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viernes, 29 de mayo de 2009

El Espíritu: viento y música de Dios

Pentecostés - Ciclo B (Juan 20, 19-23)
Por Bernardo Baldeón
Publicado por Antena Misionera

Habíase una vez un caballero que heredó una gran fortuna. Al conocer tan inesperada noticia, partió hacia el castillo que le habían legado. Se encontró con una enorme y destartalada mansión. La inspeccionó detenidamente. Seleccionó las piezas de gran valor, apartando aquellas que consideró inservibles. En el portón del castillo fue amontonando libros, muebles, e instrumentos de música… que catalogó de inútiles. Con ellos haría la hoguera más hermosa y deslumbrante que jamás hayan visto los habitantes del lugar.
En esto pasó por allí una mendiga.
- ¡Buenos días, caballero!, dijo la mendiga.
- ¡Buenos días! ¿Qué le trae por aquí?
- Antes de que encienda su fuego, me gustaría salvar del pasto de las llamas un instrumento pequeño, si no tiene inconveniente. Se trata de esta vieja flauta de caña.
El caballero que no entendió aquella extraña elección le respondió con tono irónico:
- Sí, sí adelante, puedes rescatarla de las llamas, seguro que ella te convertirá en una mujer rica.
La mendiga cargó la flauta en su hatillo y marchó ufana a sentarse bajo una encina.
Aquél día permaneció acariciándola con la mirada hasta que encontró un nombre apropiado para ella.
-Te llamaré salvada de las llamas, le susurró.
Después la tomó entre sus manos, con esmero limpió la suciedad incrustada en la madera, que incluso tapaba algunos de sus agujeros impidiendo que saliera el aire. Al llegar la noche, la luna se detuvo sobre ellas. La mendiga se animó a probarla en su boca. Se puso a tocar canciones de amor, que despertaron en ella recuerdos… La flauta en contacto con las manos de la mendiga empezó a sudar. ¿Lloraba de tristeza o era a causa de una emoción contenida? Entonces, empezó a explicar su historia:
Yo era sólo una caña. Había nacido a la orilla de un río, entre el lodo y la humedad. No era más que una caña semejante a miles de cañas. Si miraba a mi alrededor, sentía envidia de los árboles frutales, al menos ellos podían ser alimento de los pájaros y de los humanos. Si contemplaba a las flores silvestres me decía: “Al menos ellas alegran la entrada de una casa o adornaran un altar”. Yo era sólo una caña hueca. Me sentía vacía. Un día se acercó una joven hasta la orilla. Por los cantos de amor que silbaba, deduje que era una juglar. Me tomó en sus manos arrancándome del lodo y del aburrimiento. Aquél fue el principio de un duro y largo proceso de elaboración. Sentí el temor a perderme. ¿Dejar mi forma actual, me traería algo bueno? Qué sensación de inseguridad ante el futuro, de desprotección, de sentirme perdida… La vida se me escapaba por momentos. ¿Hasta dónde iba a llegar el cambio que se me estaba pidiendo? ¿Estaba dispuesta a pagar tan alto precio? Y me acordaba del lodazal, de las mariposas que se posaban en mi frescura, de los azules cielos abiertos, de las caricias del agua en forma de ola entregada.
Cada forma que la artista iba tallando en mí me hacía más corta, seca… Y yo me veía más débil e indefensa, ¿merecía la pena tanta renuncia? La juglar decía que todo esto era necesario para que fuera más bella y así llegara a ser el instrumento que estaba llamada a ser.
La verdad es que algo dentro de mí me impulsaba a darme, a entregarme a lo desconocido, a confiar, a crecer desde la perdida, a entrar dentro para poder salir, a zambullirme en mis nudos y ramas secas para que el aire que me atravesara se hiciera melodía. Con todo, y no sin reparos, ya me había puesto en sus manos.
Ella me acarició limpiando el barro. Con una pequeña navaja fue haciéndome a su medida, cortando mis aristas, puliendo mis salientes, y con taladros de amor formó mis agujeros. Fue vaciando mi vacío. Y yo me dejé hacer al tacto de sus dedos, sin ya poner reparos, sin miedos ni recelos. Respetó mis rugosidades, solían gustarle, ellas me hacían original. Cuando al fin me probó en su boca, ella fue quien me dio el primer beso que recibiera. Y para hacerme a sus labios me fue limando por un extremo, probando y volviendo a probar para ver si nos ajustábamos la una a la otra.
Yo era sólo una caña vacía pero la juglar se enamoró de mi y al llevarme a su boca, abierta yo a su espíritu, llenó mi estéril vacío de soplo de vida y color, de música y armonía, de vibraciones sonoras y melodías al ritmo de sus dedos. Y a sus caricias yo me estremecía. Todo era música. Soy toda música. Soy una flauta. Era su flauta. La que llevaba en el atillo todos los días. La flauta que acompañaba de melodías el trino de los pájaros y las puestas de sol. La flauta que arrancaba sonrisas a los niños y a los ancianos. Nuestro canto llegó a ser la voz de los pobres reclamando una mayor justicia. Con la melodía el pueblo se aunaba en un solo canto de liberación.
¡Qué alto honor! Ser instrumento para mi juglar.
Yo era sólo una caña pero estaba llamada desde siempre a cambiar mi vacío en música, a ser flauta que comunicara armonía, a que el aliento de mi juglar liberara a través de mi pobre caña cantos de AMOR Y LIBERACIÓN.
Entre las dos se hizo un silencio cómplice.
A la mendiga nada de esta historia le resultó extraña. Así que le confesó:
-Yo soy aquella juglar que te tomó del cañaveral. Después de que alguien te arrebatara de mi lado, ya nunca fui la misma y sin ti ya no podía ser la misma, por eso me eché a los caminos, me hice mendiga con la esperanza de encontrarte en algún lugar. Me había hecho a ti y aunque intenté tocar otras flautas, ninguna melodía sonaba con la tuya. Ahora que he vuelto a encontrarte me alegraré si aceptas que volvamos a tocar por las plazas nuevos cantos de amor y de liberación, para alegría de Dios y esperanza de muchos hombres, mujeres, niños y ancianos de nuestros pueblos.
- Acepto. Le dijo la flauta.
El aliento del Espíritu (La Ruaj) atraviesa toda la realidad, es como el viento de la flauta. En todos hay un único espíritu, que “ha sido derramado en nuestros corazones” (Rom 5), pero este Espíritu, aunque es el mismo, se manifiesta en cada uno con melodías distintas y únicas en su valía. La música viene a ser el don del espíritu, que al abrirse a él “llena mi estéril vacío de soplo de vida y calor, de música y armonía, de vibraciones sonoras y melodías” como le sucede a nuestra flauta. Y en este misterioso intercambio del viento (el Espíritu) y la flauta (el Ser Humano, la Creación…) sucede el milagro de la melodía (los dones del Espíritu).

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WebJCP | Abril 2007