A mí los héroes: Misionero de la blancura nevada de Alaska
P. Alejandro Cuervo-Arango, jesuita
Misioneros Extremo Oriente, s.j.
Publicado por Caminos de Misión
P. Alejandro Cuervo-Arango, jesuita
Misioneros Extremo Oriente, s.j.
Publicado por Caminos de Misión

Hace 20 años que murió, pero nuestro misionero apenas necesita presentación. Muchos de nuestros lectores de hoy todavía recordarán los jugosos artículos que regularmente escribía el P. Llorente en la revista “El Siglo de las Misiones”. ¡Cuántos lectores abrían la revista por el final para empezar a leerla precisamente por el artículo del P. Llorente! Gracias a él, a sus cartas y artículos, nombres tan extraños para españoles y sudamericanos, como Fairbanks, Anchorage, Akulurak y Kotzebue, por citar sólo unos cuantos, se hicieron nombres familiares en muchos hogares cristianos —y en no pocos Seminarios—.
Todo empezó cuando el papa Pio XI anunció que Alaska era la Misión más heroica en la Iglesia de entonces. Y el P. Llorente que tenía vocación de héroe, pidió a sus Superiores que le destinaran a la Misión que los jesuitas tenían en Alaska. Desde entonces, su sueño era morir perdido en la blancura inmensa de Alaska, tumbado en su trineo de misionero y teniendo a Dios por único testigo.
El distrito misionero de Kotzebue era más extenso que Francia; con un total de 5.000 habitantes nada más, y temperaturas que bajaban hasta 63º bajo cero. Esta fue una de las Parroquias del P. Llorente.
Una noche cerrada, en la que nevaba copiosamente y estaba perdido en la soledad del círculo polar, el P. Llorente casi alcanza el romántico sueño de su juventud. Había viajado en el trineo durante horas y horas sin saber a ciencia cierta hacia dónde iba. Los perros estaban agotados y apenas tiraban. El P. Llorente empezó a encomendar su alma a Dios. El frío ya le llegaba a los huesos y parte de su cuerpo iba perdiendo la sensibilidad. De repente, los perros dieron un gruñido a coro y salieron disparados hacia la derecha. A la media hora llegaron a una cabaña en donde unos pastores esquimales estaban preparando la cena. Los perros habían olido comida y, animados por la esperanza de una buena cena, habían corrido cada vez más deprisa. Ellos no lo sabían, pero acababan de salvar la vida del misionero.
Aunque parezca paradójico, el P. Llorente seguramente hizo mayor labor misionera en España y Sudamérica que en Alaska. En Alaska su tarea misionera era más bien de testimonio. Su presencia y su simpatía le hacían un misionero ideal (“Primer riente” en lugar de Segundo Llorente, escribió alguna vez que quería ser). Pero el P. Llorente tenía mucho tiempo libre y, sobre todo, un gran talento para escribir. Era un gran contador de historias a las que sabía dar dramatismo, colorido y emoción. Los miles de artículos y de cartas que escribió le hicieron llegar a ser el misionero jesuita más conocido del siglo XX.
Cuando ya pasaba de los 80 años, en su despedida de Alaska, hizo un rito simbólico. Acababa de recibir en un paquete una botella del mejor coñac. Se montó en el nieve-móvil, descorchó la botella y, según se alejaba de su casa de misionero, empezó a derramar su ardiente contenido. Era todo un símbolo de lo que había sido su vida, derramada en las nieves heladas de la inmensa Alaska.
Todo empezó cuando el papa Pio XI anunció que Alaska era la Misión más heroica en la Iglesia de entonces. Y el P. Llorente que tenía vocación de héroe, pidió a sus Superiores que le destinaran a la Misión que los jesuitas tenían en Alaska. Desde entonces, su sueño era morir perdido en la blancura inmensa de Alaska, tumbado en su trineo de misionero y teniendo a Dios por único testigo.
El distrito misionero de Kotzebue era más extenso que Francia; con un total de 5.000 habitantes nada más, y temperaturas que bajaban hasta 63º bajo cero. Esta fue una de las Parroquias del P. Llorente.
Una noche cerrada, en la que nevaba copiosamente y estaba perdido en la soledad del círculo polar, el P. Llorente casi alcanza el romántico sueño de su juventud. Había viajado en el trineo durante horas y horas sin saber a ciencia cierta hacia dónde iba. Los perros estaban agotados y apenas tiraban. El P. Llorente empezó a encomendar su alma a Dios. El frío ya le llegaba a los huesos y parte de su cuerpo iba perdiendo la sensibilidad. De repente, los perros dieron un gruñido a coro y salieron disparados hacia la derecha. A la media hora llegaron a una cabaña en donde unos pastores esquimales estaban preparando la cena. Los perros habían olido comida y, animados por la esperanza de una buena cena, habían corrido cada vez más deprisa. Ellos no lo sabían, pero acababan de salvar la vida del misionero.
Aunque parezca paradójico, el P. Llorente seguramente hizo mayor labor misionera en España y Sudamérica que en Alaska. En Alaska su tarea misionera era más bien de testimonio. Su presencia y su simpatía le hacían un misionero ideal (“Primer riente” en lugar de Segundo Llorente, escribió alguna vez que quería ser). Pero el P. Llorente tenía mucho tiempo libre y, sobre todo, un gran talento para escribir. Era un gran contador de historias a las que sabía dar dramatismo, colorido y emoción. Los miles de artículos y de cartas que escribió le hicieron llegar a ser el misionero jesuita más conocido del siglo XX.
Cuando ya pasaba de los 80 años, en su despedida de Alaska, hizo un rito simbólico. Acababa de recibir en un paquete una botella del mejor coñac. Se montó en el nieve-móvil, descorchó la botella y, según se alejaba de su casa de misionero, empezó a derramar su ardiente contenido. Era todo un símbolo de lo que había sido su vida, derramada en las nieves heladas de la inmensa Alaska.







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