Por Clemente Sobrado cp
En las pasadas Navidades recibí, por correo electrónico, una serie de felicitaciones. La mayoría de ellas rompían ese esquema bucólico que suele tener la Navidad, casi todos eran sobre las condiciones de pobreza y de gente que vive en situaciones de falta de humanidad. Lo cual me hizo pensar en dos cosas. Por una parte, esa triste realidad de gran parte de la humanidad que vive en condiciones infrahumanas y, por otra parte, pensaba ¿será que la gente está cambiando de sensibilidad? ¿Será que la gente está tomando conciencia de aquellos que carecen de pan en la mesa?
Me viene este recuerdo ahora que acabo de leer el texto del Evangelio de esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, que en la Ultima Cena se encarna en un pedazo de pan y lo da diciendo que “tomen y coman porque es su Cuerpo”. La Eucaristía no es solo comer un pedazo de pan, es recibir el mismo Cuerpo de Cristo que se da, se entrega por nosotros.
Comulgar ese Cuerpo es identificarnos con los mismos sentimientos de Cristo. Comulgar no es solo “recibir la comunión”, sino ponernos nosotros en comunión con los demás, hacernos nosotros mismos pan para los demás. La Comunión no es solamente sentir que tenemos que dar algo de lo que nos sobra, sino darnos a nosotros mismo a los demás, sobre todo a quienes más nos necesitan.
Fácilmente comulgamos y nos quedamos todos ensimismados en la experiencia de Jesús en nosotros, pero nos olvidamos que el “pan que comemos” es el sacramento del Crucificado que fue capaz de entregar y dar su vida por todos los hombres. Por eso el Sacerdote cuando consagra dice “haced esto en memoria mía”. No solo haciendo memoria mental, sino realizando lo que él realizó por nosotros.
La Eucaristía es presencia de Jesús en medio de nosotros.
Comulgar es hacernos presentes en medio de los hombres y de todos los hombres.
La Eucaristía es darse.
Comulgar es darnos, entregarnos a favor de los hermanos, luchando por su causa y ayudándolo a ser cada día más personas y más humanos y a vivir una vida más humana.
Por eso mismo, comulgar no es solo algo que hacemos en la Iglesia, sino algo que luego tenemos que vivir a lo largo del día. Vivir la presencia de Dios en nosotros y vivir nuestra presencia en los demás es vivir la comunión de Dios con nosotros y es hacernos comunión con todo el resto de los hombres.
La iniciativa surge de los mismos Discípulos: ¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua? ¿Dónde la quieres celebrar esta vez? Nosotros pudiéramos preguntarle a Jesús: ¿Dónde quieres que celebremos la Eucaristía hoy? ¿Dónde quieres que comulguemos hoy? Cierto que nos dirá que asistamos a la Misa dominical y si podemos también durante la semana, pero ¿no nos dirá que comulguemos a todos aquellos que tenemos a nuestro lado o con aquellos que hace tiempo ya no comulgamos con ellos porque vivimos enemistados?
La Eucaristía es un sacramento personal, pero también comunitario. Por eso se nos pide participar en la Misa dominical. Pero la Eucaristía no puede quedarse en la Iglesia. Lo que Jesús anunció en la Ultima Cena luego lo vivió, lo celebró en la calle, en la vida entre los hombres hasta celebrarlo en la Cruz, entregando su vida por los demás.
No basta la Eucaristía en la Iglesia. Ahí es fácil comulgar. Es cuestión de acercarse y recibirle a Él, pero luego tiene que implicar algo más:
Acercarse a aquel que tengo a mi lado y que vive en soledad.
Acercarse a aquel con quien no me hablo hace tiempo porque me ofendió.
Acercarme a aquel con quien no me trato porque me cae mal.
Acercarme a aquel que sé que necesita de mi palabra, de mi pan y de mi compañía.
¿Dónde celebrar hoy la Eucaristía? En la familia, en el trabajo, en la calle siendo más comprensivo con los demás. En el grupo de amistad que también necesita de Él, en el mundo de la diversión a donde posiblemente hace tiempo nadie le invita. La Eucaristía comienza por ser granos que nosotros sembramos y termina en ser pan de comunión para todos. Hay una canción que suelen cantar sobre todos los niños: “La Misa no termina en la Iglesia, ahora la empezamos a vivir. Porque en la vida cada día, recordaremos lo que aquí hemos vivido y aprendido a compartir..." y no termina porque tiene que prolongarse ahora en la vida.
El título lo leí en Vida Nueva y me resultó curioso porque todos decimos que “cada uno elige su futuro”. Luego vi que la frase era de Sartre y me di cuenta que la frase no terminaba ahí, sino que decía “que cada cual debe decidir qué parte de su pasado desea mantener presente, es decir, actuando sobre la vida personal y grupal, proyectada y elegida”.
Esta experiencia la vivo a diario porque, de ordinario, la gente elige siempre lo peor de su pasado. Sólo recuerda lo malo que hizo, los fracasos que tuvo, y los malos recuerdos del ayer. Esto, claro está, nos impide mirar hacia delante. ¿Es que en tu pasado solo ha habido cosas malas? ¿Es que sólo ha habido pecado? Todos tenemos muchos huecos negros en nuestro pasado. Hay pecado, pero cuánta gracia también. Hay maldad, pero cuántas cosas buenas y cuanta bondad posiblemente olvidada.
Es preciso que sepamos elegir nuestros recuerdos, no sólo los malos. También los buenos, también aquellos en los que nuestro corazón ha tenido rasgos de generosidad.
Tal vez esta sea la diferencia entre nosotros y Dios. Dios olvida nuestras maldades y recuerda nuestras bondades. ¿No nos dice Él “echaré tus pecados a mi espalda y al fondo del mar"?
¿Por qué hemos de vivir cargadas nuestras espaldas con todo lo negativo que hicimos si pudiéramos vivir ilusionados recordando todo lo bueno que hemos sembrado, que estoy seguro es mucho más que lo malo? Nadie puede construir sobre los malos recuerdos, pero sí podemos crear un futuro maravilloso recordando aquellos buenos recuerdos que aún siguen dándonos vida. Nuestro futuro depende de lo que recordamos, nuestra felicidad depende de nuestros recuerdos. No seamos masoquistas recordando solo lo malo, que hay mucho de bueno detrás de cada uno de nosotros.
Hablamos demasiado. Todos queremos imponer nuestras ideas, políticas, económicas y religiosas. Entonces uno se pregunta por qué los jóvenes de hoy no nos escuchan. Estoy en total acuerdo con el Cardenal Martini cuando afirma que si queremos que nuestros jóvenes nos escuchen a los mayores, hemos de comenzar nosotros por escucharles a ellos porque solo quien escucha tiene derecho a ser escuchado.
Los padres no solucionarán el problema de sus hijos con órdenes y mandatos.
Los sacerdotes no solucionaremos el problema de nuestras parroquias simplemente con reprimendas, quejas y lamentos.
La Iglesia no será escuchada por muchos documentos que publique. Todos tendremos que comenzar por escuchar al otro. Escuchar lo que piensa. Escuchar lo que sueña. Escuchar sus necesidades. Escuchar sus penas y alegrías. Escuchar sus esperanzas y desesperanzas. Si la Iglesia quiere ser escuchada, ha de comenzar por escuchar a los hombres.
Escuchar es estar dispuestos a que se nos pregunte, a que se nos critique. Cuando los jóvenes nos critican, como cuando nosotros criticamos a otros, estamos expresando un descontento y el deseo de que las cosas cambien. Lo peor que nos puede suceder en la sociedad, e incluso en las comunidades eclesiales, es el aplauso en vez de la crítica que nos obligue a repensar lo que estamos haciendo. La crítica no es mala. La crítica, si sabemos escucharla, puede ser un motivo para replantearnos a nosotros mismos y nuestra educación y nuestra predicación y nuestra enseñanza porque, al fin y al cabo, no somos los únicos que tenemos la verdad, ni somos los únicos que pensamos. Los demás también piensan y también tienen sus sentimientos y su modo de ver. ¿No decimos que más ven dos ojos que uno?
El Cardenal Martini en su libro “Coloquios nocturnos en Jerusalén” nos dice: “Sí, quiero una Iglesia abierta, una Iglesia cuyas puertas estén abiertas a la juventud, una Iglesia que dirija su mirada hacia un horizonte más amplio. La Iglesia no se hará atractiva por adaptación ni por ofrecimientos tibios. Yo confío en la palabra radical de Jesús, esa palabra que nosotros tenemos que traducir a nuestro mundo como ayuda para la vida, como Buena Noticia que Jesús quiere traer. Traducirla no significa hacerla “inofensiva”. A través de nuestra vida, con el coraje de prestar oídos a la palabra y de dar testimonio de ella, la palabra de Jesús tiene que mostrar su perfil de actualidad. Jesús quiere aliviar a los cansados y agobiados, quiere señalar a los ricos sus posibilidades y oponerse a los injustos.” (pág.168-169)
Lo dice una de las grandes figuras de la Iglesia, un Cardenal que sonaba para Papa. Una Iglesia abierta y no encerrada sobre sí misma. Una Iglesia que no se ganará la simpatía de los jóvenes con parches y remiendos o con ofrecimientos tibios, sino una Iglesia que toma en serio la palabra de Jesús y es capaz de hacerla Buena Noticia para el hombre de Dios.
Hay que traducir la palabra de Dios para que la pueda leer el hombre de hoy, pero sin hacer “traducciones tibias” como quien no quiere molestar a los demás. Una Palabra de Dios que no duele, que no hiere por dentro, que no inquieta y molesta, es una palabra mal traducida. Es posible que también la Iglesia de hoy existan demasiados “cansados” de escuchar siempre lo mismo. Y es posible existan demasiados “agobiados” que no encuentran respuesta a sus problemas entre nosotros. Quisiera asumir mi responsabilidad en lo que a mí me toca, que no es poco. Esto lo reconocieron los Obispos en su Documento Aparecida y que por eso abandonan la Iglesia y se van a las Sectas. Necesitamos una Iglesia y unos cristianos despiertos y no sesteando dormidos.
Me viene este recuerdo ahora que acabo de leer el texto del Evangelio de esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, que en la Ultima Cena se encarna en un pedazo de pan y lo da diciendo que “tomen y coman porque es su Cuerpo”. La Eucaristía no es solo comer un pedazo de pan, es recibir el mismo Cuerpo de Cristo que se da, se entrega por nosotros.
Comulgar ese Cuerpo es identificarnos con los mismos sentimientos de Cristo. Comulgar no es solo “recibir la comunión”, sino ponernos nosotros en comunión con los demás, hacernos nosotros mismos pan para los demás. La Comunión no es solamente sentir que tenemos que dar algo de lo que nos sobra, sino darnos a nosotros mismo a los demás, sobre todo a quienes más nos necesitan.
Fácilmente comulgamos y nos quedamos todos ensimismados en la experiencia de Jesús en nosotros, pero nos olvidamos que el “pan que comemos” es el sacramento del Crucificado que fue capaz de entregar y dar su vida por todos los hombres. Por eso el Sacerdote cuando consagra dice “haced esto en memoria mía”. No solo haciendo memoria mental, sino realizando lo que él realizó por nosotros.
La Eucaristía es presencia de Jesús en medio de nosotros.
Comulgar es hacernos presentes en medio de los hombres y de todos los hombres.
La Eucaristía es darse.
Comulgar es darnos, entregarnos a favor de los hermanos, luchando por su causa y ayudándolo a ser cada día más personas y más humanos y a vivir una vida más humana.
Por eso mismo, comulgar no es solo algo que hacemos en la Iglesia, sino algo que luego tenemos que vivir a lo largo del día. Vivir la presencia de Dios en nosotros y vivir nuestra presencia en los demás es vivir la comunión de Dios con nosotros y es hacernos comunión con todo el resto de los hombres.
“¿DÓNDE QUIERES QUE TE PREPAREMOS LA PASCUA?”
La iniciativa surge de los mismos Discípulos: ¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua? ¿Dónde la quieres celebrar esta vez? Nosotros pudiéramos preguntarle a Jesús: ¿Dónde quieres que celebremos la Eucaristía hoy? ¿Dónde quieres que comulguemos hoy? Cierto que nos dirá que asistamos a la Misa dominical y si podemos también durante la semana, pero ¿no nos dirá que comulguemos a todos aquellos que tenemos a nuestro lado o con aquellos que hace tiempo ya no comulgamos con ellos porque vivimos enemistados?
La Eucaristía es un sacramento personal, pero también comunitario. Por eso se nos pide participar en la Misa dominical. Pero la Eucaristía no puede quedarse en la Iglesia. Lo que Jesús anunció en la Ultima Cena luego lo vivió, lo celebró en la calle, en la vida entre los hombres hasta celebrarlo en la Cruz, entregando su vida por los demás.
No basta la Eucaristía en la Iglesia. Ahí es fácil comulgar. Es cuestión de acercarse y recibirle a Él, pero luego tiene que implicar algo más:
Acercarse a aquel que tengo a mi lado y que vive en soledad.
Acercarse a aquel con quien no me hablo hace tiempo porque me ofendió.
Acercarme a aquel con quien no me trato porque me cae mal.
Acercarme a aquel que sé que necesita de mi palabra, de mi pan y de mi compañía.
¿Dónde celebrar hoy la Eucaristía? En la familia, en el trabajo, en la calle siendo más comprensivo con los demás. En el grupo de amistad que también necesita de Él, en el mundo de la diversión a donde posiblemente hace tiempo nadie le invita. La Eucaristía comienza por ser granos que nosotros sembramos y termina en ser pan de comunión para todos. Hay una canción que suelen cantar sobre todos los niños: “La Misa no termina en la Iglesia, ahora la empezamos a vivir. Porque en la vida cada día, recordaremos lo que aquí hemos vivido y aprendido a compartir..." y no termina porque tiene que prolongarse ahora en la vida.
“CADA UNO ELIGE SU PASADO”
El título lo leí en Vida Nueva y me resultó curioso porque todos decimos que “cada uno elige su futuro”. Luego vi que la frase era de Sartre y me di cuenta que la frase no terminaba ahí, sino que decía “que cada cual debe decidir qué parte de su pasado desea mantener presente, es decir, actuando sobre la vida personal y grupal, proyectada y elegida”.
Esta experiencia la vivo a diario porque, de ordinario, la gente elige siempre lo peor de su pasado. Sólo recuerda lo malo que hizo, los fracasos que tuvo, y los malos recuerdos del ayer. Esto, claro está, nos impide mirar hacia delante. ¿Es que en tu pasado solo ha habido cosas malas? ¿Es que sólo ha habido pecado? Todos tenemos muchos huecos negros en nuestro pasado. Hay pecado, pero cuánta gracia también. Hay maldad, pero cuántas cosas buenas y cuanta bondad posiblemente olvidada.
Es preciso que sepamos elegir nuestros recuerdos, no sólo los malos. También los buenos, también aquellos en los que nuestro corazón ha tenido rasgos de generosidad.
Tal vez esta sea la diferencia entre nosotros y Dios. Dios olvida nuestras maldades y recuerda nuestras bondades. ¿No nos dice Él “echaré tus pecados a mi espalda y al fondo del mar"?
¿Por qué hemos de vivir cargadas nuestras espaldas con todo lo negativo que hicimos si pudiéramos vivir ilusionados recordando todo lo bueno que hemos sembrado, que estoy seguro es mucho más que lo malo? Nadie puede construir sobre los malos recuerdos, pero sí podemos crear un futuro maravilloso recordando aquellos buenos recuerdos que aún siguen dándonos vida. Nuestro futuro depende de lo que recordamos, nuestra felicidad depende de nuestros recuerdos. No seamos masoquistas recordando solo lo malo, que hay mucho de bueno detrás de cada uno de nosotros.
ESCUCHAR ES EL PROBLEMA
Hablamos demasiado. Todos queremos imponer nuestras ideas, políticas, económicas y religiosas. Entonces uno se pregunta por qué los jóvenes de hoy no nos escuchan. Estoy en total acuerdo con el Cardenal Martini cuando afirma que si queremos que nuestros jóvenes nos escuchen a los mayores, hemos de comenzar nosotros por escucharles a ellos porque solo quien escucha tiene derecho a ser escuchado.
Los padres no solucionarán el problema de sus hijos con órdenes y mandatos.
Los sacerdotes no solucionaremos el problema de nuestras parroquias simplemente con reprimendas, quejas y lamentos.
La Iglesia no será escuchada por muchos documentos que publique. Todos tendremos que comenzar por escuchar al otro. Escuchar lo que piensa. Escuchar lo que sueña. Escuchar sus necesidades. Escuchar sus penas y alegrías. Escuchar sus esperanzas y desesperanzas. Si la Iglesia quiere ser escuchada, ha de comenzar por escuchar a los hombres.
Escuchar es estar dispuestos a que se nos pregunte, a que se nos critique. Cuando los jóvenes nos critican, como cuando nosotros criticamos a otros, estamos expresando un descontento y el deseo de que las cosas cambien. Lo peor que nos puede suceder en la sociedad, e incluso en las comunidades eclesiales, es el aplauso en vez de la crítica que nos obligue a repensar lo que estamos haciendo. La crítica no es mala. La crítica, si sabemos escucharla, puede ser un motivo para replantearnos a nosotros mismos y nuestra educación y nuestra predicación y nuestra enseñanza porque, al fin y al cabo, no somos los únicos que tenemos la verdad, ni somos los únicos que pensamos. Los demás también piensan y también tienen sus sentimientos y su modo de ver. ¿No decimos que más ven dos ojos que uno?
UNA IGLESIA ABIERTA
El Cardenal Martini en su libro “Coloquios nocturnos en Jerusalén” nos dice: “Sí, quiero una Iglesia abierta, una Iglesia cuyas puertas estén abiertas a la juventud, una Iglesia que dirija su mirada hacia un horizonte más amplio. La Iglesia no se hará atractiva por adaptación ni por ofrecimientos tibios. Yo confío en la palabra radical de Jesús, esa palabra que nosotros tenemos que traducir a nuestro mundo como ayuda para la vida, como Buena Noticia que Jesús quiere traer. Traducirla no significa hacerla “inofensiva”. A través de nuestra vida, con el coraje de prestar oídos a la palabra y de dar testimonio de ella, la palabra de Jesús tiene que mostrar su perfil de actualidad. Jesús quiere aliviar a los cansados y agobiados, quiere señalar a los ricos sus posibilidades y oponerse a los injustos.” (pág.168-169)
Lo dice una de las grandes figuras de la Iglesia, un Cardenal que sonaba para Papa. Una Iglesia abierta y no encerrada sobre sí misma. Una Iglesia que no se ganará la simpatía de los jóvenes con parches y remiendos o con ofrecimientos tibios, sino una Iglesia que toma en serio la palabra de Jesús y es capaz de hacerla Buena Noticia para el hombre de Dios.
Hay que traducir la palabra de Dios para que la pueda leer el hombre de hoy, pero sin hacer “traducciones tibias” como quien no quiere molestar a los demás. Una Palabra de Dios que no duele, que no hiere por dentro, que no inquieta y molesta, es una palabra mal traducida. Es posible que también la Iglesia de hoy existan demasiados “cansados” de escuchar siempre lo mismo. Y es posible existan demasiados “agobiados” que no encuentran respuesta a sus problemas entre nosotros. Quisiera asumir mi responsabilidad en lo que a mí me toca, que no es poco. Esto lo reconocieron los Obispos en su Documento Aparecida y que por eso abandonan la Iglesia y se van a las Sectas. Necesitamos una Iglesia y unos cristianos despiertos y no sesteando dormidos.








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