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domingo, 12 de julio de 2009

La Cristiada: México 1926-1929

Por Jean Meyer
Publicado por Revista Criterio

Llegué a México en 1965, con 23 años. En aquel momento, el conflicto religioso en su etapa armada –que tuvo su ápice entre 1926 y 1929– era un acontecimiento todavía reciente. Si además se tiene en cuenta que siguió operando una pequeña guerrilla hasta 1942, cuando la Iglesia deslegitimó todas las sublevaciones armadas por motivos religiosos, se entiende que el asunto de la Cristiada era todavía muy sensible para la memoria colectiva. El entonces arzobispo de la ciudad de México, Miguel Darío Miranda, más tarde ungido cardenal –había vivido la persecución religiosa, la sublevación cristera, y de nuevo la persecución religiosa que siguió a aquella–, me decía que la brasa estaba aún encendida bajo las cenizas y que bastaría un soplo de aire para provocar una chispa y reavivar el incendio.

No sólo la Iglesia no hablaba de ello en público, sino que no hablaban siquiera en los seminarios. En la misma historia de la Iglesia mexicana se evitaba el capítulo de la Cristiada, o se tocaba con tal prudencia que se incurría en el ridículo histórico. Recuerdo mi sorpresa en 1968 en Puente Grande, Jalisco. Allí, en el estado que fue epicentro de la sublevación armada, estaba el seminario de la Compañía de Jesús, donde yo estaba trabajando porque poseía un importante archivo que los jesuitas me habían abierto muy generosamente, a diferencia del gobierno, que por entonces no me había permitido consultar ningún archivo, y de las instancias oficiales de la Iglesia. Un día se me acercaron unos jóvenes estudiantes y me preguntaron por qué pasaba todos los fines de semana encerrado, trabajando con textos, pliegos, documentos. Trabé conversación con ellos, hablándoles de mi trabajo de investigación sobre la Cristiada, y me di cuenta de que no sabían absolutamente nada, nada, a pesar de que vivían en una región que había sido uno de los epicentros de la guerra. Entonces, con permiso del prefecto, di una conferencia para los seminaristas. También en aquella ocasión quedé estupefacto por la total ignorancia que tenían en la materia. Lo cuento para explicar cómo eran las cosas hace cuarenta años.

No estoy a favor del olvido, y puedo decirlo con la conciencia tranquila, después de haber trabajado como historiador para que los cristeros ocupen el lugar que les corresponde en el siglo XXI y en la historia de la Iglesia. Pero, de igual modo, no quiero que esa memoria sirva para perpetuar una cultura del conflicto y de las divisiones entre los mexicanos. La gran guerra abarcó desde el verano de 1926 al de 1929, prolongándose después en una interminable guerrilla durante otros diez años.

La Cristiada fue una prueba terrible para el pueblo mexicano, los sufrimientos fueron atroces para tres generaciones. Si es justo que deba conocerse la memoria cultural, conservar y hasta transmitir esos hechos, el odio y el rencor no deben, en cambio, cultivarse.

Cuando comenzaba mi investigación, hace cuarenta años, los cristeros no existían para la izquierda; o bien, si a pesar de todo se les reconocía existencia física, eran paramilitares de derechas, guardias blancos de los latifundistas o, en el mejor de los casos, peones estúpidos o braceros manipulados por el clero y los propietarios para impedir la reforma agraria en México.

Hoy, historiadores y sociólogos de diversa adscripción política- me refiero a los mínimamente serios- reconocen que la Cristiada fue un movimiento popular y que el aspecto religioso era una motivación importante y sincera de la insurrección.

Mi editor es de izquierdas: Siglo XXI es la editorial de los grandes clásicos marxistas. Necesitó valor en 1973 cuando publicó mi libro, que no tuvo reseñas ni promoción. Pero así como el agua encuentra poco a poco el camino hacia la superficie, la verdad se abre camino en la selva de los prejuicios y las aproximaciones. Hoy, La Cristiada va por la vigésima primera edición.

EL PESO DEL FACTOR RELIGIOSO EN LA SUBLEVACIÓN

La fe es un bien material muy concreto. Pero, dicho esto, es también verdad que en todo conflicto de estas proporciones –tanto en duración como en extensión– no hay una causa sola. Más factores entran en juego, en general concomitantes, que se transmutan al entrar en contacto unos con otros. Un mismo conflicto religioso, en un momento histórico dado, no tiene los efectos devastadores que reviste en otro momento, cuando se combina con una situación política determinada, nacional o internacional. En un régimen democrático, por ejemplo, podemos tener enfrentamientos de trasfondo religioso, muy ásperos, sin que se llegue a una sublevación.

Para algunas personas el factor religioso fue la única causa que determinó la insurrección armada. Para otras, la persecución religiosa fue un pretexto: eran bandidos, políticos, revolucionarios, que en aquel momento estaban derrotados o marginados, y vieron en el conflicto religioso la ocasión para un desquite. Algunos –pocos, a decir verdad– se fueron a combatir con los cristeros sin siquiera ser cristianos. Para muchas personas, sin embargo, muchísimas diría yo, la suspensión del culto en agosto de 1926 fue la gota que derramó el vaso: gente que durante muchos años venía sufriendo el caos de la Revolución Mexicana y que lo habrían seguido soportando; u otros que hasta aquel momento no estaban en absoluto movilizados, organizados, ni menos aún alzados en armas. Para estos, el factor religioso fue decisivo. Sin él, no hubiera habido sublevación armada. El presidente Plutarco Elías Calles no había previsto las consecuencias cuando puso en marcha el mecanismo que llevó a la rebelión de los cristeros y a una interminable y trágica guerra. Ni siquiera el Papa lo sabía; el mismo gobierno de la Iglesia universal –la curia vaticana– estaba tan dividido como la Iglesia mexicana. Los obispos locales no sabían qué hacer ante la nueva situación. Los gobernadores revolucionarios, a su vez, estaban divididos. El de Jalisco, Barba González, pide audiencia al presidente Calles en julio de 1926 cuando está por iniciarse el conflicto, y se da un diálogo más o menos del siguiente tenor:

Barba González: "Señor Presidente, estoy muy preocupado por la dirección que está tomando el conflicto religioso; la gente se va a alzar en armas".

Calles: "No, no. Los católicos no se alzarán. La mayoría son mujeres y viejos que creen en el más allá por miedo a la muerte".

Barba González: "No, señor Presidente, le aseguro que en Jalisco es distinto; los católicos son bravos".

Calles: "Jalisco es el gallinero de la República".

Y Barba González comentará en sus memorias: "¡Qué gallos salieron de aquel gallinero!"

Calles: "Si se alzan en armas, mejor para nosotros y peor para ellos, así los aplastaremos de una vez por todas".

Después, el Presidente se dirige al general que estaba presente en la conversación, el temible Amaro, secretario de la Defensa Nacional.

Calles: "General, ¿en cuanto tiempo podemos aplastarlos?"

Amaro: "En tres semanas, mi general".

Y Barba González comenta: "Esperemos que no hagan falta tres años".

Necesitaron exactamente tres años, no para aplastarlos, sino para negociar los "arreglos".

En ese verano de 1926, la Iglesia decidió suspender el culto en los templos como respuesta a la Ley Calles, que, efectivamente, era inaceptable para quien tenía la responsabilidad del gobierno de los católicos mexicanos. Entre otros puntos, la Ley establecía que ningún sacerdote podía oficiar sin haber sido previamente registrado en la Secretaría del Gobierno federal, regional e incluso municipal. Para entender la peligrosidad de esta disposición hay que tener presente que la Ley Calles llegó un año después del intento de cisma promovido por el Gobierno. Por eso Roma prohibió a los obispos mexicanos acatar esa Ley.

La Cristiada fue una guerra que llegó a movilizar cincuenta mil combatientes, apoyados por todo un pueblo. Emiliano Zapata no tuvo más de diez mil hombres; Pancho Villa, veinte mil en su apogeo; ambos son mundialmente famosos; los cristeros, no, que son comparables a los campesinos católicos de la Vandea, a esos "chuanes" que la Revolución Francesa no pudo vencer. Napoleón tuvo que hacer la paz con la Iglesia para desarmarlos. Le pasó lo mismo a los gobiernos anticlericales de la Revolución Mexicana. En 1929, con mediación internacional, se concluyen los "arreglos", se restablece el culto y los cristeros se van a su casa. Pero en 1931-1932, un rebote anticlerical desata una verdadera persecución religiosa (condenada por la Liga de las Naciones) que provoca una segunda guerrilla católica (prohibida por la Iglesia). Le toca al presidente Lázaro Cárdenas el papel pacificador de Napoleón: en 1938, el conflicto religioso termina de manera definitiva.
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Jean Meyer. Artículo publicado en revista Criterio

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WebJCP | Abril 2007