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MISIONEROS EN CAMINO: Palabra de Misión: Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B - Jn. 6, 24-35
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sábado, 1 de agosto de 2009

Palabra de Misión: Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B - Jn. 6, 24-35



Como en otras ocasiones dentro del Evangelio según Juan, nos hallamos frente a un diálogo que parece un juicio. En Jn. 1, 19-27 el interrogado es Juan el Bautista. En el capítulo 4, el interrogatorio se intercambia entre Jesús y la samaritana. El capítulo 7 es un enjuiciamiento a distintos niveles y con distintos protagonistas, pero suenan fuertes las preguntas sobre la identidad de Jesús y sobre su autoridad (cf. Jn. 7, 15.25-27.31.41-42.52). En Jn. 8, 33-59 la discusión gira en torno a la relación de Jesús con Abrahán. En el capítulo 9, con la curación del ciego de nacimiento, nuevamente juega el autor entre diversos niveles de enjuiciamiento y diversos protagonistas. Jn. 10, 22-42 contiene los cuestionamientos sobre la condición divina de Jesús. Y finalmente, durante el relato de la pasión, hay tres segmentos de diálogo-juicio: Jn. 18, 3-8 (en Getsemaní), Jn. 18, 19-24 (frente a Anás) y Jn. 18, 28 – 19, 16 (frente a Pilato). Una de las características de estos enjuiciamientos es que, por momentos, las respuestas de Jesús parecen no responder las preguntas de los demás, y sin embargo, analizando con detenimiento, nos encontramos con respuestas que, presentándose en otro plano, responden con sobra. Mientras sus interlocutores permanecen ligados a realidades meramente terrenales y visibles, o realidades netamente veterotestamentarias, Jesús les habla de lo trascendente, de la vida eterna, de la novedad. Toda la maquinaria que recorre el libro tramando la muerte de Jesús es contrastada con la constante vida que Él predica, bajo diversas formas. En un drama de sombras, se declara como la luz del mundo; cuando critican su origen, habla de un Dios que es Padre; cuando buscan momento para apedrearlo, se hace cargo de las ovejas como pastor y puerta del rebaño; cuando su final es eminente, defiende la verdad y la libertad. Jesús no responde desde el rencor o desde la venganza, sino desde el amor y la convicción. Es el Mesías de la vida, y cree firmemente que el Padre la quiere para todos, como vida en abundancia (cf. Jn. 10, 10b). Aquellos que creen que están juzgando a Jesús, en realidad terminan interpelados por la palabra que proclama. En tres oportunidades habla Juan de una disensión que se produce entre sus interlocutores, obviamente a causa de sus obras y sus palabras (cf. Jn. 7, 43; Jn. 9, 16; Jn. 10, 19). Y es que algunos llegan a captar el sentido trascendental de lo que Jesús dice, y cuestionan sus vidas, pero otros no, siguen encasillados en su pensamiento terrenal, mundano y veterotestamentario. El diálogo que leemos hoy en la liturgia lo seguiremos desarrollando en los sucesivos domingos. En el relato evangélico, nos encontramos a continuación del episodio en que Jesús camina sobre las aguas (cf. Jn. 6, 16-21) tras la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6, 1-15). Vamos a dividir el texto según las cuatro frases de la gente que busca a Jesús:

- Búsqueda equivocada: la gente pregunta a Jesús cuándo ha llegado al lugar donde se encuentran. Recordemos que ha sucedido antes el caminar sobre las aguas, o sea, la escena se ha transportado desde el otro lado del mar de Galilea (cf. Jn. 6, 1) a Cafarnaún (cf. Jn. 6, 24). Ante esa pregunta, Jesús responde sin responder directamente. Si bien lo lógico sería que el Maestro les contestara en términos temporales, sobre cuándo había sucedido su arribo, en cambio hallamos la famosa construcción literaria del Evangelio según Juan: en verdad, en verdad os digo. La expresión aparece veinticinco veces en el libro y antecede a declaraciones casi dogmáticas de Jesús, declaraciones que se realizan con autoridad y son, prácticamente, incuestionables. En este caso, la afirmación rotunda es que la gente no lo busca por lo que realmente debería buscarlo, por ese sentido trascendente de la vida, sino que sólo quieren hacer de Él un panadero. La gente quiere más panes para comer. Estamos ante la continuación de la actitud expresada en Jn. 6, 15, cuando querían hacerlo rey. Jesús recrimina que lo busquen por su milagrería y no por el signo. La palabra signo o signos aparece diecisiete veces en Juan; la palabra milagro no aparece nunca. Para el autor del cuarto Evangelio, los prodigios obrados por el Maestro, lo que cualquiera denominaría milagro, son signos, pues son hechos que remiten a otra realidad superior, y esa es su función. Si la gente se queda sólo con los panes multiplicados, no ha profundizado el mensaje de salvación. En cambio, si los panes multiplicados son señal de otra cosa, sacramento del pan de vida, como intentará mostrarles Jesús en el discurso del capítulo 6, entonces la multiplicación es un aviso para concentrar la mirada más arriba, más hondo, más trascendentalmente. Jesús no realizaba milagros por el sólo hecho de llevarlos a cabo; los milagros son señales, son un mensaje de algo superior, del Reino, de Dios mismo, de la autoridad del Señor, del mesianismo, de la bondad divina, etc. Por esto, Jesús invita a sus oyentes a obrar por el alimento verdadero, o sea, los invita a dar un paso más en su espiritualidad, un paso más en su comprensión, un paso más hacia el pan verdadero. La gente busca equivocadamente, busca según su capricho, y así se olvida de lo trascendente. Por ello, el Maestro los exhorta a obrar por el alimento que permanece para la vida eterna.

- Obrar la obra de Dios: ante la exhortación, la gente pregunta qué es lo que debe hacerse para conseguir ese alimento de vida eterna. La respuesta es simple: hay que creer en el enviado de Dios. Esta idea de la fe en Jesús como fe que salva, lleva el hilo en el telón de fondo del Evangelio según Juan. Ya en el prólogo se habla de creer en el nombre del enviado para hacerse hijo de Dios (cf. Jn. 1, 12); luego, en el diálogo con Nicodemo, aparece el famoso pasaje de Jn. 3, 16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. En el capítulo 5, esta fe cristológica se relaciona intrínsecamente con la fe en el Padre (cf. Jn. 5, 24). Más adelante, esta relación intrínseca se expresa como fe indisoluble entre ambos; no se puede creer en el enviado sin creer en el que lo envió, y viceversa (cf. Jn. 8, 24), porque quien ve al enviado, ve al que lo envía (cf. Jn. 12, 44-45). Se trata de una fe que da vida, una fe que resucita (cf. Jn. 11, 25-26), y por lo tanto, una fe que incide de lleno en la existencia de las personas. A partir de esta fe vivificante se estructura el cristianismo según la teología joánica. Por eso ante la pregunta en plural de la gente (qué obras), Jesús responde sobre la obra, en singular. Hay una sola obra querida por Dios, y a partir de ella, todo lo demás cobra sentido. Es la fe en el Cristo lo que determinará el resto.

- Signos de Dios: la gente identifica las palabras de Jesús como una pretensión egocéntrica. Resulta chocante escuchar que Dios no pide demasiadas obras, no pide una lista de comportamientos, no establece una serie de mandamientos, sino que invita a la única obra de creer en una persona. Por esto, le plantean un desafío, haciendo la comparación con el maná que comió Israel en el desierto (cf. Ex. 16, 4-35). Si Moisés les había dado el maná, como signo evidente de su poder, de su unción, Jesús debía hacer otro signo similar para poder abogarse la condición de enviado, de Cristo. La respuesta del Maestro, nuevamente, es introducida por la construcción literaria en verdad, en verdad os digo, y la explicación es determinante: no dio Moisés el maná, sino que fue el Padre, por lo tanto, Moisés no fue más que un intermediario, y el maná no fue otra cosa que signo de Dios. Nuevamente, se manifiesta la poca profundidad de la gente a la hora de interpretar la multiplicación de los panes, que ya ha sido un signo en la línea del maná, una superación de aquella escena veterostestamentaria. A pesar de ello, le siguen exigiendo milagros que certifiquen su identidad. Los oyentes daban importancia al maná como maná mismo, no como señal de Dios. Asimismo, la multiplicación es vista como alimentación momentánea, no como signo del Reino. La lucha de Jesús en este capítulo 6 parece consistir en llevar la reflexión a un nivel superior, lograr el salto de fe que permita pasar del pan material al pan espiritual, lograr pasar del signo al significado y no quedar varados en el elemento que está para remitirnos a lo trascendente. Se trata de un desafío sacramental, una invitación a poner el signo en su lugar y su significado en el centro.

- Pan de vida: finalmente, en el texto litúrgico de hoy, la gente le pide a Jesús ese pan del que habla, sin tener plena conciencia aún sobre su naturaleza. El Señor responde que Él es el pan de vida. Ese pan que ansían, ese verdadero maná, ese significado del signo, es su Persona. La frase es introducida por un Yo soy, en clara referencia a Ex. 3, 14, cuando Dios responde a la pregunta de Moisés sobre su nombre divino: “Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: Yo Soy me ha enviado a vosotros”. Jesús se adjudica el nombre de Dios, por lo tanto, se adjudica la naturaleza divina. A los oídos judíos, la declaración es una blasfemia. El nombre de Dios es impronunciable para el israelita, puesto que el uso incorrecto del mismo es condenado por el mismo Señor (cf. Deut. 5, 11). Ante el temor de cometer ese mal uso, los judíos preferían directamente no nombrarlo nunca como tal. En el Evangelio según Juan, Jesús utiliza la construcción literaria yo soy en repetidas oportunidades, autodenominándose (cf. Jn. 4, 26; Jn. 8, 24.28.58; Jn. 13, 19; Jn. 18, 5.6) o definiéndose como pan de vida, luz del mundo (cf. Jn. 8, 12), puerta de las ovejas (cf. Jn. 10, 7), buen pastor (cf. Jn. 10, 11), resurrección (cf. Jn. 11, 25), camino, verdad y vida (cf. Jn. 14, 6) o vid verdadera (cf. Jn. 15, 1). En este caso, identificándose como pan de vida, se identifica como pan divino, pan verdadero. Todos los otros panes no sacian completamente al ser humano, pues vuelve a tener hambre. Este pan, en cambio, el pan de la vida de Dios, sacia en plenitud. Quien lo degusta no vuelve a sentir hambre. Esto sucede porque el pan es Jesús mismo, el pan es Dios. Al decir yo soy, Jesús se asimila al Padre, a Aquel que se reveló en la zarza ardiente a Moisés, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de los vivos, el Dios que libera y que salva, el Dios de la historia de Israel, el Dios de la historia del mundo. Por eso este pan es el verdadero, porque es pan del Dios verdadero. Encontramos aquí una de las definiciones cristológicas más grandes y más complejas, relacionando a un mismo nivel Jesús, el maná como alimento del pueblo, el pan de vida eterna, Dios Padre y la eucaristía como pan de la comunidad eclesial. Esa es la realidad trascendente a la que apuntaba la multiplicación, la realidad del verdadero alimento que Dios nos ofrece en Jesús.

Uno de los retos misioneros es hacer que la evangelización, o mejor dicho, que el diálogo evangelizador, se vuelva trascendente, que no verse sólo sobre las complicaciones de la vida cotidiana, sino que a partir de ellas, sea descubierto el Dios que actúa en lo diario, en lo común, en lo sencillo. Se trata de llegar a lo espiritual a través de lo material, pero no para disociar ambas realidades, sino todo lo contrario, para unirlas. Jesús lleva a sus interlocutores desde los cinco panes de cebada que ofreció el joven al pan de vida que es verdadero maná del Padre. Nuestros pueblos están hambrientos y sedientos, pero si identificamos el hambre y la sed de una manera reduccionista; sólo como ausencia de comida y bebida, o sólo como necesidad espiritual, estamos disociando lo que Dios no quiere disociar. Incluir lo trascendente en lo cotidiano es una clave para la misión, un modo de acercarse fidedignamente al sufrimiento de las gentes. La mujer soltera, sin trabajo, con varios hijos, discriminada en el poblado por su condición, es la mujer que necesita pan y agua material, pero que aún así no deja de necesitar el pan de la vida eterna, porque en su pobreza, ansía lo trascendente. El hombre alcohólico, sin amigos, desocupado, que vive solo en una construcción precaria, necesita rehabilitación física y trabajo estable, pero aún consiguiéndolo, necesita sobre todo una razón para vivir, una esperanza, un pan de vida eterna. Cuando buscamos soluciones que nazcan desde aquí para remediar este valle de lágrimas, generalmente nos quedamos cortos, y fracasamos. Cuando pensamos la solución en línea trascendente, haciendo de lo espiritual parte constituyente de esta vida, haciendo de la vida eterna un momento que puede hacerse presente desde ahora y no sólo en el futuro, entonces es mucho más difícil fracasar. Esto no quiere decir que la postura sea arrodillarse esperando la resolución mágica desde fuera. La postura es con los brazos arremangados, porque la misión de hacer presente lo trascendente es propia del discípulo de Jesucristo.

La Iglesia no ha conservado y meditado lo sacramental por capricho. El sacramento es una característica misionera. Corresponde a los evangelizadores ser tan transparentes que las palabras y las acciones del Cristo se puedan ver a través de ellos. Corresponde a los evangelizadores correr el velo de lo materialista que ciega a tantos. Corresponde a los evangelizadores ampliar el horizonte de las gentes. No es un trabajo de milagrerías, sino un trabajo de signos. La Iglesia es signo de la salvación universal, es signo del Reino, es signo del amor de Dios. El misionero se ve impelido a hacer signos que remitan a lo trascendental. Porque partir un pan para compartir con los necesitados lo hace cualquier organización caritativa, y al acabarse el pan continúan las necesidades; pero partir un pan y, así, hacer presente a Jesús, el pan de vida, saciando de eternidad a los que tienen hambre, sólo puede lograrse desde la fe. La misión ha de ser sacramental, no necesariamente porque administre el bautismo a cantidades ingentes de personas, sino porque será signo para los hombres y mujeres de cada época que, buscando desesperados y hambrientos, hallan en el Evangelio la esperanza y el pan definitivo.

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WebJCP | Abril 2007