Publicado por En Clave de Africa
La humareda que se levanta de la fogata donde la mujer de mirada perdida se afana por hervir la papilla de maíz hace que se cierren los ojos del niño envuelto en un retal de camiseta del Barça que luce el nombre de Eto’o. Su cuerpecillo de poco más de un año es piel y huesos, y por si quedara alguna duda luce una pelambrera rojiza que anuncia una desnutrición seria. La mujer que lo acoge en su regazo se llama Pauline y me cuenta que su madre murió durante el parto y ella se hizo cargo de él. Ya tiene otros cinco, pero en África las madres aceptan a un niño más con toda naturalidad. La escena tiene lugar en el suburbio de Nyabiunyu, a las afueras de Goma, la ciudad de la República Democrática del Congo que desde 1994 ha conocido una sucesión interminable de refugiados, epidemias y guerras de rapiña.
Oficialmente ya no quedan desplazados internos en esta zona del país, desde que en septiembre del año pasado el gobierno congoleño decidió cerrar los campos. Pauline tiene un vecino ya anciano que se llama Faustin y que me muestra un documento con el título “Certificado de retorno voluntario”, que le extendió el ACNUR el año pasado, que ya hace falta tener caradura porque la vuelta de los desplazados a causa de la guerra a sus casas ha sido de todo menos voluntaria. Tanto Pauline como Faustin proceden de la zona de Musisi, al Oeste de Goma. Durante 2008 los milicianos del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) del general Laurent Nkunda atacaron esta y otras zonas. A Pauline le mataron el marido y dos hijos y a Faustin le dejaron sin ningún miembro de su familia. Hace pocos meses intentaron volver a sus respectivas aldeas pero después de algunas semanas decidieron que no se sentían lo suficientemente seguros y optaron por regresar a Nyabyunyu. Como muchas otras personas, se han acomodado como han podido en algún rincón que alguno de sus familiares le han dado en esta barriada de por sí ya muy pobre. Casas construidas con latas de aceite de la ayuda de emergencia de Estados Unidos. Muy emblemático: los gobiernos norteamericanos (y el británico, y otros de la Unión Europea) con una mano sostienen al régimen de Ruanda que lleva años interviniendo militarmente en Congo, matando a cientos de miles de inocentes y esquilmando sus minerales como la casiterita y el coltán, y con otra reparten ayuda de emergencia a las víctimas.
Hay algo peor que ser un desplazado interno en un rincón conflictivo de África. El colmo de los males es ser un desplazado no reconocido oficialmente, que tiene que apañárselas viviendo en cualquier rincón que otra familia pobre les ha cedido. En los alrededores de las casuchas de Pauline y Faustin no se ve ni un centímetro cuadrado de terreno sin cultivar entre los pedregales que se extienden en esta aldea. Hay que arrancar a la tierra lo poco que pueda dar en forma de alubias o verduras. Pauline sale todas las mañanas, muy temprano, en busca de trabajo como jornalera y si tiene suerte le pagarán un dólar por un día de trabajo en los campos de alguno de sus vecinos. Los más fornidos caminarán 14 ó 15 kilómetros hasta el centro de Goma, donde si consiguen un trabajo eventual les pagarán dos dólares. Pagar las tasas escolares de la escuela primaria aquí cuesta cinco dólares al mes. Si una familia tiene cinco ó seis hijos les resultará imposible enviarlos a la escuela. Por todas partes en Goma se ven legiones de chiquillos sucios y harapientos que vagan por la ciudad o que intentan ganarse unos céntimos empujando carretillas más grandes que ellos mismos o vendiendo unos cigarrillos en cualquier esquina. Un misionero que lleva en esta zona más de 40 años me comentaba, con tristeza, que él conoce sitios donde ningún niño pasa del quinto año de primaria porque todos se van a trabajar a las minas de coltán o de casiterita que Ruanda sigue explotando en suelo congoleño. Cada pocos minutos, del aeropuerto de Goma sale un avión con destino a Kigali, la capital ruandesa, cargado de minerales cuyo destino final será un aeropuerto europeo o norteamericano. Gracias a este trasiego podremos usar nuestros móviles, portátiles o GPS sin que nadie cuestione nada. Bastaría con escarbar un poco para descubrir el origen de este negocio que enriquece a unos pocos a costa de que muchos niños como el que Pauline envolvió en un trozo de camiseta con el nombre de Eto’o tengan los días contados. Tal vez nadie lo hace porque nos daría miedo darnos cuenta de las consecuencias que un descubrimiento tal podría acarrear para nuestra economía.
Oficialmente ya no quedan desplazados internos en esta zona del país, desde que en septiembre del año pasado el gobierno congoleño decidió cerrar los campos. Pauline tiene un vecino ya anciano que se llama Faustin y que me muestra un documento con el título “Certificado de retorno voluntario”, que le extendió el ACNUR el año pasado, que ya hace falta tener caradura porque la vuelta de los desplazados a causa de la guerra a sus casas ha sido de todo menos voluntaria. Tanto Pauline como Faustin proceden de la zona de Musisi, al Oeste de Goma. Durante 2008 los milicianos del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) del general Laurent Nkunda atacaron esta y otras zonas. A Pauline le mataron el marido y dos hijos y a Faustin le dejaron sin ningún miembro de su familia. Hace pocos meses intentaron volver a sus respectivas aldeas pero después de algunas semanas decidieron que no se sentían lo suficientemente seguros y optaron por regresar a Nyabyunyu. Como muchas otras personas, se han acomodado como han podido en algún rincón que alguno de sus familiares le han dado en esta barriada de por sí ya muy pobre. Casas construidas con latas de aceite de la ayuda de emergencia de Estados Unidos. Muy emblemático: los gobiernos norteamericanos (y el británico, y otros de la Unión Europea) con una mano sostienen al régimen de Ruanda que lleva años interviniendo militarmente en Congo, matando a cientos de miles de inocentes y esquilmando sus minerales como la casiterita y el coltán, y con otra reparten ayuda de emergencia a las víctimas.
Hay algo peor que ser un desplazado interno en un rincón conflictivo de África. El colmo de los males es ser un desplazado no reconocido oficialmente, que tiene que apañárselas viviendo en cualquier rincón que otra familia pobre les ha cedido. En los alrededores de las casuchas de Pauline y Faustin no se ve ni un centímetro cuadrado de terreno sin cultivar entre los pedregales que se extienden en esta aldea. Hay que arrancar a la tierra lo poco que pueda dar en forma de alubias o verduras. Pauline sale todas las mañanas, muy temprano, en busca de trabajo como jornalera y si tiene suerte le pagarán un dólar por un día de trabajo en los campos de alguno de sus vecinos. Los más fornidos caminarán 14 ó 15 kilómetros hasta el centro de Goma, donde si consiguen un trabajo eventual les pagarán dos dólares. Pagar las tasas escolares de la escuela primaria aquí cuesta cinco dólares al mes. Si una familia tiene cinco ó seis hijos les resultará imposible enviarlos a la escuela. Por todas partes en Goma se ven legiones de chiquillos sucios y harapientos que vagan por la ciudad o que intentan ganarse unos céntimos empujando carretillas más grandes que ellos mismos o vendiendo unos cigarrillos en cualquier esquina. Un misionero que lleva en esta zona más de 40 años me comentaba, con tristeza, que él conoce sitios donde ningún niño pasa del quinto año de primaria porque todos se van a trabajar a las minas de coltán o de casiterita que Ruanda sigue explotando en suelo congoleño. Cada pocos minutos, del aeropuerto de Goma sale un avión con destino a Kigali, la capital ruandesa, cargado de minerales cuyo destino final será un aeropuerto europeo o norteamericano. Gracias a este trasiego podremos usar nuestros móviles, portátiles o GPS sin que nadie cuestione nada. Bastaría con escarbar un poco para descubrir el origen de este negocio que enriquece a unos pocos a costa de que muchos niños como el que Pauline envolvió en un trozo de camiseta con el nombre de Eto’o tengan los días contados. Tal vez nadie lo hace porque nos daría miedo darnos cuenta de las consecuencias que un descubrimiento tal podría acarrear para nuestra economía.








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