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domingo, 28 de marzo de 2010

Domingo de Ramos: La entrada en la Ciudad


Ciudad de Jerusalen

Publicado por Entra y Verás

El autor repasa el sentido que tiene en la Escritura la ciudad de Jerusalén y fija su atención en la entrada de Jesús en la ciudad el domingo de Ramos a lomos de un pollino mientras sus gentes le aclaman.

Ciudad de Jerusalén
La Iglesia está a punto de concluir el tiempo de Cuaresma. Ha vivido una vez más durante cuarenta días un camino de conversión hacia la Pascua. Es el itinerario de los catecúmenos.

El prototipo para ese recorrido es, en primer lugar la experiencia del pueblo de Israel: liberado de la esclavitud en Egipto y caminante por el desierto hacia la tierra prometida.

Pero este año, al leer el evangelio de San Lucas, interpela con mayor fuerza el camino de Jesús, que tiene como meta la ciudad de Jerusalén, donde tendrán lugar los acontecimientos que celebramos en el triduo Pascual.

La ciudad de Jerusalén para el israelita

Hoy, domingo de Ramos, es el día en el que Jesús está a punto de entrar en Jerusalén. El camino hacia la ciudad santa era también el recorrido por todo judío deseoso de encontrarse con su Dios. Todas las doce tribus suben a la ciudad (Salmo 122), admirable por sus torres y palacios (salmo 48). Los salmos 120 al 134 son los cantos del peregrino que ensalzan a la ciudad y declaran el deseo del que la ve de lejos, del que la siente cerca. Es la ciudad de la paz.

¡Cuántos sueños e ilusiones habían proclamado los profetas sobre ella!: el israelita la mira radiante de alegría, asombrado, estupefacto por las riquezas con las que Dios la adorna (Isaías 60); muchos serán atraídos por ella y se llenará de gente y actividad y al mismo tiempo reinará en ella tranquilidad y paz (Zacarías 14); Dios le regala galas de gloria, mantos de lujo y diademas y a todos se mostrará con esplendor (Baruc 5). La causa de su grandeza es porque es la ciudad que Dios ha elegido para habitar (1 Reyes 11), para poner en ella su nombre (1 Reyes 14; 2 Reyes 21). Jerusalén es el albergue de Dios, su morada (Salmo 76) habita en la ciudad porque allí tiene su casa (Salmo 135).

La ciudad de Jerusalén para Jesús y sus discípulos

Los discípulos de Jesús habían aprendido a ver la ciudad como la doncella de la que Dios se había enamorado (Isaías 62) y de la que se siente celoso cuando le traiciona (Ezequiel 16), y tendrán que aprender que aquella ciudad, edificada sobre las colinas, será la que dé nombre a la nueva ciudad celestial (Apocalipsis 21).

Los textos del evangelio de Lucas que hemos escuchado en esta cuaresma a los cristianos nos han hecho desear y temer este momento de la llegada de Jesús a Jerusalén. En ella volverá a ser sometido de nuevo a la prueba y la tentación (Lucas 4,13), allí tendría lugar el misterioso paso del que habló con Moisés y Elías (9,31). Jesús estaba decidido a ir a Jerusalén (9,51) y seguirá obrando a favor de los que le salen al paso pero con la mirada puesta en la meta de la ciudad (13,22); le duele que rechace a los profetas (13,33-34), él mismo vivirá allí experiencias terribles (18,31) y, no obstante, camina decido, el primero (19,28).

La ciudad de Jerusalén para el cristiano

Jerusalén es para los cristianos la ciudad donde sucedió lo más terrible y lo más grandioso de toda la historia de la humanidad. Es también el paradigma de nuestras ciudades. En ella los hombres y mujeres, sus habitantes, vuelven a obrar lo horrible y, con Dios mismo, realizan lo grandioso. La tragedia de Jesús aparecerá en estos días de la semana santa en muchas ciudades: en las imágenes de los pasos y en la representación en vivo de la pasión. Es un recuerdo de lo que sucedió hace ya tantos siglos y es espejo de lo que sucede con los hombres y mujeres explotados por la ambición de los más fuertes o mejor situados, con los niños indefensos que son masacrados o violados cruelmente por los que mezclan su iniquidad con el nombre y la imagen del mismo Jesús. Miramos la ciudad y el corazón se nos indigna pero es Jesús mismo, el inocente, el que tiene el derecho a desahogar su furor y a llorar con rabia y con dolor (Ezequiel 16 y Lucas 19) y el que sabe que todo ese mal será arrancado, que los inicuos padecerían hasta morir por el terror y la ansiedad (Lucas 21,26).

Sin embargo, también Jerusalén es la ciudad a la que tenemos que volver porque en ella están los que comparten la fe (Lucas 24,33), los que nos dan testimonio de que ha resucitado Jesús (24,34). En ella se hace él mismo presente y desde ella comenzó la gran aventura de hablar a los hombres y mujeres de la buena noticia del Salvador (24,47).

Estos son días para dejar que nuestra fe se conmueva. No necesitamos ir hasta aquella ciudad de Jerusalén. En nuestra ciudad celebramos el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios. Decía San Agustín que vale más una lágrima derramada meditando la pasión de Cristo que un viaje a Tierra Santa.

Rafael Mediavilla Becerril, agustino recoleto.
Parroquia Santa Rita, Madrid

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WebJCP | Abril 2007