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martes, 23 de junio de 2009

Oración y misión


Publicado por Mirada Global
Por Silvano Fausti, S.J.

Roma / Religión – No basta amar al Señor para ser sus colaboradores. Puedo amarlo y trabajar en contra de Él. Así lo hizo Pedro, al que Jesús llama "Satanás". En efecto, rechaza la cruz, presume ser mejor que los otros y usa las armas del enemigo para defenderlo (Mc 8, 31-33; 14, 28-31, 47). También Santiago y Juan, por "amor", como los cruzados de todos los tiempos, quieren exterminar a los que Jesús quiere salvar (Lc 9, 51ss). Y luchan por los primeros puestos, como todos los demás (Mc 10, 35-45). Pelean en la Última Cena mientras Jesús está en medio de ellos como el que sirve (Lc 22, 24-27). ¿Qué hacer para no buscar, en el nombre de Dios, lo que Él detesta? ¿Cómo colaborar con Él y no con Satanás? Es trágico hacerle el juego al equipo adversario con el buen deseo de portar la camiseta de Jesús. Soy "adecuado para el Reino de Dios" cuando deseo, quiero y suplico al Señor tener un amor tan grande hacia Él que me quite mis afectos desordenados. Solo así, libre del poseer cosas, personas y a Dios mismo, puedo seguir al Hijo por el camino de la entrega, el servicio y la confianza (Lc 9, 57-62). El principio de la misión y su fin: la oración. La oración y comunión con el Señor: nos trasforma en Él y nos habilita a testimoniarlo.

"Supliquen" — Supliquen y pidan lo que necesitan. "Deprecar" (orar) es pariente de "precario": rezo para tener aquello que solo el otro me puede dar. La oración expresa el deseo, única condición para obtener el don. El amor, como cada relación, es don del otro: no me lo puedo dar yo mismo. Dios es amor infinito: yo, necesitado de amor infinito, recibo en la medida en que lo deseo. En las cosas esenciales —tierra, agua, luz, aire, vida y amor— soy "precario": puedo solo recibirlas. Mi propio yo me viene del otro: no me he hecho a mí mismo. La oración, en cuanto deseo, no tiene un objeto específico. Es como el hambre: desea el alimento, pero no lo produce ni distingue el bueno del venenoso. Solo sé qué comer, por la experiencia de otros. Como en todo, también en la oración aprendo qué desear, para recibir lo que me da vida y no muerte. La misma Palabra me sugiere qué pedir. Incluso Jesús, antes de iniciar su ministerio, pasó cuarenta días en el desierto para aprender de la Palabra qué hacer y qué no hacer, qué comer o no comer. También antes del llamado a los Doce y del discurso de las bienaventuranzas, Jesús pasó la noche en oración (Lc 6, 12ss). Los discípulos son enviados a los otros en la medida en que "están con Él" (Mc 3,14), unidos a Él como el sarmiento a la vid (Jn 15, 1ss). Si no, no dan fruto. Por eso los apóstoles, cuando tienen muchas cosas que hacer, entienden que deben dejarlas a otros para dedicarse a la oración y a la Palabra (Hch 6, 4). También Moisés, guía del pueblo hacia la libertad, en la primera lucha decisiva permanece sobre el monte con los brazos levantados. Solo así el pueblo vence a los enemigos, imagen del mal que está en nosotros (Ex 17, 1ss).

"Entonces" — Para llegar a ser obrero, colaborador de Jesús, la oración es el "entonces". Por eso los discípulos pedirán a Jesús: "Enséñanos a orar" (Lc 11, 1ss). A rezar como lo hace Él, para ser como Él. Porque uno llega a ser aquello que desea ser. El que es como el Hijo puede testimoniar a los hermanos el amor del Padre.

"El Señor de la cosecha que envíe obreros para su cosecha" — Es obra e interés del "Señor de la cosecha" tener colaboradores: la cosecha no es nuestra, sino "suya". Para llegar a ser sus obreros debemos ser apartados del egoísmo, sacados de nuestra avidez de poseer, de tener poder y de aparecer. Así podremos colaborar con Él, porque seremos como Él: amor que se entrega y sirve con humildad. De otra manera, donde vayamos, aún con buenas intenciones, trabajaremos en realidad contra Él.
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Silvano Fausti, S.J. Biblista y escritor. Publicado en revista Popoli, marzo 2009: www.popoli.info y en revista Mensaje, mayo 2008, www.Mensaje.cl

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