Publicado por En Clave de Africa
Coincidiendo con el Día del Libro, durante estos días tienen lugar en España una serie de actos de una coalición de ONGs que quieren llamar la atención sobre el derecho a la educación, muy especialmente la alfabetización de las mujeres. Se lo explica mejor mi mujer, que interviene hoy en un acto que se celebrará a mediodía en el Instituto Cervantes de Madrid. Con permiso de ella.“Me llamo Margaret Beriwu y soy de Uganda. Trabajé en mi país con mujeres sudanesas, en los campos de refugiados de Adjumani, de 1996 al año 2000, con el Servicio Jesuita al Refugiado. Anteriormente, y también después del 2000, trabajé con mujeres en zonas rurales y con niñas soldado.
En la mayor parte de estos sitios dábamos cursos de alfabetización debajo de un árbol, con una pequeña pizarra y con tiza. En unos cuatro meses las mujeres adquirían un conocimiento básico de leer, escribir, conocer los números y realizar las reglas básicas de sumar y restar. Como no teníamos cuadernos, teníamos que enseñar a las mujeres a escribir sobre la tierra con un palito.
Cuando una mujer no sabe leer y escribir, no tiene control sobre su vida. Si va a vender algo al mercado no puede guardar cuentas ni saber si está teniendo ganancias. Si quiere tener acceso a la información, tiene que pedir a su marido que lea por ella, y si el marido cree que esa información no le conviene, él hará su particular “censura”.
Pero cuando una mujer puede leer y escribir, tiene acceso a mucha información, puede seguir cursos, aprende a gestionar sus productos agrícolas, tiene más conocimiento sobre nutrición y puede alimentar mejor a su familia. Eso hace posible que también ella tome decisiones, y que no tenga que depender en todo de un hombre.
No todos los hombres estaban de acuerdo con el trabajo que hacíamos. Cuando dábamos a las mujeres folletos informando sobre nuestros cursos, muchas veces nos encontrábamos que sus maridos eran el principal obstáculo para la educación de sus esposas, porque se daban cuenta de que cuando una mujer es consciente de sus derechos el hombre no puede dominarla como quiere. Además, muchos de ellos tenían miedo de que salieran de casa para hacer negocios fuera.
Recuerdo el caso de Dorine, una mujer sudanesa que vivía en uno de los campos de refugiados. Después de seis meses de asistir al curso, un día me escribió una carta diciéndome que quería saber más sobre cómo empezar un pequeño negocio para ayudar a su familia. Cuando la respondí, vino con otras cuatro mujeres y me pidieron que las enseñara a cómo a gestionar un pequeño proyecto de avicultura. Cada una de ellas trajo tres gallinas, y con unos palos construyeron un corral. La alimentaban con una mezcla de maíz y pescado seco que machacaban en el mortero. Si alguna de las gallinas se ponía enferma, la curaban con una solución de agua, pimienta y cenizas. Al cabo de año y medio ya estaban vendiendo pollos, y empezaron a repartirse los beneficios. Y a los dos años, con una ayuda que les dimos en el Servicio Jesuita al Refugiado, construyeron un corral en mejores condiciones. Pero entonces sus maridos les dijeron que tenían que repartir los beneficios con ellos, ya que querían parte del dinero para ir a beber. Pero las mujeres se negaron y les dijeron: no, este dinero es para alimentar y educar a nuestros hijos. Algunos incluso las pegaron. Al final nos dimos cuenta de que teníamos que educar también a los hombres y organizamos talleres de sensibilización para ellos. Al final, también ellos querían un corral, pero las mujeres dijeron: muy bien, si queréis criar pollos entonces haced vuestro propio grupo, porque vosotros os gastáis el dinero en bares y no sois tan constantes como nosotras para seguir un proyecto.
En conclusión, estoy convencida de que el mejor trabajo que podemos hacer con mujeres que viven en lugares pobres es hacer que puedan tener leer y escribir para que puedan tomar sus propias decisiones y educar mejor a sus hijos, y de paso también a sus maridos, que bien lo necesitan”.







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