La perícopa de hoy es continuación del relato comenzado el domingo pasado, sobre el envío de los Doce (Mc. 6, 7-13). Pero si bien conservamos la continuidad narrativa, en el Evangelio según Marcos, lo que podría ser una narración sin cortes, sufre la interpolación del asesinato de Juan el Bautista (Mc. 6, 14-29). Leyendo únicamente la propuesta litúrgica, salteamos la muerte de Juan, y perdemos una perspectiva interesante de la misión y el regreso de los Doce. Aquí tenemos, nuevamente, un texto construido con el recurso de la intercalación, como lo han sido Mc. 3, 20-35 (la discusión con los escribas se intercala en la tensión de Jesús y su familia) y Mc. 5, 21-43 (la hemorroísa se intercala en la curación de la hija de Jairo). Las interpolaciones no son obra de la casualidad, sino que cumplen un papel. Que se refiera la muerte de Juan el Bautista mientras los Doce misionan, está significando algo que nos compete indagar. ¿Por qué consideró el autor que ésta era la ocasión oportuna para relatar el asesinato en manos de Herodes?La perícopa del domingo pasado culmina con una frase que deja entrever el éxito de la incursión evangelizadora de los Doce, quienes expulsan a muchos demonios y curan enfermos (cf. Mc. 6, 13). Luego, se nos informa que el rey Herodes se entera de este movimiento mesiánico iniciado por Jesús, y pareciese que se entera por la misión que están realizando con tanto triunfo los Doce. Mc. 6, 14 es una luz sobre lo que hacían los apóstoles, y al mismo tiempo, una luz para la misionología actual. Herodes se entera porque el nombre de Jesús “se había hecho célebre”, no porque los nombres de los discípulos corrieran de boca en boca. Cabe suponer que los Doce repetían el nombre de Jesús, el nombre del Salvador, el nombre del Mesías, y no promovían su propia persona. La prédica, los exorcismos y las curaciones llevaban al Cristo y no se quedaban en el apóstol. Este movimiento lo veremos expresado en la gente que acude a Él en nuestra lectura de hoy; una muchedumbre que no se quedó en su casa, sino que buscó, tras escuchar a los Doce, a aquel que los había enviado. Herodes, sin embargo, no es parte de esa gente. Para él, Jesús era Juan el Bautista que había resucitado (cf. Mc. 6, 16), y tuvo miedo, porque la muerte del Bautista se ejecutó por su orden. Según cuentan las crónicas de aquella época, Herodes era muy supersticioso, y esa superstición le generaba miedo, convirtiéndolo en una persona inestable, lleno de excentricidades. Era hijo de Herodes el Grande, y gobernó en Galilea y Perea a partir del año 4 a.C., por disposición del Emperador Augusto. Tenía un hermanastro, Herodes Filipo, a quien arrebató la esposa, Herodías, repudiando a su primera mujer, hija del rey de los nabateos. Ese escándalo le valió la enemistad de este rey, la de su hermanastro y la acusación pública de Juan el Bautista, quien le decía: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano” (Mc. 6, 18b). Conocida es ya la ocasión que precipita la decapitación del Bautista, con el baile de la hija de Herodías, durante un fastuoso banquete, que seduce a Herodes y lo incita a prometer que le dará lo que ella quiera; instigada por la madre, pide la cabeza de Juan. Y Herodes lo concede. El último versículo de esa sección culmina diciendo que los discípulos del Bautista“vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura” (Mc. 6, 29b).
El contraste entre ambos grupos de discípulos es duro. Mientras los seguidores de Juan se encuentran en la oscuridad, sin esperanzas, en el final de un camino que habían empezado con muchas expectativas, los discípulos de Jesús predican, exorcizan y curan con un éxito fenomenal, dando inicio a un camino mesiánico. Los primeros entierran un cadáver, los otros se reúnen con su Maestro para contarle las maravillas de lo ocurrido durante su misión. El Bautista es asesinado por un banquete de la muerte entre ricos, por la decisión de una mujer irritada que utiliza a su hija, por la necedad de un gobernante. Jesús, en cambio, organizará luego un banquete de la vida (la multiplicación de los panes de Mc. 6, 35-44), tomará decisiones de inclusión en el Reino y no utilizará a otro ser humano para cumplir su propósito. Lo que ha asesinado a Juan, la maquinaria siniestra que lo decapita, aparece como contrapunto directo del proyecto del Reino predicado por Jesús. Claramente, lo que terrenalmente es reino, contiene los valores opuestos al Reino verdadero. Ante la ostentación de un Herodes que festeja su cumpleaños rodeado de magnates, tribunos y principales de Galilea (cf. Mc. 6, 21), y que es capaz de ofrecer la mitad de su reino (cf. Mc. 6, 23), Jesús opone la misión humilde de los Doce que lo rodean, sin pan, sin alforja y sin dinero (cf. Mc. 6, 8), capaces de ofrecer un Reino distinto manifestado en la liberación de los hombres y mujeres oprimidos, mediante la palabra, el exorcismo y la sanación física. El Reino de Dios se introduce con fuerza en el mundo, pero poco se parece a los reinos mundanos.
La interpolación realizada por Marcos en esta ocasión nos da una nueva perspectiva del Reino, de la Iglesia y de la misión, para leer iluminados por el envío y el regreso de los Doce. Hay dos tipos de reinado, y hay, como veremos con la multiplicación de los panes, dos tipos de banquetes. El reino/banquete del mundo es como el de Herodes, lleno de ostentación, con amigos de ocasión que luego desaparecen, elitista, con intrigas y enemistades, con muerte y utilización de las personas. El Reino/banquete de Jesús es humilde, sencillo, sin grandes manifestaciones, abierto a todos, fundamentado en el amor, transmisor de vida. La Iglesia y la misión se pueden realizar de alguna de las dos maneras. Se puede ser iglesia al estilo herodiano, ostentando, codeándose con los poderosos, evangelizando con la espada. O se puede ser Iglesia al estilo jesuánico, desde lo pequeño, entre discípulos, evangelizando con la palabra, el exorcismo y la curación. Hay dos modelos contrapuestos, dos mensajes confrontados. De la elección que hagamos dependerá que matemos a los profetas o vivamos la certeza de que el Reino de Dios está cerca.
En la perícopa de hoy podemos identificar una serie de actitudes de Jesús que, leídas previamente al relato de la multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 35-45), sirven para introducirlo y explicarlo. La multiplicación puede ser considerada uno de los episodios que mejor explicita la realidad plena del Reino, y por eso es interesante detenerse en las actitudes jesuánicas que se hacen evidentes en la antesala de la gran expresión del Evangelio. Estas actitudes son, también, actitudes del Reino:
- Retirarse: los motivos que tiene Jesús para proponer a sus discípulos recién regresados de la misión un retiro son variados según los evangelistas, y variado es también el sitio para retirarse. En el Evangelio según Mateo, Jesús quiere estar a solas al enterarse que Juan el Bautista ha sido asesinado (cf. Mt. 14, 13). En el Evangelio según Lucas, Jesús se lleva consigo a sus discípulos a la ciudad de Betsaida (cf. Lc. 9, 10). El relato de Marcos acentúa tres aspectos: los apóstoles son invitados (no se va Jesús solo), van a un lugar desierto (no a una ciudad), y lo hacen principalmente porque el ir y venir de la gente no los deja descansar ni comer. Esta actitud del Jesús marquiano es propia de uno de los ejes de este Evangelio que está hilvanado por la relación Maestro-discípulo. No se va Jesús solo, sino que se lleva con ellos a los apóstoles recién llegados de la misión. Van a un lugar desierto a descansar, pero a descansar con Él. El trajín de su actividad pastoral no les está dejando tiempo ni para comer. Retirarse es una necesidad física, y el Maestro está atento a ello. No impone a sus discípulos una carga de trabajo para cumplir horarios específicos, sujetos a sueldo. Libremente han elegido ser discípulos, libremente son invitados a descansar. El Reino no es espiritualidad desencarnada. El Reino es una realidad completa, y como tal, no se olvida de los requerimientos físicos. Un buen descanso y una buena comida aparecen son necesarios, son también signo de plenitud. Paradójicamente, este descanso parece interrumpido por el gentío que los sigue hasta el lugar solitario, y la alimentación en intimidad del grupo apostólico por la multiplicación de los panes. Pero el sentido es justamente el contrario. El descanso se plenifica en el servicio a los necesitados y la comida sólo es banquete del Reino cuando se convierte en mesa abierta para todos.
- Siente compasión: la palabra para definir la compasión que siente Jesús frente a la muchedumbre es splagchnizomai, término derivado de splagcna, que quiere decir entrañas o vísceras. La compasión es un sentimiento que nace de la fibra más íntima del ser humano, y nada tiene de superficial. No es un afecto pasajero así sin más, y usualmente culmina en una acción que responde a las necesidades inmediatas del sujeto de la compasión. Es activa y efectiva, es movilización que lleva a algo concreto. El término, dentro del Nuevo Testamento, no puede hallarse fuera de los Evangelios sinópticos, y salvo en tres oportunidades, la referencia es a Jesús. En el libro de Marcos, el Maestro siente compasión del leproso (cf. Mc. 1, 41. En algunos manuscritos, lo que siente es cólera o fastidio), del endemoniado geraseno (cf. Mc. 5, 19), de esta gente que los siguió cuando se retiraban (cf. Mc. 6, 34) y de aquellos que lo siguieron tres días en territorio pagano (cf. Mc. 8, 2); le piden compasión el padre del niño con el espíritu inmundo (cf. Mc. 9, 22) y el ciego de Jericó (cf. Mc. 10, 47-48). La enfermedad y la posesión mueven a Jesús a la compasión que se expresa en sanación y exorcismo, dos de las actividades clásicas de su ministerio, y por lo tanto, dos de los signos eficientes del Reino. Junto a estas miserias humanas, ambos episodios de multiplicación de los panes están marcados por la compasión que siente el Maestro ante la multitud que está como rebaño sin pastor y que sufre el hambre. Jesús se compadece de la falta de Reino pleno que encuentra; de las enfermedades que limitan la vida física y social, de las posesiones que encarcelan a los hombres y mujeres, del hambre material y del hambre espiritual que no es saciado por las reglas de pureza/impureza de la sinagoga. Las seis escenas ligadas a la compasión se complementan para que nadie quede excluido, como otra manifestación más de un Reino que es para todos: leproso y ciego son enfermos excluidos, pero uno es de Galilea y el otro de Judea; endemoniado de Gerasa y el niño poseído son víctimas del espíritu maligno, pero uno es pagano y el otro judío; las multiplicaciones de los panes, en la misma línea, suceden una en territorio gentil y la otra en territorio israelita. La compasión de Dios no tiene límites.
- Es pastor: Jesús descubre al gentío que le ha seguido como un rebaño sin pastor. Detrás de esta apreciación podemos leer en 1Rey. 22, 17 las palabras del profeta Miqueas: “He visto todo Israel en desbandada por los montes, como rebaño sin pastor”. La figura del pastor es, en este contexto, la figura de un dirigente político o religioso. El profeta Miqueas le estaba hablando al rey de Israel, al pastor político. Jesús se refiere a los dirigentes religiosos de su tiempo, incapaces de pastorear a un rebaño tan numeroso y tan desorientado. Así, Él se constituye como el verdadero pastor, el buen pastor, el que siente la compasión en su corazón y se preocupa efectivamente por las personas. En contraposición a los pastores falsos que no se preocupan por el Reino, lo que equivale a no preocuparse por las gentes, se eleva la figura del gran preocupado por la humanidad, el gran cercano a las dolencias humanas. Pastorear no es algo accesorio en la vida de Jesús, sino que constituye una actitud y una aptitud intrínsecas a su misión. Esta misión, por su naturaleza, se opone a las actitudes de los dirigentes del pueblo, quienes no piensan en clave de Reino, sino en clave de beneficio personal. Las ovejas sin un pastor que se compadezca de ellas, están desbandadas, perdidas, desunidas. Con Jesús Buen Pastor, el rebaño está unido, se plenifica, se libera.
El Reino se opone a dos modelos bien marcados: el de Herodes y el de la sinagoga. Jesús es el contrapunto de ambas formas de vida, que son, en realidad, formas de muerte. Mientras Herodes come suntuosamente rodeado de los principales de Galilea y decide, movido por la seducción y la superstición, el asesinato de un profeta de Dios, Jesús envía a los Doce sin nada, ni pan ni plata, sujetos a la acogida de las casas que visitan, con el objetivo de dar vida mediante la predicación, la curación y el exorcismo. Al mismo tiempo, mientras la sinagoga ofrece un espacio de exclusión con leyes de pureza/impureza, con horarios estipulados los sábados, con paredes que delimitan el lugar de reunión, Jesús abraza con su compasión a todo el mundo, invita a todos al banquete, no tiene horarios y, a pesar del cansancio y de haberse retirado con sus discípulos para tener un espacio propio, acepta el gentío que anda perdido, en el desierto, en el descampado, sin paredes opresoras. Ni Herodes ni la sinagoga tienen la capacidad de liberar al hombre y a la mujer. Jesús con los suyos sí puede hacerlo, porque su propuesta es diferente en el núcleo y en las expresiones.
¿Qué modelo de misión seguimos, entonces? ¿Hacemos la misión herodiana? ¿Hacemos la misión sinagogal? ¿Hacemos la misión del Reino? La evangelización en el modelo herodiano se codea con los principales del mundo, con los ricos y poderosos, se realiza con opulencia, en una mesa donde no entra cualquiera, y el resultado suele ser la muerte. En la evangelización herodiana aceptamos ciertas cuestiones del sistema porque creemos que para misionar debemos negociar con los que tienen poder, y si esa negociación repercute en el ahogamiento de los profetas, en su silenciamiento, tratamos de dejarlo pasar por alto. Por otro lado, la evangelización al estilo sinagogal se fundamenta en la separación o segregación según las leyes de pureza/impureza, estableciendo horarios de atención dentro de cuatro paredes. Se trata de una misión que identifica a los respondedores como dignos y a los demás como descartables, una misión focalizada en lo moral y en la imagen pública que debe mostrarse, pero totalmente olvidada del sentido acogedor. En el estilo sinagogal la misión tiene horarios concretos, y fuera de esos horarios se desvanece todo.
La misión según el modelo del Reino, según el modelo jesuánico, es diametralmente opuesta. Se trata de una evangelización que no se limita a cuatro paredes, una misión que se hace en el descampado, desde la cercanía con los sufrientes, con los perdidos, con los desorientados. Es una misión sin tiempos, sin horarios, una misión que abarca la vida por completo. Es una misión donde los banquetes están repletos de pobres y marginados, donde los poderosos y ricos, para comer, deben primero hacerse marginales. Se trata de una evangelización que no culmina en muertes ni en silenciamientos de los profetas. Aquí los profetas hablan libremente y la libertad prima. Es una misión compasiva, enraizada en la tierra que gime y clama por la miseria humana. De la evaluación de nuestro modelo misionero, sabremos si el resultado serán las muertes, las exclusiones o la mesa compartida.







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