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jueves, 5 de marzo de 2009

Otra Mirada: LA LIBERTAD DE LOS POBRES

Por Trinidad León
Publicado por Antena Misionera Blog

María de Nazaret pertenece a ese tipo de gente que vive la carencia de bienes materiales, de poder o de relevancia social, como un don de libertad personal y posibilidad del vínculo familiar con todo lo que la rodea. Los creyentes no dejamos de admirar su figura, porque, ella misma profetizó (Lc 1, 46-56) es un modelo de ser humano que muchos, hombres y mujeres intentamos reproducir a lo largo de los siglos, sencillamente por la libertad y la felicidad que desprende. María proclama, desde la pequeñez y la pobreza, que ser libres y ser felices es vivir el poder como fuerza interior, en absoluto dependiente de los acontecimientos externos, es encontrar la bondad de todo, sin estar dependiendo de nada, disfrutar de lo poco sin ambicionar mucho.

Llevamos meses, años, escuchando discursos acerca de la crisis del sistema económico capitalista y las lamentables consecuencias que ésta tiene sobre el tipo de sociedad creada sobre él. Pero, todas las estructuras políticas y económicas que sostuvieron y sostienen los imperios del mundo tienen fecha de caducidad, pasan, al mismo tiempo que pasa todo lo que se ha edificado sobre ellos. Escuchando el mensaje del evangelio vemos que lo permanente es aquello que en los momentos de auge y apogeo aparece como lo más débil y prescindible, al menos en el imperio que nos queda culturalmente más cerca, el imperio romano: los pobres, o mejor, la fe de un grupo de hombres y mujeres pobres que cimentaron su fe sobre uno que surgió de entre ellos e hizo presente el reino de Dios: Jesús de Nazaret.

María se encuentra entre los que menos poseen, pero sobre todo, entre los que más valoran la libertad del no ser poseídos, entre aquellos hombres y mujeres que saben sortear las necesidades económicas en el día a día, sin dejar de denunciar la injusticia que supone que unos pocos se apropien de los bienes de todos. María anima a mirar la historia como el lugar en el que actúa el poder de Dios, de manera paradójica, ajena a los intereses creados de unos pocos; un poder que no se ve sino de dentro de la propia persona, trascendiendo la infinidad de datos que contradicen esa fuerza salvadora y más aún, su propia existencia.

María de Nazaret, la Madre, se encuentra entre aquellos que viven sin poder gestionar otra cosa que su propia vida, sus sentimientos, sus emociones, y, como mucho, su tiempo, su fuerza… y lo hace, no ha favor de sí misma sino de los otros, de los desposeídos, de los que cuentan justo con lo necesario para vivir con dignidad el día a día, como ella, al mismo tiempo que denuncia la existencia de muchos otros seres humanos que no cuentan ni siquiera con eso. En boca de María el cántico del Magnificat es un grito de libertad profética, dentro de un mundo convertido a dioses que son hechura humana y que sucumben siempre, arrastrando con ellos a los más débiles y desprotegidos del sistema que se dice ateo pero, en verdad, idólatra.

No es que los pobres de los que habla el evangelio no tengan necesidad de los bienes materiales, sino que no dependen de ellos, porque habiéndoseles arrebatado la propiedad de los mismos desde los albores de la historia, han aprendido que el único bien que nadie le puede quitar es su propia dignidad, el valor de ser lo que son. Esa conciencia es la que posee María, la que hace que ella exulte de alegría y se haga la portadora de la Buena Noticia ¡Dios se vuelca con los humildes y desecha a los soberbios y poderosos! En su época, y también en la nuestra, estas ideas son revolucionarias, paradójicas, escandalosas y, a simple vista, carentes de contenido real. Con todo, y a lo largo de los siglos, son palabras que se han convertido en el grito de libertad para millones de personas que siguen expresando a través de ellas sus más profundas convicciones y esperanzas, sin temor a que éstas les sean estafadas, o devaluadas. Porque Dios no quiebra nunca y está siempre otorgándonos crédito

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WebJCP | Abril 2007