Por Juan Jauregui
Monición de entrada
En nuestras celebraciones casi siempre nos detenemos más en el Evangelio. Hoy vamos a fijarnos de forma especial en la Carta de San Pablo a los Corintios.Nos dice algo que huele a comunismo. Sí, a comunismo cristiano.
Nos dirá frases como éstas:
"No se trata de aliviar a otros, pasando vosotros necesidad; se trata de nivelar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la necesidad que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá nivelación".
"Es lo que dice la Escritura: Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba". Hoy le llamamos a esto "Comunicación Cristiana de Bienes"
Saludo del sacerdote
Que el Dios del amor generoso y gratuito esté con vosotros ...
Pedimos perdón
En un breve silencio, reconozcamos ante Dios nuestra falta de amor, y de generosidad, porque no estamos dispuestos a compartir nuestras cosas con los que pasan necesidad.
* Tú, que nos das todo sin poner condiciones. Señor, ten piedad,
* Tu, que nos has entregado tu vida entera, Cristo, ten piedad.
* Tu, que nos invitas siempre a tu mesa. Señor, ten piedad
Gloria
Glorificamos a Dios por su bondad y su grandeza diciendo:
Gloria a Dios en el cielo
Escuchamos la Palabra
Las lecturas del día…
Evangelio Dialogado (Niños)
Narrador: Un día Jesús iba de un pueblo a otro rodeado de mucha gente que le apretujaba por todas partes.
Por aquel lugar vivía una mujer que llevaba doce años enferma. Se había gastado todo el dinero en médicos, pero cada vez estaba peor.
Al oír que Jesús pasaba por allí, a empujones, se metió entre la gente, pensando que, con tocarle a Jesús, se curaría.
Por fin, logró tocarle el manto. E inmediatamente notó que se había curado.
Jesús, se dio la vuelta y preguntó:
Jesús: - ¿Quién me ha tocado?
Discípulo: - Ves como te apretuja la gente por todos los lados y preguntas ¿quién me ha tocado?
Narrador: Pero Jesús seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Hasta que la mujer se acercó asustada y temblorosa. Se echó a los pies de Jesús y le confesó lo que le había pasado, cómo se
había curado. Jesús con mucho cariño le dijo a la mujer:
Jesús: - Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Palabra del Señor
Homilías
(A)
Los sencillos le pueden a Dios
Es curioso comparar en el evangelio que cuando Jesús entra en dialéctica con los sacerdotes y los jefes del templo y de los fariseos siempre sale ganando. Vence por puntos, por KO., por argumentos, por todo. Pero cuando Jesús habla con la gente sencilla, con la gente de fe, Jesús es vencido. ¡A ver qué dices tú a alguien que te dice lo de la mujer del evangelio de hoy: tienes razón; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos! Sólo se nos puede ocurrir una cosa, lo que se le ocurrió a Jesús: ¡¡Qué gran creyente eres mujer!! Me rindo. Que sea como tú crees y con la intensidad con que tú crees. Esta mujer, can anea, no israelita, no perteneciente al pueblo elegido, tiene toda la pinta de una tal María de Nazaret a quien también le dan unas contestaciones «guapas»: ¿Qué nos importa a nosotros los líos de estos dos novios y su falta de previsión de vino? ¡Allá ellos, que se las apañen, que hubieran calculado mejor! (Jn 2,4). Pero' María se contentó con decir: Haced lo que él os diga (Jn 2,5). ¡Tan segura estaba de que Jesús se complicaría en el asunto! ¡Los sencillos tienen el poder de complicar a Dios en los problemas de la gente para que eche una mano! Los sencillos también hoy nos conmueven y nos llevan a hacer cosas que no solemos hacer. Los sencillos nos meten en líos porque no tienen armas, sólo razón y bondad.
Hay que proclamarlo a todos los vientos: ¡¡Los sencillos pueden a Dios!! ¡¡Los sencillos vencen a Dios!! O, si quieres, lo podemos decir de otra manera: El Reino de Dios es de los sencillos, de los limpios de corazón, de los que creen a tope en Dios.
¿Dónde están los sencillos que tienen tanta fe y poder delante de Dios? En este caso, Jesús encuentra una mujer creyente «fuera de casa», fuera de su pueblo. La mujer era cananea. El trato de Jesús con ella comienza siendo «duro». Vamos a ponerlo en lenguaje inteligible. Le dice Jesús: «Tú no eres mi destinataria; tú no tienes derecho a recibir nada mío; tú no eres hija a la que tengo que dirigirme; hay otros antes que tú». Suena fuerte, muy fuerte. ¿Por qué esta dialéctica? ¿Se trata de un juego? No. Se trata de una gran lección. Jesús revela la profundidad de la fe: creer es reconocer que Dios es Señor: Allí donde Dios es reconocido como Señor y como Dios, allí Dios está obligado a intervenir. Sea donde sea, sea con quien sea, sin distinción de nación. Allí donde alguien pone toda su confianza en el Dios verdadero, allí Dios está manos a la obra y no se cruza de brazos. La fe mueve montañas (Mt 17,20).
Nos quedamos contemplando a esta mujer que se planta delante de Jesús y le grita su necesidad con toda el alma. Y allí obra Dios. Y nos quedamos pensando en nuestros gritos y en nuestra sensación de ausencia de Dios...
Una pista: Dios no está a nuestro lado porque no le gritamos con toda el alma como a Señor que todo lo puede. La mujer cananea lo hizo.
(B)
ANTE EL SUFRIMIENTO Y LA MUERTE
Los comentarios que oímos y los que hacemos ponen de manifiesto que los seres humanos tenemos clavadas en lo más profundo dos espinas que nos hieren: el miedo al sufrimiento y el miedo a la muerte. Con frecuencia es mayor el miedo a la enfermedad, a una larga y dolorosa enfermedad, que a la misma muerte. Jesús que vino a iluminar y a dar sentido a todas las realidades humanas, ilumina también y da sentido a estas dos cuestiones vitales.
El pasaje evangélico presenta a Jesús enfrentándose a la larga enfermedad de una mujer que lleva padeciendo hemorragias doce años (por eso se le reconoce con el nombre de la hemorroisa, es decir, la hemorrágica). El pasaje evangélico presenta también a Jesús enfrentándose a la muerte de una niña que, curiosamente, tiene, como la enfermedad de la hemorroisa, doce años.
Jesús responde a la fe de la mujer, que se acerca para tocarle sigilosamente, con el milagro de la curación. Para captar toda la fuerza del relato hay que tener presente que esta mujer, por las características de su enfermedad, era legalmente impura y, por tanto, no debía tocar a nadie porque lo volvía también impuro. Por eso, con razón se asusta cuando Jesús pregunta: "¿Quién me ha tocado?". Ella sabe que ha infringido la ley. Pero se lo pregunta no para increparla, sino para confirmarla en su curación: "Ánimo, hija, tu fe te ha salvado". Yen aquel momento quedó curada.
El relato de Marcos aporta más detalles sobre la vida de esta pobre mujer; afirma que había gastado todo lo que tenía en médicos y que, en vez de mejorar, se había puesto peor. Esta mujer busca por todos los medios y por todos los caminos la felicidad, la vida plena; sin embargo, sufre hemorragias.
Es el símbolo de todo ser humano que busca ansiosamente la plenitud de la vida y de la felicidad, y gasta sus esfuerzos y sus recursos tratando de comprársela a los dioses de este mundo. Es el ejemplo de Agustín, de Francisco Javier y de cantidad de personas, que, lejos de calmar sus ansias de vivir, ven cómo se les va la vida en hemorragias; si son sinceros, tendrán que confesar como Agustín: Nos hiciste, Señor; para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti. O, como le pregunta Javier a Ignacio de Loyola: ¿Qué es lo que queda en mí que nunca se ríe?
Sólo Dios y Jesús, ofreciendo un sentido a la vida, pueden curar esa nostalgia radical del hombre. "Yo he venido para que tengáis vida y la tengáis abundante" (Jn 10,10), Y no arrastréis vuestra existencia, para que no se desangre vuestra vitalidad con el paso del tiempo, como le pasaba a la mujer del milagro, sino para que vaya creciendo (2Co 4,16).
VIVIR LA ENFERMEDAD CON OTRO TALANTE
En nuestro caso, si estamos enfermos, o cuando lo estemos, o si tenemos sufrimientos, sabemos que la ayuda del Señor no va a consistir en liberarnos de la enfermedad, sí en darle un sentido redentor, en vivirla fecundamente. No curará nuestro cuerpo, pero sí nuestro espíritu debilitado por nuestras enfermedades espirituales y psíquicas. Nuestra fe hará milagros. Nos librará de la impaciencia, de la desesperación. Hará que nos superemos de forma asombrosa. No curará nuestras enfermedades, nuestros achaques, pero los hará llevaderos descubriéndonos la verdad de la afirmación paulina: "Todo coopera para el bien de los que aman a Dios" (Rm 8,28) e iluminándonos para dar un sentido positivo al sufrimiento y a la enfermedad.
A este respecto, hay un testimonio muy iluminador de un sacerdote, profesor mío, que se sintió aquejado por la leucemia. Su testimonio es modélico; lo han brindado varias publicaciones. Creía haber llegado al final de la vida: "Puedo decir que, por desgracia, he tenido la suerte de estar enfermo y poder así vivir facetas de la vida que, mientras estaba sano, habían pasado desapercibidas: la debilidad, la limitación, lo irremediable, lo profundo radical, el dolor, la relatividad, lo importante y lo accidental, lo necesario y lo accesorio, lo superfluo y la densidad, lo que vale y lo inútil, el asumir la propia historia, el aceptarte tal como eres, la capacidad de autocrítica, la perspectiva del cambio, el asumir la muerte, el abrirte al futuro, la esperanza desesperada... ¡Tantas veces!".
Recuerdo a un enfermo, cargado de enfermedades y próximo a la muerte, que me dijo: "No sabe cuantas gracias doy a Dios por estas enfermedades. Me han enriquecido tanto... Me han dado tanto...".
El Señor no nos libera de las enfermedades, pero, cuando contamos con él, hace de cirineo nuestro. Recuerdo a una enferma, amiga mía, muerta con verdadera fama de santidad; una mujer muy comprometida cristianamente en el campo laboral, de una actividad imparable, que tuvo que sufrir varios años de cama a consecuencia de un cáncer. Le pregunté: "¿Creías que ibas a tener tanto aguante, sufrir tantos dolores, soportar la inactividad?". Me contestó enseguida: "Jamás. Ni imaginármelo. Pero todo ello es posible gracias a la oración que hago, a la Palabra de Dios que leo y al Señor que me traes en la Eucaristía cada día".
FRENTE A LA MUERTE, ESPERANZA
Ante la muerte de la hija de Jairo, Jesús responde devolviéndola a la vida. Jesús se presenta, pues, como la fuente de la vida.
Es preciso que comprendamos en toda su plenitud el sentido del relato de la resurrección de la hija de Jairo. En él, como en otras dos resurrecciones que nos ofrecen los evangelistas:
la del hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11 ss) y la de Lázaro (Jn 11,1-44), nos las presentan como un anticipo del triunfo personal sobre la muerte de quien es la resurrección y la vida. Por eso dijo que la niña estaba tan sólo dormida, lo que hizo reír a los que no comprendían nada de su persona. Lo mismo afirmó de Lázaro ya difunto (Jn 11,13).
Jesús proclama que es la resurrección y la vida, el vencedor de la muerte. Para el que cree en Jesús no es un absurdo ni es precipitarse en el vacío de la nada. La vida, para los cristianos, no se destruye con la muerte; la vida cambia en su forma. La muerte es un sueño, cuyo despertar es la resurrección. Por eso, con frecuencia los escritos neotestamentarios, cuando hablan de los muertos, de la muerte, lo expresan con el término dormir; eso es lo que, precisamente, significa el término cementerio en griego, "dormitorio". Quizás muchos se rían cuando confesamos nuestra fe en la resurrección, como se rieron de Jesús cuando afirmó: "La niña duerme, no está muerta".
Los evangelistas no quieren de ninguna manera hacer surgir en nosotros vanas esperanzas de que Jesús vaya a hacer el milagro de prolongar unos años más nuestra vida, sino que proclaman que quiere darnos una vida plena, interminable, enteramente liberada más allá de esta vida. Jesús no nos libera de la muerte, pero nos libra de la desesperación que para muchos conlleva la perspectiva de la muerte porque infunde en nosotros esperanza de la vida definitiva. Seguramente conocemos a cristianos que han muerto con la sonrisa en los labios, gracias a la esperanza de la vida futura.
Jesús, por lo demás, nos libra de esa otra forma de muerte espiritual, psicológica, que es siempre el pecado, el desamor, el egoísmo.
ACERCARSE A CRISTO y TOCARLO
Pero, para que esto sea realidad, es preciso acercarse a Cristo y tocarlo con la fe y los sacramentos. La mujer enferma toca a Jesús con fe; Jesús coge a la niña "muerta" de la mano. Entre todos los que le aprietan advierte Jesús que alguien le ha tocado con fe. Es la mujer tímida y confiada que arranca como por sorpresa un milagro que estaba fuera de programa. Ni el origen ni el parentesco ni la proximidad valen tanto como un grano de fe.
Muchos vivieron al lado de Jesús sin reconocerlo. Lo que salva no es codearse con él, sentarse a su mesa, oír su palabra, ser su pariente o compartir su herencia biológica. Lo que salva es creer firmemente en él, confiar en él, sacar ventaja de su presencia. Muchos le oían con el corazón alejado.
La curación de la mujer y la resurrección de la niña evocan gestos sacramentales. En los sacramentos son muchos los que tocan a Jesús con resultado desigual. Para unos puede ser una rutina, para otros un progreso, para otros la clave de la transformación espiritual. Eso quiere obrar él a condición de que se le toque con fe capaz de arrancar el milagro.
La fe es imprescindible. Ambos milagros, como todos los demás, son respuestas del poder de Jesús a la fe; la manifestación del poder corresponde en intensidad a la fe que tenga.
Esto nos enseña cómo entender la frase tan repetida por Jesús en sus curaciones: "Tu fe te ha curado" (o salvado). La fe de los suplicantes no realizaba el milagro por sí sola, independientemente del poder divino de Cristo; pero esa fe de los destinatarios de sus favores era condición indispensable para activar tal poder. En este sentido, era la fe la que curaba.
(C)
La narración del texto evangélico de hoy, en su versión larga, lo podíamos titular «dos en uno» o «dos por uno». En el relato evangélico de un milagro se inserta otro para aumentar el dramatismo del primero. Cuando Jairo, el jefe de la sinagoga, llega a los pies de Jesús pidiendo la curación de su hija, ésta está gravísima, pero viva. Y Jesús se va con él para curarla. En el camino «se entretiene» porque la gente le rodea y no le deja avanzar. Es el momento para situar el evangelista el milagro de la curación de la mujer con flujos de sangre. Mientras tanto, la hija de Jairo muere: «¡Es inútil ya que el Maestro venga! ¡Ha muerto!», anuncian los amigos al padre de la niña.
Los dos milagros tienen un denominador común: una situación desesperada. No hay nada que hacer. La mujer está desahuciada por los médicos y la niña, muerta. Es el límite. Cuando ya nada pueden hacer los hombres, Jairo y la mujer enferma acuden a Jesús.
Jairo es jefe de la sinagoga, persona relevante, y se acerca a Jesús abiertamente. La mujer es una «doña nadie», sin nombre, sin títulos, una de tantas que llegan atraídas por lo que la gente cuenta de Jesús; la enferma se aproxima a Jesús con una secreta confianza, sin que nadie, ni el mismo Jesús, se dé cuenta. Hay contraste en la forma de acercarse a Jesús de los protagonistas de los milagros narrados, pero el fondo es el mismo. Una confesión de fe, un acto de confianza, un poner el caso límite en las manos de Jesús. La mujer «arranca» en callado silencio el milagro y Jesús lo hace público: «¿Quién me ha tocado el manto?». Muchos son los que tocan a Jesús; pero pocos los que le tocan con esa fe de la mujer. No todas las aproximaciones al Señor son iguales. Hay realidades físicas que van acompañadas de una carga de fe capaces de hacer actuar a Dios. Esta mujer ha movilizado el poder de Dios y Dios actúa.
Jairo está junto a Jesús. Vienen a darle la noticia del final previsto. Jesús lo oye: «No temas, basta que tengas fe», le dice.
Marcos nos sitúa, en estos dos episodios, ante realidades crudas: la enfermedad y la muerte. La manifestación del poder de Jesús la alcanzan quienes sabían que por ellos solos no podían sanarse y se confían por entero a Jesús.
Quizá a veces la última carta de aproximación a Jesús sea sentirnos necesitados. Jesús no pregunta qué clase de mal o de necesidad tenemos. Lo único que mira es que vamos a Él. Mientras tenemos una tabla de salvación a disposición nuestra, a ella nos agarramos más que a Dios. Ponernos en manos de Dios no es tan sencillo. Y Dios sólo «actúa como Dios» cuando no le estorbamos, cuando nos confiamos a Él totalmente.
Hoy salimos de esta celebración impulsados por un hombre y una mujer que en el límite de la enfermedad y de la muerte ponen toda su confianza en Dios, y sus vidas recobran sentido. No está perdida la vida cuando nosotros ya no podemos avivarla. Ponernos en las manos de Dios es siempre elegir la vida sobre la muerte. Dios no defrauda jamás a quienes se confían totalmente a él. Dios hace que todo comience donde parece que todo acaba para siempre. Dios es inicio cuando nosotros no vemos nada más que final.
(D)
La fe como liberación de la mujer
Hablo de fe cristiana. No de la religión de la ley. Porque la fe es un regalo de Dios.
Y la religión es algo que lo hacemos nosotros.
Por la fe es Dios quien nos marca y señala los caminos de la libertad.
Por la fe es Dios quien nos indica los caminos para llegar a El.
El problema surge cuando confundimos “nuestra religión” con el don de Dios que es la fe.
Porque nos imaginamos que actuamos en nombre de Dios, cuando en realidad vivimos más bien sometidos a nuestras leyes, nuestras tradiciones.
Una es nuestra “religiosidad” que tiene el sentido de lo trascendental.
Y otra cosa es la “religión como estructuración” de esa religiosidad.
La religión de la ley enferma y no cura ni sana.
Sólo la fe es capaz de curar a la mujer que “hacía doce años padecía flujos de sangre”.
Gastó todo lo que tenía
Y bastó un acto de fe tocando la orla del vestido de Jesús para quedar curada.
“Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”.
La religión de la ley la había tenido humillada y marginada durante doce largos años.
Humillada y marginada en su dignidad e intimidad de mujer.
“Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura....mientras le dure la hemorragia. La cama en que se acueste mientras duren las hemorragias quedará impura. El asiento en que se siente quedará impuro..... El que la toque, quedará impuro”. (Lev 15,25)
Impura ella. Impuro lo que ella toque. Impuro quien la toque.
Una mujer humillada en su misma feminidad.
Una mujer humillada en su misma dignidad de mujer.
Una mujer marginada socialmente, por impura.
El eterno problema de la mujer “un peligro”.
La mujer herida en su dignidad.
La mujer socialmente marginada.
La mujer tenida y considera como “menos”.
Doce años luchando por su dignidad.
Doce años luchando por ser reconocida como mujer.
Doce años luchando por sus derechos femeninos.
Que la religión de la ley no logró nunca sanar de esa enfermedad que se llama: “ser mujer”.
Pero le bastó un momento de fe en la Novedad del Evangelio.
Le bastó un momento de fe en Jesús.
Le bastó tocarle la orla de su vestido.
Y se sintió sana, recuperada. Y escuchó la voz de quien le decía:
Mujer, vuelve a ser libre.
Mujer, recupera tu dignidad de mujer.
Mujer, recupera tu libertad de mujer.
Mujer, recupera la alegría de tu intimidad.
Mujer, recupera la libertad de ser como todos.
Mujer, recupera la libertad de hacer santo lo que toquen tus manos.
Mujer, recupera la libertad santificar al que toque tu cuerpo.
Dios no es el que humilla y margina a la mujer.
Somos los hombres quienes la humillamos de muchas maneras.
Somos los hombres quienes la marginamos de muchos estilos.
¿Cuántos años llevan hoy las mujeres luchando por su igual dignidad?
¿Cuántos años luchando para que lo femenino y lo masculino tengan iguales derechos?
¿Cuántos años luchando por su igualdad bautismal en la Iglesia?
¿Tendrá que ser la mujer “medio hombre” para ser reconocida?
Dios le grita hoy a la mujer: “Mujer, sé mujer”.
No quieras ser igual al hombre. Sé igual a ti misma.
No pierdas tu identidad. Sigue siendo femenina.
No trates de masculinizar tu feminidad.
Cuando Dios puso en nuestras manos su creación, la puso en manos del hombre y de la mujer.
Pero cuando Dios quiso encarnarse, no necesito del hombre. La buscó a ella: a una mujer.
“Jesús es un nacido de una mujer”.
Oración de los fieles
(A)
Pidamos, hermanos, al Señor que escuche nuestras oraciones, para que podamos alegrarnos al recibir su ayuda:
- Por los ministros de la Iglesia que han consagrado su vida al Señor y por todos los pueblos que adoran al Dios verdadero, roguemos a Cristo, el Señor: Escúchanos, Señor.
- Para que el tiempo sea bueno y todos podamos gozar de una naturaleza limpia en la bella sucesión de las diversas estaciones, roguemos al Dios que con sabiduría gobierna al mundo: Escúchanos, Señor
- Por los que son mas víctimas de la debilidad humana, del espíritu de odio o de envidia o de los otros vicios del mundo, roguemos al Redentor misericordioso: Escúchanos, Señor
- Encomendémonos mutuamente al Señor, pongamos toda nuestra existencia en sus manos y oremos con confianza al autor y guardián de todo lo que tenemos y poseemos: Escúchanos, Señor
Dios nuestro, que en el misterio de tu Hijo, pobre y crucificado, has querido enriquecernos con tus bienes, escucha nuestras oraciones y no permitas que, mientras anunciemos a los demás la alegre novedad del Evangelio, nos acobardemos ante la pobreza o la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor.
(B)
Con la confianza que nos da el sentirnos hijos de Dios, acudimos hoy a exponerle nuestros sinceros deseos de mejorar el mundo.
1.- Para que la Iglesia sea cada día más fiel reflejo del amor de Dios a todos y cada uno de sus hijos, en especial a los más necesitados. Roguemos al Señor.
2.- Para que no nos cansemos en nuestro esfuerzo por construir un mundo más justo y solidario. Roguemos al Señor.
3.- Para que seamos capaces de compartir, tratando de nivelar las diferencias entre nosotros. Roguemos al Señor
4.- Por la paz, que sea fruto de la justicia y la fraternidad entre
todos los pueblos de la tierra. Roguemos al Señor.
5.- Para que los que hemos escuchado hoy tu Palabra tengamos fuerza y valor para hacerla realidad. Roguemos al Señor.
Padre, anima nuestro espíritu para que hagamos entre todos un mundo más nivelado y unido en el amor. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Prefacio
Queremos ensalzarte, Señor,
alabarte y bendecir tu nombre.
Tu te mereces toda nuestra alabanza y agradecimiento,
porque nos has entregado a tu propio Hijo.
El nos ha enseñado el camino que nos lleva hacia Ti.
Nos ha presentado el Reino de Dios,
como un Reino de amor, de justicia, de solidaridad.
Gracias a El sabemos que Tu eres nuestro Padre
y que todos somos hermanos e iguales.
A través de la fe que hemos recibido de tus manos,
sabemos que el camino a la felicidad
pasa por la ayuda y servicio a los necesitados.
Por todo ello queremos cantar
este canto de alabanza y agradecimiento:
Santo, Santo, Santo...
Padre Nuestro
Cada Eucaristía es una escuela de fraternidad y de igualdad. Dios comparte con sus hijos todo lo que tiene: su persona, su palabra, su pan. Él es nuestro Padre y nos quiere a todos por igual, sin distinciones. Pidamos que venga a nosotros ese Reino de Dios. Por eso todos unidos decimos: Padre Nuestro ...
Nos damos la paz
Para comulgar con Cristo hay que estar en paz con los demás. Expresamos, con un fuerte apretón de manos, este deseo de vivir siempre como hermanos que comparten con los demás cuanto tienen, para que no haya diferencias entre los que somos hijos de un mismo Padre.
- La Paz del Señor esté siempre con nosotros.
- Nos damos la Paz del Señor...
Compartimos el pan
Jesús nos invita a su Mesa y nos reparte su Cuerpo en la Comunión. Él siempre tiene alimento para todos. Nunca falta el Pan de la Eucaristía. Se parte y se reparte para que nadie se quede sin el Cuerpo del Señor. Algo debe decirnos esto a los que comulgamos.
- Dichosos todos, porque estamos invitados a esta mesa.
- Señor, no soy digno...
Bendición final
Nuestra celebración ha terminado, pero Cristo nos ha dado la vida, para que la vivamos, como él lo hizo, y seamos imagen suya en medio de los hombres. Para ello que la Bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. Amén.







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