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jueves, 2 de julio de 2009

Responsabilidad y Corresponsabilidad


La vocación -a la fe cristiana, y a ese modo original de vivir la fe, que es la vida consagrada- es una llamada estrictamente personal. Una llamada de amor y, por eso mismo, un verdadero don, mucho más que una exigencia. Y, al ser don, es enteramente gratuito; y, por lo mismo, irrevocable, sin posible arrepentimiento, como recuerda san Pablo (cf Rom 11, 29).

Dios, al llamar, capacita de verdad para responder a esa llamada. Es decir, hace a la persona responsable, en el doble y complementario sentido de la palabra. Porque la hace capaz de responder y la urge a responder. La gracia se hace compromiso. El don se convierte en quehacer.

El vocablo responsabilidad -que es, tal vez, el que mejor define la naturaleza propia y el 'misterio' más hondo del ser humano, varón o mujer- proviene del verbo latino respondere, que expresa la acción recíproca de spondere: empeñarse, obligarse, prometer y compro­meterse. La responsabilidad es, pues, capacidad y obligación de responder de algo; pero, sobre todo, a alguien y ante alguien: la propia conciencia, las demás personas y, en definitiva, a Dios.

Pero la vocación de Dios, entendida sobre todo como don de amor, no aísla nunca a la persona, no la separa de los demás, sino que la congrega, la une a otras personas. Los dones personales se convierten en dones comunitarios, porque se reciben y han de vivirse en relación profunda de unos con otros. La vocación se hace convocación. Y, en consecuencia, la responsabilidad se hace corresponsabilidad. Nadie está llamado a responder en solitario, sin ninguna relación con otros. Los dones cristianos crean siempre comunión y han de vivirse siempre en profunda comunión. Ante todo, en esa gran Comunión original -icono de la Comunión Trinitaria- que es la Iglesia, y en la que se integran todos los dones y carismas. Y, de un modo especialmente significativo, en la vida consagrada.

Los ‘consejos’ evangélicos, entendidos como carismas vitales, es decir, como dones especiales de gracia, concedidos por el Espíritu Santo a la Iglesia y, en ella, a determinadas personas, para revivir -de forma visible y real- esas mismas actitudes y dimensiones de la vida Cristo, implican una verdadera koinonía, una nueva y original comunión interpersonal entre las personas que han recibido esos dones y que han sido llamadas a vivir esos carismas. Y, dentro de cada instituto, el patrimonio espiritual, común a todos los miembros del mismo, crea nuevos lazos de comunión y de fraternidad, que se expresan en una nueva y más profunda forma de corresponsabilidad. Conviene, sin duda, recordar que ese patrimonio está constituido e integrado por el carisma fundacional o espíritu del fundador, por la tradición o vivencia comunitaria del mismo carisma, por las tradiciones -sanas, universales y permanente-, que son expresiones y realizaciones parciales de esa tradición y por la misión evangelizadora. Y que todo ello se expresa en espiritualidad o estilo propio de vida, en modo original de existir y de actuar (cf MR 11 y VC 22). No se trata de realidades paralelas o yuxtapuestas. Sino de dimensiones esenciales de la misma realidad. O, si se quiere, de cinco círculos concéntricos, que se explican y se implican mutuamente.

La corresponsabilidad se convierte, para cada religioso y para cada religiosa, en un derecho fundamental y en un deber ineludible. Porque cada uno de ellos tiene el sagrado ‘derecho’ a ser ayudado eficazmente en la respuesta a su personal vocación, por aquellas personas -hermanos o hermanas- que han recibido la misma llamada y el mismo patrimonio espiritual. Y, a su vez, cada uno tiene el ‘deber’ irrenunciable de ayudar a sus hermanos y hermanos en esa misma vivencia y en esa misma respuesta. En consecuencia, nadie puede inhibirse o abdicar de esta responsabilidad, que se ha convertido en necesaria corresponsabilidad.

La mejor y más eficaz manera de ayudar a alguien y de ser ayudado en la vivencia de la propia vocación, es decir en la fidelidad dinámica y creadora a la misma, es amar y ser amado. Pero amar y ser amado de forma inteligente e inteligible, en orden a que la persona no sólo sea de verdad amada, sino que lo sepa, lo perciba y lo experimente. Y no estará de más recordar que amar es querer y procurar eficazmente lo mejor para la persona, reconociendo y respetando, no sólo en teoría, sino en la práctica, la primacía relativamente absoluta de la persona, como imagen viva de Dios, frente a las instituciones, a las leyes, a las estructuras, a las obras y a todo lo demás. “La persona humana, como afirma el concilio, es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales” (GS 25).

Existen formas esenciales y elementales de amor, que resultan perfectamente inteligibles para cualquier persona: la alegría por el bien que la persona tiene; el sufrimiento por el bien que ha perdido; la promoción eficaz de su realización humana y de su formación integral; la confianza, la sinceridad, la escucha, el diálogo abierto, el respeto sagrado, la capacidad de secreto, la colaboración activa y responsable -no de persona a instrumento, sino de persona a persona-, la subsidiariedad y la corresponsabilidad, la delicadeza, la atención, el interés por todo lo que atañe a cada persona, etc. etc.

Hace ya muchos años -en 1980- escribí: “Hay que recordar que cada uno es responsable no sólo del don que él ha recibido, sino también de la vocación de los hermanos, como ellos lo son de nuestra propia vocación. Nadie puede vivir en solitario, desentendiéndose de los otros. Y, menos todavía, en una vida que es por su misma naturaleza con-vocación y con-vivencia. No es honesto, ni responde a la verdad objetiva…responsabilizar exclusivamente a cada religioso o religiosa de la posible ‘pérdida’ de su vocación. El sentido de ‘inocencia’ que conservan algunas instituciones y sus representantes frente a las numerosas ‘salidas’ de la vida religiosa, es más grave aún que el posible complejo de culpabilidad. ¿Podemos afirmar, con verdad, que hemos ofrecido siempre a nuestros hermanos ayuda y comprensión, calor humano y acogida benévola, clima de fraternidad y palabra de aliento? Nuestras instituciones ¿han respondido a las aspiraciones y exigencias de una vida auténticamente comunitaria, al estilo evangélico, de los que en ella han ingresado? Por el contrario, ¿no han contribuido muchas veces -sin pretenderlo, desde luego- a deteriorar la personalidad de los religiosos, estorbando de hecho su plena realización humana? ¿No hemos rendido culto, en ocasiones, a la ley, a normas, usos y costumbres de dudoso valor evangélico, sacrificando el equilibrio humano de las personas y hasta sus mejores inquietudes espirituales? Reconocer el propio ‘pecado’ es la primera condición para el perdón”1.

La comunidad debe ser lugar y modo privilegiado de relaciones humanas, de participación activa, de corresponsabi­lidad, de apoyo y afectos mutuos, de auténtica caridad teologal. Ella es el ámbito propio no sólo de la auténtica observancia regular, sino también y principalmente, de la verdadera fidelidad de todos y de cada uno al designio amoroso de Dios y a las mejores aspiraciones personales.

Como ha recordado oportunamente el magisterio de la Iglesia: "Si se necesita una cierta madurez para vivir en comunidad, se necesita igualmente una cordial vida fraterna para la madurez del religioso. Cuando se advierte una falta de autonomía afectiva en el hermano o en la hermana, la respuesta debería venir de la misma comunidad en términos de un amor rico y humano como el del Señor Jesús y el de tantos santos religiosos, un amor que comparte los temores y las alegrías, las dificultades y las esperanzas con ese calor que es propio de un corazón nuevo, que sabe acoger a la persona en su totalidad. Este amor solícito y respetuoso, no posesivo sino gratuito, debería llevar a experimentar de cerca el amor del Señor, ese amor que llevó al Hijo de Dios a proclamar, a través de la Cruz, que no se puede dudar de ser amados por el Amor" (VFC 37).

1. S. Mª Alonso, C.M.F., La vida consagrada: Síntesis teológica, Madrid, 1980, 6ª ed., pp. 129-130; ID., ibid., Madrid, 2001, 12ª ed., p. 210.

1 comentarios:

Daniel Espinoza dijo...

Verdaderamente, Dios tiene un plan para cada uno de nosotros una misión unica por realizar que va más haya de nuestra profesión, un vocación.

Y como Dios es buen empresario: Él nunca da un don sin despues pedirte el talento.

Bendiciones.


WebJCP | Abril 2007