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MISIONEROS EN CAMINO: II Domingo de Pascua (Juan 20,19-31) - Ciclo C: Creer para ver
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jueves, 8 de abril de 2010

II Domingo de Pascua (Juan 20,19-31) - Ciclo C: Creer para ver


Por Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

“¿Porque me has visto has creído?”, responde Jesús a la duda de Tomás.

Desde aquel primer día de la resurrección del Señor hasta hoy, a semejanza del apóstol, el gran deseo manifestado de muchas maneras es VER PARA CREER.Si no veo a Jesús con mis propios ojos y si no compruebo con mis propias manos que es el crucificado, ¡no me lo creo!. Podemos añadirle todas las versiones, desde las más antiguas a las más modernas, desde las más filosóficas a las más populares, todas ellas vienen a manifestar lo mismo. Si no lo veo, no lo creo. ¡Si no tengo la evidencia absoluta y comprobada, por los medios que considero que son fuente de certeza, no lo creo! ¡Si no lo toco, si no lo palpo, no lo creo!

¡NO LO CREO PORQUÉ NO LO VEO!. He ahí una de las causas de las grandes dudas.

También entre nosotros, ahora y aquí, es muy habitual la actitud de negar aquello que científicamente o tecnológicamente no tenemos posibilidad de probar o demostrar, e incluso se llega a negar, de una forma frívola, razonabilidad al acto de creer. Se trata de negar, cuestionar que la experiencia creyente sea razonable. Cuantas veces nos habremos encontrado ante afirmaciones semejantes a las de santo Tomás, incluso con razonamientos muy bien argumentados, capaces de cuestionar a los propios creyentes. Cuando transcurridos ocho días –por cierto, notad que también es domingo–, Jesús se presenta de nuevo e inesperadamente en medio de sus discípulos, se dirige a Tomás, y por extensión a todos nosotros, para decirle que le toque, lo palpe, compruebe las cicatrices de la crucifixión; le reprocha que no se haya fiado de la palabra de sus compañeros: ¡No seas incrédulo, sino creyente! Y seguidamente la gran bienaventuranza: ¡Dichosos los que crean sin haber visto! Aquí tenemos la piedra angular para los creyentes de todos los tiempos.

Jesús cambia la perspectiva, del ¡VER PARA CREER! por la de ¡CREER PARA VER!.

No se trata de un juego de palabras, sino de la condición esencial para la aceptación de la resurrección y de fiarnos del Señor Jesús para vivir; para convertirnos en creyentes y discípulos. Ello es válido desde los primeros cristianos que no habían visto y experimentado con sus propios ojos la presencia viva del Señor. Primero creer. Si, primero debemos fiarnos de los actuales testigos de Jesús. Estamos unidos en una cadena que llega hasta los testimonios oculares, que nos anuncian a Jesús por medio de la palabra, de su modo de vivir, de su acción o servicios.
A medida que confías en Él, que crees en Él, lo vas viendo, en el sentido de tener una experiencia vital, íntima, personal y, al mismo tiempo, comunitaria, con el grupo de discípulos que te acompañan, con las comunidades parroquiales y la Iglesia. No sólo la comunidad guarda memoria de Él, sino que por voluntad suya lo hace presente y activo en nuestra vida a través de los sacramentos; y lo hace “visible” también humanamente porque lo anuncia, habla con él, sirve a las personas y sana las heridas más hondas, que nadie es capaz de sanar por si mismo.

“Haz, Jesús, que te conozca, pues si te conozco te amaré, y si te amo, te contemplaré y seguiré”, escribía san Efrén, en el siglo IV. Naturalmente, siempre que lo “veamos” con unos ojos transformados por la luz del Espíritu Santo, y, al mismo tiempo, poniendo en juego la razón y la libertad. Ver para creer, sí, en los primeros momentos de Pascua, por medio del testimonio apostólico; pero, ahora y por encima de todo, CREER PARA VER.

¿Lo has comprobado?. ¡Adelante, pues!. ¿Dudas? ¡Decídete y, en compañía de buenos testigos, experiméntalo!.

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WebJCP | Abril 2007