La palabra Doce, en referencia al grupo de personas instituidas por Jesús, hasta el episodio que leemos hoy, aparece sólo tres veces en Marcos. En primer lugar, la leemos doblemente en el génesis del grupo apostólico (cf. Mc. 3, 14-19), donde se nos indican características precisas del mismo:- Son instituidos: según la palabra griega poieō, equivalente al verbo hacer. Como se trata de un verbo muy utilizado y en sentidos tan diversos según la situación, es complicado determinar el significado preciso y conciso. Lo cierto es que se hace referencia a una acción que parte de Jesús, quien hace, crea o fabrica, de un puñado de hombres, un grupo de Doce. No han sido constituidos por sus propias fuerzas, por una organización que sucede de común acuerdo, por obra de la casualidad; son doce hombres elegidos por el Maestro y hechos un grupo particular.
- Para estar con él: en este primer texto sobre los Doce, lo primordial de su constitución parece ser la tarea de estar con Jesús, o quizás, si nos atrevemos a modificar un poco la traducción, a ser con Jesús. Son llamados a un discipulado intenso, un discipulado testimonial. Recordemos que los Doce no son los únicos discípulos de Jesús, y que Mc. 3, 13 especifica la presencia de varias personas, de entre las cuales se instituyen doce. Esta función testimonial será revelada tras la muerte y resurrección del Maestro, en un episodio que nos conservó Hechos de los Apóstoles, cuando, por la muerte de Judas Iscariote, la comunidad decide re-completar el número de doce, y la condición para el próximo elegido, según Pedro, es que sea “uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo” (Hch. 1, 21-22). O sea, buscan a alguien que pueda dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Por esto decimos que la función primordial de los Doce recae en el aspecto testimonial, como garantes de la fe, como discípulos que son/están con Jesús. No son ni más ni menos que el resto de los discípulos; sólo tienen una función diferenciada, una tarea, una misión particular.
- Para enviarlos a predicar: la segunda cuestión que incumbe a los Doce, subordinada a la anterior, es la predicación. Se trata de un grupo de anuncio. Este anuncio es, obviamente, fruto del ser/estar con Jesús. Ese discipulado en intimidad no podría redundar en otra cosa que en la transmisión y la proclamación de lo que Jesús es y de lo que Jesús hizo. Las características del envío no son desarrolladas en este primer texto, pero sí en el de hoy, que analizaremos más adelante.
- Con poder de exorcismo: finalmente, la tercer característica de los Doce es su poder de expulsar demonios. Este poder tiene un doble sentido para el grupo apostólico. En primer lugar, significa que portan la autoridad de su Maestro, de Jesús, paradigma del exorcista, por lo tanto, no son auto-convocados o hijos de Beelzebul o seguidores de alguna secta. En segunda instancia, el poder de exorcismo es la capacidad de obrar la liberación en las personas. Los Doce son un grupo testimonial y un grupo de liberación del mal. Pero volvamos al primer sentido que resulta importantísimo en el contexto del Evangelio según Marcos, donde el problema de la autoridad es una clave de todo el libro. A continuación de la institución de los Doce, y cerrando el capítulo 3, hallamos el altercado con los familiares (cf. Mc. 3, 20-21.31-35) y la discusión con los escribas de Jerusalén que lo acusan de estar poseído (cf. Mc. 3, 22-30), poniendo en tela de juicio su supuesta autoridad divina. Si expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios, entonces no es el Mesías, no es el enviado de Yahvé; sería incluso su enemigo. Es evidente que para el relato marquiano (y para las primeras comunidades en general), el poder de exorcizar estaba íntimamente relacionado a la autoridad. Sólo los que poseen autoridad pueden expulsar demonios. Más adelante, en el capítulo 9, tenemos el relato de la vez en que Juan le cuenta orgulloso a Jesús cómo le impidieron practicar exorcismo a uno que no venía con ellos y que se jactaba de invocar el nombre del Maestro (cf. Mc. 9, 38), a lo que Jesús replica: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc. 9, 39-40). Exorcismo y autoridad van de la mano. Hacer notar que los Doce pueden exorcizar es hacer notar que son un grupo con autoridad, no que provenga de ellos, sino del mismo Señor. Esa autoridad puede haber significado, para la comunidad marquiana que leía el relato a unos treinta o cuarenta años de los acontecimientos, una invitación a confiar en el testimonio apostólico, el testimonio que había fundado la Iglesia, pues no eran inventos de pobres hombres, sino Buena Noticia transmitida con la autoridad de Jesús.
Dijimos en un principio que Doce aparece tres veces antes del capítulo 6. Ya contabilizamos dos en Mc. 3, 14-19. La tercera oportunidad está en Mc. 4, 10. Aquí se dice que los discípulos que iban junto con los Doce le preguntan a Jesús sobre el significado de las parábolas que él narra. Como vemos, no sólo los Doce están con el Maestro, pero aún así, se hace la diferencia entre el grupo apostólico y el resto. Así llegamos a la cuarta mención de los Doce en la escena que leemos hoy. Aquellas referencias del capítulo 3 se hacen obra activa. Ahora son enviados a predicar y a exorcizar. Nuevamente, el tema del exorcismo cobra relevancia, ubicándose al principio (poder sobre los espíritus inmundos) y al final de la perícopa (expulsaban a muchos demonios), determinando así que toda esta acción misionera de los Doce es realizada con la autoridad que proviene de Dios, autoridad que se manifiesta en el poder del exorcismo. Probablemente, la referencia al bastón también siga la misma línea. Si comparamos los textos paralelos de Mateo y Lucas, nos encontramos con una diferencia específica. Mientras en Mt. 10, 10 y Lc. 9, 3 se les prohíbe a los enviados llevar bastón, Marcos lo presenta como un elemento que deben tomar. Las interpretaciones al respecto son variadas. Para algunos, el bastón es una ayuda del caminante, y entonces Marcos estaría recalcando el aspecto itinerante de la misión; para otros, el bastón es un arma que permite defenderse de los peligros del camino, y Marcos estaría advirtiendo a su comunidad de origen el resguardo que deben tener en una época de persecución. Pero lo que parece adecuado, es otorgarle al bastón el significado de autoridad, de un bastón que hace las veces de cetro, de báculo, como el de los príncipes y reyes, lo que haría factible explicar por qué Mateo y Lucas lo eliminan. Si el bastón es símbolo de autoridad, Mateo no se lo permite a los apóstoles porque ninguno de ellos debe adjudicarse un puesto superior, ya que “uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt. 23, 8). Si el bastón es símbolo de autoridad, Lucas no se lo permite a los enviados porque la característica lucana es la pobreza, la humildad, y es en su relato donde Jesús asegura: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto” (Lc. 14, 8.10a).
El grupo de los Doce es enviado sin ningún tipo de poder terrenal. No llevan alimento, alforja o dinero, ni siquiera dos túnicas. Lo que carecen de poder económico, les sobra en poder divino, pues van con la autoridad del Señor, tienen el poder de expulsar demonios y llevan el bastón/cetro que los identifica como auténticos enviados de Dios. Es así que predican, exorcizan, ungen y sanan. Su misión es una continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). Los Doce, entonces, no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino, porque aquel llamado primigenio a ser/estar con Jesús, fue un llamado a configurarse con Él, justamente para dar testimonio fiel. La repetición de las acciones propias de Jesús (predicar, exorcizar, sanar) en sus discípulos es el signo de una misión entregada. Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como teología misionera de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se instaura desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la misión pequeña. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los hombres y mujeres que son liberados de sus enfermedades. Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo de esto, considerando que Jesús curaba de diversas maneras, con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos, pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.
Todo este poder/autoridad de los enviados, de los Doce, les permite realizar un gesto que nos parece rotundamente negativo y agresivo, como lo es sacudir el polvo de los pies al salir de un lugar que no los recibe. Este gesto no es un invento de Jesús, sino que se remonta al judaísmo. Un judío sacudía el polvo de sus sandalias cuando, tras pisar territorio pagano, salía de él. De esta manera, no se llevaba la impureza del suelo gentil, suelo que no adoraba al Dios verdadero. En este envío de los Doce, los paganos son reinterpretados, y aparecen aquí como aquellos que no reciben ni escuchan al nuevo Israel, o sea, a los Doce. Los enviados tienen la autoridad suficiente para realizar el gesto, porque son los que han oído la Palabra y han acogido al Señor.
Como hemos visto, los Doce realizan su misión mediante tres actividades: la prédica, el exorcismo y las curaciones. Hoy, la misión sigue necesitando estas tres acciones, porque son las acciones heredadas del Señor. La Iglesia que no predica, que no exorciza y que no cura, no es Iglesia del Cristo. El problema es que, según la época y según las teologías, las tres actividades enumeradas fueron adquiriendo distintas connotaciones, que a veces eran simples, otras veces literales, y en tantas ocasiones rebuscadas. A nosotros nos compete el desafío de significar cada una de ellas para dar respuesta a las situaciones misioneras de la actualidad, y en continuación con los Doce, seguir ofreciendo la alternativa del Reino, desde las mismas premisas con las que ellos se lanzaron: en pobreza, humildad, itinerantes, convocados y enviados, peregrinos, en comunidad.
¿Cuál es la prédica para las situaciones misioneras actuales? En el centro, siempre lo fue y siempre lo será, el kerygma, el anuncio explícito de la Buena Noticia que significa la encarnación, la vida, muerte, pasión y resurrección de Jesús de Nazareth. Ninguna prédica puede desviarse de ese centro, porque entonces se saldrá del eje, derrapará. Pero profundizando en algún aspecto del Evangelio que pueda sacudir al modelo social contemporáneo, podríamos enunciar la Verdad. A una impresión social relativa, donde importa lo que cada uno siente como regla primaria, donde la moralidad es a la carta, donde el Reino se mezcla con las demás ofertas como en un muestrario o catálogo, la Verdad del Evangelio es fuerza de choque, es mensaje que desestabiliza, es anuncio provocativo. Pocas cosas cuestionan más al hombre y a la mujer que nos rodean que el concepto de la Verdad, porque se nos ha inculcado una forma de entender la realidad que no acepta verdades. Al misionero de la post-modernidad, no le resulta fácil predicar una Persona que se adjudica el mesianismo y la filiación divina, una Persona que se identifica como camino a la divinidad.
¿Cuál es el exorcismo para las situaciones misioneras actuales? Hemos dicho que expulsar demonios es signo de autoridad. Jesús expulsaba con el poder de Dios y los Doce lo hacen con el poder de Jesús. Lo demás es farsa o simulación, es obra de Beelzebul. Los hechos demoníacos de la actualidad, esas opresiones que esclavizan al ser humano, ese gran aparato económico multinacional que limita las posibilidades de los pobres, son una farsa, un montaje siniestro. Mientras prometen el progreso y la promoción a una supuesta mejor calidad de vida, establecen un sistema mundial que separa a los ricos de los pobres, para que cada grupo persista y se profundice en su situación cada vez más. Los poseídos de Palestina quedaban fuera de la sociedad. Los poseídos por la globalización capitalista y neoliberal quedan al margen. Llegar a ellos y exorcizarlos para incluirlos, es quizás menos costoso que exorcizar el sistema. Ante la metódica producción de pobres, el desafío está en una Iglesia capaz de demostrar que su Señor es más poderoso que el dinero, que el Reino de Dios es más real que la bolsa de valores. El sistema económico puede poseer, pero sólo Jesucristo puede liberar.
¿Cuáles son las curaciones para las situaciones misioneras actuales? Curar es restablecer lo que se había enfermado. Cada vez con más ahínco la misionología piensa en la ecología, en la salud planetaria que hemos enfermado con nuestro descuido. Sanar la Creación, restablecer el orden del principio, es la misión de curar en sentido universal, una curación para todos. El hecho pascual no ha afectado sólo la intimidad de los corazones, sino que cada fibra del universo se ha hecho nueva y es, en potencia, plena, en la medida en que sea asociada concientemente a la resurrección. Juegan aquí intereses económicos y desinterés general, pero con los enfermos físicos no es distinto. En un sistema de salud burocratizado y comercial, el paciente es cliente y la medicina un negocio. El arte de curar la Creación implica oponerse al comercio de lo redituable que destruye y oponerse a la desidia de los destructores pasivos, aquellos que por no comprometerse contribuyen a la enfermedad del planeta. No es un sueño hippie incluir la ecología en la misión; es mirar la obra del Padre con la esperanza del primer capítulo del Génesis y los últimos del Apocalipsis, condensando la historia.







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