El breve relato que leemos hoy tiene más entramado del que podemos imaginar en una primera lectura rápida y superficial. Es un episodio conservado por toda la tradición sinóptica, lo que nos hace pensar que su mensaje fue importante para las primeras comunidades. En Marcos, el texto se ubica a continuación del capítulo 5, donde aconteció el exorcismo del pagano de Gerasa (cf. Mc. 5, 1-20) y la doble curación de la hemorroísa y la hija de Jairo (cf. Mc. 5, 21-43), por lo tanto, podemos suponer que la ubicación no es casual, y que el mensaje viene a colocarse en la misma línea de lo que se viene anunciando, en la línea del Reino para todos, el Reino que es una alternativa a lo conocido, el Reino que es la superación de los esquemas judíos. En Mateo (Mt. 13, 54-58), el relato está a continuación del discurso de las parábolas del Reino (cf. Mt. 13, 1-53), y es repetitivo en este Evangelio que cada vez que Jesús acaba uno de sus grandes discursos, se suscita algo respecto a su autoridad. Entonces, al final de las parábolas (tercer discurso del Maestro en Mateo), en la sinagoga de su patria, se cuestiona su autoridad cuestionando sus orígenes. Finalmente, Lucas posiciona la escena al principio de la vida pública de Jesús (cf. Lc. 4, 16-30), tras las tentaciones en el desierto (cf. Lc. 4, 1-13) y una brevísima reseña sobre la fama que se extiende en Galilea (cf. Lc. 4, 14-15). El texto está mucho más elaborado que en las otras dos versiones; aquí Jesús lee un fragmento del profeta Isaías, anuncia el cumplimiento de las profecías en su persona, se establece un altercado dialogado con los asistentes al culto, intentan despeñarlo para matarlo y Él se libra fácilmente pasando en medio de la multitud iracunda.
¿Qué tienen en común los tres relatos? Evidentemente la ruptura con el sistema sinagogal y todo lo que aquello implicaba. En Mateo, a partir del capítulo 14, la enseñanza de Jesús se focaliza más y más en sus discípulos directos, dejando de lado las muchedumbres, quienes muchas veces lo oían en las sinagogas. En Lucas, Jesús es inmediatamente excomulgado y hasta condenado popularmente a muerte por los asistentes al culto. En Marcos, es la última vez que enseña en una sinagoga y, además, se establece una especie de culminación del mensaje esbozado en el capítulo 5, de cierta apertura a los paganos y crítica al modelo institucional religioso de Israel. ¿Qué tienen de diferente los tres relatos? En Mateo, la ruptura proviene del no reconocimiento de Jesús como Maestro autorizado, siempre cuestionado tras sus discursos de enseñanza. En Lucas, la ruptura proviene de inmediato, al inicio de la actividad pública, quedando excomulgado agresivamente antes del desarrollo central de su enseñanza. Si pensamos en los destinatarios primeros de ambos Evangelios, podemos hallar una pista más de comprensión. Mateo escribe para un grueso de judíos convertidos, para quienes la imagen del maestro (rabino) que enseña las cosas de la religión es propia de su cultura; el hecho histórico del rechazo de Jesús por parte de Israel es interpretado por el evangelista como una falta de reconocimiento de la autoridad docente del Mesías, autoridad que proviene del mismo Dios. Lucas, en cambio, escribe para un grueso de paganos convertidos al cristianismo, y seguramente una comunidad con una composición importante de pobres y marginales; resulta lógico, pues, que Jesús sea desde sus inicios un excomulgado, un marginado de su pueblo, y por lo tanto, identificado más plenamente con los lectores del Evangelio. Finalmente, en Marcos, la ruptura con la sinagoga es un proceso que va incrementando su intensidad hasta decantar en esta situación que leemos hoy, forzada por las actitudes sistemáticas de Jesús que relativiza las disposiciones legalistas referentes, por ejemplo, a la comida (cf. Mc. 2, 15-28) o al contacto con impuros (cf. Mc. 1, 40-45; Mc. 5, 1-20; Mc. 5, 25-34).
En el Evangelio según Marcos, que es el que nos compete hoy, Jesús ingresa a una sinagoga en tres oportunidades. En el primer episodio (cf. Mc. 1, 21-27), exorciza a un poseído que estaba dentro de la sinagoga, y todos quedan asombrados por la autoridad del Maestro. El segundo episodio (cf. Mc. 3, 1-6) contiene la curación del hombre con la mano seca, también dentro de la sinagoga, y sobre el final, los fariseos y los herodianos se confabulan para darle muerte a Jesús. El tercer episodio es el de la liturgia de hoy, donde no hay curaciones ni exorcismos dentro de la sinagoga, sino sólo enseñanza, y finalmente rechazo. Queda claro que la excomunión de Jesús de la sinagoga es progresiva, in crescendo, y que se produce por la crítica que representa el mensaje del Reino para el sistema sinagogal. En los dos primeros episodios que reseñamos anteriormente, es más fuerte el simbolismo de los milagros que los milagros en sí mismos. El endemoniado y el hombre de la mano paralizada son representaciones de la sinagoga misma, endemoniada y atrofiada, encerrada en sí misma, inmóvil, con una interpretación diabólica de Dios y de la Ley. Jesús hace mucho más que sanar a dos personas concretas; intenta rescatar a la sinagoga. Tras el primer episodio, esta crítica al sistema cultual le valió asombro por parte de la gente; tras el segundo episodio, dos grupos poderosos se confabulan para darle muerte; tras este último episodio, se aleja por completo de las sinagogas, y no volverá a ellas nunca más.
Su posición crítica al sistema le ha valido la excomunión del propio sistema, lo que implica la excomunión del Israel legal y puro. El versículo 1 de la perícopa dice que Jesús entró en la sinagoga de su patria, lugar que tradicionalmente se identifica con Nazareth. Pero el término griego patris (patria) significa tierra de su padre, y puede traducirse como ciudad natal o país natal. Esto nos hace sospechar que el relato busca situar la excomunión de la sinagoga como una excomunión más grande, una marginación de todo el país, de todo Israel. El mensaje del Reino de Dios se ha vuelto tan indeseable para el sistema sinagogal que ya no puede soportar la presencia de Jesús, y prefiere segregarlo. El Reino es demasiado ancho, abarca a demasiada gente, elimina la clara diferenciación entre puros e impuros, justos e injustos, quita los privilegios. El sistema sinagogal, en cambio, deja en claro quiénes se salvan y quiénes no, quiénes son los queridos por Dios y quiénes los rechazados, estipula correctamente la manera de ser santo mediante leyes estrictas y establece una escala de privilegios. El sistema sinagogal es la forma endemoniada y atrofiada del Reino, por eso Jesús quiere exorcizar y curar a la sinagoga, porque está deformando el mensaje del Padre.
El Maestro se considera el enviado de Dios, su profeta, o sea, el que habla en nombre del Padre, y esa adjudicación de título con la que critica libremente a la sinagoga, es lo que se pone en mesa de discusión en esta oportunidad. ¿Por qué se adjudica tales atribuciones este paisano, este don nadie? La forma en que la gente se pregunta sobre Jesús es, literariamente, un insulto en la cultura semita, pues no se menciona su padre. Se lo nombra como el carpintero, el hijo de María, no el hijo de José. Para el judaísmo, una persona sin padre es una persona sin pasado y, por lo tanto, sin futuro, un desterrado de la vida y de la historia, alguien sin raíces que no puede aspirar a ningún porvenir provechoso, ya que hacia atrás nada lo sostiene. Es interesante que el mismo pasaje, en Mateo, contenga una modificación clave, comenzando la gente a preguntarse: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt. 13, 55a). Este autor, que escribe para judíos convertidos, no se arriesga a conservar la forma de Marcos, el insulto sobre la falta de ascendencia, porque justamente, para sus lectores primigenios, es importante resaltar que Jesús es descendiente de David, y a través de la adopción de José se establece la línea davídica. En Marcos, Jesús es un sin-padre; en Mateo, es el hijo del carpintero, el hijo de José, el descendiente de David.
En conclusión, el problema es saber cuáles son las credenciales de alguien que, tan libremente, critica la sinagoga. Este problema de la autoridad de Jesús no es aislado en el Evangelio según Marcos. Ya el capítulo 3 contiene unos episodios al respecto, con temática de fondo bastante similar a la de hoy. Este capítulo está estructurado de la siguiente manera: curación del hombre con la mano paralizada en la sinagoga (Mc. 3, 1-6) / curaciones varias y exorcismos (Mc. 3, 7-12) / elección de los Doce (Mc. 3, 13-19) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 20-21) / discusión sobre Jesús y Beelzebul (Mc. 3, 22-30) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 31-34). Para profundizar un poco más, dividiremos al capítulo en dos trípticos. El primer tríptico es una especie de paralelo a lo que leemos hoy:
- Mc. 3, 1-6: es la segunda vez de Jesús en la sinagoga, y aquí la crítica al sistema consiste en la curación de un hombre con la mano paralizada, como está paralizada la institución, atrofiándose en su sistema legal. Al final, los fariseos y herodianos se confabulan para matarlo. Hoy leemos la tercera y última visita a sinagogas, con al excomunión total de Jesús.
- Mc. 3, 7- 12: de diferentes lugares acuden a Jesús los enfermos y poseídos. Jesús los sana a todos, a la gran muchedumbre que lo busca desde los sitios más diversos. Al final del pasaje de hoy hallamos nuevamente curaciones, en pequeña cantidad esta vez. Los enfermos, despreciados del sistema sinagogal por su impureza, son aceptados por el Reino que predica Jesús.
- Mc. 3, 13-19: Jesús elige Doce para que estén con Él, para enviarlos a predicar y con el poder de expulsar demonios. Esta comunidad apostólica constituye una alternativa al sistema sinagogal. La nueva familia de la Iglesia se forma a través de los lazos del discipulado en el único Maestro. Tras la escena de hoy, en Mc. 6, 7ss, sucede el envío de los Doce de dos en dos, como confirmación de aquella elección del capítulo 3 y, nuevamente, presentando la alternativa a una sinagoga que se encierra en sí misma, sin proyección misionera.
El segundo tríptico del capítulo 3 ya se focaliza en la cuestión de la autoridad de Jesús, con una estructura que denota la inclusión de un texto dentro de otro, como sucede en el episodio de la hija de Jairo y la hemorroísa (Mc. 5, 21-43), leído el domingo pasado. La armazón literaria es sugestiva:
- Mc. 3, 20-21: primera referencia a la familia de Jesús que lo busca para llevárselo porque consideran que está fuera de sí.
- Mc. 3, 22-30: el relato sobre los parientes se corta y aparecen los escribas bajados de Jerusalén que lo acusan de estar poseído y, por lo tanto, realizar exorcismos gracias a ese poder demoníaco. La cuestión de la autoridad de Jesús, que Él considera directa desde el Padre, es refutada por los representantes del judaísmo que la consideran directa desde Beelzebul, el príncipe de los demonios. Eso anularía la libertad del Maestro para criticar el sistema. Jesús, fácilmente demuestra que están equivocados y que es imposible que esté poseído por un espíritu inmundo.
- Mc. 3, 31-34: retomamos la referencia a la familia de Jesús que, desde fuera de la casa donde enseña, lo mandan a llamar. Él asegura que su madre y sus hermanos son aquellos que se constituyen como tales al cumplir la voluntad de Dios, creando la nueva familia de la Iglesia más allá de los lazos sanguíneos.
En medio de la presión familiar que lo considera fuera de sus cabales y que lo quiere separar de su actividad, está el debate sobre la autoridad de Jesús, la cual, al no provenir de Beelzebul, proviene evidentemente del mismísimo Dios. Por eso la familia de lazos sanguíneos no puede privatizarlo ni detenerlo, pues Dios es Padre de todos, y todos los que lo reconocen como tal se hacen hermanos, se hacen familia. Esta familia eclesial tiene características claras, bien distintas a las del sistema sinagogal, y simbolizadas a grandes rasgos en los episodios de curaciones y la mención de los Doce que sucede a las sinagogas del capítulo 3 y 6 (cf. Mc. 3, 7, 19; Mc. 6, 5-13). La Iglesia, entonces, tiene en sus bases a los impuros de la sociedad (enfermos y endemoniados) y al discipulado en intimidad con Jesús, un discipulado de la esperanza, pues la elección de doce personas, además de marcar continuidad con las doce tribus de Israel del Antiguo Testamento, es la constitución de una comunidad mesiánico-escatológica, ya que doce es el número de los elegidos; elegidos para testimoniar y para esperar, para predicar la Buena Noticia y para soñar con el Reino. Jesús tiene la autoridad del Padre para comenzar la utopía de un nuevo orden de cosas, un nuevo espacio donde tienen cabida los marginales y donde los lazos se establecen en el seguimiento de su Persona, cumpliendo así la voluntad de Dios. La excomunión de la sinagoga, del judaísmo, es el resultado lógico de la crítica al sistema del Maestro y de la rigidez de un orden cultual endemoniado y paralizado. No es la sinagoga quien expulsa a Jesús, sino el mismo proyecto del Reino el que se abre paso para universalizarse. Así lo diagrama el evangelista Marcos, preparando la narración para lo que vendrá luego, en breve, con la incursión de Jesús en territorio pagano (cf. Mc. 7, 24).
Cuando se constituyen los sistemas, con su trabazón de burocracia y estructuras, es difícil desarmarlos. El sistema sinagogal estaba establecido como verdad de fe, con una legislación adecuada, con un funcionamiento acorde, sin alteraciones. La crítica de Jesús desestabiliza el sistema, porque más allá del choque frontal que pudiesen significar las acciones del Maestro, hay un alto grado de relativización de las instituciones básicas, como puede ser el sábado o la pureza legal. Jesús relativiza todo en relación al Reino de Dios, porque es Dios lo único absoluto. Esto lo lleva a poner en tela de juicio tradiciones, formas, maneras, teologías. No es Jesús un rebelde sin causa, un caprichoso, sino un profeta, como Él mismo se identifica en este pasaje. Y el profeta es aquel que habla en nombre de otro, en este caso, en nombre del Gran Otro, el Padre.
El misionero también está llamado a la crítica de los sistemas. Pero como Jesús, no se trata de rebelarse porque sí o por antojo, sino por convencimiento de lo absoluto del Reino. Si algo no se condice con el Evangelio, entonces la misión tiene la obligación de hacerlo notar, aunque eso signifique un choque frontal, aunque eso signifique la excomunión. En el caso de Jesús, ser excomulgado del sistema sinagogal era la señal clara de que estaba totalmente identificado con los impuros, y por lo tanto, también se trataba de la señal clara con que asumía su mensaje. En su prédica, el Reino es de los pequeños, de los pobres, de los enfermos, de los endemoniados, de los oprimidos, de los marginales. En la práctica, Jesús se convierte en marginal. Ese modelo de anonadamiento del Cristo es figura a seguir por el misionero. No es posible negociar ante la absolutidad del Reino, porque sería negociar el Evangelio, y las Buenas Noticias tergiversadas dejan de ser buenas noticias. Se trata, en una mirada positiva, de ser leales al mensaje, no precisamente de ser contestatarios. La lealtad a la voluntad de Dios, indefectiblemente, nos hará contestatarios, pero no al revés.
Aquí aparece uno de los posibles medidores de la evangelización, si es que existe alguno confiable. Se trata del grado de desestabilización de los sistemas opresores. Cuando nuestro anuncio no provoca nada, cuando no llega al meollo de las situaciones, cuando las estructuras continúan igual por intereses privados, sectarios o burgueses, nuestro anuncio difícilmente sea al estilo de Jesús. La desestabilización de los sistemas es una característica del Evangelio, y sobre todo, una desestabilización que se gesta en lo insignificante, frente a la potencia de los Imperios. Es el carpintero de Nazareth, el hijo de la humilde María, quien pone en tela de juicio a toda la red de sinagogas y al Templo de Jerusalén capital. Es el Reino de los márgenes de Palestina el que perturba el centro cultual judío. La misión, en su pequeñez, confronta, provoca, y eso la hace kerygma. El Evangelio es una crítica a los grandes sistemas suntuosos y seguros de sí mismos, es el mensaje anti-imperial, es la única y verdadera noticia que se opone al pesimismo de los heraldos de las grandes corporaciones. Hoy, la misión tiene la obligación de denunciar a los imperios que subsisten como países, pero más aún, aquellos imperios comerciales, dominados por el lucro, por un manejo del mercado que hace de los pobres, más pobres, de los países relegados, más relegaciones. Tiene la obligación de denunciar la religión transnacional de la guerra, que justifica la masacre de tantos en nombre de algún dios totalmente opuesto al de Jesucristo. Tiene la obligación de plantarse frente a los Estados que protegen el narcotráfico por el ingreso anual que les reditúa. Tiene la obligación de hacerse marginal y no negociar con los intereses de moda.
Esa misión de desestabilización de los sistemas, sólo será productiva si la misión incluye la crítica al sistema propio, a las sinagogas que hemos creado con el tiempo, a las nuevas leyes de pureza y los nuevos sábados. Si creemos en la capacidad de desestabilización del Evangelio, debemos asumir que su mensaje es una crítica constante a nuestras vidas, a nuestra pastoral, a nuestra forma de ser institución. Una crítica constructiva, una crítica del Reino, pero crítica al fin. Y como tal, no asumirla es volver absoluto algo que no lo es. ¿Somos capaces de criticarnos? ¿Somos lo suficientemente libres para reconocer aquello que el Evangelio nos invita a cambiar? ¿Es nuestra Iglesia capaz de modificar todo lo relativo y accesorio que hay en Ella? La misión hacia fuera se hace efectiva cuando, hacia dentro, nos anunciamos el mismo mensaje y nos hacemos sensible a él. El Evangelio de la desestabilización no es sólo para los alejados. También a los de aquí cerca nos interpela.
¿Qué tienen en común los tres relatos? Evidentemente la ruptura con el sistema sinagogal y todo lo que aquello implicaba. En Mateo, a partir del capítulo 14, la enseñanza de Jesús se focaliza más y más en sus discípulos directos, dejando de lado las muchedumbres, quienes muchas veces lo oían en las sinagogas. En Lucas, Jesús es inmediatamente excomulgado y hasta condenado popularmente a muerte por los asistentes al culto. En Marcos, es la última vez que enseña en una sinagoga y, además, se establece una especie de culminación del mensaje esbozado en el capítulo 5, de cierta apertura a los paganos y crítica al modelo institucional religioso de Israel. ¿Qué tienen de diferente los tres relatos? En Mateo, la ruptura proviene del no reconocimiento de Jesús como Maestro autorizado, siempre cuestionado tras sus discursos de enseñanza. En Lucas, la ruptura proviene de inmediato, al inicio de la actividad pública, quedando excomulgado agresivamente antes del desarrollo central de su enseñanza. Si pensamos en los destinatarios primeros de ambos Evangelios, podemos hallar una pista más de comprensión. Mateo escribe para un grueso de judíos convertidos, para quienes la imagen del maestro (rabino) que enseña las cosas de la religión es propia de su cultura; el hecho histórico del rechazo de Jesús por parte de Israel es interpretado por el evangelista como una falta de reconocimiento de la autoridad docente del Mesías, autoridad que proviene del mismo Dios. Lucas, en cambio, escribe para un grueso de paganos convertidos al cristianismo, y seguramente una comunidad con una composición importante de pobres y marginales; resulta lógico, pues, que Jesús sea desde sus inicios un excomulgado, un marginado de su pueblo, y por lo tanto, identificado más plenamente con los lectores del Evangelio. Finalmente, en Marcos, la ruptura con la sinagoga es un proceso que va incrementando su intensidad hasta decantar en esta situación que leemos hoy, forzada por las actitudes sistemáticas de Jesús que relativiza las disposiciones legalistas referentes, por ejemplo, a la comida (cf. Mc. 2, 15-28) o al contacto con impuros (cf. Mc. 1, 40-45; Mc. 5, 1-20; Mc. 5, 25-34).
En el Evangelio según Marcos, que es el que nos compete hoy, Jesús ingresa a una sinagoga en tres oportunidades. En el primer episodio (cf. Mc. 1, 21-27), exorciza a un poseído que estaba dentro de la sinagoga, y todos quedan asombrados por la autoridad del Maestro. El segundo episodio (cf. Mc. 3, 1-6) contiene la curación del hombre con la mano seca, también dentro de la sinagoga, y sobre el final, los fariseos y los herodianos se confabulan para darle muerte a Jesús. El tercer episodio es el de la liturgia de hoy, donde no hay curaciones ni exorcismos dentro de la sinagoga, sino sólo enseñanza, y finalmente rechazo. Queda claro que la excomunión de Jesús de la sinagoga es progresiva, in crescendo, y que se produce por la crítica que representa el mensaje del Reino para el sistema sinagogal. En los dos primeros episodios que reseñamos anteriormente, es más fuerte el simbolismo de los milagros que los milagros en sí mismos. El endemoniado y el hombre de la mano paralizada son representaciones de la sinagoga misma, endemoniada y atrofiada, encerrada en sí misma, inmóvil, con una interpretación diabólica de Dios y de la Ley. Jesús hace mucho más que sanar a dos personas concretas; intenta rescatar a la sinagoga. Tras el primer episodio, esta crítica al sistema cultual le valió asombro por parte de la gente; tras el segundo episodio, dos grupos poderosos se confabulan para darle muerte; tras este último episodio, se aleja por completo de las sinagogas, y no volverá a ellas nunca más.
Su posición crítica al sistema le ha valido la excomunión del propio sistema, lo que implica la excomunión del Israel legal y puro. El versículo 1 de la perícopa dice que Jesús entró en la sinagoga de su patria, lugar que tradicionalmente se identifica con Nazareth. Pero el término griego patris (patria) significa tierra de su padre, y puede traducirse como ciudad natal o país natal. Esto nos hace sospechar que el relato busca situar la excomunión de la sinagoga como una excomunión más grande, una marginación de todo el país, de todo Israel. El mensaje del Reino de Dios se ha vuelto tan indeseable para el sistema sinagogal que ya no puede soportar la presencia de Jesús, y prefiere segregarlo. El Reino es demasiado ancho, abarca a demasiada gente, elimina la clara diferenciación entre puros e impuros, justos e injustos, quita los privilegios. El sistema sinagogal, en cambio, deja en claro quiénes se salvan y quiénes no, quiénes son los queridos por Dios y quiénes los rechazados, estipula correctamente la manera de ser santo mediante leyes estrictas y establece una escala de privilegios. El sistema sinagogal es la forma endemoniada y atrofiada del Reino, por eso Jesús quiere exorcizar y curar a la sinagoga, porque está deformando el mensaje del Padre.
El Maestro se considera el enviado de Dios, su profeta, o sea, el que habla en nombre del Padre, y esa adjudicación de título con la que critica libremente a la sinagoga, es lo que se pone en mesa de discusión en esta oportunidad. ¿Por qué se adjudica tales atribuciones este paisano, este don nadie? La forma en que la gente se pregunta sobre Jesús es, literariamente, un insulto en la cultura semita, pues no se menciona su padre. Se lo nombra como el carpintero, el hijo de María, no el hijo de José. Para el judaísmo, una persona sin padre es una persona sin pasado y, por lo tanto, sin futuro, un desterrado de la vida y de la historia, alguien sin raíces que no puede aspirar a ningún porvenir provechoso, ya que hacia atrás nada lo sostiene. Es interesante que el mismo pasaje, en Mateo, contenga una modificación clave, comenzando la gente a preguntarse: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt. 13, 55a). Este autor, que escribe para judíos convertidos, no se arriesga a conservar la forma de Marcos, el insulto sobre la falta de ascendencia, porque justamente, para sus lectores primigenios, es importante resaltar que Jesús es descendiente de David, y a través de la adopción de José se establece la línea davídica. En Marcos, Jesús es un sin-padre; en Mateo, es el hijo del carpintero, el hijo de José, el descendiente de David.
En conclusión, el problema es saber cuáles son las credenciales de alguien que, tan libremente, critica la sinagoga. Este problema de la autoridad de Jesús no es aislado en el Evangelio según Marcos. Ya el capítulo 3 contiene unos episodios al respecto, con temática de fondo bastante similar a la de hoy. Este capítulo está estructurado de la siguiente manera: curación del hombre con la mano paralizada en la sinagoga (Mc. 3, 1-6) / curaciones varias y exorcismos (Mc. 3, 7-12) / elección de los Doce (Mc. 3, 13-19) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 20-21) / discusión sobre Jesús y Beelzebul (Mc. 3, 22-30) / inconveniente con la familia (Mc. 3, 31-34). Para profundizar un poco más, dividiremos al capítulo en dos trípticos. El primer tríptico es una especie de paralelo a lo que leemos hoy:
- Mc. 3, 1-6: es la segunda vez de Jesús en la sinagoga, y aquí la crítica al sistema consiste en la curación de un hombre con la mano paralizada, como está paralizada la institución, atrofiándose en su sistema legal. Al final, los fariseos y herodianos se confabulan para matarlo. Hoy leemos la tercera y última visita a sinagogas, con al excomunión total de Jesús.
- Mc. 3, 7- 12: de diferentes lugares acuden a Jesús los enfermos y poseídos. Jesús los sana a todos, a la gran muchedumbre que lo busca desde los sitios más diversos. Al final del pasaje de hoy hallamos nuevamente curaciones, en pequeña cantidad esta vez. Los enfermos, despreciados del sistema sinagogal por su impureza, son aceptados por el Reino que predica Jesús.
- Mc. 3, 13-19: Jesús elige Doce para que estén con Él, para enviarlos a predicar y con el poder de expulsar demonios. Esta comunidad apostólica constituye una alternativa al sistema sinagogal. La nueva familia de la Iglesia se forma a través de los lazos del discipulado en el único Maestro. Tras la escena de hoy, en Mc. 6, 7ss, sucede el envío de los Doce de dos en dos, como confirmación de aquella elección del capítulo 3 y, nuevamente, presentando la alternativa a una sinagoga que se encierra en sí misma, sin proyección misionera.
El segundo tríptico del capítulo 3 ya se focaliza en la cuestión de la autoridad de Jesús, con una estructura que denota la inclusión de un texto dentro de otro, como sucede en el episodio de la hija de Jairo y la hemorroísa (Mc. 5, 21-43), leído el domingo pasado. La armazón literaria es sugestiva:
- Mc. 3, 20-21: primera referencia a la familia de Jesús que lo busca para llevárselo porque consideran que está fuera de sí.
- Mc. 3, 22-30: el relato sobre los parientes se corta y aparecen los escribas bajados de Jerusalén que lo acusan de estar poseído y, por lo tanto, realizar exorcismos gracias a ese poder demoníaco. La cuestión de la autoridad de Jesús, que Él considera directa desde el Padre, es refutada por los representantes del judaísmo que la consideran directa desde Beelzebul, el príncipe de los demonios. Eso anularía la libertad del Maestro para criticar el sistema. Jesús, fácilmente demuestra que están equivocados y que es imposible que esté poseído por un espíritu inmundo.
- Mc. 3, 31-34: retomamos la referencia a la familia de Jesús que, desde fuera de la casa donde enseña, lo mandan a llamar. Él asegura que su madre y sus hermanos son aquellos que se constituyen como tales al cumplir la voluntad de Dios, creando la nueva familia de la Iglesia más allá de los lazos sanguíneos.
En medio de la presión familiar que lo considera fuera de sus cabales y que lo quiere separar de su actividad, está el debate sobre la autoridad de Jesús, la cual, al no provenir de Beelzebul, proviene evidentemente del mismísimo Dios. Por eso la familia de lazos sanguíneos no puede privatizarlo ni detenerlo, pues Dios es Padre de todos, y todos los que lo reconocen como tal se hacen hermanos, se hacen familia. Esta familia eclesial tiene características claras, bien distintas a las del sistema sinagogal, y simbolizadas a grandes rasgos en los episodios de curaciones y la mención de los Doce que sucede a las sinagogas del capítulo 3 y 6 (cf. Mc. 3, 7, 19; Mc. 6, 5-13). La Iglesia, entonces, tiene en sus bases a los impuros de la sociedad (enfermos y endemoniados) y al discipulado en intimidad con Jesús, un discipulado de la esperanza, pues la elección de doce personas, además de marcar continuidad con las doce tribus de Israel del Antiguo Testamento, es la constitución de una comunidad mesiánico-escatológica, ya que doce es el número de los elegidos; elegidos para testimoniar y para esperar, para predicar la Buena Noticia y para soñar con el Reino. Jesús tiene la autoridad del Padre para comenzar la utopía de un nuevo orden de cosas, un nuevo espacio donde tienen cabida los marginales y donde los lazos se establecen en el seguimiento de su Persona, cumpliendo así la voluntad de Dios. La excomunión de la sinagoga, del judaísmo, es el resultado lógico de la crítica al sistema del Maestro y de la rigidez de un orden cultual endemoniado y paralizado. No es la sinagoga quien expulsa a Jesús, sino el mismo proyecto del Reino el que se abre paso para universalizarse. Así lo diagrama el evangelista Marcos, preparando la narración para lo que vendrá luego, en breve, con la incursión de Jesús en territorio pagano (cf. Mc. 7, 24).
Cuando se constituyen los sistemas, con su trabazón de burocracia y estructuras, es difícil desarmarlos. El sistema sinagogal estaba establecido como verdad de fe, con una legislación adecuada, con un funcionamiento acorde, sin alteraciones. La crítica de Jesús desestabiliza el sistema, porque más allá del choque frontal que pudiesen significar las acciones del Maestro, hay un alto grado de relativización de las instituciones básicas, como puede ser el sábado o la pureza legal. Jesús relativiza todo en relación al Reino de Dios, porque es Dios lo único absoluto. Esto lo lleva a poner en tela de juicio tradiciones, formas, maneras, teologías. No es Jesús un rebelde sin causa, un caprichoso, sino un profeta, como Él mismo se identifica en este pasaje. Y el profeta es aquel que habla en nombre de otro, en este caso, en nombre del Gran Otro, el Padre.
El misionero también está llamado a la crítica de los sistemas. Pero como Jesús, no se trata de rebelarse porque sí o por antojo, sino por convencimiento de lo absoluto del Reino. Si algo no se condice con el Evangelio, entonces la misión tiene la obligación de hacerlo notar, aunque eso signifique un choque frontal, aunque eso signifique la excomunión. En el caso de Jesús, ser excomulgado del sistema sinagogal era la señal clara de que estaba totalmente identificado con los impuros, y por lo tanto, también se trataba de la señal clara con que asumía su mensaje. En su prédica, el Reino es de los pequeños, de los pobres, de los enfermos, de los endemoniados, de los oprimidos, de los marginales. En la práctica, Jesús se convierte en marginal. Ese modelo de anonadamiento del Cristo es figura a seguir por el misionero. No es posible negociar ante la absolutidad del Reino, porque sería negociar el Evangelio, y las Buenas Noticias tergiversadas dejan de ser buenas noticias. Se trata, en una mirada positiva, de ser leales al mensaje, no precisamente de ser contestatarios. La lealtad a la voluntad de Dios, indefectiblemente, nos hará contestatarios, pero no al revés.
Aquí aparece uno de los posibles medidores de la evangelización, si es que existe alguno confiable. Se trata del grado de desestabilización de los sistemas opresores. Cuando nuestro anuncio no provoca nada, cuando no llega al meollo de las situaciones, cuando las estructuras continúan igual por intereses privados, sectarios o burgueses, nuestro anuncio difícilmente sea al estilo de Jesús. La desestabilización de los sistemas es una característica del Evangelio, y sobre todo, una desestabilización que se gesta en lo insignificante, frente a la potencia de los Imperios. Es el carpintero de Nazareth, el hijo de la humilde María, quien pone en tela de juicio a toda la red de sinagogas y al Templo de Jerusalén capital. Es el Reino de los márgenes de Palestina el que perturba el centro cultual judío. La misión, en su pequeñez, confronta, provoca, y eso la hace kerygma. El Evangelio es una crítica a los grandes sistemas suntuosos y seguros de sí mismos, es el mensaje anti-imperial, es la única y verdadera noticia que se opone al pesimismo de los heraldos de las grandes corporaciones. Hoy, la misión tiene la obligación de denunciar a los imperios que subsisten como países, pero más aún, aquellos imperios comerciales, dominados por el lucro, por un manejo del mercado que hace de los pobres, más pobres, de los países relegados, más relegaciones. Tiene la obligación de denunciar la religión transnacional de la guerra, que justifica la masacre de tantos en nombre de algún dios totalmente opuesto al de Jesucristo. Tiene la obligación de plantarse frente a los Estados que protegen el narcotráfico por el ingreso anual que les reditúa. Tiene la obligación de hacerse marginal y no negociar con los intereses de moda.
Esa misión de desestabilización de los sistemas, sólo será productiva si la misión incluye la crítica al sistema propio, a las sinagogas que hemos creado con el tiempo, a las nuevas leyes de pureza y los nuevos sábados. Si creemos en la capacidad de desestabilización del Evangelio, debemos asumir que su mensaje es una crítica constante a nuestras vidas, a nuestra pastoral, a nuestra forma de ser institución. Una crítica constructiva, una crítica del Reino, pero crítica al fin. Y como tal, no asumirla es volver absoluto algo que no lo es. ¿Somos capaces de criticarnos? ¿Somos lo suficientemente libres para reconocer aquello que el Evangelio nos invita a cambiar? ¿Es nuestra Iglesia capaz de modificar todo lo relativo y accesorio que hay en Ella? La misión hacia fuera se hace efectiva cuando, hacia dentro, nos anunciamos el mismo mensaje y nos hacemos sensible a él. El Evangelio de la desestabilización no es sólo para los alejados. También a los de aquí cerca nos interpela.








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