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lunes, 21 de septiembre de 2009

Ser cristiano en América Latina: Una mirada a la realidad


a) El desencuentro

En Latinoamérica y en el mundo entero, el ser humano vive un constante desencuentro en medio del ir y venir frenéticos. A pesar de contar con sofisticadas técnicas de organización del tiempo, como agendas y relojes último modelo, el desencuentro sucede. Y no hablamos aquí del hecho físico del encuentro, que evidentemente, sucede y lo vemos, en una oficina, en un bar, en la calle, en las casas y departamentos. Hablamos del hecho no material, del encuentro profundo, el que contacta el interior de una y otra persona. A ese nivel ocurre el desencuentro, a pesar de que verifiquemos un apretón de manos o un abrazo. Compartir el mismo espacio físico no es sinónimo de encuentro ni de conexión íntima. El espacio físico compartido acerca la materia, las células, los átomos y las moléculas, pero cada corazón late a su ritmo, desconectado del latir de los otros.

En Latinoamérica hay desconexión, y cada vez es más notoria. Quizás, la causa de esa desconexión esté en la frivolidad de las relaciones, en el concepto utilitarista de las mismas. ¿Para qué nos acercamos hoy a la mayoría de las personas? Para conseguir un trabajo, para comprar, para vender, para convencer, para intimidar, para regatear. Siempre nos acercamos para un fin, y nunca por el gusto de compartir tiempo. En las ciudades y, muy a nuestro pesar, ya en los pequeños poblados, va desapareciendo (o ha desaparecido) la costumbre de la visita familiar o amistosa, sólo para sentarse a conversar, bebida de por medio, sobre el tema que fuese; sólo conversar, porque es agradable hacerlo. Nuestras relaciones utilitaristas ya no conciben esa pérdida de tiempo, ese desperdicio. Hay que producir, ganar, usar y tirar. En la relación profunda, en el diálogo que conecta, no hay ganancia comercial, pues conectarse significa perder, desprenderse, dar, ceder. En la relación superficial, en cambio, sólo se desea ganar, y se emplean las artimañas que sean necesarias. El vendedor miente para vender y el comprador regatea para ahorrar. Todos queremos ganar, todos vemos al otro como un competidor. El utilitarismo nos lleva al mercantilismo, y allí disociamos el encuentro físico del encuentro de los corazones. Ya no me puedo conectar íntimamente con el otro porque es mi enemigo, y si me conecto comienzo a revelarle mi ser, mis fortalezas y mis debilidades, mis talones de Aquiles. Eso no me conviene comercialmente.

El desencuentro que vivimos, aunque nos interese taparlo y esconderlo con la imagen del éxito, nos está agobiando, nos está matando, nos ahoga. En nuestro interior hay algo que clama por contactar al otro, por acariciarlo sinceramente, por abrazar más allá del protocolo, por dialogar de las cosas importantes, que no son ni los precios ni las tasas de interés. Nuestro ser pide encuentros, y no se los damos, entonces nos hacemos menos humanos al no responder a un deseo intrínseco. El desencuentro molesta a los hombres y mujeres, no obstante no lo expresen, no obstante no se animen a decirlo. En su ritmo frenético, ciertamente desean parar y hablar de igual a igual, parar y mirar un rostro amigable, dejar de luchar por todo, dejar de comerciar un momento.

b) Las grandes urbes

La ciudad gigante, repleta de cemento, portadora de bellezas arquitectónicas, es una maravilla de la ingeniería y una amenaza que se esconde, paradójicamente, en su descomunal tamaño. El hombre y la mujer de ciudad viven los días a una velocidad bien distinta a la de las zonas rurales, con distintos medios de transporte que intentan asegurar una llegada a horario, con oficinas pequeñas, con un núcleo productivo concentrado y una periferia pobre, en forma de cinturón, de las llamadas villas miserias. Regularmente, una protesta de asalariados interrumpe el tránsito, y toda la maquinaria preparada para responder al esquema horario se desbarata. Se hierven los ánimos, uno que otro desciende de su automóvil, conversa con aquel que también descendió del vehículo, se soluciona la protesta (que sigue su camino o es dispersada por la fuerza policíaca) y continúa el ritmo. Momentáneamente, por azar, dos personas han contactado en medio de las calles, pero nunca más se verán. Esa es la realidad de las grandes urbes, la realidad del desencuentro. Su estructura que aloja millones de seres humanos, es la misma estructura que los aleja, que les impide reconocerse vecinos.

En las grandes urbes latinoamericanas el proceso migratorio no se ha detenido en los últimos años. Las zonas rurales siguen siendo abandonadas por familias enteras que se trasladan a los centros urbanos siguiendo la ilusión de una mejor calidad de vida. Los pueblos del interior de los países no logran crecer exponencialmente, y algunos reducen su población con el riesgo de desaparecer. Los jóvenes que completan sus estudios terciarios y universitarios en las facultades de las ciudades, en su gran mayoría, se instalan allí, algunos buscando progresar, algunos para seguir estudiando, algunos por la oferta laboral, algunos para alejarse de la vida pueblerina que no soportan. Las ciudades se nutren, así, de la mano de obra que los pueblos no pueden retener, y que contribuye a su desaparición gradual.

En las grandes urbes, muchos se sienten perdidos, aislados, alienados. Viven en la soledad o en contacto con un reducido número de personas. No conocen a los habitantes del departamento contiguo, no hablan más que de vueltos y cambios con los cajeros de los supermercados, no confían en nadie. Sus circuitos de recorrido son rutinarios, sus horarios también. Ese sentimiento de estar solo en el universo asusta a cualquiera, y desestabiliza a cualquiera. No tener un vecino en quien confiar es una situación que conlleva paranoia. ¿Han resuelto las grandes ciudades esta realidad de sus habitantes? El problema que se genera es que el otro desconocido es un potencial enemigo, porque no saber nada lleva a desconfiar y a crear una distancia de antemano, por precaución, porque mi vecino podría ser cualquier tipo de sujeto, cualquier ladrón o hasta asesino. En las grandes urbes hay un obstáculo a la hora de emprender una relación, un obstáculo inconsciente quizás, como una barrera o pared que, en medio de todo el cemento, se erige invisible, separando personas que podrían relacionarse, pero que no lo hacen por este muro imaginario. Es la transición de vecino a desconocido, de prójimo a enemigo.

c) Rencores

En América Latina la historia empedrada, las batallas y conflictos de los años, han dejado huellas difíciles de borrar, huellas que son odio y rencor. El famoso crisol de razas americano, en su diversidad y riqueza, trajo también bandos, sectarismos y enfrentamientos, distinciones y clasificaciones. Un poco por las variadas inmigraciones, un poco por la producción desigual y la concentración también desigual de las riquezas, otro poco por la violencia del poder. Muchos factores influyeron para desembocar en una época donde los grupos sociales tienen enemigos definidos, no principalmente por ideologías, sino por rencores. Cada bando descubre su antítesis en un fundamento histórico, que termina remontándose a la colonización. Cada bando define a su enemigo por lo que le ha hecho repetidas veces en el transcurso las décadas. Si se cuestiona a alguno de estos bandos cuál es el pensamiento opositor que no comparte, difícilmente alguien lo expresa, pues no reside allí la fuerza del enfrentamiento, sino en cuestiones erróneamente asimiladas con el honor.

Uno de los rencores netamente actual en Latinoamérica es el rencor generacional. Cuando la mayoría de los países sufrieron y padecieron las dictaduras militares, varios grupos armados de resistencia las enfrentaron; estos grupos estaban formados por jóvenes que hoy tienen alrededor de cincuenta años, y que hoy están por la democracia en el poder. La obtención de la democracia y la confianza depositada en ellos por el voto popular no ha solucionado su mayor debilidad: el rencor hacia el pasado, traducido en el rencor hacia las instituciones y el recelo ante cualquier opinión distinta. En primer lugar, ejercen una destrucción sistematizada de lo institucional, pues lo interpretan como enemigo, ya que la institución de las fuerzas armadas fue su enemiga. Esta generalización destruye el segundo escalón de las redes sociales y va transformando el Estado en una súper institución que concentra todo y que hace las veces de dios social. En segundo lugar, el recelo ante las opiniones diversas, heredado de una época donde no se podía hablar, ha llevado a la paradoja de que se use terminología dictatorial para catalogar a entidades que opinan diferente, con una referencia persistente a la posibilidad de ser derrocados por un golpe de Estado. En resumen, el grupo social que sufrió persecución y falta de libertad, dentro de parámetros dudosos de democracia, ejerce hoy persecución y coerción.

Otro rencor latinoamericano es el racial, signado por el molde de indios-mestizos-blancos. Desde cada uno de los grupos se puede hallar una excusa para odiar al otro, y por supuesto, es una excusa histórica. El esfuerzo por recuperar la memoria colectiva, que tan grandes frutos ha dado, en este aspecto no ha logrado avances importantes. Las nuevas generaciones de niños que nacen en uno u otro ambiente, desde pequeños odian a su antítesis, y así la transmisión del rencor ya no se cuestiona ideologías ni se propone el diálogo, pues pareciese que el orden del universo es ese, que el conflicto es necesario, que los padres lo deben inculcar a sus descendientes para conservar una extraña pureza sin mezclas.

1 comentarios:

Daniel Espinoza dijo...

Que tenga un excelente día paz y bien.

sed consolación


WebJCP | Abril 2007