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miércoles, 13 de mayo de 2009

Un 13 de Mayo...

Por Filomeno Ceja mccj
Publicado por Esquila Misional


Un 13 de mayo, festividad de Nuestra Señora de Fátima, mi parroquia y otras 15 comunidades debíamos hacer una pequeña peregrinación hasta una capilla dedicada a la Virgen bajo esta advocación. Por la tarde, mi comunidad recorrería unos cuatro kilómetros para asistir a la importante fiesta de esa capilla en Alto da Manga, la primera comunidad que visité cuando llegué a esta zona de Mozambique.
Me levanté a las cuatro de la mañana porque el señor Ignacio me despertó con sus gritos: ¡«Padre, unas personas quieren hablar con usted»! Se trataba de una familia que traía a su niño muy grave y necesitaba que lo llevara al hospital central de Beira, la ciudad más cercana a mi misión. Aunque me sentía cansado a raíz de las actividades del día anterior, logré levantarme. En la camioneta de la parroquia llevé aquella gente al hospital. Cuando llegamos nos recibieron con indiferencia, esto me molestó y fui a ver al doctor que estaba a cargo. De hecho, me reconoció y le pedí que atendieran al pequeño que estaba gravísimo. Dejé a la familia en el hospital y regresé a la parroquia.

Al comenzar a tomar mi café, como a las ocho de la mañana, vinieron personas del consejo parroquial a consultarme sobre las actividades del día; las planeamos y pasamos a otros asuntos urgentes. Debo aclarar que yo debía entregar la parroquia al clero local en un par de meses. Al pueblo y a mí, nos interesaba que las cosas estuvieran bien. Teníamos una barda por terminar y un carro descompuesto que arreglar, además de los dos diáconos que serían ordenados y que en ese momento estaban bajo mi responsabilidad, pero no había dinero para tantas cosas que faltaban. Me preocupé muchísimo. ¿Cómo haría para sacar adelante tantas cosas?, si me gastaba los fondos de la iglesia no dejaría nada para los padres que llegaran, y yo jamás haría eso. Exclamé: «¡Señora de Fátima, ruega por nosotros!».

Por la tarde, junto con el grupo de la Legión de María, visitamos a un anciano abandonado. Le llevamos comida, lo bañamos, le arreglamos una casita que le habían hecho los jóvenes de la parroquia y, después de rezar una oración, volvimos a nuestras actividades.

Por la tarde, una multitud de gente se reunió para asistir a la peregrinación planeada a la comunidad de Fátima. Todo el día estuve preocupado pensando cómo resolvería los problemas económicos para dejar una economía sana en la parroquia. A cada rato invocaba a la Madre de Dios, algunas veces rogando a Nuestra Señora de Guadalupe; y otras, a Nuestra Señora de Fátima.

Comenzamos nuestra peregrinación con el rezo del rosario y con bonitos cantos. Era una de esas tardes de mayo en África del Este a la orilla del Océano Índico: un lindo atardecer que se oscurecía poco a poco, entre «padrenuestros» y «avemarías» mientras invocaba a la Santísima Virgen para que me ayudara.

Cuando llegamos a la capillita ya estaba oscuro. De pronto, quedé indeciso ante el hecho de celebrar la eucaristía o hacer una oración y despedir a la gente. Pedí la opinión de algunas personas que me dijeron era mejor la oración porque ya era tarde; entonces invoque la bendición de la Santísima Trinidad sobre el pueblo y nos despedimos. En la oscuridad, vino ante mí una señora que habló con autoridad y me dijo: «¿Por qué no celebró la misa, padre?». Le dije que estaba muy oscuro y que había muchos niños que debían volver a casa. Ella me respondió que eso no lo justificaba, que debí haberla celebrado. Le respondí que entendía y que le daba la razón. Jamás vi el rostro de esa mujer, no supe si era portuguesa o mozambiqueña. La señora me dijo que traía un donativo para la Iglesia, me dio un fajo de billetes y los puse en el bolsillo de mi pantalón pensando que era meticales, es decir, dinero nacional, que aunque fueran muchos billetes, sería poco dinero, por así decir.

Antes de dormir, recé un poco, después saqué lo que conservaba en el bolsillo de mi pantalón y vi de pronto que el dinero no eran meticales. ¡Dios mío, son tres mil dólares! ¿Quién era esa señora que ni vi su rostro ni pregunté su nombre? Posiblemente nunca lo sabré, pero si sé que María estuvo todo ese día en mi camino y que ella hizo el milagro.

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WebJCP | Abril 2007