Publicado por Entra y Veras
No es el momento actual el más favorable para presentar la figura del sacerdote como un modelo respetable y digno de imitación, ni la vocación al sacerdocio es de alta cotización en las sociedades occidentales.
Soplan vientos inquietantes en una y otra parte de la Iglesia, promovidos por los graves casos de pederastia e infidelidad sacerdotal. Casos que es necesario reconocer honradamente, como el mismo Benedicto XVI ha reconocido.
A pesar de todo, el Papa, con motivo del 150 aniversario del nacimiento de san Juan María Vianney, conocido como el Cura de Ars, decide convocar oficialmente un «Año Sacerdotal» (del 19 de junio de 2009 al 11 de junio de 2010). «Este año –en palabras del Papa– desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo».
¿Responde esta decisión del Papa a un inteligente oportunismo? Más que hablar de oportunismo hay que hablar de oportunidad, porque Benedicto XVI es consciente de que de la salud espiritual del sacerdote en la Iglesia católica depende en gran manera que el pulso de la vida cristiana sea mortecino o vigoroso.
Los sacerdotes en primer lugar son elegidos por Dios para el servicio del pueblo y de su ser deriva su misión. Los sacerdotes son un «inmenso don de Dios, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma», porque son uno de los canales de la misericordia y amor divinos en los sacramentos; pregoneros de la Palabra y testigos de lo que predican, guías del pueblo de Dios y de cuantos a ellos se acercan.
Los sacerdotes son imprescindibles en la Iglesia pero no son lo único importante. En la Iglesia junto a los sacerdotes están los laicos, que en ella tienen su propia misión.
El exacerbado clericalismo ha ninguneado a veces las diversas vocaciones laicales. El antídoto contra este acentuado clericalismo lo señala el Vaticano II: los sacerdotes deben reconocer la misión específica de los laicos, escucharles de buena gana, tener en cuenta sus deseos y reconocer su experiencia en los diversos campos de la actividad humana.
Sacerdotes y laicos, compartiendo lo que son, construyen armonía, la tan deseada armonía de la que están necesitadas muchas comunidades cristianas.
Al celebrar el «Año Sacerdotal» es de justicia que la Iglesia exprese un agradecimiento profundo a tantos sacerdotes que calladamente han entregado su vida en barrios marginados y en pueblos perdidos, que han mantenido la fe y la esperanza cristianas gracias a esa presencia orante y al testimonio coherente del «cura», que acompañaba a sus feligreses en el nacimiento y en la muerte, en las penas y en los días de dicha.
¡Cuántos sacerdotes en un celo de caridad pastoral han hecho de todo: de consejeros y maestros, catequistas y educadores, promotores de mejoras materiales y defensores de los más desvalidos! Han vivido en paz y han sembrado la paz. Y la fila de estos sacerdotes sigue alargándose. Todos estos anónimos sacerdotes siguen construyendo armonía en la Iglesia y en la sociedad porque comparten lo que son. La vocación sacerdotal es una llamada a empeñarse de forma peculiar por el bien y la paz.
Marciano Santervás Paniagua, agustino recoleto.
Casa de Formación "San Agustín" (Los Negrales, Madrid, España)
Artículo publicado en el Boletín Canta y Camina, nº 104.
Soplan vientos inquietantes en una y otra parte de la Iglesia, promovidos por los graves casos de pederastia e infidelidad sacerdotal. Casos que es necesario reconocer honradamente, como el mismo Benedicto XVI ha reconocido.
A pesar de todo, el Papa, con motivo del 150 aniversario del nacimiento de san Juan María Vianney, conocido como el Cura de Ars, decide convocar oficialmente un «Año Sacerdotal» (del 19 de junio de 2009 al 11 de junio de 2010). «Este año –en palabras del Papa– desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo».
¿Responde esta decisión del Papa a un inteligente oportunismo? Más que hablar de oportunismo hay que hablar de oportunidad, porque Benedicto XVI es consciente de que de la salud espiritual del sacerdote en la Iglesia católica depende en gran manera que el pulso de la vida cristiana sea mortecino o vigoroso.
Los sacerdotes en primer lugar son elegidos por Dios para el servicio del pueblo y de su ser deriva su misión. Los sacerdotes son un «inmenso don de Dios, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma», porque son uno de los canales de la misericordia y amor divinos en los sacramentos; pregoneros de la Palabra y testigos de lo que predican, guías del pueblo de Dios y de cuantos a ellos se acercan.
Los sacerdotes son imprescindibles en la Iglesia pero no son lo único importante. En la Iglesia junto a los sacerdotes están los laicos, que en ella tienen su propia misión.
El exacerbado clericalismo ha ninguneado a veces las diversas vocaciones laicales. El antídoto contra este acentuado clericalismo lo señala el Vaticano II: los sacerdotes deben reconocer la misión específica de los laicos, escucharles de buena gana, tener en cuenta sus deseos y reconocer su experiencia en los diversos campos de la actividad humana.
Sacerdotes y laicos, compartiendo lo que son, construyen armonía, la tan deseada armonía de la que están necesitadas muchas comunidades cristianas.
Al celebrar el «Año Sacerdotal» es de justicia que la Iglesia exprese un agradecimiento profundo a tantos sacerdotes que calladamente han entregado su vida en barrios marginados y en pueblos perdidos, que han mantenido la fe y la esperanza cristianas gracias a esa presencia orante y al testimonio coherente del «cura», que acompañaba a sus feligreses en el nacimiento y en la muerte, en las penas y en los días de dicha.
¡Cuántos sacerdotes en un celo de caridad pastoral han hecho de todo: de consejeros y maestros, catequistas y educadores, promotores de mejoras materiales y defensores de los más desvalidos! Han vivido en paz y han sembrado la paz. Y la fila de estos sacerdotes sigue alargándose. Todos estos anónimos sacerdotes siguen construyendo armonía en la Iglesia y en la sociedad porque comparten lo que son. La vocación sacerdotal es una llamada a empeñarse de forma peculiar por el bien y la paz.
Marciano Santervás Paniagua, agustino recoleto.
Casa de Formación "San Agustín" (Los Negrales, Madrid, España)
Artículo publicado en el Boletín Canta y Camina, nº 104.








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