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MISIONEROS EN CAMINO: Palabra de Misión: Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B - Jn. 6, 41-51
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jueves, 6 de agosto de 2009

Palabra de Misión: Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B - Jn. 6, 41-51


Seguimos en la liturgia dominical leyendo el Evangelio según Juan, su capítulo 6 más precisamente. El domingo anterior, los interlocutores eran designados, vagamente, como la gente, aquellos que fueron a buscarlo porque, aparentemente, querían más pan, aquellos que quisieron hacerlo rey a Jesús. Hoy, algunos versículos más adelante, pero dentro de la misma unidad literaria, los interlocutores son los judíos. Para el Evangelio según Juan, los judíos no son la totalidad del pueblo de Israel, y ni siquiera un grupo específico y delimitado; es llamado judío aquel que se opone al Reino, aquellos que hacen las veces de anti-Jesús. Es así que son los judíos quienes envían sacerdotes y levitas para interrogar al Bautista (cf. Jn. 1, 19), los que enjuician a Jesús por su incidente del Templo (cf. Jn. 2, 18-20), los que avanzan sobre el paralítico curado en sábado (cf. Jn. 5, 10), los que traman la muerte del Maestro (cf. Jn. 5, 16.18; Jn. 7, 1; Jn. 10, 31; Jn. 11, 8), los que lo acusan de endemoniado y blasfemo (cf. Jn. 8, 48.52; Jn. 10, 33) y, finalmente, los que llevan adelante el plan de asesinato. En general, es judío lo ajeno al Cristo, lo que parece estar en la otra vereda. El autor habla de las fiestas a las que asiste Jesús como las fiestas de los judíos (cf. Jn. 2, 13; Jn. 5, 1; Jn. 6, 4; Jn. 11, 55), estableciendo una separación tajante y marcada entre lo que es del Cristo (lo que es cristiano) y lo que es judío. Probablemente, esto se debe a la realidad de la comunidad joánica, a finales del siglo I d.C., ya totalmente emancipada del judaísmo, con su propia estructura eclesial. No dejan de llamar la atención dos referencias claras a la excomunión de los israelitas que se apegan a la fe en Jesús: en primer lugar, cuando ocurre la curación del ciego de nacimiento, en el capítulo 9, se dice expresamente que los judíos han decidido excluir de la sinagoga a quien reconociera como Cristo a Jesús (cf. Jn. 9, 22); luego, se nos narra que muchos fariseos creyeron, pero que no lo confesaron por este miedo a la excomunión (cf. Jn. 12, 42). Es evidente que para la comunidad del cuarto Evangelio, su realidad ya no era la de una secta dentro de la religión judía, sino un movimiento completamente independiente, e inclusive superador del judaísmo. Habían sido excomulgados de la fe de Israel, pero consideraban su fe más plena y completa, porque aquellos que los habían excomulgado, no reconocieron al enviado de Dios Padre, no reconocieron al verdadero pan de vida.

Bajo ese contexto comienza la discusión específica con los judíos. Son los que se oponen a la verdad de Dios en Jesús. No están dispuestos a creer, porque la propuesta de una fe que salva gratuitamente se contradice a su sistema de comercio con lo divino, a la centralidad de la Ley. Con la Ley y la circuncisión, instituciones elitistas, se preservaba una salvación destinada al grupo particular judío. Si el centro no es la Ley, si la fe salva más que la circuncisión, entonces el judaísmo no tiene ningún otro privilegio que ser fuente de la vida que se da al mundo, ser elegido entre muchos para beneficiar a todos. En términos histórico-salvíficos, eso es un honor muy grande, pero en términos mundanos, significa ser iguales a los demás, e inclusive peor, tener más obligaciones que el resto.

El discurso del capítulo 6 no trata sobre trivialidades: habla de la salvación, de lo que diferencia el cristianismo del judaísmo, de los motivos para tener esperanza, de la máxima aspiración humana que es la vida eterna con Dios. Por eso nos encontramos ante textos muy cargados de significado y muy entreverados con otras referencias externas que, si no las conocemos, corremos el riesgo de quedarnos en la superficialidad de las palabras. El Evangelio según Juan es una gran obra de intertextualidad, o sea, de textos entrecruzados, dentro del mismo libro y hacia fuera. Proponemos aquí algunas pistas de esta intertextualidad:

- Los judíos murmuraban: el término murmurar es onomatopéyico. Esto quiere decir que su pronunciación emula el acto que describe. Cuando una persona o un grupo de personas murmuran, lo que se escucha desde fuera, es parecido al sonido que se escucha si decimos muchas veces la palabra murmullo. En griego, la palabra gonguzo, utilizada en este caso, tiene el mismo significado; cuando se habla murmurando en griego, desde fuera puede oírse como una repetición del término gong. Nuestro texto de hoy se abre así, con judíos que musitan sobre Jesús, debido a sus declaraciones. En el libro del Éxodo, la imagen del pueblo murmurando contra Moisés es frecuente (cf. Ex. 24, 15; Ex. 16, 2; Ex. 17, 3). Vemos entonces que continúa el paralelismo iniciado con el maná el domingo pasado. Los judíos gastan sus energías murmurando contra el elegido de Dios. El murmullo es palabra de traición, pues no se trata de un enfrentamiento directo, sino de algo que se dice a las espaldas, en voz baja. Más adelante, en Jn. 6, 61, los discípulos también murmuran. Las palabras de Jesús son fuertes, crean una confrontación interna en las personas. Los judíos murmuran, no se animan a decirle nada frente a frente, los discípulos también murmuran. Estamos ante declaraciones fundamentales de Jesús, declaraciones que crean murmullo, declaraciones que desestabilizan, que asustan, que dejan sin aire. Estamos ante el elegido de Dios, pero como sucede con ellos, usualmente, murmuramos, como el pueblo contra Moisés, como los judíos contra Jesús.

- El hijo de José que bajó del cielo: los judíos no dan crédito a Jesús porque lo conocen como paisano, como habitante del mundo. Y Él se declara descendido del cielo. La alusión a la familia del Maestro como realidad suficiente para no dar crédito a sus palabras aparece también en los otros Evangelios. Mt. 13, 55, Mc. 6, 3 y Lc. 4, 22 plantean este reproche de sus interlocutores. Los esquemas entre los cuatro relatos son similares, pero con matices. Siempre se trata de una sinagoga. Juan lo hace explícito en Jn. 6, 59, afirmando que el discurso del pan de vida fue pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Mateo y Marcos hablan de la sinagoga de su patria (cf. Mt. 13, 54 y Mc. 6, 1); Lucas habla específicamente de Nazareth (cf. Lc. 4, 16). Siempre, también, el problema de fondo es la autoridad de Jesús. Los cuestionamientos sobre su origen, su familia sanguínea, sus padres y sus hermanos o hermanas no buscan otra cosa que determinar que es un conocido de todos, que ha pasado mucho tiempo oculto en una vida sin sobresaltos, y que no puede tener más autoridad que los estudiosos de la Escritura (escribas) o que los encargados oficiales del culto (sacerdotes) o que los cumplidores visibles de la Ley (fariseos). Jesús es un don nadie para sus compatriotas, y por eso defenestran su autoridad. Si bien los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) llegan a insinuar en sus pasajes que el problema de la autoridad se remite al origen divino de Jesús, será Juan quien lo haga meramente explícito. Los judíos contraponen a su padre terrenal con la condición de haber bajado del cielo que se adjudica. Para el autor, la cuestión hace telón de fondo en todo el libro, desde el prólogo, donde se habla del Logos que se hace carne (cf. Jn. 1, 14) hasta la resurrección, cuando Jesús habla de subir nuevamente al Padre (cf. Jn. 20, 17). La divinidad del Mesías, en el cuarto Evangelio, ya es teología, y negarla es negar el plan salvífico.

- Atraer: las palabras de Jesús sobre los que vienen a Él sólo si el Padre los atrae, hace intertextualidad inmediata con Jn. 12, 32: “Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Desde la cruz, elevado sobre la tierra en el trono del madero, el Mesías vincula a toda la humanidad con su muerte. Cada hombre y cada mujer de la historia tienden hacia la cruz del Cristo, son atraídos y atraídas hacia ella por una fuerza misteriosa, mística, certera, infinita, amorosa. Sólo llegan a Jesús los atraídos por el Padre, pero esto no es señal de predestinaciones ni nada por el estilo, pues la cruz los atrae a todos y por ende, todos están invitados a la fe en Jesús. Estas dos acciones, o mejor dicho, estas dos atracciones, del Padre y del Hijo, se explicitan en Jn. 8, 28: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo”. En la cruz, elevado sobre la tierra, el Hijo demuestra su vínculo íntimo con el Padre, y se revela que el querer de ambos es un mismo querer, un querer que atrae a la salvación a todos.

- Los enseñados por Dios: Jn. 6, 45 contiene una cita de Is. 54, 13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvé”. Este versículo se enmarca en uno de los poemas que el libro de Isaías contiene sobre Jerusalén, en una visión escatológica de la ciudad, como realización de los anhelos más profundos del universo, como concreción del proyecto salvífico de Dios, como plenitud del Reino. En el pensamiento profético, esta última Jerusalén llegaría al final de los tiempos, de la mano de la llegada del Mesías. En esta ciudad, todos serían discípulos de Dios, en la misma línea que Jer. 31, 33, hablando de la última, nueva y definitiva alianza: “Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. No se trata de ser enseñados por el Padre en una especie de adoctrinamiento cruel y legalista, sino de discipulado en el sentido íntegro del término, como seguimiento del corazón, como escucha atenta y amorosa, como pacto de amor. Jesús, citando ese texto del Antiguo Testamento, asume su misión como mesiánica, y se declara al mismo tiempo la persona indispensable en este discipulado de Yahvé. Sólo se puede ser verdaderamente discípulo de Dios, o sea, verdaderamente ciudadano de la Jerusalén definitiva, si se cree en Jesús, asimilando así una relación personalísima e íntima con la divinidad.

- Vida eterna: el cuarto Evangelio respira y transpira vida eterna. Hablan de ella Jesús y Nicodemo (cf. Jn. 3, 15-16), también Jesús y la samaritana (cf. Jn. 4, 14), se la relaciona con la palabra hablada por Jesús (cf. Jn. 5, 24 y Jn. 6, 68) y la Palabra escrita (cf. Jn. 5, 39), con el creer (cf. Jn. 6, 27.40), con comer y beber a Jesús (cf. Jn. 6, 54), con la relativización de la vida terrena (cf. Jn. 12, 25), con el conocimiento de Dios y de su enviado (cf. Jn. 17, 3), y de muchísimas maneras más sin mencionar literalmente vida eterna. En el fragmento que leemos hoy encontramos la fórmula: “El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn. 6, 51), la cual, según muchos biblistas, sería una fórmula eucarística primitiva, o sea, un texto litúrgico utilizado en las celebraciones de la mesa del Señor de las primeras comunidades, que Juan, redactando su teología sobre la eucaristía en el capítulo 6, añadió intencionalmente. Otro texto como Jn. 10, 11: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”, revelan el sentido sustitutivo de la muerte de Jesús según la teología joánica. Esta sustitución se hace desde la carne dada, la carne entregada. Comer el pan ofrecido por Jesús es comer esa carne que se ha entregado, ese cuerpo que ha muerto por las ovejas, que ha muerto, paradójicamente, por la vida del mundo. La eucaristía es mucho más interpelante si se la medita en este contexto de un cuerpo que se ha dado por los demás, desinteresadamente, relativizando el aferrarse al mundo en pos de una realidad que excede soberanamente lo conocido, y que es vida eterna. La eucaristía es cuerpo que da vida, y que vivifica más allá de la Iglesia, a todo el mundo.

El sentido universalista de la eucaristía es, sin dudas, su sentido misionero que más se despliega. No se puede hacer la misión sin creer en la atracción que genera Jesús hacia sí, aquella atracción desde la elevación de la cruz, esta atracción íntima en los corazones, esa naturaleza humana unida místicamente al misterio de la encarnación. Cada uno de los hombres y mujeres de la historia se vinculan a la realidad del Hijo, y a través de Él, a la realidad divina, haciéndose partícipes de la vida eterna, que es vida en abundancia. La creencia firme de tamaña vinculación sobrenatural, no puede ser menos que aliciente para el misionero. No irá a predicar un dios inaccesible o ininteligible, sino un Dios que se vincula y que vincula, un Dios que se puede sentir en la fibra más íntima, porque esa fibra recóndita fue asumida en la encarnación, en la muerte y en la resurrección. Creemos en el Dios que ha bajado del cielo, el Dios que es maná, que es pan de vida, el Dios criado por José, justamente para hacerse aún más cercano. Aquellos que se quejan de un cristianismo imposible de creer porque no es viable que la fuerza de la divinidad cohabite con los galileos treinta años, son aquellos que también se quejarían de un Dios irrumpiendo en la historia con la máxima demostración de su poderío, por considerarlo dictador. La paradoja del descenso de Dios es la elevación del hombre y la mujer que eso significa, es la unión que representa con el corazón de cada uno, aquello que no se logra con grandes demostraciones de artificios, sino compartiendo la existencia.

Todos ansían el pan de la vida eterna. Todos tienden a la cruz. Aunque no puedan reconocerlo muchos, aunque no quieran admitirlo otros tantos. Si la misión no asume esa tensión para evangelizar en clave de descubrimiento, entonces se topará con interminables obstáculos. El otro, el interlocutor, necesita descubrir esa hambre que posee, esa ansiedad hacia la vida eterna, eso que lo moviliza a lo trascendente, pero que no puede ponerle nombre. Una vez descubierta esa hambre, no podemos saciarla con un pan elitista, un pan que es para algunos privilegiados; necesita del pan universal, un pan que sólo podemos ofrecer si para nosotros mismos es ecuménico, si es eucaristía para todos. En la Jerusalén definitiva no hay discípulos mayores y menores, sino discípulos iguales, discípulos que comparten un mismo pan porque comparten una misma esperanza. Ofrecer a todos la misma escatología es también parte de la misión. Si predicamos una vida eterna, deberíamos creer que esa vida es posibilidad de pan compartido por igual.

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WebJCP | Abril 2007