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lunes, 20 de julio de 2009

El dinero, sin alma, un grifo roto

La Iglesia ante la crisis económica
Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Publicado por Alfa y Omega

La preocupación por el dinero atenaza la vida de muchas personas y muchas familias, sobre todo en este tiempo de crisis económica. Ante ello, la Iglesia propone no perder de vista que el hombre es mucho más que un trabajador en paro o agobiado por las deudas, y que hay otra forma de llevar la empresa y las finanzas, más humana, más solidaria y más libre

Desde que, al crecer, nos vamos dando cuenta del valor del dinero, sufrimos el bombardeo sistemático de dos grandes mentiras: la que nos reduce a meros trabajadores -una pieza más en la máquina- y la que nos afirma como simples consumidores y nos manda al mercado a gastar y comprar. Son dos falacias que han ido construyendo una sociedad asentada únicamente sobre lo material y que centran la mirada únicamente en el dinero: el que no lo tiene, porque lo quiere; y el que lo tiene, porque todavía quiere más. ¿El límite? No hay límite, porque nunca se tiene suficiente de lo que, en el fondo del corazón, no sacia. Frente a ello, la Iglesia siempre ha custodiado la libertad de la persona frente a los bienes, y siempre ha defendido que el hombre es más, mucho más, y que, si levanta los ojos de la mesa donde cuenta el dinero que tiene y el que le falta, descubre una realidad mucho más gratificante: la libertad.

«Al final, el dinero sólo sirve para dos cosas: para gastarlo con los amigos y para dárselo a los pobres»: lo decía un sacerdote en una reunión de amigos, al debatir si el dinero es importante o no. Y es que, al final, el dinero es sólo eso: dinero. De los riesgos de absolutizar lo que en realidad es relativo habló recientemente el Papa en una de sus últimas Audiencias generales, explicando que la actual crisis económica mundial «ha nacido de la raíz de la codicia». Así, presentó al monje Ambrosio Autperto, que vivió en el siglo VIII y que, según Benedicto XVI, «opuso a la codicia el desprecio del mundo, que no es un desprecio de la belleza y de la bondad de la creación, sino un desprecio de la falsa visión del mundo presentada e insinuada por la codicia. Ésta insinúa que el tener sería el sumo valor de nuestro ser y de nuestro vivir en el mundo. Y, así, falsifica la creación del mundo y lo destruye».

El destino universal de los bienes

Don Joan Costa, teólogo y experto en doctrina social de la Iglesia, afirma que la crisis económica ha puesto de manifiesto «una mala comprensión del hombre, de sus aspiraciones y su finalidad, lo que lleva al egoísmo y la avaricia. Hay una ideología detrás de los presupuestos económicos de hoy: la sed de poder y el afán de lucro. Esto es un error. La Iglesia ofrece al mundo una visión del hombre distinta, conforme a Dios que nos ha pensado, basada en principios morales, como la preocupación por el bien común, la participación de todos en la vida social, y algo muy importante que debemos recordar todos, incluidos los mismos cristianos: el destino universal de los bienes. Y es que Dios ha dado los bienes de la tierra para el usufructo por parte de todos. Esto es importante para comprender qué es la propiedad, su origen y su destino. Pablo VI decía que, cuando se construye un mundo al margen de Dios, en realidad se construye un mundo contra el hombre. Todo esto nos ayuda a concretar cómo actuar en la vida social y económica».
A la hora de llevar todos estos principios a la práctica, Joan Costa analiza la responsabilidad de los políticos -«han de hacer un buen uso del dinero público y trabajar por la sociedad»- y de los economistas -«deben tener presente que el fin de la empresa no es ganar dinero, sino buscar el bien de sus empleados y de la sociedad»-. Y es que, al final, «los beneficios son sólo un indicador de la buena marcha de la empresa, pero no su fin último. Hay que tomar conciencia de que hay un umbral de humanidad en torno al cual hay que articular la sociedad. La economía debe dar respuesta a lo que es el hombre. El ser humano es el origen, sujeto y fin de toda actividad económica. Toda economía que no tenga como fin el bien de las personas está condenada al fracaso».
No han sido pocas las voces que han ido más allá de señalar a la falta de ética como causa de la crisis económica, y han apuntado a un exceso de regulación de los mercados financieros como catalizador de la recesión. Don Alex Gisbert, economista y profesor de la Universidad Abat Oliva CEU, afirma que «el sistema capitalista siempre ha sufrido estas crisis. En Egipto ya se producían, si bien en un entorno agrícola, y ahora ha habido fallos de política económica, pero lo que es cierto es que, históricamente, cuando ciertos valores -que son los que propone la Iglesia- se dejan de lado, las injusticias se agravan.

Por eso, la codicia y la avaricia tiran por la borda los valores de esfuerzo, de ahorro, de trabajo..., y agravan un problema que quizá en su origen tuviera que ver con una mala regulación de los mercados». Los discursos oficiales eran correctos, pero la praxis ha demostrado que, en realidad, se hacía lo contrario de lo que se decía: «No es incompatible el mundo de la economía con la ética- señala Gisbert-; el problema, en realidad, viene cuando los disociamos. Si olvidamos los valores en la gestión económica, las consecuencias son terribles. Tirar por la borda los valores que defiende la Iglesia ha multiplicado el coste social que tienen que pagar las familias, las empresas y toda la sociedad». Pero, en tiempos de crisis, la gente busca faros, y por eso este economista apunta que «hoy la Iglesia tiene mucho que ofrecer. A veces, confiamos en referentes políticos o económicos, como Obama o el FMI, y nos hemos olvidado de un tesoro enorme que tenemos en la Iglesia».
Este tesoro de la doctrina social de la Iglesia se complementa con la labor caritativa que realiza desde su mismo nacimiento. Gisbert señala una paradoja: «¡Qué curioso! Durante los años de bonanza, existía un cierto menosprecio a la labor de la Iglesia a través de Cáritas, recibiendo acusaciones de asistencialismo y de impedir el avance social de las personas; y ahora, con la crisis, que lo resuelva todo Cáritas. Afortunadamente, la Iglesia jamás se esconderá y dejará de hacer esta labor en beneficio de los más pobres. Es como si el Estado del bienestar se hubiera roto por una mala gestión, y es admirable cómo Cáritas ha constituido esa última red en la que encuentran sustento tantas personas».
Recientemente, en el Congreso La Iglesia y la crisis económica, organizado por la Universidad Abat Oliva CEU, el Vicesecretario del Consejo Pontificio para los Laicos, don Guzmán Carriquiry, recogiendo lo sustancial de la última encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate, defendió la necesidad de «repensar el significado de la economía. El Papa dice que hay un déficit de ética en las estructuras económicas, pero no cae en críticas moralistas. Va más allá, al decir que hay que replantear el sentido mismo de la economía. La crisis es una gran oportunidad para una revisión crítica, es una circunstancia providencial, si saber ser leída y superada». De momento, al Iglesia lleva dos mil años de delantera no sólo en actividad caritativa, sino también en el diagnóstico y la solución.

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WebJCP | Abril 2007