El relato de la transfiguración es uno de esos episodios que toda la tradición sinóptica atestigua. Este año leemos la versión de Lucas, pero también Mt. 17, 1-8 y Mc. 9, 2-8 lo conservan. Como siempre sucede con las escenas compartidas por los diferentes Evangelios, cada uno de lo autores hace hincapié en elementos particulares, y el estilo propio deja huellas en el texto que, en paralelo, pueden rastrearse. Lo que comparten unánimemente es la ubicación de la transfiguración en el plan de la obra. Siempre es precedida por la confesión de fe de Pedro (cf. Mt. 16, 13-20; Mc. 8, 27-30; Lc. 9, 18-21), el primer anuncio de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mc. 8, 31; Lc. 9, 22), y la segunda llamada vocacional que implica cargar con la cruz (cf. Mt. 16, 24-27; Mc. 8, 34-38; Lc. 9, 23-26). La tradición de Mt-Mc añade el malentendido entre Jesús y un Pedro que no comprende aún el mesianismo de la muerte (cf. Mt. 16, 22-23 y Mc. 8, 32-33). Finalmente, el versículo común que hace de prólogo a la transfiguración es nuevamente compartido (cf. Mt. 16, 28; Mc. 9, 1; Lc. 9, 27), y en palabras de Jesús, expresa que entre los que lo estaban escuchando, habría algunos que no morirían antes de ver venir el Hijo del Hombre en su Reino (Mateo), el Reino de Dios con poder (Marcos) o simplemente el Reino de Dios (Lucas). Días después de esta declaración acontece lo que leemos hoy.
La cantidad de días que transcurren entre el anuncio de Jesús y la transfiguración ya son un motivo de disensión. Para Mt-Mc han pasado seis días, pero para Lucas son ocho. El por qué de este número no es tan fácil de rastrear. Para el Evangelio según Juan, el octavo día es una figura que representa la nueva Creación, el día novedoso añadido a la semana creadora original (siete días); por ello, el Resucitado se presenta entre los discípulos “ocho días después” (Jn. 20, 26). Para algunos exegetas, en Lucas hay que interpretar el mismo significado. Sin embargo, el octavo día en la obra lucana aparece una sola vez más, en Lc. 2, 21: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno”. ¿Qué sentido, pues, tenía la circuncisión? Según Gn. 17, 9-14, la alianza entre Dios y Abraham se señaliza con la circuncisión, y es un signo que debe permanecer de generación en generación. Tan importante es este rito para el judaísmo que el varón no circuncidado debe ser considerado como un desheredado, y por lo tanto, no tiene derecho a celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). El israelita incircunciso es un excomulgado. Y cualquier incircunciso, judío o gentil, está fuera de la alianza de Abraham. Pero falta reconocer cuáles son los elementos de la alianza. Según Gn. 17, 4-8, Yahvé hará de Abraham un padre de muchedumbres y su descendencia tendrá una tierra en posesión perpetua. En resumen, la alianza consiste en fertilidad y tierra prometida. La circuncisión, por lo tanto, recuerda esa promesa; la circuncisión es esperanza. Esta relación queda patente en el capítulo 5 del libro de Josué, cuando el pueblo de Israel, que está a punto de tomar posesión de Jericó (a punto de comenzar la conquista de la tierra prometida), se circuncidó, debido a que los israelitas nacidos en el desierto eran incircuncisos. Con el ritual ya realizado, el pueblo celebró la Pascua en los llanos de Jericó. Circuncisión y pascua son liturgia de la entrada a la tierra prometida, liturgia de la alianza. Quizás, el sentido del octavo día de la transfiguración sea el sentido de la circuncisión, de la nueva circuncisión en Cristo, como explica Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados no con circuncisión quirúrgica, sino mediante el despojo del cuerpo carnal, por la circuncisión en Cristo” (Col. 2, 11).
Hay un dato más, propio de Lucas, que relaciona la circuncisión, la alianza y la transfiguración. Mientras que Mt-Mc menciona la aparición de Elías y de Moisés junto a Jesús y que los tres mantienen una conversación, Lucas va más allá y nos narra de qué hablaban los tres. La palabra que nosotros traducimos por partida (refiriéndose a la muerte de Jesús en Jerusalén), en el griego original es exodos. Esta referencia es clara al éxodo de Israel al partir de Egipto. Para la tradición bíblica del Antiguo y del Nuevo Testamento, el suceso de la liberación de la esclavitud egipcia es la pro-forma de todos los eventos de la historia de la salvación: la salida de la cautividad de Babilonia es un nuevo éxodo, la resurrección de Jesús es un nuevo éxodo, el final de los tiempos con la peregrinación escatológica a la Nueva Jerusalén es el gran éxodo definitivo de la historia. La transfiguración es, de esta manera, prefiguración de lo que será la muerte y resurrección de Jesús, prefiguración del éxodo central del universo, el éxodo-pascua del Cristo. Elías y Moisés hablan con Jesús sobre los acontecimientos que sucederán en Jerusalén para dar a la pasión y a la muerte la visión divina, la perspectiva celestial. En la cruz sucederá la verdadera circuncisión, se establecerá la alianza última e irrevocable.
También la referencia a la construcción de las tres tiendas tiene resonancias de circuncisión, alianza y éxodo. La fiesta de los tabernáculos, llamada también fiesta de las chozas o fiesta de las tiendas, era una de las tres fiestas judías que implicaban peregrinar hacia Jerusalén (cf. Dt. 16, 16), y durante una semana, los peregrinos vivían en tiendas construidas para la ocasión. La propuesta de Pedro a Jesús enmarca la transfiguración en la celebración de los tabernáculos. La fiesta tenía variados matices y significados: en un principio fue la fiesta de la cosecha (cf. Ex. 34, 22); tiene también ritmo cronológico, pues era una de las primeras celebraciones del año comenzado, marcando los ciclos de cosecha y recolección; sucedía al Yom Kippur (cf. Lv. 16), día de la expiación o purificación; era rito de fecundidad para que la tierra produjese en abundancia en el próximo ciclo agrícola; es afirmación nacionalista y mesiánica según Zacarías, quien puede ver cómo, en el final de los tiempos, todos los pueblos subirán a Jerusalén para reconocer el reinado de Yahvé Sebaot y celebrarán los tabernáculos (cf. Zac. 14, 16); y era la oportunidad de experimentar, durante una semana, lo que fue la vida de Israel en el desierto, en la vivencia continuada del éxodo, en la esperanza de la tierra prometida, y sobre todo, con la cercanía íntima de Dios que caminaba junto al pueblo. La transfiguración y los tabernáculos son visiones congruentes de la alianza y también visiones desde aristas diferentes; una retrospectiva y otra prospectiva; una sobre lo que pasó y lo que se espera, otra sobre lo que pasará y que también es esperanza. Para ambas el éxodo es importante, el paso de una situación a otra, de la esclavitud a la libertad, de la vida a la muerte para volver a la vida.
En la escena lucana, las señales apuntan hacia la alianza. Se recuerda el octavo día que es el día de la circuncisión; Elías, Moisés y Jesús hablan de la pascua jesuánica; el contexto externo parece estar dado por la fiesta de las chozas. La idea de éxodo es telón de fondo y argumentación entretejida. Para entrar a la tierra prometida los israelitas se circuncidaron; Elías, Moisés y Jesús hablan del éxodo jesuánico; la fiesta de los tabernáculos es celebración de la estancia en el desierto durante el éxodo mosaico. La mismísima presencia de Elías (representante por excelencia de los Profetas) y Moisés (representante por excelencia de la Ley) es la presencia de la antigua alianza que dialoga con la nueva (Jesús, su pasión y resurrección). La transfiguración es prolepsis de la pascua jesuánica. En Lc. 24, 1-8, escena de la tumba vacía, tres son las testigos principales (cf. Lc. 24, 10), al igual que tres son los testigos de la transfiguración; dos hombres se presentan para anunciar la Buena Noticia, al igual que los dos (Elías y Moisés) que hablan con Jesús; los hombres llevan vestidos resplandecientes en la tumba vacía, al igual que la blancura deslumbrante del Maestro en la transfiguración y sus dos interlocutores revestidos de gloria; las tres testigos se atemorizan, al igual que los tres apóstoles; finalmente, los hombres resplandecientes de la tumba les recuerdan que el Hijo del Hombre les había anunciado estos sucesos, por ejemplo, en Lc. 9, 22, unos versículos antes de la transfiguración. La nueva alianza consumada en la pascua fue anunciada (¿y celebrada?) en el monte donde Jesús se transfiguró.
En la resurrección, en el Resucitado, los éxodos (todos y cualesquiera que sean) cobran sentido pleno. La salida de Egipto, el regreso del destierro, la peregrinación escatológica la Nueva Jerusalén, hallan su esencia en la pascua jesuánica. Y los éxodos personales o comunitarios de la época en que nos toca vivir, también se plenifican en el Cristo. Porque hacer el éxodo es salir de una situación para entrar en otra, es ser liberado de una servidumbre para experimentar la libertad digna, es dejar de no-ser para comenzar a existir siendo. Los éxodos son resurrecciones, pasos a una vida más plena, y por ello sólo pueden alcanzar la realización si participan del éxodo central de la historia, el éxodo por excelencia, el paso de lo humano a la vida de Dios (parafraseando algunos cantos litúrgicos).
Los acontecimientos sencillos y cotidianos de la vida pueden leerse en clave de éxodo o esclavitud. Podemos vivir en la esclavitud o esclavizándonos, pero también tenemos la opción de salir, de movilizarnos, o mejor dicho, de ser liberados. Nos perdemos de mirar con los ojos de Dios las liberaciones, y así nos perdemos en caprichos, creyendo que se está mejor encerrado. Para Israel, salir de Egipto fue muchas veces una tortura, una recriminación a Yahvé que les había quitado las cebollas del Faraón para matarlos de hambre en el desierto. Nosotros, generalmente, preferimos las cebollas. Ni siquiera la transfiguración, la mirada divina sobre el éxodo de la cruz, nos convence. Seguimos viendo con los ojos de la horizontalidad humana, y los éxodos son más un problema que una oportunidad. Es más fácil ser esclavo que libre. Duele más hacerse cargo de responsabilidades y decisiones que seguir estrictamente las órdenes de un amo. Dejarse liberar es un tormento, pues aceptamos una alianza de gracia con el Liberador. Él promete amarnos a pesar de todo; nosotros tenemos miedo de amar.
Para amar hay que circuncidarse el corazón, como reclamaban los profetas. Un corazón circuncidado es un corazón al descubierto, desnudo, abierto a los otros y al Otro. Nuestra mente cree que las alianzas de gracia nos debilitan; recibimos tanto y sin necesidad de algo a cambio, que suponemos que hay algo mal. El hecho de que Jesús decida subir a Jerusalén y allí lo maten, y que su sangre sea alianza universal, siempre parece quedarnos muy grande. No nos atemorizan nuestras obligaciones para con ese amor, nos atemoriza el amor mismo. ¿Cómo hacer el éxodo de uno mismo? ¿Cómo liberarse para amar a la manera del Maestro? Por ese amor fue asesinado. ¿Cómo llegar a salir tanto de nuestro egocentrismo hasta el martirio? Sólo es posible porque Dios nos amó primero, porque Él ya hizo el éxodo.
La cantidad de días que transcurren entre el anuncio de Jesús y la transfiguración ya son un motivo de disensión. Para Mt-Mc han pasado seis días, pero para Lucas son ocho. El por qué de este número no es tan fácil de rastrear. Para el Evangelio según Juan, el octavo día es una figura que representa la nueva Creación, el día novedoso añadido a la semana creadora original (siete días); por ello, el Resucitado se presenta entre los discípulos “ocho días después” (Jn. 20, 26). Para algunos exegetas, en Lucas hay que interpretar el mismo significado. Sin embargo, el octavo día en la obra lucana aparece una sola vez más, en Lc. 2, 21: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno”. ¿Qué sentido, pues, tenía la circuncisión? Según Gn. 17, 9-14, la alianza entre Dios y Abraham se señaliza con la circuncisión, y es un signo que debe permanecer de generación en generación. Tan importante es este rito para el judaísmo que el varón no circuncidado debe ser considerado como un desheredado, y por lo tanto, no tiene derecho a celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). El israelita incircunciso es un excomulgado. Y cualquier incircunciso, judío o gentil, está fuera de la alianza de Abraham. Pero falta reconocer cuáles son los elementos de la alianza. Según Gn. 17, 4-8, Yahvé hará de Abraham un padre de muchedumbres y su descendencia tendrá una tierra en posesión perpetua. En resumen, la alianza consiste en fertilidad y tierra prometida. La circuncisión, por lo tanto, recuerda esa promesa; la circuncisión es esperanza. Esta relación queda patente en el capítulo 5 del libro de Josué, cuando el pueblo de Israel, que está a punto de tomar posesión de Jericó (a punto de comenzar la conquista de la tierra prometida), se circuncidó, debido a que los israelitas nacidos en el desierto eran incircuncisos. Con el ritual ya realizado, el pueblo celebró la Pascua en los llanos de Jericó. Circuncisión y pascua son liturgia de la entrada a la tierra prometida, liturgia de la alianza. Quizás, el sentido del octavo día de la transfiguración sea el sentido de la circuncisión, de la nueva circuncisión en Cristo, como explica Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados no con circuncisión quirúrgica, sino mediante el despojo del cuerpo carnal, por la circuncisión en Cristo” (Col. 2, 11).
Hay un dato más, propio de Lucas, que relaciona la circuncisión, la alianza y la transfiguración. Mientras que Mt-Mc menciona la aparición de Elías y de Moisés junto a Jesús y que los tres mantienen una conversación, Lucas va más allá y nos narra de qué hablaban los tres. La palabra que nosotros traducimos por partida (refiriéndose a la muerte de Jesús en Jerusalén), en el griego original es exodos. Esta referencia es clara al éxodo de Israel al partir de Egipto. Para la tradición bíblica del Antiguo y del Nuevo Testamento, el suceso de la liberación de la esclavitud egipcia es la pro-forma de todos los eventos de la historia de la salvación: la salida de la cautividad de Babilonia es un nuevo éxodo, la resurrección de Jesús es un nuevo éxodo, el final de los tiempos con la peregrinación escatológica a la Nueva Jerusalén es el gran éxodo definitivo de la historia. La transfiguración es, de esta manera, prefiguración de lo que será la muerte y resurrección de Jesús, prefiguración del éxodo central del universo, el éxodo-pascua del Cristo. Elías y Moisés hablan con Jesús sobre los acontecimientos que sucederán en Jerusalén para dar a la pasión y a la muerte la visión divina, la perspectiva celestial. En la cruz sucederá la verdadera circuncisión, se establecerá la alianza última e irrevocable.
También la referencia a la construcción de las tres tiendas tiene resonancias de circuncisión, alianza y éxodo. La fiesta de los tabernáculos, llamada también fiesta de las chozas o fiesta de las tiendas, era una de las tres fiestas judías que implicaban peregrinar hacia Jerusalén (cf. Dt. 16, 16), y durante una semana, los peregrinos vivían en tiendas construidas para la ocasión. La propuesta de Pedro a Jesús enmarca la transfiguración en la celebración de los tabernáculos. La fiesta tenía variados matices y significados: en un principio fue la fiesta de la cosecha (cf. Ex. 34, 22); tiene también ritmo cronológico, pues era una de las primeras celebraciones del año comenzado, marcando los ciclos de cosecha y recolección; sucedía al Yom Kippur (cf. Lv. 16), día de la expiación o purificación; era rito de fecundidad para que la tierra produjese en abundancia en el próximo ciclo agrícola; es afirmación nacionalista y mesiánica según Zacarías, quien puede ver cómo, en el final de los tiempos, todos los pueblos subirán a Jerusalén para reconocer el reinado de Yahvé Sebaot y celebrarán los tabernáculos (cf. Zac. 14, 16); y era la oportunidad de experimentar, durante una semana, lo que fue la vida de Israel en el desierto, en la vivencia continuada del éxodo, en la esperanza de la tierra prometida, y sobre todo, con la cercanía íntima de Dios que caminaba junto al pueblo. La transfiguración y los tabernáculos son visiones congruentes de la alianza y también visiones desde aristas diferentes; una retrospectiva y otra prospectiva; una sobre lo que pasó y lo que se espera, otra sobre lo que pasará y que también es esperanza. Para ambas el éxodo es importante, el paso de una situación a otra, de la esclavitud a la libertad, de la vida a la muerte para volver a la vida.
En la escena lucana, las señales apuntan hacia la alianza. Se recuerda el octavo día que es el día de la circuncisión; Elías, Moisés y Jesús hablan de la pascua jesuánica; el contexto externo parece estar dado por la fiesta de las chozas. La idea de éxodo es telón de fondo y argumentación entretejida. Para entrar a la tierra prometida los israelitas se circuncidaron; Elías, Moisés y Jesús hablan del éxodo jesuánico; la fiesta de los tabernáculos es celebración de la estancia en el desierto durante el éxodo mosaico. La mismísima presencia de Elías (representante por excelencia de los Profetas) y Moisés (representante por excelencia de la Ley) es la presencia de la antigua alianza que dialoga con la nueva (Jesús, su pasión y resurrección). La transfiguración es prolepsis de la pascua jesuánica. En Lc. 24, 1-8, escena de la tumba vacía, tres son las testigos principales (cf. Lc. 24, 10), al igual que tres son los testigos de la transfiguración; dos hombres se presentan para anunciar la Buena Noticia, al igual que los dos (Elías y Moisés) que hablan con Jesús; los hombres llevan vestidos resplandecientes en la tumba vacía, al igual que la blancura deslumbrante del Maestro en la transfiguración y sus dos interlocutores revestidos de gloria; las tres testigos se atemorizan, al igual que los tres apóstoles; finalmente, los hombres resplandecientes de la tumba les recuerdan que el Hijo del Hombre les había anunciado estos sucesos, por ejemplo, en Lc. 9, 22, unos versículos antes de la transfiguración. La nueva alianza consumada en la pascua fue anunciada (¿y celebrada?) en el monte donde Jesús se transfiguró.
En la resurrección, en el Resucitado, los éxodos (todos y cualesquiera que sean) cobran sentido pleno. La salida de Egipto, el regreso del destierro, la peregrinación escatológica la Nueva Jerusalén, hallan su esencia en la pascua jesuánica. Y los éxodos personales o comunitarios de la época en que nos toca vivir, también se plenifican en el Cristo. Porque hacer el éxodo es salir de una situación para entrar en otra, es ser liberado de una servidumbre para experimentar la libertad digna, es dejar de no-ser para comenzar a existir siendo. Los éxodos son resurrecciones, pasos a una vida más plena, y por ello sólo pueden alcanzar la realización si participan del éxodo central de la historia, el éxodo por excelencia, el paso de lo humano a la vida de Dios (parafraseando algunos cantos litúrgicos).
Los acontecimientos sencillos y cotidianos de la vida pueden leerse en clave de éxodo o esclavitud. Podemos vivir en la esclavitud o esclavizándonos, pero también tenemos la opción de salir, de movilizarnos, o mejor dicho, de ser liberados. Nos perdemos de mirar con los ojos de Dios las liberaciones, y así nos perdemos en caprichos, creyendo que se está mejor encerrado. Para Israel, salir de Egipto fue muchas veces una tortura, una recriminación a Yahvé que les había quitado las cebollas del Faraón para matarlos de hambre en el desierto. Nosotros, generalmente, preferimos las cebollas. Ni siquiera la transfiguración, la mirada divina sobre el éxodo de la cruz, nos convence. Seguimos viendo con los ojos de la horizontalidad humana, y los éxodos son más un problema que una oportunidad. Es más fácil ser esclavo que libre. Duele más hacerse cargo de responsabilidades y decisiones que seguir estrictamente las órdenes de un amo. Dejarse liberar es un tormento, pues aceptamos una alianza de gracia con el Liberador. Él promete amarnos a pesar de todo; nosotros tenemos miedo de amar.
Para amar hay que circuncidarse el corazón, como reclamaban los profetas. Un corazón circuncidado es un corazón al descubierto, desnudo, abierto a los otros y al Otro. Nuestra mente cree que las alianzas de gracia nos debilitan; recibimos tanto y sin necesidad de algo a cambio, que suponemos que hay algo mal. El hecho de que Jesús decida subir a Jerusalén y allí lo maten, y que su sangre sea alianza universal, siempre parece quedarnos muy grande. No nos atemorizan nuestras obligaciones para con ese amor, nos atemoriza el amor mismo. ¿Cómo hacer el éxodo de uno mismo? ¿Cómo liberarse para amar a la manera del Maestro? Por ese amor fue asesinado. ¿Cómo llegar a salir tanto de nuestro egocentrismo hasta el martirio? Sólo es posible porque Dios nos amó primero, porque Él ya hizo el éxodo.








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