Por Mons. Garachana
Mañana, día 16 de julio, celebramos los misioneros claretianos 160 años de existencia de la Congregación, fundada por San Antonio María Claret. Me vienen a la memoria mis 13 años de formador de jóvenes misioneros y compruebo que se hace realidad la enseñanza de mi padre: “hijo, todo lo que se aprende sirve en algún momento de la vida”. Ahora valoro muy positivamente esos años que me han preparado para ser un obispo preocupado, sensible y solícito por las vocaciones sacerdotales diocesanas y por su formación.Y no es que los comienzos los viviera con mucho entusiasmo. Les cuento la razón. Después de tres años de misionero en la parroquia sampedrana de Ntra. Sra. de Guadalupe fui de vacaciones a España. Me faltaba una semana para regresar. Estaba contento. Durante los tres años de coadjutor me entregué con ganas al trabajo pastoral, tanto que el P. Cruz Ripa, que me quiso como un padre, me decía: “Ángel, que te vas a “quemar”, que el trópico consume mucho”. Y yo le respondí: “Padre Ripa, cuando vea que no como, o no duermo, o no rezo me ata a la pata de la cama. Pero, mientras eso no ocurra, déjeme trabajar”.
Pero no regresé. “Me quedaron” en España como formador de los jóvenes misioneros claretianos, con alegría de mis padres, de muchos claretianos pero con gran disgusto mío y de Mons. Jaime Brufau. Qué cara tendría que al llegara a casa mi madre me mira y me dice: “pero ¿qué te pasa, hijo?” “Que me quedo en España, madre”. Y entonces mi padre, todo contento, exclamó: “¡Qué buena noticia!, alegra esa cara, hijo”.
Y así, en el mes de octubre de 1975 llegaba al Seminario Mayor y Estudio Teológico Claretiano de Colmenar Viejo (Madrid). Me iniciaba como formador o prefecto de los jóvenes claretianos profesos que se adentraban en el campo de los estudios filosóficos.
Cuando me pidieron quedarme en España como formador me dijeron los compañeros que me sonsacaron el “sí” que era por un año. Pero se olvidaron de añadir “tras otro”, “un año tras otro”. Y así llegaron a ser trece años: formador de los seminaristas claretianos de filosofía, de teología, maestro de novicios, rector del teologado.
Los superiores, para animarme, me citaban las palabras que recogen las Constituciones de la Congregación: “El cargo de Prefecto o Formador es muy importante por su fin y por sus consecuencias. Pues si la conversión de un pecador es una obra grandemente meritoria, cuánto más lo será la formación de ministros idóneos que, a su debido tiempo, serán como instrumento de la salvación de muchos” (Constituciones de los C.M.F., n.77).
Y los seminaristas bromeaban conmigo comentando que les había dicho el P. Provincial que me ponía de formador porque tenía la “FEA”: Fuerte Experiencia Apostólica.
Acompañar el proceso formativo de los jóvenes misioneros claretianos me sirvió para formarme a mí mismo, para madurar y crecer como persona, como cristiano y como claretiano presbítero. La relación personal y comunitaria que se establece es tan cercana y tan comprometedora que no puede vivirse como mera función. Hay que volcarse a si mismo en los consejos y en las enseñanzas. No podía aconsejar una oración prolongada y no orar yo. No podía animar una entrega generosa y andar yo en flojedad y tibieza. Me gritaba el alma sino era coherente.
Otra gracia especialísima de los años de formador fue la posibilidad de profundizar en el carisma y misión claretiana. ¿Cómo formar misioneros sin conocer al Fundador, la historia de la Congregación, las Constituciones, los documentos del postconcilio, el espíritu y las opciones misioneras? ¿Y cómo conocer sapiencialmente sin vivirlo, aunque fuese en medio de fragilidades y deficiencias? Los años de formador fueron para mi escuela de “claretianidad” y fragua de amor misionero.







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