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lunes, 9 de marzo de 2009

Cuaresma 2009: Del plato al zapato

Publicado por Entra y Veras

En tres infinitivos, casi sinónimos, cifra el autor la vivencia de la cuaresma. Caminar, peregrinar y transitar, constituyen la mejor manera de atravesar esta cuarentena de manera consciente y no dejándonos llevar por la tradición o la nostalgia.

Un poema hindú cuenta que Hissar, hijo de Garwa, se propuso alcanzar la perfección. Para lo cual comenzó entregándose a los más severos ayunos y penitencias, hasta el punto de ser tenido como santo por todos sus vecinos. Pero un día, al presentarse ante Dios, oyó este inesperado reproche: «Aléjate de mí, estás lleno de orgullo». Acto seguido, Hissar se dedicó a buscar toda clase de humillaciones, vejaciones y afrentas, de tal modo que no tardó en ser considerado por sus antiguos admiradores como un tipo ridículo y despreciable. Sin embargo, cuando se presentó por segunda vez ante Dios, de nuevo fue rechazado: «Aléjate de mí, estás lleno de tu humildad. No quiero tu orgullo ni tu humildad».

Dibujar la Cuaresma como el rodaje de una película de privaciones al grito imperioso de «¡luces, cámara, acción!» lanzado a través del megáfono del Miércoles de ceniza es salirnos del guión del Evangelio y adentrarnos directamente en el libreto de lo grotesco con letra de vanidad de vanidades y música de purgas/murgas carnavalescas; o viceversa, que aquí el orden del renglón o del pentagrama no altera el desorden del producto. Para ver como se debe andar el trayecto cuaresmal hay que poner los ojos en el horizonte de la Pascua, paso irreversible de Jesús del no-vivir al sí-vivir.

A la luz del foco de la Pascua de Jesús se esclarece el sentido –razón de ser y dirección– del itinerario de la Cuaresma. Para poder injertarnos en el patrón de la vida nueva de las Bienaventuranzas es preciso que ajustemos nuestro andar al compás de un triple principio: a) Sin el peso del freno de la nostalgia de lo que fue y ya no es y jamás será, caminar apoyados en el poso fecundo de la experiencia –sabiduría sedimentada–. b) Sin vivir el presente abrazados al vértigo, subidos a las horas como quien viaja a lomos de un vagón de montaña rusa, peregrinar con la serena confianza del niño que se sabe querido y se deja acariciar y guiar. c) Sin otear el porvenir al estilo derrotista del rumiante que no espera más novedad en su pesebre que la reedición marchita de las viejas historietas del abuelo Cebolleta, transitar con la mirada despierta y el corazón en pie para labrar el futuro roturando surcos de Dios en barbechos humanos.

Además, de esta manera nos facilitaremos la tarea liberadora de vaciar la mochila personal de no pocos elementos que cargamos a la espalda como un auténtico lastre: la trivialidad deshumanizante, el divertimiento compulsivo, la laboriosidad desnortada, el calambre repetido, la religiosidad de sudario y mortaja, la rutina fósil, la sonrisa postiza en la frente y la desesperanza roedora en la nuca, la fraternidad perorada a voz en cuello e inhabilitada de hecho, privada de suelo real y desnuda de un techo con nombres y apellidos acompañados de firma, foto y huellas dactilares.

Es verdad que el amor nos exige ser humildes. Pero no siempre la humillación o la privación llevan al amor, lo cual –paradójicamente– las asemeja al orgullo. Por eso, Cuaresma no es cuestión, sin más, de «menos plato», sino, ante todo, de «más zapato». De más marcha y mejor rumbo. Con los pies más ligeros. Con el alma más encendida.


José Manuel Berruete, agustino recoleto. Parroquia Santa Rita, Madrid

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WebJCP | Abril 2007