
Sus heridas nos han curado
Primera Lectura
Is 52, 13-53, 12
El fue traspasado por nuestras rebeliones
Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito
¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
Libro de Isaías. Cánticos del Siervo. El cuarto y último. Si leemos los precedentes -la liturgia nos los ha ofrecido en el transcurso de estos últimos días- descubriremos que es el supremo y definitivo. Algo, en verdad, inaudito. Abramos de par en par los ojos, agudicemos la sensibilidad y, sobre todo, acojamos el mensaje, que, aunque enigmático, es extremadamente diáfano. Admiración, estupor, pasmo. Y ¿por qué no, alabanza y acción de gracias?
Es un poema, un canto, un misterio. Y el misterio, canto y poema tienen por objeto un acontecimiento; y el acontecimiento se desgrana en una breve y densa biografía. Los actores saltan a la vista: Dios, principio y fin del canto; un indeterminado "nosotros", que narran el acontecimiento, y el "siervo", anónimo. El primero anuncia y confirma con sus palabras el sentido del relato; el segundo lo desgrana en progresivo patetismo y el tercero, el protagonista paciente, calla y calla en incomprensible silencio. Dios dirige, al fondo, esa historia; "nosotros" nos vemos, al relatarla, misteriosamente implicados en ella, y el "siervo" la lleva obediente sobre sus espaldas.
El contenido del poema desbanca toda visión humana y religiosa, hasta aquel momento revelada. Porque ¿qué otro poema puede ofrecernos la literatura universal que muestre y rezume el calor, afecto, interés y "pathos" por situación tan incomprensible, como lo hace este canto? Un desfigurado -pensemos en un leproso ya desahuciado- un herido, un perseguido, un ajusticiado, un sepultado en fosa común con malhechores… un desecho de la humanidad. ¿Qué "nosotros" hay en el mundo que salga a simpatizar con él? Y también, ¿qué visión religiosa -piénsese en cualquiera de las religiones conocidas- puede presentarnos a un Dios con un amor tan "cruel" hacia su "siervo"?
Los salmos, palabra de Dios, están plagados de expresiones que celebran lo contrario. Por otra parte, ¿qué pasaje, aun dentro de la literatura bíblica del Antiguo Testamento, proclama que la muerte del justo sana al impío, y esto, por determinación divina? Y, por último, esa evidente alusión a una supervivencia más allá de la muerte, que lógicamente nos recuerda la resurrección, ¿no rebasa simplemente el horizonte humano?
Si miramos al "Siervo", ¿qué siervo es éste que, en la pasión más injusta y dolorosa, permanece incomprensiblemente callado? ¿Quién es? Sin nombre, sin patria… sin nada que lo distinga, fuera del dolor. Y esto, por disposición de Dios. ¿Quién lo va a creer? ¿Quién lo va a entender? ¿Quién lo va a aceptar? Y, sobre todo, ¿quién se va a comportar así? Job se rebela, Jeremías reniega, Moisés tartamudea, Jonás huye. Este, en cambio, acepta en silencio una vida sin luz y una muerte ignominiosa como ninguna, ¡por nuestros pecados! Y ¿quiénes son ese "nosotros" que relatan el acontecimiento y reconocen en semejante figura a su salvador? ¿Quién osará asociarse a ellos y proclamar convencidos que aquella historia es inconcebible, más allá de toda imaginación?
Todo viene a parar a ese quién. Y los lectores disparan sus miradas en todas direcciones por si encuentran, aunque sea en el confín de la tierra, un sujeto que se les parezca. Todo queda en un balbuceo informe que nadie logra entender: no hay explicación, misterio sin resolver. Pero el texto es claro y, por ser palabra de Dios, canto esperanzador.
Nosotros -otra vez ese "nosotros- hemos encontrado a uno que lo llena cabalmente, y lo desborda. Helo ahí, en carne y hueso: Jesús de Nazaret, el justo por excelencia, el Hijo y el Siervo, entregado por Dios, su Dios, a una muerte horrible, por nuestros pecados. ¿Que Dios es éste? Y confesamos y veneramos al Siervo que, en silencio y obediencia, sufrió por nuestras culpas hasta el abandono de su Señor. ¿Qué hombre es éste? ¿No será un hombre que se hunde en Dios?
Un canto, un poema, una revelación; una interpelación constante y una oferta eterna de salvación. ¿Quién nos lo aceptará? ¿Quién se decidirá por engrosar el grupo que lo narra? Y la conducta de Dios, misteriosa en la condena de su siervo, se presenta inconcebible en su triunfo: su resurrección de entre los muertos. Y, de nuevo, ¿quién nos creerá?
Si nos acercamos a ese Dios, si admiramos a ese Siervo, si nos confesamos hermanos, por los sufrimientos de éste, del "nosotros" que transmite vitalmente el acontecimiento hasta el confín de los siglos, entonces, nosotros, hemos leído y entendido cabalmente la bondad del poema, confesamos nuestros pecados y alcanzamos la salvación. Llegamos a ser así agentes -relatores y beneficiarios- del Poema de Dios en Cristo Jesús. El relato de su Pasión gloriosa -la Iglesia se responsabiliza de su canto vital y de su celebración- es el mejor comentario. Es, al fin y al cabo, nuestro poema y nuestro canto, al mismo tiempo que nuestra oración.
Salmo responsorial
Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-17 y 25
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle, y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. R.
Pero yo confío en ti, Señor, te digo:
"Tú eres mi Dios." En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen. R.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor. R.
Segunda Lectura
Hb 4, 14-16; Hb 5, 7-9
Aprendió a obedecer y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación
Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que odia salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.
Discurso-carta a los Hebreos. Aquí dos breves unidades en una unidad literaria mayor. Intentemos una aproximación.
El movimiento más próximo arranca de los versillos 17-18 del capítulo segundo, donde, después de una apretada exposición doctrinal sobre el contenido del "nombre heredado" por el Hijo que lo distancia de los ángeles en la doble vertiente a Dios y a los hombres, ha señalado el autor, como conclusión sintetizante, que Jesús es Sumo Sacerdote misericordioso y digno de fe. Ese es, sin duda, el "nombre" que con todo derecho corresponde a Cristo glorioso. Precisamente lo que leemos en el primer versillo de la lectura de hoy: Jesús, Sumo Sacerdote.
El autor se ha detenido, a continuación, a explicitar el contenido de tan singular "nombre", centrándose en la segunda calificación del título: Jesús, Sumo Sacerdote, digno de fe. Y lo ha realizado en doble dimensión: expositiva una, más breve (3, 1-5), y parenética otra, un tanto amplia (3, 6; 4, 13). Jesús, dice el autor, goza de la confianza de Dios, como Hijo, al frente de su Casa, de la que es constructor.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan: 18, 1-19, 42
C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+. "¿A quién buscáis?
C. Le contestaron:
S. "A Jesús, el Nazareno."
C. Les dijo Jesús:
+. "Yo soy."
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: Yo soy, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+. "¿A quién buscáis?"
C. Ellos dijeron:
S. "A Jesús, el Nazareno."
C. Jesús contestó:
+. Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.
C. Y así se cumplió lo que había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me diste." Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+. "Mete la espada en la vaina. El cáliz Que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?"
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: "Conviene que muera un solo hombre por el pueblo."
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
S. "¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?"
C. Él dijo:
S. "No lo soy."
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
+. "Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo."
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. "¿Así contestas al sumo sacerdote?"
C. Jesús respondió:
+ . "Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?"
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose y le dijeron:
S. "¿No eres tú también de sus discípulos?"
C. Él lo negó, diciendo:
S. "No lo soy."
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. "¿No te he visto yo con él en el huerto?"
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. - "¿Qué acusación presentáis contra este hombre?"
C. Le contestaron:
S. - "Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos."
C. Pilato les dijo:
S. - "Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley."
C. Los judíos le dijeron:
S. - "No estamos autorizados para dar muerte a nadie."
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. - "¿Eres tú el rey de los judíos?"
C. Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?"
C. Pilato replicó:
S.- "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?"
C. Jesús le contestó:
+ - "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí."
C. Pilato le dijo:
S. - "Conque, ¿tú eres rey?"
C. Jesús le contestó:
+ - "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."
C. Pilato le dijo:
S. - "Y, ¿qué es la verdad?"
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. - "Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre nosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?"
C. Volvieron a gritar:
S. - "A ése no, a Barrabás."
C. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. - "¡Salve, rey de los judíos!"
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. - "Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa."
C - Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. - "Aquí lo tenéis."
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. - "¡Crucifícalo, crucifícalo!"
C. Los judíos le contestaron:
S. - "Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios."
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asusto aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. - "¿De dónde eres tú?"
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. - " ¿A mi no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?"
C. Jesús le contestó:
+ - "No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor."
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. - "Si sueltas a ése, no eres amigo del Cesar. Todo el que se declara rey está contra el Cesar."
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. - "Aquí tenéis a vuestro rey."
C. Ellos gritaron:
S. - "¡Fuera, fuera; crucifícalo!"
C. Pilato les dijo:
S. - "¿A vuestro rey voy a crucificar?"
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. - "No tenemos más rey que al Cesar."
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado "de la Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: "Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos." Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. - "No escribas: "El rey de los judíos", sino: "Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos."
C. Pilato les contestó:
S. "Lo escrito, escrito está. "
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. - "No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca."
C. Así se cumplió la Escritura: "Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica." Esto hicieron los soldados.
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
+. "Mujer, ahí tienes a tu hijo."
C. Luego, dijo al discípulo:
+ - "Ahí tienes a tu madre."
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
C. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+. "Tengo sed."
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo
+. "Está cumplido."
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: "No le quebrarán un hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que atravesaron."
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Podríamos tomar como punto de partida y considerar como escena central los versillos que van del 18 al 22 del capítulo 19. Más en concreto el versillo 19, la inscripción sobre la cruz: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Estamos en el Calvario, el lugar de la Calavera. Un conocido promontorio a las afueras de la ciudad santa de Jerusalén. Han crucificado al Señor, al Mesías, al Rey. Y lo han crucificado a instancias de los judíos. Ellos han solicitado de Pilato la sentencia de muerte. Los soldados romanos han ejecutado la orden del gobernador.
Queda atrás, pero presente en todo momento, la figura siniestra de Judas, el traidor, instrumento del Diablo (13, 27-30). No olvidemos a Pedro que lo ha negado.
Ahora Jesús, en lo alto del cabezo, extiende los brazos en cruz, pende del madero, la Cruz. A la cabeza de la Cruz, un título, el título: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Jesús de Nazaret es el Rey. El Rey de los judíos y del mundo entero. La Pasión y la Muerte lo ponen de relieve. Contemplemos la escena, tal como parece haberla contemplado Juan. La Cruz de Jesús ocupa el centro: Jesús crucificado. Jesús está en medio, entre dos ladrones. Dos anónimos ladrones de quienes no se nos dice nada. Pero están ahí haciendo escolta. Al pie, las santas mujeres. Y entre las mujeres, su Madre. Y junto a su madre, el Discípulo. Barrabás ha sido liberado y Jesús ocupa su lugar.
El título, a la cabeza de la Cruz, viene de Pilato. Pilato mismo lo ha redactado y lo ha puesto sobre la Cruz. El representante del Imperio Romano. Y no lo ha puesto por error; lo ha puesto a sabiendas. Lo escrito, escrito está, es la contestación a los presuntuosos y orgullosos judíos. El Imperio de Roma proclama con toda solemnidad la Realeza de Jesús. Y lo proclama a los cuatro vientos, a todas las gentes: estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Muchos pasaron por allí y pudieron leerlo. Los soldados, fieles súbditos, contribuyen a ello: colocaron sobre su cabeza una corona de espinas, pusieron sobre sus hombros un manto de púrpura y le saludaron con el "imperial": Salve, Rey de los judíos. Ahora, ha llegado la Hora de Jesús, le acompañan de nuevo. No han rasgado la túnica, no han quebrado las piernas, han abierto su costado para dar paso a la sangre y agua. Sirven a su Rey: Esto lo hicieron los soldados, recalca el evangelista.
La Cruz es el Trono de Jesús. Jesús es elevado, glorificado. ¿No lo había ya anunciado de antemano? Recordemos 3, 14; 8, 28; 12, 32. La Cruz estaba en un alto. Los judíos, que lo han condenado a muerte, no pueden evitar la resolución de Pilato: han matado a su Rey. Ellos -ironía de Juan- han soltado a Barrabás, un ladrón. Han ido en contra de la Ley: han dejado con vida al que merecía la muerte y han dado muerte al que traía la Vida. Han elegido, después, al César. Será el César, el sucesor de aquel César, quien destruya el templo y la nación entera. Y serán los "celotes", a quienes parece pertenecía Barrabás, los que llevarán a la nación a tan tremenda ruina.
Los judíos han fracasado, Pilato ha claudicado, Judas ha desaparecido. Los judíos lo han condenado, Pilato lo ha sentenciado, los soldados lo han azotado y crucificado, Judas lo ha entregado. Pero todos, todos ellos, han contribuido de forma inconsciente a la EXALTACIÓN del Señor. Al entregar los judíos a Jesús, eligen con ello la muerte que Jesús había elegido: la Cruz. De haber muerto a manos de los judíos hubiera muerto apedreado (18, 32). Caifás había dado el sentido al acontecimiento; el Sumo Sacerdote de aquel año daba testimonio de Jesús: convenía que muriera uno por el pueblo. Había acertado. Anás, con su silencio, testimonia la libertad y publicidad de la revelación de Jesús: 18, 20-21.
Nadie había podido nada contra él: (Jesús se entregaba porque quería) ni Judas, ni la cohorte, ni Anás, ni Caifás, ni Pilato. Jesús se entregaba voluntariamente: Jesús moría porque quería. Judas no lo pilló desprevenido: Jesús sabía desde un principio que había llegado su Hora (13, 1; 18, 4). No lo han sorprendido. Jesús los esperaba: Jesús les sale al encuentro y les pregunta.
Tampoco la cohorte puede nada contra él: su Yo soy los hace retroceder. No le obligan, se entrega: él toma personalmente el Cáliz del Padre; él rechaza la ayuda de Pedro; él, apresado, vela y sale en defensa de sus discípulos. Jesús habla abiertamente, antes como ahora, sin titubeos, sin amedrentamientos, sin ambigüedad. Jesús es siempre y en todo momento el Señor de la situación. Tampoco Pilato puede nada contra él: 19, 11. Ni siquiera el siervo atrevido del Sumo Sacerdote rompe su serenidad y aplomo: Jesús es siempre el Inocente y el Rey. Todos son personajes que contribuyen a la Exaltación del Señor.
Jesús Reina desde la Cruz. Los soldados no han rasgado la Túnica. No podían hacerlo: era el triunfo del rey: la unidad inquebrantable de la Iglesia (c. 17). Es la túnica de Jesús que muere, la túnica sagrada del Rey de Israel. Los soldados no han quebrantado ni quebrado un solo hueso de su cuerpo: Jesús que muere es el Cordero Pascual. Cordero que quita el pecado del mundo, Cordero triunfante en el Apocalipsis.
Lo hace notar expresamente el evangelista con el texto de la Escritura. Jesús moría a la hora –su Hora– precisamente en que era degollado (sacrificado) el cordero pascual: era el viernes por la tarde, comienzo del gran sábado, la pascua judía. Jesús, el justo (Sal 34), el Cordero Pascual, inaugura la Fiesta de la Pascua: Paso del Señor, su Ida al Padre. Los soldados han rasgado el costado y han dejado abierta la fuente de vida eterna: Sangre y Agua. A través de la muerte, Jesús deja correr el Agua del Espíritu Santo que brota hasta la Vida eterna. Jesús ha muerto a su Hora y a su manera, nadie se lo ha impedido, todos han contribuido.
Junto a la Cruz están las buenas mujeres. Entre ellas su Madre. En la voz de Jesús que muere y de la Cruz de la que pende: María, Madre espiritual de los fieles; María, Imagen de la Iglesia: el amor maternal de la Iglesia a sus fieles.







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