Tan trágico final se veía venir. Aquel nazareno pedía a voces la muerte. Con su provocativo comportamiento no había dejado títere con cabeza en aquella sociedad. En sus actuaciones no solía utilizar la sabia diplomacia que lleva a triunfar en cada momento, contentando a unos y a otros. Todos sus seguidores, uno a uno, se desengañaron. Al final se quedó solo.Al principio de su vida de maestro ambulante se había presentado ante sus paisanos en la aldea de Nazaret, anunciando una amnistía internacional, un año de gracia de parte de Dios para todos los cautivos del sistema, los oprimidos de la tierra, los ciegos-cegados por una sociedad que no deja ver la libertad y pone trabas al amor. ¡Ya era hora de que alguien pensara en ellos! Pero, sorprendentemente, al oír el discurso programático del Maestro nazareno, sus mismos paisanos «se pusieron furiosos, y, levantándose, lo empujaron fuera hasta un barranco del cerro donde se alzaba su pueblo, con la intención de despeñarlo» (Lc 4,16-30). Mal comienzo.
Aquel Maestro era demasiado libre; libertino, que dirían los doctores y teólogos de la época. Se saltaba las leyes vigentes, el 'desorden' legalmente establecido: tocaba a los leprosos (Lc 5,12-16), comía con gente de mala fama, recauda
dores y descreídos, ladrones de profesión y gente sin escrúpulos religiosos (Lc 5,27-32). Pensaba -en contra de lo que decía la gente de templo- que el cielo no se ganaba con ayunos, ni a Dios con sacrificios de animales (Lc 5,33-39), e incluso opinaba que el bien del hombre estaba por encima del sagrado día del sábado: ante los ojos impávidos de sus enemigos, se atrevía a curar en sábado a los enfermos, violando el descanso practicado por Dios mismo en este día (Lc 6,5-11).
Con semejante comportamiento, las cosas no tardarían en ponérsele feas. Estaba levantando demasiada polvareda en una sociedad inmóvil e inamovible.
Su osadía llegó hasta meterse abiertamente con el capital, con los ricos, a los que dedicó parábolas e improperios (Lc 6, 24; 16,l9ss; 12,l3ss). Y por si fuera poco, atacó a la jerarquía sacerdotal del templo de Jerusalén, «cueva de bandidos»; de aquel templo no quedaría piedra sobre piedra (Lc 19,46; Mc 13,lss). Le dolía ver cómo la gente acudía al templo para tranquilizar su conciencia con sacrificios de animales y rezos, olvidando la justicia y el amor de cada día. Por esa misma razón no podía tolerar a los oficialmente piadosos y rezadores: «-¿Por qué me invocáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que os mando» (Lc 6,46). También los políticos llevaron su repaso: «-Decidle a esa zorra...», con esta palabra, sinónimo de animal insignificante, se refirió a Herodes una vez (Lc 13,32).
Y lo que es aún peor: se atrevió a cambiar la Ley de Dios, anulando de una vez para siempre la ley del talión, e invitando a los suyos a amar a sus enemigos, haciendo el bien indiscriminadamente y en toda ocasión (Lc 6,27-31).
No es de extrañar que se quedara solo. Se lo había buscado. Cuando cantó el gallo, el ultimo de los discípulos, Pedro, lo había negado tres veces (Lc 22,54-62). Por cantar en la noche, se consideraba al gallo animal diabólico. Se pensaba que aunque los espíritus malignos y demonios eran normalmente invisibles, existían medios para descubrir su presencia e incluso verlos: 'Quien desea ver sus huellas, coja ceniza cernida y espárzala alrededor de la cama. Por la mañana verá allí algo como las huellas de un gallo', decía el Talmud babilonio (Ber 6a).
El canto del gallo en la noche de la pasión simboliza el grito de victoria de la tiniebla-mundo contra Jesús de Nazaret. Menos mal que con la muerte de Jesús -creemos- no acabó todo.







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