertical y ascendente.

Jesús no habría soportado tanta desigualdad de tratamien tos, tanto escalafón de poder. Su vida fue más bien un descen so en picado hacia el corazón de la humanidad.

Nacido en la pobreza, nunca se despegó de esa plataforma. Desde ella anunció su evangelio, siempre rodeado de pobres, de gente de la periferia de la vida. Se enfrentó con el capital: «-No podéis servir a Dios y al dinero»; denunció la hipocre sía de una teología clasista y conservadora: «-¡Ay de vos otros, escribas y fariseos!»; incluso llegó a tratar de 'zorra' (animal común) a Herodes y a dejar sin respuesta la pregunta de Pilato, representante directo del poder romano. Su atre vido comportamiento le mereció un trágico y precipitado des enlace. Murió solo y asesinado.

En la cruz termina la crónica histórica de su vida. Lo de más, su resurrección y ascensión son metahistoria, suponen la fe. Trascienden la tarea del historiador y las coordenadas de nuestro mundo. Sólo por la fe llegamos a afirmar la veracidad de estos acontecimientos.

Para 'ser ascendido al cielo', para sentarse junto a Dios, Jesús tuvo que descender primero, situándose a la cola de la humanidad, en la lista de espera de la sociedad; renunció al poder, no flirteó con el dinero; se negó a los honores; hablaba a los suyos llanamente, los trataba de amigos, rechazando toda relación de dominación.

El día de las Ascensión, dos mensajeros divinos tuvieron que transmitir un mensaje urgente a los discípulos que lo veían irse: «-¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» (Hch 1,11).

No es hacia arriba adonde hay que mirar. Lo propio del cristiano es descender, bajar, como Jesús, al fondo de la existencia, al 'fuera de juego' de tantos marginados, a lo profundo del dolor humano; descender hasta la muerte para que toda esa gente suba y se siente a la mesa de la vida. Cuando esto se hace, se ha iniciado ya el camino de la ascensión a Dios.

Mucho tiene que cambiar de proceder nuestra Santa Ma dre Iglesia Católica para dar esta imagen al mundo...

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WebJCP | Abril 2007