Publicado por Esquila Misional
En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia pide que hagamos un camino espiritual más intenso, moderando nuestros apetitos con ayuno, oración y limosna. Moderación que implica autocontrol, dominio de sí y «esfuerzo por liberar el corazón de la esclavitud de nuestros pecados personales» y sociales para convertirnos cada vez más en testigos vivos de Jesús, quien, con ayuno y oración, resistió a la tentación del poder y de no ayudar a los demás.
Como católicos, ¿cúantas veces sólo nos preocupamos por abastecer el «menú cuaresmal» para cumplir con la abstinencia, pero hacemos caso omiso de ayudar a los que sufren carencias e injusticias? ¿Cuántas veces no vemos una posición pasiva (sólo de documentos) de nuestros líderes ante la pobreza, o grupos de poder que se hacen una falsa publicidad para intentar omitir, optimizar o desmentir la violencia que vivimos? El mismo Benedicto XVI, en su mensaje para esta Cuaresma dice: «...el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17)».
Por tanto, las prácticas cuaresmales tienen el fin de orientarnos hacia un equilibrio integral para consigo mismos y para con la sociedad, como lo hizo el Buen Samaritano, que escogió libremente privarse de algo para ayudar al que sufre, más que en comportamientos y normas que se practican de «nuestra puerta de la casa hacia dentro». En lo individual, éstas prácticas ayudan y predisponen para la oración y la reflexión, pero, ¿acaso estos recursos –muy arraigados en Latinoamérica– de comer ciertas cosas y realizar fervorines y representaciones no quedan opacados por el pecado social que cometemos todos al callarnos las injusticias, violaciones y asesinatos, sobre todo contra mujeres y niños?
Hagamos un «ayuno social» que permita a nuestros corazones convertirnos en factor de cambio dentro de esta cultura actual que exagera la belleza, el cuerpo esbelto y el consumo desmedido; un ayuno que se considera absurdo y pasado de moda porque desde pequeños la tele nos muestra «una exageración y exceso al culto individual». Una sociedad que incluso nos presenta que debemos «adquirir y ser más» para oprimir a otros, y no para ayudarnos entre nosotros, como lo hacían las primeras comunidades cristianas.
Dios nos pide «oración y limosna colectivas» ante esta crisis económica y no pequeñas dádivas aisladas que no cambian las estructuras para nada, donde existen, cada vez más unos cuantos ricos, poderosos y cultos que comen pescado e imparten «justicia» a su favor, y otros muchísimos, más pobres, débiles e ignorantes que ni siquiera les alcanza para dar frijoles a sus hijos. Esta realidad de desigualdad y pobreza parece que nos muestra un mundo poco practicante del verdadero «ayuno» que es cumplir la voluntad de Dios.
¿No es verdad que algunas personas, grupos religiosos y hasta representantes de algunos partidos políticos (que ostentan ser muy católicos) piden que nos apeguemos a las leyes humanas y divinas, cuando en realidad ellos mismos –con su corrupción y otros vicios– son indicio de que no están actuando conforme a los mandamientos de Cristo ni de las leyes civiles?, ¿no es más grave llegar a la ancianidad creyendo que el mundo está bien, mientras que los «feminicidios» son un invento de los medios?, ¿no es más grave gobernar permitiendo injusticias, que andar prohibiendo besos en público?
Nos falta ese «ayuno social e igualitario» que no permita a los varones «creernos» más que las mujeres. Una moderación y gobierno espiritual de nosotros mismos que vaya más allá del género; ayuno que comprenda la importancia de promover y educar a la persona, tanto para preservar su integridad, como para promover su responsabilidad ética y cristiana ante los demás, y en general para hacer respetar la dignidad humana. La Cuaresma podría ser un tiempo espiritual para reflexionar que una sociedad más igualitaria nos puede llevar a crear mejores condiciones de vida para hombres y mujeres. Una humanidad que más allá de abstenerce de comer ciertos alimentos para comprar otros más caros, pueda pedirse perdón abiertamente, resarcir las faltas y compartir aún lo poco que tiene con el prójimo más desprotegido, como es la voluntad de Dios, ¿no creen?
Como católicos, ¿cúantas veces sólo nos preocupamos por abastecer el «menú cuaresmal» para cumplir con la abstinencia, pero hacemos caso omiso de ayudar a los que sufren carencias e injusticias? ¿Cuántas veces no vemos una posición pasiva (sólo de documentos) de nuestros líderes ante la pobreza, o grupos de poder que se hacen una falsa publicidad para intentar omitir, optimizar o desmentir la violencia que vivimos? El mismo Benedicto XVI, en su mensaje para esta Cuaresma dice: «...el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17)».
Por tanto, las prácticas cuaresmales tienen el fin de orientarnos hacia un equilibrio integral para consigo mismos y para con la sociedad, como lo hizo el Buen Samaritano, que escogió libremente privarse de algo para ayudar al que sufre, más que en comportamientos y normas que se practican de «nuestra puerta de la casa hacia dentro». En lo individual, éstas prácticas ayudan y predisponen para la oración y la reflexión, pero, ¿acaso estos recursos –muy arraigados en Latinoamérica– de comer ciertas cosas y realizar fervorines y representaciones no quedan opacados por el pecado social que cometemos todos al callarnos las injusticias, violaciones y asesinatos, sobre todo contra mujeres y niños?
Hagamos un «ayuno social» que permita a nuestros corazones convertirnos en factor de cambio dentro de esta cultura actual que exagera la belleza, el cuerpo esbelto y el consumo desmedido; un ayuno que se considera absurdo y pasado de moda porque desde pequeños la tele nos muestra «una exageración y exceso al culto individual». Una sociedad que incluso nos presenta que debemos «adquirir y ser más» para oprimir a otros, y no para ayudarnos entre nosotros, como lo hacían las primeras comunidades cristianas.
Dios nos pide «oración y limosna colectivas» ante esta crisis económica y no pequeñas dádivas aisladas que no cambian las estructuras para nada, donde existen, cada vez más unos cuantos ricos, poderosos y cultos que comen pescado e imparten «justicia» a su favor, y otros muchísimos, más pobres, débiles e ignorantes que ni siquiera les alcanza para dar frijoles a sus hijos. Esta realidad de desigualdad y pobreza parece que nos muestra un mundo poco practicante del verdadero «ayuno» que es cumplir la voluntad de Dios.
¿No es verdad que algunas personas, grupos religiosos y hasta representantes de algunos partidos políticos (que ostentan ser muy católicos) piden que nos apeguemos a las leyes humanas y divinas, cuando en realidad ellos mismos –con su corrupción y otros vicios– son indicio de que no están actuando conforme a los mandamientos de Cristo ni de las leyes civiles?, ¿no es más grave llegar a la ancianidad creyendo que el mundo está bien, mientras que los «feminicidios» son un invento de los medios?, ¿no es más grave gobernar permitiendo injusticias, que andar prohibiendo besos en público?
Nos falta ese «ayuno social e igualitario» que no permita a los varones «creernos» más que las mujeres. Una moderación y gobierno espiritual de nosotros mismos que vaya más allá del género; ayuno que comprenda la importancia de promover y educar a la persona, tanto para preservar su integridad, como para promover su responsabilidad ética y cristiana ante los demás, y en general para hacer respetar la dignidad humana. La Cuaresma podría ser un tiempo espiritual para reflexionar que una sociedad más igualitaria nos puede llevar a crear mejores condiciones de vida para hombres y mujeres. Una humanidad que más allá de abstenerce de comer ciertos alimentos para comprar otros más caros, pueda pedirse perdón abiertamente, resarcir las faltas y compartir aún lo poco que tiene con el prójimo más desprotegido, como es la voluntad de Dios, ¿no creen?








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