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MISIONEROS EN CAMINO: HOMILÍAS Y REFLEXIONES: XIX Domingo del T.O. (Juan 6,41-52) - Ciclo B
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sábado, 8 de agosto de 2009

HOMILÍAS Y REFLEXIONES: XIX Domingo del T.O. (Juan 6,41-52) - Ciclo B

Publicado por Iglesia que Camina

LO QUE DEBIERA ACERCAR, DISTANCIA

Con Jesús, y digamos que con Dios, nos sucede algo raro. Todo aquello que debiera acercarle más a nosotros, termina siendo un obstáculo y marca distancias. Le Encarnación es el acercamiento de Dios al hombre. Pero lo humano de Dios o la humanización de Dios terminan siendo una dificultad, o digamos mejor, una excusa, para desacreditarle.

Cuando Jesús se presenta en su pueblo la gente se admira de su doctrina y enseñanza, pero era preciso buscar una razón para no aceptarla y seguirle. Acuden al argumento de su condición humana. “Conocemos a su padre y a su madre y a toda su familia que vive aquí con nosotros.”

Ahora que Jesús se presenta como el “pan de vida bajado del cielo” acuden a la misma argumentación. “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”

En realidad, van a la raíz de su identidad, no se quedan en argumentos superficiales. Lo importante para desacreditarlo era demostrar su humanidad y negar así su divinidad. Para ello, nada mejor que descubrir su origen humano. ¡Es como nosotros! “Conocemos a su padre.” Por tanto, su audacia de creerse “un bajado del cielo”, es un cuento chino más. Estamos justificados para no creerle ni a Él ni a lo que dice, es un engañabobos, nosotros somos demasiado listos y le hemos descubierto la suela de sus sandalias. Sabemos de qué pie cojea.

La Encarnación, maravilloso gesto de Dios para acercarse al hombre, termina siendo el gran obstáculo para crear esa comunión con Él. En Dios lo que acerca, distancia; lo que acorta distancias, las alarga.

Cuando la luz eléctrica llegó a mi pueblo, la Abuela se negó tajantemente a que se la instalaran en casa. Mientras los demás disfrutaban de la nueva luz, ella seguía a la luz de su candil.

Con frecuencia los intentos de acercamiento pueden crear mayores distancias. Cuando la cabeza se niega a la luz, es inútil la verdad. Nosotros buscaremos argumentos suficientes para negarla. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

¿No nos sucede algo parecido a todos nosotros? ¿Cuántos argumentos para no aceptar el Evangelio? ¿Cuántos argumentos para no aceptar a la Iglesia, encarnación de Jesús hoy? ¿Cuántos argumentos para prescindir de la Iglesia, de su moral y de su doctrina? ¿No será que también hoy miramos demasiado el lado humano y nos olvidamos de lo divino?




LA VIDA ETERNA, ¿PARA CUANDO?

La inmensa mayoría de los cristianos siguen convencidos de que la “vida eterna” es una vida nueva que se nos regala después de la muerte. Mientras tanto solo vivimos la vida humana. ¿No nos estaremos olvidando de algo? ¿No estaremos silenciando ciertos textos del Evangelio a los que concedemos poca importancia?

Escuchemos: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.” No dice que “tendrá vida eterna”. No dice que el que cree, cuando muera, “tendrá vida eterna”. Las palabras son de Jesús: “El que cree tiene vida eterna.” La tiene ya, no es que la tendrá. Ya la tiene en su corazón y en su alma.

Como creyentes no tenemos que esperar a morir para que Dios nos dé su vida, ya nos la da ahora. Por eso en cada uno de nosotros llevamos estas dos vidas: la vida humana y la eterna, sólo que la vida eterna la llevamos encapsulada todavía en nuestra condición humana. Lo único que hace la muerte es romper, pudrir el grano de lo humano para dejar brotar lo eterno que ya llevábamos dentro y del cual, posiblemente, no teníamos conciencia.

Lo humano es lo perecedero de nuestra vida. Lo eterno que hay en nosotros por la fe, es lo definitivo. Por eso podremos decir que la muerte no es sino levantar la barrera para pasar al otro lado, pero no para encontrar allí algo nuevo sino para que allí florezca lo que aquí llevábamos escondido.

Nuestra verdadera grandeza no se ve porque la llevamos dentro, revestida de lo humano. Tiene que ser nuestra experiencia la que nos haga descubrir ese misterio interior, que es nueva verdadera maravilla. Romper la cáscara dura de la nuez y encontrarnos con lo sabroso de la nuez que está dentro.





NUESTRO LIBRO DE TEXTO

Uno de los problemas de los padres al comienzo de cada año escolar es la compra de los libros de texto y demás uteles escolares. Siempre se necesita un libro guía, al que nosotros llamamos libro de texto. Como cristianos, desde que comenzamos nuestro curso de vida cristiana con el Bautismo, tenemos también nuestro libro de texto, se llama “La Biblia” o, simplemente, “La Palabra de Dios”.

Los profetas anunciaron que “todos seremos discípulos de Dios” o, como traduce la Biblia de Jerusalén, “Dios enseñará a todos”, que viene a ser lo mismo. El que enseña es el maestro y el que aprende es el discípulo. Dios nos enseña a través de su Palabra escrita, pero también a través de la palabra que cada día dice y pronuncia en nuestros corazones. Porque Dios sigue hablando, sigue enseñándonos también hoy. Por eso tenemos la Biblia escrita, además de la Biblia que Dios sigue escribiendo cada día en cada uno de nuestros corazones.

Es preciso leer y escuchar a ambas. Primero, la Biblia debiera ser como el libro de texto de todo cristiano. No para tenerlo en la carpeta de nuestra casa, en la estantería como adorno, sino como el libro de cabecera que todos los días debiéramos de leer. El cristiano que no lee la Biblia no sabrá descubrir lo que Dios quiere y espera de él, ni qué le quiere decir hoy el Señor. Ante nuestras dudas debiéramos acudir a la Biblia para saber no lo que nos dicen los demás, sino qué es lo que nos quiere decir Dios ante esa situación o circunstancia.

Los pueblos y las naciones tienen la llamada “Constitución Política” en la que se señalan y marcan los principios fundamentales de la convivencia social. Los cristianos tenemos nuestra “Constitución Religiosa” y la llamamos Biblia. Como Palabra de Dios tiene que ser siempre nuestro punto de referencia, nuestro libro de consulta, nuestro libro de interpretación de nuestras vidas y de la realidad que nos toca vivir.

Es una pena que durante siglos fuese casi un libro prohibido. Felizmente hemos avanzado mucho sobre el particular. Serán pocos los hogares donde no exista hoy la Biblia. Muchos cristianos dedican hoy grandes espacios para leerla y meditarla. Tendremos que seguir avanzando, aún nos queda mucho camino por andar.





EMBELLECE TU ROSTRO

1. El rostro dicen que es el espejo del alma. ¿Será cierto? No me digas que tú llevas un alma arrugada como la cara que se ve en tu espejo cada mañana. ¿La podías planchar un poquito? Muy simple, desde hoy ríete un poco más.

2. Embellece tu rostro. ¿Para quién? Por favor, primero para ti mismo. ¿Es que no tienes tú el derecho de verte feliz cuando te miras al espejo? Dios te ha dado un rostro primero para ti mismo. Y tú te mereces un rostro más ello, iluminado por la alegría del corazón.

3. Embellece tu rostro. ¿Para quién? Para tu mujer, para tu esposo. ¿No lo embellecías cuando erais novios? ¿Recuerdas lo maravillosa que era vuestra cara el día de vuestra boda? ¿Has visto el que le enseñas ahora? ¿No os merecéis un rostro más iluminado por la alegría de estar juntos?

4. Embellece tu rostro. ¿Para quién? Para la gente, para la calle. ¿Es que los demás no tienen derecho a descubrir en tu rostro la felicidad que llevas dentro? La gente está llena de problemas. Tú les puedes hablar de que la felicidad aún es posible.

5. Embellece tu rostro. ¿Por qué? Porque eres hijo de Dios. Dios no tiene hijos con esas caras de tranca. Como si Dios hiciese mal hechos a sus hijos. Dios los hace a todos iluminados por la belleza misma de su propio rostro. No lo dejes mal a Dios, tu Padre.

6. Embellece tu rostro. ¿Por qué? Porque el que tienes parece estar en remate de segunda mano; además, porque tú eres un bautizado. Por favor, que no digan que el bautismo te pesa y lo arrastras como una carga con la que no puedes. Nada de bautizados resignados.

7. Embellece tu rostro. ¿Por qué? Porque eres un creyente y estás llamado a ser santo en la Iglesia y un santo triste, ya lo sabes, es un triste santo. Los santos de pantalón, falda o corbata tienen que ser santos alegres, sólo así la gente sentirá ganas de ser mejor.





LOS OÍDOS: ¿Y TÚ QUÉ DICES?

Un otorrino daba una conferencia sobre los oídos.
¿Se dan cuenta de esa maravilla
que Dios ha puesto en nuestra cabeza?
Debiéramos quedarnos todos sordos
para luego descubrir la belleza del oído.

Con el oído escuchamos el primer gemido de nuestros hijos.
Con el oído escuchamos sus primeras palabras.
Con el oído escuchamos la primera vez que dice “mamá”, “papá”.
Con el oído escuchamos el canto de las aves.
Con el oído escuchamos el saludo del amigo.
Con el oído escuchamos las primeras palabras de amor.
Con el oído escuchamos la voz de los que nos rodean.
Con el oído escuchamos la música de nuestros CDs.
Con el oído escuchamos la llamada del que nos necesita.
Con el oído escuchamos el dolor de los enfermos.
Con el oído escuchamos la soledad de los ancianos.
Con el oído escuchamos las palabras de los hombres.
Con el oído escuchamos la Palabra de Dios.
Con el oído escuchamos las palabras de perdón.
Con el oído escuchamos el grito del herido.
Con el oído escuchamos el reclamo de los nuestros.
Con el oído escuchamos el timbre del teléfono.
Con el oído escuchamos al que llama a nuestra puerta.
Con el oído me están escuchando ustedes hoy.

Se levanta uno del público y le dice: Doctor,

Con el oído escuchamos la primera palabra de rebeldía.
Con el oído escuchamos el primer no de nuestros hijos.
Con el oído escuchamos el primer rechazo de amor.
Con el oído escuchamos los ruidos desagradables de la calle.
Con el oído escuchamos el estampido de las balas.
Con el oído escuchamos y a gusto la crítica de los demás.
Con el oído escuchamos la murmuración de las reuniones.
Con el oído escuchamos las mentiras de la gente.
Con el oído escuchamos al que nos maldice.
Con el oído escuchamos las falsas promesas de los políticos.
Con el oído escuchamos los gritos en casa.
Con el oído escuchamos la falsa propaganda.
Con el oído escuchamos la sentencia del juez que nos condena.
Con el oído escuchamos los gritos de desesperación.

Ahí está precisamente el misterio del hombre, querido amigo.
Ese misterio por el cual nosotros podemos ser una cosa u otra.
Ese misterio del uso que cada uno hacemos de nuestros sentidos.
Para el bien o para el mal eso depende de nosotros,
no de los oídos.
Usted escucha lo que quiere.
Usted escucha lo que escucha su corazón.
Y ahora ¿Tú qué dices?

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WebJCP | Abril 2007