VI Domingo del T.O. - Ciclo B

Buenos y malos. justos e injustos, honestos y deshonestos. puros e impuros… Son algunas de las categorías que los hombres utilizamos para dividir a las personas. Normalmente nos basamos en criterios subjetivos, por los dichos de otros o por las apariencias. A fin de cuentas nos resulta un sistema útil para decidir cómo nos relacionamos con el “otro”, sin hacer el esfuerzo por entrar en su mundo o comprenderlo desde adentro de él mismo. Una “ventaja” que nos evita salir de nuestros esquemas mentales. Pero un empobrecimiento en nuestra relación con los demás.
Todos los enfermos en general, pero especialmente los leprosos, sufrían la marginación en tiempos de Jesús. Su enfermedad era un castigo de Dios por algún pecado cometido. En el caso de la lepra, el pecado se consideraba de los más graves.
El leproso era expulsado del templo (se le negaba la relación con Dios), expulsado de su pueblo (se le negaba la relación con la comunidad), expulsado de su familia (se le negaba la relación con los parientes), nadie en los caminos podía acercarse a ellos (se le negaba la relación con los desconocidos).
¿Podía haber alguien más excluido que ellos? Y si alguien se acercaba y los tocaba se convertía en tan marginado como el mismo leproso.
Un encuentro casual
Un buen día Jesús andaba recorriendo los caminos, antes de que quienes lo acompañaban pudieran impedirlo un leproso se acerca a él. Sabe cuál es su condición “legal” y por eso se pone de rodillas, tiene asumida su condición de marginado.
Pero son muchos años de soledad, de que todos le den la espalda… aspira a recuperar su dignidad como persona. Ha oído hablar de Jesús, de lo que había echo por otros… desde la confianza, y con un cierto grado de desafío, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús siente lástima, literalmente se le conmueven las entrañas. Surgen en su interior los rasgos maternales de un Dios que siente en sus entrañas la situación de sus hijos. Se convulsiona su mundo interior y no puede seguir indiferente.
La ley religiosa y el corazón de Dios entran en conflicto en su interior. No se para mucho a pensar qué debe hacer. Sabe que ha de ser fiel a su Padre y a la humanidad que ha asumido.
Dios no excluye ni margina, lo hacemos los hombres apelando a supuestas leyes divinas.
Por eso, su sentimiento se traduce en una serie de gestos concretos totalmente prohibidos por las normas religiosas:
- se acerca al leproso
- lo coge de la mano
- lo levanta del suelo
- lo cura
- lo reintegra a la sociedad civil y a la comunidad religiosa.
Todos se quedan asombrados. Ha expresado claramente su voluntad que es la voluntad del Padre: “Quiero, queda limpio”.
No quiere publicidad
Inmediatamente pide a todos silencio y que el hecho no se dé a conocer. No por miedo a las consecuencias que le pueda traer. Simplemente no quiere una propaganda fácil como “curandero”. El sentido de su milagros y de su misión no se entenderá hasta el momento en que tenga que pasar por la cruz: ahí aparecerá como un vencedor vencido, al que Dios da la razón retirando la losa que los hombres pusieron sobre él en el sepulcro.
Si miramos nuestra realidad ¿a cuántas personas condena hoy la Iglesia igual que los judíos condenaban a los leprosos? Y todo en nombre de mantener una “sana doctrina”.
Con razón alguien decía hace poco que nuestra Iglesia debe ser hoy más que Maestra, una Madre. Y una Madre con el corazón de Dios, con sentimientos de entrañable comprensión, acogida, escucha, compasión…
Dentro de nuestra Iglesia sigue habiendo muchas personas que trabajan y luchan cada día con las personas y los grupos más marginados social y religiosamente. En ellos descubrimos el corazón de Dios manifestado en Jesucristo.
El perro muerto
En uno de los evangelios “apócrifos” hay un relato que vaya usted a saber si ocurrió, Pero que sin duda refleja la actitud de Jesús.
Dice que un día de calor en pleno verano iba Jesús caminando con sus apóstoles. Ellos iban delante. Jesús se había quedado un poco atrás. En medio del camino había un perro muerto. Llevaba varios días estaba casi totalmente descompuesto. Los apóstoles salieron un poco del camino y siguieron adelante evitando el mal olor.
Cuando Jesús llegó donde estaba el perro se paró y se quedó mirándolo. Luego llamó a los apóstoles y les hizo volver atrás. Cuando todos estaban frente al perro muerto y maloliente Jesús les dijo: “Os fijasteis que hermosa dentadura tenía este perro”. Era lo único rescatable de aquel perro. Era en lo que se fijó Jesús.
Así en la mirada de Dios. Así es el corazón de Dios.
Todos los enfermos en general, pero especialmente los leprosos, sufrían la marginación en tiempos de Jesús. Su enfermedad era un castigo de Dios por algún pecado cometido. En el caso de la lepra, el pecado se consideraba de los más graves.
El leproso era expulsado del templo (se le negaba la relación con Dios), expulsado de su pueblo (se le negaba la relación con la comunidad), expulsado de su familia (se le negaba la relación con los parientes), nadie en los caminos podía acercarse a ellos (se le negaba la relación con los desconocidos).
¿Podía haber alguien más excluido que ellos? Y si alguien se acercaba y los tocaba se convertía en tan marginado como el mismo leproso.
Un encuentro casual
Un buen día Jesús andaba recorriendo los caminos, antes de que quienes lo acompañaban pudieran impedirlo un leproso se acerca a él. Sabe cuál es su condición “legal” y por eso se pone de rodillas, tiene asumida su condición de marginado.
Pero son muchos años de soledad, de que todos le den la espalda… aspira a recuperar su dignidad como persona. Ha oído hablar de Jesús, de lo que había echo por otros… desde la confianza, y con un cierto grado de desafío, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús siente lástima, literalmente se le conmueven las entrañas. Surgen en su interior los rasgos maternales de un Dios que siente en sus entrañas la situación de sus hijos. Se convulsiona su mundo interior y no puede seguir indiferente.
La ley religiosa y el corazón de Dios entran en conflicto en su interior. No se para mucho a pensar qué debe hacer. Sabe que ha de ser fiel a su Padre y a la humanidad que ha asumido.
Dios no excluye ni margina, lo hacemos los hombres apelando a supuestas leyes divinas.
Por eso, su sentimiento se traduce en una serie de gestos concretos totalmente prohibidos por las normas religiosas:
- se acerca al leproso
- lo coge de la mano
- lo levanta del suelo
- lo cura
- lo reintegra a la sociedad civil y a la comunidad religiosa.
Todos se quedan asombrados. Ha expresado claramente su voluntad que es la voluntad del Padre: “Quiero, queda limpio”.
No quiere publicidad
Inmediatamente pide a todos silencio y que el hecho no se dé a conocer. No por miedo a las consecuencias que le pueda traer. Simplemente no quiere una propaganda fácil como “curandero”. El sentido de su milagros y de su misión no se entenderá hasta el momento en que tenga que pasar por la cruz: ahí aparecerá como un vencedor vencido, al que Dios da la razón retirando la losa que los hombres pusieron sobre él en el sepulcro.
Si miramos nuestra realidad ¿a cuántas personas condena hoy la Iglesia igual que los judíos condenaban a los leprosos? Y todo en nombre de mantener una “sana doctrina”.
Con razón alguien decía hace poco que nuestra Iglesia debe ser hoy más que Maestra, una Madre. Y una Madre con el corazón de Dios, con sentimientos de entrañable comprensión, acogida, escucha, compasión…
Dentro de nuestra Iglesia sigue habiendo muchas personas que trabajan y luchan cada día con las personas y los grupos más marginados social y religiosamente. En ellos descubrimos el corazón de Dios manifestado en Jesucristo.
El perro muerto
En uno de los evangelios “apócrifos” hay un relato que vaya usted a saber si ocurrió, Pero que sin duda refleja la actitud de Jesús.
Dice que un día de calor en pleno verano iba Jesús caminando con sus apóstoles. Ellos iban delante. Jesús se había quedado un poco atrás. En medio del camino había un perro muerto. Llevaba varios días estaba casi totalmente descompuesto. Los apóstoles salieron un poco del camino y siguieron adelante evitando el mal olor.
Cuando Jesús llegó donde estaba el perro se paró y se quedó mirándolo. Luego llamó a los apóstoles y les hizo volver atrás. Cuando todos estaban frente al perro muerto y maloliente Jesús les dijo: “Os fijasteis que hermosa dentadura tenía este perro”. Era lo único rescatable de aquel perro. Era en lo que se fijó Jesús.
Así en la mirada de Dios. Así es el corazón de Dios.







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