"¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!" Este es el grito que ha resonado en todo el mundo católico anoche; es el grito que ha pronunciado el Santo Padre esta mañana en muy diversas lenguas ante una multitud de fieles congregada en la Plaza San Pedro en Roma. Esta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostración empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede. Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científicas, se ve con certeza infinitamente mayor.El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cualquier dominio que sea, experimenta gozo. Eso ocurre en el campo de las ciencias; cuando un científico formula una teoría y la verifica, siente una gran alegría. Cuando un niño encuentra la solución a un problema matemático, experimenta gozo; es que su inteligencia ha captado la verdad. Y la verdad se capta por inspiración. Aunque sea el resultado de un arduo trabajo de estudio y de búsqueda, se capta en un instante, como una chispa. Por eso cuando alguien capta la verdad, se dice con razón que "se le prendió la ampolleta".
Así se vive el encuentro con la verdad. Así lo vivió, por ejemplo Arquímedes, cuando descubrió el principio de la física que lleva su nombre. El famoso sabio griego no estaba precisamente en el escritorio, ni en el laboratorio, cuando descubrió y formuló el principio de Arquímedes; ¡estaba en el baño! Le llegó como un chispazo y en su entusiasmo salió corriendo tal como estaba y gritando: "Héureka, héureka" ("¡Lo he encontrado!"). Hacía días que andaba en busca de la solución a un problema; pero cuando la encontró la vivió como un encuentro repentino, casi inesperado. Sólo el hombre es capaz de esta experiencia. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiritual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales.
Pero hay un orden de verdades que superan el dominio de la ciencia empírica y de la razón natural. Son las verdades de fe. Esas verdades las infunde Dios directamente en la inteligencia como un don. Si Dios no las concediera así, el hombre no tendría acceso a ellas. Por eso se afirma que la fe es un don gratuito. El proceso por el cual Dios infunde estas verdades en la inteligencia del hombre se llama "revelación". Y, sin embargo, también en este caso suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve. Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy.
María Magdalena, movida por su amor al Señor, fue al sepulcro de Cristo, muy de madrugada cuando aún estaba oscuro, el primer día de la semana (el domingo), y vio que la losa estaba quitada del sepulcro. Esto es lo que ella vio. Corrió a donde Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, e interpretó ese hecho de esta manera: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". Lo que sigue es el relato de quien ha sido testigo presencial de los hechos. En efecto, el Evangelio de Juan está firmado por el discípulo amado que es uno de los dos avisados por María Magdalena: "Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito" (Jn 21,24). En efecto, recuerda detalles que son significativos solamente para quien los ha vivido: "Los dos corrieron juntos hacia el sepulcro, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomandose, vio las vendas en el suelo; pero no entró". Cuando llegó Pedro, entró al sepulcro. Y detrás de él entró también el otro discípulo.
Y ¿qué es lo que vio? Oigamosle a él: "Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte". Pero ¡no dice nada de lo más importante! ¿Qué pasó con Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluye de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: se han llevado del sepulcro al Señor? El discípulo comunica su experiencia con dos palabras: "Vio y creyó". De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteligencia es proporcional a lo que vio empíricamente, como ocurre con las verdades naturales y científicas. No es así, porque en ese caso habría dicho: "Vio y verificó", o bien: "Vio y comprobó". Dice: "Vio y creyó", porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior al espectáculo de las vendas por el suelo y del sudario plegado. Lo dice él mismo: "Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resucitar de entre los muertos". La certeza: "¡Cristo resucitó!", que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que transformó su vida y no vaciló en morir mártir por ella.
Así viven las verdades de la fe los discípulos de Cristo, desde el primero hasta el último. Ellos comprenden que no es el resultado de su esfuerzo, sino simple don. Y precisamente por eso, porque no es mérito propio, es que las afirman con energía y convicción. También por eso es inútil tratar de extirpar esas verdades del corazón de los creyentes; no se logra ni siquiera con la fuerza. Sólo el orgullo hace que esas verdades sean negadas a la inteligencia del hombre, tal como lo dijo Jesús: "Te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y las has revelado a los pequeños" (Mt 11,25). La principal de estas cosas, la que funda nuestra vida cristiana, es la resurrección de Cristo.







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