Publicado por Esquila Misional
El trabajo es mucho y, como promotores vocacionales, nuestra tarea es la de invitar y lanzar las redes, aunque esto implique una «guerra», pues lamentablemente, en muchas ocasiones los papás, los amigos o el ambiente son los primeros obstáculos que les «cortan las alas» a los jóvenes que desean seguir a Jesús mucho antes de «poder volar».
Estimados jóvenes, no es fácil seguir a Jesús, pues él cuestiona nuestra manera de pensar, de actuar y de ver los sucesos. Desde los primeros discípulos hasta el día de hoy, el llamado que hace Jesús es una invitación a dejarlo todo. Muchas veces, esto implica una guerra interior e incluso, exterior, pues los amigos, la escuela, el trabajo, la familia y el ambiente crean en algunos casos una situación de incertidumbre, dudas y conflictos, en resumen, una «guerra donde se pierde la paz». Para entender esto, te recomiendo leer el Evangelio de san Mateo: Mt 10,34-42.
A simple vista, las palabras de Jesús parecen contradecir otros de sus mensajes: «la paz les dejo…», «bienaventurados…», «perdona...». En este texto encontramos una situación que nos hace ver otra realidad. Ciertamente, «la espada» o «lucha» traída por Jesús no es una declaración de guerra contra todo el mundo.
La «espada-división» se halla implicada en las exigencias de seguir a Jesús; su mismo mensaje lleva a la división: exige la renuncia a lo más querido, que nada ni nadie esté por encima de él en la escala de valores que el hombre debe hacerse. Al jerarquizar estos valores, él quiere estar en la cumbre. No todos compartimos este criterio, sólo una fe profunda puede aceptarlo.
La división de la que habla el texto ya había sido experimentada por algunos que querían seguir a Jesús: «Ve, vende todo lo que tienes y sígueme». Sin duda, esto produjo un conflicto interior en aquel joven que decidió hacer caso omiso de tal invitación. Sin embargo, encontramos que los primeros discípulos fueron plenamente consecuentes con su vocación y con las exigencias de tal respuesta, es decir, de renunciar a todo y a todos, aun a lo más querido, pues aquí mismo se encontrará la incomprensión, la división, la lucha, la guerra..., que es la misma palabra de Jesús.
Jesús pide lealtad y fidelidad absolutas a su persona, por encima de todo, incluso de la familia y de los bienes materiales, pero puede ocurrir que un vínculo más estrecho con los seres queridos se convierta en un obstáculo para la vinculación con Jesús y las exigencias que esto implica.
La fidelidad total en el seguimiento de Cristo supone frecuentemente dificultades y persecuciones. Recuerdo a un joven que quería entrar al seminario, pero, por temor a sus compañeros, no dijo nada, simplemente dejó de pensar en esta idea. Ahora se lamenta por no haber dado ese paso, sencillamente no está feliz con lo que está haciendo actualmente.
Aceptar a Jesús sin condiciones, significa cargar con la cruz. El discípulo no se pertenece a sí mismo, pues se entrega al Autor de la Vida, a aquél que vino para que la tengamos en plenitud. Así, la vocación a seguirlo adquiere toda una dimensión en la vida de Jesús y, por el contrario, aferrarse a los criterios humanos, a lo que el mundo nos ofrece es entrar en el círculo de la indecisión, del conflicto interior, de la duda y, finalmente, del abandono a un proyecto que Jesús tenía para ti.
En esta experiencia vocacional, se habla constantemente de exigencias, renuncias, incluso de entregar la vida, y tiene que haber una buena razón para que alguien decida seguirlo. Ya lo decía santa Teresa: «Ahora entiendo porque tienes pocos amigos» y es que este seguimiento, nunca ha sido fácil. Esta razón es el premio que se espera, es decir, «todo trabajo, esfuerzo, sacrificio, no quedará sin recompensa». Ninguno de los trabajos realizados por el Reino quedará sin recompensa, incluso los más pequeños que se hagan en favor del prójimo.
He conocido a muchos jóvenes llenos de energía, vitalidad, entusiasmo, generosidad..., en fin, jóvenes como tú, pero al plantearles si alguna vez han sentido el llamado de Jesús, muchos han contestado que tienen otros sueños y proyectos, y que no habían contemplado esta opción, que nunca alguien les había propuesto este otro estilo de vida.
Joven, sin duda alguna, hoy en día es más complicado dar una respuesta a la invitación de Cristo, pero sólo un corazón generoso puede dar una respuesta concreta y sin límites. Tú puedes seguirlo, basta abandonarse en sus manos y él hará el resto. Jesús continúa llamando, y esto crea una «guerra interna y externa» que sólo se superará en la medida que te pongas en sus manos, ¡No tengas miedo de decir sí!
Estimados jóvenes, no es fácil seguir a Jesús, pues él cuestiona nuestra manera de pensar, de actuar y de ver los sucesos. Desde los primeros discípulos hasta el día de hoy, el llamado que hace Jesús es una invitación a dejarlo todo. Muchas veces, esto implica una guerra interior e incluso, exterior, pues los amigos, la escuela, el trabajo, la familia y el ambiente crean en algunos casos una situación de incertidumbre, dudas y conflictos, en resumen, una «guerra donde se pierde la paz». Para entender esto, te recomiendo leer el Evangelio de san Mateo: Mt 10,34-42.
A simple vista, las palabras de Jesús parecen contradecir otros de sus mensajes: «la paz les dejo…», «bienaventurados…», «perdona...». En este texto encontramos una situación que nos hace ver otra realidad. Ciertamente, «la espada» o «lucha» traída por Jesús no es una declaración de guerra contra todo el mundo.
La «espada-división» se halla implicada en las exigencias de seguir a Jesús; su mismo mensaje lleva a la división: exige la renuncia a lo más querido, que nada ni nadie esté por encima de él en la escala de valores que el hombre debe hacerse. Al jerarquizar estos valores, él quiere estar en la cumbre. No todos compartimos este criterio, sólo una fe profunda puede aceptarlo.
La división de la que habla el texto ya había sido experimentada por algunos que querían seguir a Jesús: «Ve, vende todo lo que tienes y sígueme». Sin duda, esto produjo un conflicto interior en aquel joven que decidió hacer caso omiso de tal invitación. Sin embargo, encontramos que los primeros discípulos fueron plenamente consecuentes con su vocación y con las exigencias de tal respuesta, es decir, de renunciar a todo y a todos, aun a lo más querido, pues aquí mismo se encontrará la incomprensión, la división, la lucha, la guerra..., que es la misma palabra de Jesús.
Jesús pide lealtad y fidelidad absolutas a su persona, por encima de todo, incluso de la familia y de los bienes materiales, pero puede ocurrir que un vínculo más estrecho con los seres queridos se convierta en un obstáculo para la vinculación con Jesús y las exigencias que esto implica.
La fidelidad total en el seguimiento de Cristo supone frecuentemente dificultades y persecuciones. Recuerdo a un joven que quería entrar al seminario, pero, por temor a sus compañeros, no dijo nada, simplemente dejó de pensar en esta idea. Ahora se lamenta por no haber dado ese paso, sencillamente no está feliz con lo que está haciendo actualmente.
Aceptar a Jesús sin condiciones, significa cargar con la cruz. El discípulo no se pertenece a sí mismo, pues se entrega al Autor de la Vida, a aquél que vino para que la tengamos en plenitud. Así, la vocación a seguirlo adquiere toda una dimensión en la vida de Jesús y, por el contrario, aferrarse a los criterios humanos, a lo que el mundo nos ofrece es entrar en el círculo de la indecisión, del conflicto interior, de la duda y, finalmente, del abandono a un proyecto que Jesús tenía para ti.
En esta experiencia vocacional, se habla constantemente de exigencias, renuncias, incluso de entregar la vida, y tiene que haber una buena razón para que alguien decida seguirlo. Ya lo decía santa Teresa: «Ahora entiendo porque tienes pocos amigos» y es que este seguimiento, nunca ha sido fácil. Esta razón es el premio que se espera, es decir, «todo trabajo, esfuerzo, sacrificio, no quedará sin recompensa». Ninguno de los trabajos realizados por el Reino quedará sin recompensa, incluso los más pequeños que se hagan en favor del prójimo.
He conocido a muchos jóvenes llenos de energía, vitalidad, entusiasmo, generosidad..., en fin, jóvenes como tú, pero al plantearles si alguna vez han sentido el llamado de Jesús, muchos han contestado que tienen otros sueños y proyectos, y que no habían contemplado esta opción, que nunca alguien les había propuesto este otro estilo de vida.
Joven, sin duda alguna, hoy en día es más complicado dar una respuesta a la invitación de Cristo, pero sólo un corazón generoso puede dar una respuesta concreta y sin límites. Tú puedes seguirlo, basta abandonarse en sus manos y él hará el resto. Jesús continúa llamando, y esto crea una «guerra interna y externa» que sólo se superará en la medida que te pongas en sus manos, ¡No tengas miedo de decir sí!








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