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domingo, 4 de abril de 2010

Pascua: Dar razón de nuestra esperanza


Vivimos tiempos difíciles. Lo sentimos más, día a día sobre todo en el ámbito económico. Pero son también tiempos difíciles en la fe, la religión, la vida de la Iglesia.

Son tiempos que nos exigen cambios profundos. Desgraciadamente el miedo y los intereses creados nos llevan más a intentar “fortalecer el pasado”, que a abrirnos a la novedad que nos permita seguir creciendo como personas, sociedad y creyentes.

El instinto de supervivencia nos lleva con frecuencia a enterrar el futuro, la esperanza.

En este tiempo de Pascua vuelven a resonar las palabras de la primera carta de Pedro dirigidas a los primeros cristianos que vivían en medio de persecuciones: “Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto” (3, 15-16).

Con demasiada frecuencia confundimos la esperanza con nuestros sueños o fantasía. Ponemos la esperanza en lo que “yo querría”. Y ahí nos vemos frustrados una y otra vez. La esperanza no responde a nuestras fantasías.

Renunciar a la esperanza es “suicidarnos” en lo más íntimo y auténtico de nuestro ser como personas.

La esperanza nos pone en movimiento. La esperanza da sentido y valor a la existencia humana. Por eso es importante que recuperemos el sentido de la esperanza cristiana.

Tanto la encarnación como la muerte de Jesús son la forma como Dios lleva a plenitud su amor a la humanidad y sigue manteniendo vivo su proyecto: se trata del desposorio de Dios con la humanidad, como decía Juan de la Cruz.

Jesús ha venido por los pecadores, ha venido a manifestar el amor sin condiciones de Dios hacia todos: no quiere la muerte del pecador, sino que se salve y viva.

Dios nunca ha perdido la esperanza en los hombres, en nuestra capacidad de hacernos y rehacernos, sin por ello cortar en nada nuestra autonomía.

La esperanza cristiana une la confianza en Dios y el respeto a la libertad humana. Estamos llamados a la plenitud, y la Resurrección de Jesús da un fundamento sólido a la esperanza cristiana.

Ante todo hemos de mirarnos hacia adentro. ¿Qué esperanza mueve nuestra vida personal, familiar o social?

Pero tenemos que mirar más allá de todas las fronteras que nos separan de los demás. Como cristianos hemos de tener una visión universal.

La inmensa mayoría de los pueblos y países de nuestro mundo ¿tienen motivos para mantener viva la esperanza? ¿Tienen razones para esperar un futuro mejor, más justo, más humano? ¿Pueden descubrir en su historia cotidiana signos del amor incondicional de un Dios que es su Padre?

Y podemos seguir preguntándonos: ¿quiénes crean tantas nubes que les impiden ver un futuro distinto?

Mantener nuestro nivel de vida supone condenar a millones de personas a la desesperanza, a sufrir enfermedades curables, a la muerte…

Considerarnos cristianos no es simplemente creer que hace dos mil años un tal Jesús de Nazaret venció a la muerte. Cristiano es aquel que cree en la Vida y lucha para que hoy los pueblos condenados a muerte puedan tener una esperanza de Resurrección, de un futuro de vida.

No reduzcamos nuestra fe a una experiencia individual, es un compromiso con toda la humanidad. Dios quiere que todos tengan Vida y Vida en plenitud. Lo demás es palabrería religiosa.

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WebJCP | Abril 2007