No hace falta ponerse gafas para darnos cuenta de que hoy la juventud se aleja cada vez más de la Iglesia. Las familias se lamentan de que sus hijos ya no quieren saber nada con la Iglesia y la Iglesia se lamenta de que los jóvenes ya vienen a Misa. ¿Nos hemos planteado con seriedad el por qué de esta realidad?Los jóvenes tienen hoy demasiadas llamadas e invitaciones. Demasiadas voces gritan en sus oídos. La voz de la familia y de la Iglesia apenas si les dice algo. Algo está pasando. En algo estamos fallando todos. Y eso es lo que no queremos plantearnos. Preferimos el lamento o, en todo caso, la acusación. Pero ellos siguen su camino porque ya no nos escuchan. ¿Será falta de generosidad de los jóvenes de hoy? No lo creo. Pienso que los jóvenes actuales tienen muchas más reservas que las que otros hemos tenido en nuestro tiempo.
Es posible que nuestra voz se pierda entre tantas voces porque carece de vibración, de fe y de esperanza en ellos. Como también es posible que tratemos de imponerles modelos de vida cristiana que ni nos sirven a nosotros los mayores.
Viven una cultura diferente a la nuestra. Tienen unos modelos distintos a los nuestros y unos ideales que no concuerdan con los nuestros. Les hablamos con nuestro lenguaje anticuado, no les hablamos el lenguaje que ellos entienden. Viven otro tipo de valores que nosotros no sabemos aprovechar para ponerlos al servicio de la fe.
La Iglesia necesita de los jóvenes, de lo contrario, podemos cortar la cadena de retransmisión. Los jóvenes necesitan de la Iglesia, pero de una Iglesia que los entienda, que los busque y que cuente con ellos, dándoles responsabilidades. Es un reto y un desafío para la Iglesia. No se trata de algo banal sino de realidades demasiado serias. No queremos una Iglesia envejecida, sino rejuvenecida, como le gustaba decir a Juan Pablo II. Esta tiene que ser no solo la labor de los Obispos o sacerdotes sino de todo el Pueblo de Dios.
Jesús le dijo “una sola cosa te falta”. La Iglesia debiera plantearse qué es lo que hoy nos falta a todos para ganarnos a la juventud y atraerla, no por la fuerza y la amenaza, sino por la invitación y por la oferta que le hacemos. En esto no debemos tener miedo a las exigencias. La juventud no se ilusiona con lo de siempre. La juventud busca nuevos ideales, nuevas experiencias a las que nosotros no debiéramos tener miedo.
LA LEY NO HACE SEGUIDORES
El joven rico cumplía con la Ley. Sin embargo, esto no lo hacía seguidor de Jesús, era un cumplidor estricto de la Ley, pero incapaz de hacerse discípulo de Jesús. Para ser cristiano se necesita algo más que cumplir con los Mandamientos. Es preciso descubrir las exigencias y los ideales del Nuevo Testamento. No basta tener una mentalidad legalista, es preciso tener la mentalidad de las Bienaventuranzas.
La Ley puede ser útil y hasta necesaria, pero es insuficiente para dar vida.
Se puede cumplir con la Ley y no vivir la verdad de la ley.
Se puede ir a Misa y no vivir la Misa.
Se puede comulgar y no vivir la Comunión.
Se puede confesar y no vivir la verdad y significado de la Confesión.
El cristiano está llamado a cumplir con la ley como el resto de la gente, pero no puede quedarse ahí anclado en eso que suele decirse burlonamente “cumplo y miento” porque se puede cumplir pero con la mentira en el corazón. Puedo perdonar de palabra pero no perdonar de corazón. Puedo hablar mucho de los pobres, pero no amar a los pobres. Puedo decir que creo que en la Iglesia, pero no sentirme Iglesia.
La historia del joven rico pone de manifiesto y pude aclarar muchas de nuestras vidas. Cumplir los mandamientos, pero luego ser incapaces de hacer de Jesús el centro y el valor fundamental de nuestras vidas. Ser cristiano es seguir a Jesús, es aceptar a Jesús, es vivir a Jesús. La ley nos afecta por fuera, pero es posible que por dentro seamos otro caso.
Por eso, las mismas leyes civiles pueden ser un criterio civil de conducta, pero no siempre las leyes civiles son criterios de moralidad cristiana. No es suficiente que la ley autorice el divorcio para que el divorcio sea moral cristianamente. Puede que la ley civil despenalice y autorice el aborto, pero no por eso justificar moralmente el mismo.
ES LA HORA DE LOS JÓVENES
Ayer fue la hora de los mayores.
Hoy es la hora de los jóvenes.
Ayer fue la hora de que están al final del camino.
Hoy es la hora de los que comienzan el camino.
Ayer fue la hora de los que ya vivieron.
Hoy es la hora de los que comienzan a vivir.
Ayer fue la hora de los ya hicieron.
Hoy es la hora de los que comienzan a hacer.
Ayer fue la hora de los que no quieren dejar de ser.
Hoy es la hora de los que quieren ser.
Es la hora de los jóvenes.
Por tanto es la hora:
De dar paso a los que vienen empujando por detrás.
De dar la palabra a los que tienen algo nuevo que decir.
De dar espacio a los que quieren ser algo en la sociedad y en la Iglesia.
De dar fe a los que recién comienzan y quieren hacer algo.
Es la hora de una Iglesia nueva.
De una Iglesia renovada por el empuje de nueva sangre.
Es la hora de una Iglesia juvenil
De una Iglesia con rostros nuevos y simpáticos.
Es la hora de una Iglesia que escuche a los jóvenes.
Es la hora de una Iglesia que escuche las críticas de los jóvenes.
Es la hora de una Iglesia de la sonrisa, de la guitarra y el cajón.
Es la hora de una Iglesia con menos formalidad, pero con más alegría.
Es la hora de los nuevos testigos del Evangelio.
Es la hora de los nuevos rostros de la Iglesia y del Evangelio.
Es la hora de los nuevos testimonios de la Buena noticia al mundo.
Es la hora de los que son capaces de abrir nuevos caminos.
Es la hora de los que quieren y son capaces de arriesgarse.
Es la hora de los que todavía sueñan mundos nuevos.
Es la hora de los que todavía sueñan horizontes nuevos.
¡ES LA HORA DE LOS JOVENES!
NO PODÉIS PODAR LAS ILUSIONES DE LOS JÓVENES
Se pueden podar los árboles
Pero no se pueden podar los ideales de la juventud.
Se pueden podar los rosales.
Pero no se pueden podar las ilusiones de la juventud.
Se pueden podar los setos del jardín.
Pero no se pueden podar las esperanzas de la juventud.
Una educación demasiado prohibitiva
es como podar la libertad de los hijos.
Una educación del “no a todo”
es como la prohibir a los hijos las decisiones del “sí”
Más que podar tenemos que “injertar”.
Más que prohibir necesitamos animar.
Más que enseñarles solo los peligros, es preciso mostrarles sus posibilidades.
Más que sembrar el miedo en sus corazones, es preciso animarlos al riesgo.
En los jardines hay muchos arbolitos ornamentales muy podaditos y afeitados, pero les prohíbe crecer.
¿Queremos hijos mochados, muy bonitos, pero luego unos inútiles incapaces de decidir por ellos mismos e incapaces de aventurarse incluso en los riesgos?
Más que hijos bonitos lo que necesitamos y queremos son hijos, hombres y mujeres, libres, responsables, con capacidad de decisión.
Más que hijos bonitos de jardín para lucirnos antes los demás, necesitamos hijos capaces de crecer, desarrollarse y madurar, capaces de ver los peligros pero ser más que ellos, ver las dificultades pero ser más fuertes que ellas.
Hijos que sean luego más que nosotros y continúen el camino allí donde nosotros lo dejamos.
Hijos que completen lo que nosotros dejamos a medias.
Hijos que hagan lo que nosotros no hemos sido capaces de hacer.
SIEMPRE HAY UN ALGO QUE “NOS FALTA”
Lo tenemos todo, pero siempre hay algo que nos falta.
Tenemos pan, pero nos falta capacidad de compartirlo.
Tenemos amor, pero nos falta darlo a los demás.
Tenemos generosidad, pero nos faltan motivaciones.
Tenemos ideales, pero nos falta quien nos anime.
Tenemos fe, pero nos falta vida.
Tenemos esperanza, pero nos falta alegría.
Tenemos caminos, pero nos falta andarlos.
Tenemos ojos, pero nos falta voluntad de ver.
Tenemos oídos, pero nos falta querer escuchar.
Tenemos tiempo, pero nos falta voluntad de compartirlo.
Tenemos a la Iglesia, pero nos falta sentirnos Iglesia.
Tenemos a Dios, pero nos falta hacerlo vida en nosotros.
Tenemos capacidad de perdón, pero nos falta voluntad de perdonar.
Tenemos pies, pero nos faltan zapatos.
Tenemos zapatos, pero nos faltan pies.
Tenemos manos, pero nos falta extenderlas a otros.
Tenemos mucho, pero nos falta lo que tienen otros.
Tenemos carro, pero nos falta gasolina.
Tenemos gasolina, pero nos falta el carro.
Tenemos padres, pero nos falta disfrutar de ellos.
Tenemos hijos, pero nos falta gozar con ellos.
Tenemos demasiadas cosas, pero siempre nos falta algo
para que podamos disfrutar plenamente de ellas.
No sé por qué siempre nos sobran cosas, pero siempre nos falta algo.
APRENDE A ESTAR SIEMPRE BIEN CON DIOS
1. No pretendas manipular a Dios, No es Él quien debe adaptarse a tus caprichos sino que serás siempre tú quien debas adaptarte a sus exigencias.
2. No pretendas que Dios soluciones todos tus problemas. Tus problemas tendrás que solucionarlos toditos tú mismo. Lo único que puede hacer Dios es ayudarte, darte fuerzas para que los soluciones.
3. Jamás culpes a Dios de las cosas que te salen mal, ni de tus enfermedades, accidentes o fracasos. No suele ser ése un deporte practicado por Dios. Antes de culparle a Él examina bien qué ha sucedido para que estas cosas pasen.
4. No te atrevas nunca a romper tus relaciones con Dios, amargado porque tú le pediste no sé qué cosas y no te las concedió. Dios no es una farmacia, ni un supermercado, ni la oración es para eso.
5. Jamás se te ocurra pensar que las cosas te salen mal sencillamente porque Dios te está castigando por lo que hiciste no sé cuando y no sé dónde. Dios tampoco reparte castigos, sólo reparte amores, castigos jamás. Si las cosas te salen mal será por otras razones. Jamás por castigo de Dios.
6. A Dios considérale el mejor amigo que te queda, el único amigo de verdad.
7. Cada mañana al levantarte piensa que Dios quiere para ti un día muy feliz. Tu infelicidad le duele en su propio corazón. No olvides que eres su hijo.
8. No dejes de pasar ni un solo día sin dedicarle un ratito de tu tiempo. No seas de los que tampoco tienen tiempo para Dios o solo le conceden los “vueltos”, es decir, el tiempo que no te sirve para nada.
9. No olvides que Dios te necesita para hacer felices a los demás. Por eso, cada mañana, te pide una sonrisa, para que sea la sonrisa que Él mismo regala a los demás.
10. Si algún día metes la pata y le ofendes, no todo está perdido. Él no ha roto las relaciones de amistad contigo. Claro que el teléfono de tu corazón está malogrado y no recibe llamadas. Por eso, aún entonces, sigue considerándolo tu mejor amigo. Apresúrate a reconciliarte con Él por la penitencia.
11. No le pidas lo que tú mismo puedas hacer. Pero cuando ya no puedas más, pídele que te dé fuerzas para seguir adelante.
12. Sería bueno que Dios pudiera considerarte a ti como el mejor amigo que tiene en el mundo. No te está pidiendo mucho, sólo te pide tu amistad.







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