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MISIONEROS EN CAMINO: Ser cristiano en América Latina: Una mirada a la realidad 2
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lunes, 5 de octubre de 2009

Ser cristiano en América Latina: Una mirada a la realidad 2


Está dilapidada la expresión, pero no es menos cierta: en la era de la comunicación estamos incomunicados. Pululan a nuestro alrededor medios para comunicarnos, en cercanía o a distancia, a metros o atravesando continentes. No existen casi excusas para perder el rastro de alguien, para escapar, para justificar olvidos. La tecnología se preocupa de llenar nuestros hogares con teléfonos, televisores, computadoras y conexiones a Internet. Los celulares o móviles van con nosotros a todos lados, y cada día incorporan nuevas funcionalidades. Lo impensable no mucho tiempo atrás es realidad hoy, y tanta posibilidad nos abruma, no sabemos administrarla correctamente, no resolvemos cómo no perder el contacto al mismo tiempo que no perder intimidad.

En concordancia con la actual concepción utilitarista de las relaciones, los medios de comunicación se subordinan a ella. El teléfono es una herramienta de trabajo, se llama para vender, para pedir algo, pocas veces para preguntar el estado de ánimo del otro. Los televisores transmiten propagandas que buscan convencernos a toda costa de la importancia de la frivolidad, de verse en forma y atractivo, de tener lo último, de ser mejor que el resto. Los programas televisivos de la grilla, adheridos a la frivolidad, alternan entre mujeres semi-desnudas y talk shows o reality shows, sin una transmisión conciente de contenido real, sin invitación a pensar, a detenerse y plantear cuestiones. La televisión está condicionada por el entretenimiento mal entendido que consiste en mirar sin reflexionar, sólo pasar el rato. Las computadoras e Internet son un mundo paralelo, pero también abunda el divertimento no reflexivo. Algunos sitios intentan rescatar el arte del pensamiento y la expresión, pero son los menos y, lamentablemente, muchos culminan minados por la intervención de usuarios que bombardean con comentarios inapropiados.

Distinto y similar es el caso del celular o móvil. Su uso parece indiscriminado, exagerado. Hasta niños de temprana edad poseen uno. Los adolescentes y jóvenes envían mensajes de texto a mansalva, que no dicen nada, que no tienen contenido profundo, que permanecen en la superficialidad, y sin embargo establecen diálogos de horas de duración. ¿Es eso un contacto verdadero? ¿Es encuentro? Si bien pareciese que el celular no se usa sólo para vender y comprar, tampoco alcanza un nivel superior de comunicación, porque la masiva transferencia de datos es redundancia o aglomeración de frases vacías. La superficialidad es la incomunicación, y no la carencia en el envío de datos, que hoy no existe. Si esa cantidad de datos enviados, en una y otra dirección, tuviesen profundidad, anunciaran sentimientos verdaderos y no buscaran utilidades, habría comunicación. El celular o móvil, símbolo de la post-modernidad, del aislamiento, del control, multiplica la ilusión de estar comunicados, porque nos impresiona la cantidad. El envío de tantos mensajes de texto nos convence de una fluidez y una cercanía inexistentes, porque el mensaje oculta lo que no queremos decir, el diálogo que no queremos tener, la barrera que esperamos que permanezca, la incomunicación que nos da comodidad, que nos deja sin reflexionar, y así sin madurar, y sin madurez evitamos las responsabilidades reales de las relaciones, que son complicadas y que exigen disposición. El celular o móvil, símbolo también de la adolescencia, es para los adultos la posesión de un signo de inmadurez que, inconscientemente, permite permanecer así, sin compromisos, desligados, en libertad a nuestra medida, o sea, libertad que es capricho o antojo, pero no plenitud.

b) Brecha ricos-pobres

Lo que era un gran problema de desigualdad décadas atrás, hoy se ha intensificado como diferenciación, como separación. Un abismo separa a unos de otros, una verdadera brecha entre ricos y pobres que se incrementa sin cesar, regodeándose los primeros y hundiéndose los segundos. Este aumento de la brecha es innegable, y no hay análisis estadístico que opine lo contrario, aún los financiados por los ricos. Es una verdad a los cuatro vientos; y parece no importar, parece ser una obra del destino que nadie puede detener, o que nadie se anima a detener, como si Dios así lo dispusiese: que algunos vivan la abundancia mientras otros perezcan en la carencia.

Los dos grupos (ricos y pobres) se traslucen en una disposición escalonada, o mejor graficado, piramidal. Los ricos están sobre los pobres, pero los pobres los están sosteniendo y están muriendo aplastados por ellos. Lo escalonado o lo piramidal es la imagen de la opresión. ¿Por qué los ricos tienen más capital? Porque tienen una parte de la torta que no les corresponde. La cantidad de bienes materiales del planeta es finita, y es de todos. Si alguien tiene más bienes que el resto y que los que les corresponderían, si tiene una porción más grande de la torta, es porque se la ha quitado a otro. Y, usualmente, para quitar hay que luchar. En las luchas, el vencedor culmina oprimiendo al derrotado. El sistema de conquistas de los imperios de la antigüedad dividía al mundo en pueblos soberanos y pueblos conquistados. Los soberanos habían tomado partes que no les correspondían, y las habían tomado violentamente. Los conquistados eran oprimidos, esclavizados, perdiendo libertades. Actualmente, la violencia no suele ser con espadas y escudos, sino con multinacionales y comercios. Los pueblos soberanos de hoy poseen las sedes económicas de las grandes empresas mundiales, y además son los líderes del comercio, regulando la compra y la venta; los pueblos conquistados de hoy, entre ellos los pueblos latinoamericanos, tienen sucursales de las multinacionales, que utilizan su mano de obra barata y provocan una salida al exterior de capitales, al mismo tiempo que no pueden emitir voz sobre el mercado, ya que producen materias primas sin procesar, dependientes en alto porcentaje de la demanda, que cuando decae, derrumba la economía interna.

La opresión actual, la esclavitud de estos tiempos, en gran medida se debe al poder económico acumulado. Hay otras formas de esclavitud, pero la que parece detener el desarrollo sostenido de América Latina es su dependencia económica. Tras la llegada de españoles y portugueses, el control del territorio lo realizaban los soldados humanos; hoy los soldados son los billetes, que sin estar, paradójicamente, someten desde su ausencia. El niño sin la alimentación adecuada en sus primeros años es el niño de poco desarrollo intelectual que luego no podrá conseguir un trabajo bien remunerado de adulto, y que deberá hacer malabares para sostener a su familia, con niños que volverán a estar desnutridos y que volverán a sufrir la desigualdad de oportunidades. No es la opresión clásica de antaño, pero es opresión que esclaviza, porque los hombres y mujeres están más preocupados en conseguir alimento que en pensar la liberación, porque mucho tiempo pensando es tiempo perdido de un probable sueldo. Y el círculo se perpetúa, perpetuando la injusticia, aumentando la brecha.

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WebJCP | Abril 2007