He de confesar que fue una decisión más impuesta por la situación económica que por una decisión libre.Pero esta vez, después de años sin hacerlo, nuestras vacaciones han sido en el pueblo de los abuelos.
Los críos protestaron bastante. Nos costó Dios y ayuda explicarles que no teníamos otras opciones. Y ellos pensaban que iban a ser días en los que se iban a aburrir como ostras.
No les quiero cargar la culpa a ellos. A mi mujer y a mí nos hubiera gustado más otra posibilidad. Pero la realidad se impone.
La llegada fue un tanto deprimente. Salir de la gran ciudad, no poder disfrutar de la playa, meterse en un pueblo perdido en la dura aridez de la tierra castellana, no resultaba muy seductor.
Al principio uno intenta poner en práctica aquello de “al mal tiempo, buena cara”.
Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que la opción tomada por necesidad no era tan “trágica” como al principio pensábamos.
Ante todo fue una posibilidad de reforzar los lazos afectivos con nuestro origen familiar que tan fácilmente se van perdiendo. La experiencia fue especialmente enriquecedora para nuestros hijos. Les permitió recuperar una relación amigable y enriquecedora con sus abuelos. Sabían poco más que sus nombres, ahora para ellos son personas, con historia, con ilusiones por las que siempre han luchado, con su vida diaria…
También para nosotros fue la oportunidad de reencontrarnos. con calma y sin prisas, con las personas que han ido marcando, en parte lo que somos hoy.
Por supuesto que no éramos la única familia que había tenido que tomar la misma decisión. La población del pueblo se multiplicó por tres.
Nos encontramos con viejos amigos a los que hacía añares que no veíamos. Y en largos encuentros, porque el tiempo siempre sobra, nos pusimos al día de cómo había ido discurriendo la vida de cada uno.
Los chicos hicieron nuevos amigos, y con la ayuda de los abuelos se entusiasmaron por algunos de aquellos viejos y sencillos juegos que nos hacían felices de pequeños. Además de las tradicionales escapas al río, donde algunos se sintieron más felices que en las abarrotadas playas de otros años, donde siempre teníamos que estar pendientes de ellos.
Todavía no he querido sacar en una comida la pregunta de cómo vivió cada uno las vacaciones en el pueblo. Todos necesitamos un tiempo para elaborarlo.
Creo que para todos ha sido una oportunidad de volver a nuestras raíces. Raíces geográficas, familiares y sobre todo afectivas.
La prisa con la que vivimos en las grandes ciudades, la urgencia de lo que tengo que hacer dentro de media hora, nos hace perder las raíces y, con frecuencia, nos impide crear otras nuevas.
Dejamos de vivir al ritmo de la vida y le exigimos a la vida que camine al ritmo de nuestros deseos. Pretendemos forzar lo inforzable, y posiblemente ahí esté una de las causas de nuestra debilidad como personas.
Tener raíces no es permanecer inmóvil, sino caminar al mismo paso que la vida: disfrutando los éxitos y dándonos tiempo para aprender de los fracasos.
Si no lo logramos, poco podremos transmitir, también como cristianos, a nuestros hermanos







Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario