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lunes, 5 de octubre de 2009

Los "COMOS" de la Misión


Por Vittorino Girardi, Obispo de Tilaran (Costa Rica)
Publicado por Esquila Misional

Hace unos años...

1. De algún modo toda la teología católica es «Teología de la misión», ya que es reflexión iluminada por la fe, a partir del misterio de la Encarnación, que es el misterio del envío misionero del Hijo. Sin embargo, la Teología de la misión o Misionología, como asignatura, es una rama teológica «reciente». Su primera cátedra en Munster, Alemania, se abrió hace casi 100 años, en 1911, por obra del Padre Josef Schmidlin. Desde entonces, este tratado ha ido ocupando espacios cada vez más amplios dentro del quehacer teológico, enriqueciéndose de múltiples y variados temas de reflexión. Uno de sus mejores y fecundos aportes ha sido el decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia.

2. A lo largo de los años en que mis superiores me encomendaron la enseñanza de la Misionología, siempre me atrajeron los «comos» que acompañan el mandato misionero de Cristo a sus apóstoles. He aquí el primero. En la noche de Pascua, Jesús apareció entre los suyos y después de desearles repetidamente Paz, les dice: «Como el Padre me ha enviado, así yo también los envío» (Jn 20,21). Es muy espontáneo preguntarse acerca del contenido de ese «como»... Sin embargo lo esencial queda expresado en el coloquio nocturno de Jesús con Nicodemo. El Señor le dijo: «Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único, para que el que crea en él, tenga vida» (Jn 3,16). La afirmación de Jesús nos lleva al verdadero y único fundamento de la misión: el amor. El envío misionero parte del amor, se sostiene por éste y lo tiene como único objetivo. El amor es la vida de Jesús, y ese es el destino de todo misionero. Una supuesta misión que no tenga estos «ingredientes», no dura mucho y se desvía hacia otros intereses.

Hay un segundo «como» de la misión. «Jesús designó a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí a todas las ciudades y sitios donde él había de ir». Los envía como sus precursores espirituales, pero he aquí la sorpresa: «los envío, dice Jesús, como corderos en medio de lobos» (Lc 10,1 y 3). En la parábola del Buen Pastor, Jesús mismo describe el actuar del lobo: «a las ovejas las mata y las dispersa» (Jn 10,12). Ser misionero implica estar dispuesto y preparado para el contraste, el rechazo y la abierta persecución. Es entrar en el destino de Aquel que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (cf Jn 1,11). El contraste, más aún, el choque frontal de la actividad misionera con el mundo es un hecho inevitable. Jesús declara: el «profeta» no tiene patria (cf Lc 4,24) y la actividad misionera es actividad profética. ¡Si la Iglesia y sus misioneros dejaran de ser «perseguidos», dejarían de ser Iglesia! ¡La Iglesia no puede hacerse mundo; está en él y debe estarlo cada vez más, pero cada vez más está llamada a no ser de este mundo! En palabras de Jesús: ser misioneros, es «perseverar con él en sus tribulaciones, encontrando ahí la medida de un íntimo gozo» (cf Lc 22,28-29).

3. Hay otro «como» que cuestiona y a la vez hace bella la misión. Es el «como» del amor que debe circular entre los misioneros. Es siempre Jesús quien lo pide y quien primero lo vive. A sus primeros misioneros, que han sido sus apóstoles, y a quienes Jesús declaraba «amigos», les insiste: «Ámense como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,12-13). La actividad misionera es actividad de amigos que se sienten vinculados por la presencia y la amistad de Cristo y que gozan de ella. Los discípulos-misioneros se van constituyendo en comunidad por el encuentro personal con Jesús: esto es indispensable para alimentar el compromiso misionero. El encuentro con Cristo vivo los hace «cenáculo», en el que todos tienen un sola alma y un solo corazón, y desde donde salen para una misión sin fronteras. En otras palabras: la vocación a ser amigos de Cristo, es con-vocación a la comunión en su Iglesia, y desde ella a sentirse enviados y sostenidos por el misterio de comunión. Como no hay discipulado sin comunión, no hay misión sin comunión. La misión o envío fundamental, el de Cristo, se dio por el misterio de amorosa comunión que es el misterio trinitario; de un modo semejante nuestra misión nace y se sostiene por nuestro vivir «en la comunión del Espíritu Santo» (2Cor 13,13). Nos los deseamos todos a todos: renovémonos en la fuerza de nuestra comunión cristiana, para renovarnos en nuestro compromiso misionero.

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WebJCP | Abril 2007